Mostrar mensagens com a etiqueta S. Pedro. Mostrar todas as mensagens
Mostrar mensagens com a etiqueta S. Pedro. Mostrar todas as mensagens

quarta-feira, 3 de abril de 2013

El pesado fardo de Pedro (II) – di Vittorio Messori

In RL   

Antes de extendernos al resto del mundo, con algún rapidísimo (y del todo insuficiente, que quede claro) golpe de sonda, concentrémonos en primer lugar en la Europa que, a pesar de todo, sigue siendo central. A pesar del descenso numérico —en los tiempos de la Gran Guerra los católicos eran el 45% de la población total del continente, hoy son el 35%— el centro permanece, y no sólo porque el Papa sea el obispo de Roma. Aparte de las comunidades —de fundación apostólica, según la tradición— del Medio Oriente y de Egipto (junto con aquella que dependió de Egipto durante milenios, Etiopía), comunidades reducidas su mínima expresión debido a la milenaria opresión musulmana, la Iglesia universal entera es hija de la Europa católica.

Las comunidades protestantes comenzaron la actividad misionera bastante tarde, y con contrastes y dudas teológicas sobre su legitimidad. Las comunidades ortodoxas, las Iglesias greco-eslavas, prefirieron expandirse como el aceite, como Rusia, en continuidad con su territorio, sin ir prácticamente a ninguna otra parte, también por falta de una autoridad central que coordinase el envío de anunciadores del Evangelio. Los eslavos hablaron de un Moscú como «tercera Roma» pero, aunque venerable y una rica forma de encarnación del Evangelio, a la estructura autocéfala, a menudo transformada en agresivo nacionalismo, le faltó el respiro universal que caracterizó a Roma, primero pagana y después cristiana, y que unió la Urbe y la transformó en Orbis.

La orientación teológica es siempre europea
Las comunidades católicas de cada continente fueron fundadas por misioneros españoles, portugueses, francese, holandeses, austríacos, bavareses, italianos y llevan aún este sibno, incluso en la arquitectura de las iglesias o de los conventos. Incluso hoy, a pesar de que el centro de gravedad numérico se haya movido más allá del Atlántico, los orientamientos teológicos y culturales para la catolicidad llegan desde Europa. Un ejemplo que ya hemos señalado: Sólo un pobre simple puede creer, por ejemplo, que la más conocida de las teologías «exóticas», la llamada «de la liberación», haya nacido por el sufrimiento y el anhelo de los explotados en la América que habla español y portugués. En realidad, ha sido elaborada en los laboratorios teológicos de Francia y Alemania, con una robusta aportación holandesa: por tanto, por los mismos hombres y por los mismos círculos que han inspirado y guiado, en los hechos, el Vaticano II, Concilio más de teológos que de obispos. Y todos, con pocas excepciones, europeos. No es casualidad que, aunque sólo sea desde los tiempos de Pablo VI y después, sobre todo, de Juan Pablo II, se haya intentado hacer realmente universal el Colegio Cardenalicio, aunque en el último Cónclave los purpurados europeos hayan sido el mayor grupo claramente.

El caso de la superpotencia americana
La misma superpontencia demográfica y económica de los Estados Unidos (más de 80 millones de Roman Catholics, como los llaman, la mayor confesión cristiana del país, los protestantes divididos en un polvillo siempre creciente de comunidades, a veces derivadas de la Reforma europea, a veces más recientes y quizá pintorescas) no ha dado a la Iglesia universal hasta ahora ninguna nueva orden o congregación de relieve, ni ningún santo popular, ni tampoco una idea original al pensamiento católico. Salvo por aquel «americanismo», una aplicación un poco naif del pragmatismo yanki al Evangelio, que León XIII se apresuró a condenar en 1899.

No obstante, es curioso, para un país del que parece venir todo para nosotros, en el bien o en el mal: la secularización, que ha afectado y afecta la perspectiva cristiana de un modo radical, no viene, como tantas otras cosas, de EEUU, sino del iluminismo europeo, sobre todo francés y alemán,y de la inteligencia moderna y postmoderna de nuestro Viejo Continente. Es más, los States, son hasta ahora (obviamente, hasta que dure) un país «religioso», con porcentajes bastante altos de pertenencia y de asiduidad de un grandísimo número de comunidades que se llaman cristianas, pero muchas de las cuales parecen tener un aspecto comercial junto al religioso. El eslógan In God we trust que aparece en los billetes del dólar es de origen masónico (todos los Padres Fundadores fueron masones), como confirman el triángulo y otros símbolos de las Logias sobre las dos caras del billete verde.
Sin embargo, permanece el hecho de que, si se miran los sondeos, la mayoría de los americanos declara creer en Dios; es más, precisamente en el Dios propuesto por la Biblia. Incluso aunque su modo de entenderlo, también entre los religiosos y religiosas católicos, suscite fuerte perplejidad en cuanto a su ortodoxia: teología y moral parecen a menudo simplemente variantes del American way of life, entendida en un sentido «políticamente correcto». No es casualidad que, después de observaciones, llamadas de atención, peticiones, advertencias por parte de Juan Pablo II, Benedicto XVI haya enviado desde Roma a los institutos religiosos masculinos y femeninos una especie de «inspectores doctrinales» que, naturalmente, han suscitado el enfado de los «investigados» y de los conformistas siempre dispuestos a gritar al despotismo vaticano y a la represión de la libertad de pensamiento. Una escena que hemos visto repetirse continuamente, en los largos tiempos de la contestación que siguieron al Concilio Vaticano II.

Las puertas abiertas de par en par
En realidad, nadie obliga a nadie a hacerse católico, menos aún a hacerse fraile o monja. La puerta de la Iglesia está abierta para todo el que quiera entrar con buenos propósitos, pero está aún más abierta de par en par para quien se quiera ir a otra parte. El catolicismo no tiene nada que ver con el islamismo, que condena a muerte a quien deje el Corán para elegir otras vías; pero tampoco tiene nada que ver con las pequeñas iglesias y sectas de cierto tinte neo-protestante que persiguen, quizá de manera oculta, a los tránsfugas, y los amenaza no con la pena de muerte para el cuerpo, sino para el alma, con la exclusión de la salvación eterna. Para todos es algo aceptable que cualquier grupo humano organizado tenga sus reglas, sus estatutos, sus disciplinas, siempre y cuando no estén en contraste, se sobreentiende, con las leyes estatales o al menos con las leyes naturales. Pero es singular que, teniendo en cuenta las muchas protestas de estos decenios provenientes de los ambientes clericales, el único que no debería tener reglas y no debería usarlas es solamente el catolicismo, incluso en el caso (que ha sucedido y todavía sucede para muchos) de fugas evidentes de la ortodoxia o de estilos de vida no aceptados.

La Iglesia, que quede claro, no es un partido ni un club. Pero aquí quizá podría servir un ejemplo: si, en estas instituciones políticas o sociales alguien —por cierto, en un puesto de responsabilidad— protestase áspera y públicamente por la línea elegida por la directiva, más aún, la llenase de insultos y le invitase a dejar sitio a otros para cambiar totalmente la perspectiva; y si este alguien, primero advertido respetuosamente y después invitado a irse, se negase a hacerlo alegando ser víctima del autoritarismo, ¿quién podría escandalizarse de la exclusión final? El escándalo, en el Occidente actual, está reservado siempre y solamente a la Jerarquía católica si, teniendo la obligación de custodiar la recta doctrina, después de haber ejercitado ampliamente la virtud de la paciencia, osa reaccionar contra las orgullosas y obstinadas opiniones en primera persona de alguno de sus miembros, desde la monja de la provincia americana hasta la aclamada estrella de la teología.

Una vez, el cardenal Ratzinger me dijo, cuando estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la fe (aquí permaneció durante un cuarto de siglo, el papa Wojtyla lo consideraba demasiado valioso para sustituirlo y rechazó siempre sus peticiones de dimisión para volver a sus estudios), me dijo, por tanto, el mismo «guardián» de la ortodoxia católica: «Desde cuando esta institución se llamaba Santo Oficio, hemos sido sometidos a toda clase de acusaciones y desprecios. Nadie piensa nunca que nosotros, en realidad, defendemos simplemente al pueblo de Dios, estamos de la parte de aquellos que no saben nada de Teología y que solamente quieren vivir la fe según un catolicismo auténtico, el que los sacerdotes les han enseñado con el catecismo. Defendemos al pueblo creyente de las desviaciones, de los errores, de los engaños de los intelectuales, de los profesores, de los teólogos que querrían cambiar aquello de lo que vive el pueblo de la Iglesia y en lo que este mismo pueblo quiere morir».

Diócesis semivacías
Pero volviendo a Europa, umbilicus Ecclesiae, la situación ciertamente no es tranquilizante en el sentido humano: la disminución de las vocaciones al sacerdocio secular está disolviendo buena parte de la milenaria red de diócesis y parroquias, por falta de personal eclesiástico que pueda suceder a quienes mueren o se retiran. Diócesis de millones de bautizados hace años que proporcionan un número de «sacerdotes noveles», como se decía tiempo atrás, inferior al número de dedos de una mano.

Ya ahora, en Francia, en el área germánica y otros lugares, las unificaciones son la norma, pero cada vez son menos necesarias. Existen sacerdotes, casi siempre ancianos, titulares de decenas de parroquias de provincia que fueron vivas y floridas; existen diócesis en las que para la Santa Sede es difícil incluso encontrar entre el clero local superviviente, algún candidato adecuado para consagrarlo como obispo del lugar; existen episcopados en grandes y magníficos palacios donde el obispo está casi solo en medio de una final de salas y salones desiertos. Como han señalado más de una vez los nuncios apostólicos, la programación urbanística para los nuevos barrios en la periferia de las metrópolis europeas, incluso aunque fueron tiempo atrás católicas, casi nunca prevé un espacio para el edificio eclesial. Y eso sin suscitar particulares protestas, más bien —normalmente— en la indiferencia incluso de sus futuros habitantes. Por el contrario, se alzan ruidosas reivindicaciones islámicas (apoyadas, esta vez sí, por las fuerzas políticas y los intelectuales «iluminados») si en esos planes urbanísticos no se prevé la ya obligatoria mezquita.

De las pocas vocaciones que supervivientes para el sacerdocio, buena parte son las llamadas «tardías». Jóvenes u hombres ya adultos, es decir, que han vivido la experiencia de una conversión y están deseosos de responder a la llamada a la vida sacerdotal: pero para «hacer un sacerdote» es necesario el tiempo, son necesarias orientaciones expertas y sabias. La buena voluntad no puede suplir a la formación precoz, dada hace tiempo en los seminarios menores ahora abolidos salvo en alguna zona del mundo. Los nuevos movimientos eclesiales se han mostrado como un discreto vivero de sacerdotes: pero estos —cuando los hay— no se ponen al servicio de la escasez de las diócesis, sino del grupo que ha creado y ayudado en su vocación.

La desviada enseñanza de los seminarios
Tampoco se puede creer (lo han denunciado más veces tanto Benedicto XVI como Juan Pablo II, pero las llamadas de atención comenzaron con Pablo VI), que la enseñanza de los teólogos y biblistas —en los seminarios que quedan o incluso en los ateneos que se hacen llamar «católicos»—sea siempre respetuosa para con las indicaciones que vienen de Roma. Al escaso clero que sale de ellas le falta a menudo, más que una cultura adecuada, lo que los alemanes —también en la juventud de Joseph Ratzinger— llamaban die katholische Weltanschauung, la perspectiva, el punto de vista católico. No es raro que a menudo la óptica de cierta parte del clero y de cierta parte de la prensa confesional parezca ser la de la ideología hegemónica en ese momento: durante más de veinte años después del Vaticano II, fue el amasijo —con diferentes dosis dependiendo de los lugares y de los teólogos— entre cristianismo y marxismo.

Yo mismo estaba presente como joven cronista de La Stampa cuando, en los terribles Setenta, el cardenal arzobispo de Turín, Michele Pellegrino, fue a visitar el gran seminario de la diócesis en Rívoli. El obispo, incluso teniendo fama de abierto progresista, fue recibido por los jóvenes, entonces en hábito talar, que desplegados sobre la entrada, alzando el puño cerrado, cantaban con rabia el eslógan de los desfiles extraparlamentarios: «¡Viva Marx! ¡Viva Lenin! ¡Viva Mao Tse Tung!». Hace tiempo que aquel seminario —para cuya construcción los católicos turineses se habían desangrado, pocos decenios antes—ha sido vendido y la diocesis de Turín, con un par de millones de bautizados, ordena dos o tres sacerdotes al año, frente a las muchas decenas que ordenaba antes del Vaticano II.

Ahora, se han impuesto ampliamente el relativismo liberal, el liberalismo ético, sobre todo la political correctness, esta ideología diabólica porque, con apariencia casi cristiana, está fundada sobre lo que Cristo detesta más: la hipocresía, el eufemismo rufián, la manipulación de las palabras para esconder la realidad en su verdad. Es la satisfacción de saberse buenos —y, exentos de otras obligaciones— gracias al exorcismo verbal, a golpe de eufemismos de toda clase.

Entre monjes, frailes, monjas....
En cuanto a las vocaciones a la vida religiosa, al «estado de perfección» como se decía tiempo atrás, con el triple voto de pobreza, castidad, obediencia, muchas órdenes y congregaciones (tanto masculinas como femeninas) están destinadas inevitablemente a la extinción. A menos que, cosa que no se podría excluir en absoluto, en una perspectiva de fe, un prodigio intervenga y derribe todas las proyecciones estadísticas. En la historia de la Iglesia —la más larga, repetimos, entre todas las instituciones aún vivas— ha habido de todo, incluido el reflorecimiento impetuoso e imprevisto de familias religiosas que parecían estar a punto de desaparecer. A veces ha sido necesaria simplemente la aparición de un (o una) líder santo y carismático al mismo tiempo para hacer resurgir espiritual y numéricamente lo que se daba por moribundo.

Mientras tanto, eso así, en el mercado de la venta inmobiliaria de Roma están apareciendo las sedes, a menudo imponentes y con grandes parques interiores, de las Casas Generalicias ahora ya semidesiertas.Y en toda Europa está a la venta, o se ha vendido ya, o alquilado para objetivos profanos, parte del grande patrimonio urbanístico de las familias religiosas. Primero la Revolución Francesa, después Napoleón, después los gobiernos anticlericales de los siglos XIX y XX secuestraron con violencia los bienes de las congregaciones, las cuales a su vez, reconstruyeron lo que habían perdido. Y lo hicieron gracias sólamente a la generosidad de los fieles: una confirmación significativa del afecto y del reconocimiento que les circundaba. Ahora, muchos de aquellos bienes están en vías de liquidación, pero no por una prepotencia externa, sino por un agotamiento interno. Los colegios que fueron un día para los novicios, ahora casi desaparecidos, se han transformado hoy en asilos para los religiosos ancianos y enfermos: las varias familias religiosas establecen acuerdos para unir a sus inválidos, no teniendo ya personal ni fondos suficientes para hacerlo solos. Muchas instituciones tienen ya más casas y obras de caridad que consagrados con capacidad para ocuparlas y gestionarlas.

La gran obra de las órdenes religiosas
Merece la pena, en estos rápidos apuntes, hacer una pequeña parada en este tema de los religiosos, que no es marginal en absoluto sino que está desde hace muchos siglos en el corazón de la institución eclesial. No sólo benedictinos, cistercienses, carmelitanos, franciscanos, capuchinos, dominicanos, jesuitas, barnabitas, salesianos —por citar sólo a algunos de los más conocidos—, sino una miriada de otros institutos, tanto masculinos como femeninos, han jugado un papel decisivo para la Iglesia y por ende para la sociedad entera, en cada continente. Basta recordar el desastre no sólo religioso, sino también social e incluso económico, provocado en América Latina por el odio de los Borbones hacia la Compañía de Jesús, porque sostenía la legitimidad del regicidio, en el caso de que el soberano se comportase como un tirano intolerable: cuando el papa tuvo que plegarse al chantaje de las monarquías absolutas, suprimiendo a los Jesuitas, tanto las colonias españolas como las portuguesas sufrieron daños gravísimos. Es fácil recordar lo que representó la epopeya de los monjes de san Benedicto che llegaron a tener más de diez mil abadías en toda Europa: queriendo huir del mundo, en realidad aquellos religiosos crearon uno nuevo y su clausura terminó con el fecundar de la cultura, la agricultura, la artesanía, además de dar de comer y asistir a una masa innumerable de indigentes.

En el terrible decaimiento de los «siglos oscuros» de la Alta Edad Media, sólo las abadías fueron capaces de permitir, a menudo de construir, un nuevo orden entre las reuinas del Imperio y el caótico crearse de reinos bárbaros. La escritura, el estudio y las artes siguieron siendo practicadas únicamente entre esos claustros. La supresión violenta de todas las familias religiosas comenzada por la Revolución francesa y continuada por Napoleón está entre las causas de la desesperante miseria, sobre todo en el campo, que marcó los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX. Los jóvenes murieron por millones por las continuas guerras de Bonaparte, mientras que quien se quedaba en casa moría de hambre, también porque faltaba la ayuda de los religiosos. Por cierto, los bienes secuestrados, obviamente sin ningún tipo de reembolso, fueron revendidos a nobles y a ricos burgueses quienes exigían la mitad de lo recogido por los campesinos a los que alquilaban las tierras, mientras que los monjes se contentaban con un tercio. Pero esto es otro discurso que aquí no hay posibilidad de continuar. Eso sí, no es inútil recordar que hasta el siglo XVII, escuelas y hospitales fueron casi solamente fundados y gestionados por religiosos.

El futuro de las órdenes religiosas

También gracias a la grandiosa y milenaria obra de las órdenes y de las congregaciones católicas, aquellos que niegan las raíces cristianas de Europa no pecan contra la Iglesia, sino contra la Historia. El presente y el futuro de estas instituciones —ya sean antiguas o recientes— no es una curiosidad para especialistas, y estará seguro en el centro de las preocupaciones del nuevo Papa. Antes de nada, es necesario protegerse (como siempre) de las generalizaciones y no olvidar los muchos ejemplos inspirados en el Evangelio que aún hoy nos llegan del mundo de los religiosos. Yo mismo he conocido y conozco muchos de estos y sé que la consagración para muchos no es sólo un destino que llevar adelante con fatalismo o resignación. No es casualidad que el Papa Francisco venga precisamente de la Compañía de Jesús que, tras el Concilio, fue de las más diezmadas. Sobre todo, aunque no sólo, sobre las fronteras misioneras, aquellas que aún permanecen continúan escribiendo páginas a veces de heroísmo, siempre de dedicación al Evangelio y, por tanto, de dedicación al prójimo, a quien llevar al pan del alma y, al mismo tiempo, el del cuerpo.

Pero de ese mismo Evangelio anunciado por los misioneros nos llega la invitación a practicar la verdad: la cual, en este caso, nos dice que en muchas de estas familias, en el pasado gloriosas por historia o por santidad, el lento pero inexorable agotamiento, con un muerto detrás de otro, sin jóvenes recambios que tomen su puesto, parece llevarles a una vida routinière, suavizando el celo apostólico de tiempo atrás, en la nebulosa gris de los conventos semivacíos. Sobre todo si seobserva más allá de Italia, donde la situación es relativamente mejor respecto a los demás países. Precisamente porque conocían el resto de la cristiandad, tanto Wojtyla como Ratzinger, se decían «reconfortados» por la calidad, aunque relativa, de la Iglesia italiana tras la tempestad postconciliar.

La tormentosa renovación postconciliar de estatutos y constituciones se ha revelado incapaz de atraer nuevas vocaciones: es más, en algunos casos, las ha hecho aún más improbables. Los jóvenes se sienten atraídos por el absoluto, por el compromiso radical, por el don total de sí: la juventud es el tiempo del entusiasmo. Pero aquí los ardores de este género parecen no encontar desahogo demasiado a menudo. Después del Concilio Vaticano II se ha elegido el camino opuesto al practicado durante toda la historia de la Iglesia, donde la renovación y la reforma se han obtenido no con la relajación sino, por el contrario, con el refuerzo de la austeridad, del sacrificio, del rigor de vida. Volver a respetar la Regla monástica es lo que ha ayudado siempre a su relanzamiento, ciertamente no lo contrario. ¿Por qué hacerse fraile o monja, si lo que ofrece la llamada por la Tradición via perfectionis no es más que una existencia de pequeño burgués, con el añadido de la renuncia a una familia, a una casa propia, a una profesión elegida libremente?

Una triste anécdota
Me resulta difícil olvidar un episodio mínimo pero significativo y que, por tanto, quizá valdrá la pena contar: por razones de estudio estaba alojado en el convento de una orden con gran historia y donde los superiores tenían concentrados a los novicios de la provincia italiana. Eran tres en total, uno de los cuales era un hombre ya maduro. Después de la cena, la Regla prescribía el canto en el coro de la Iglesia de Completas, la última «hora» del Oficio Divino, la conclusión de la liturgia del día antes del descanso nocturno. Éste es uno de los momentos más significativos y ricos de espiritualidad, en el templo a oscuras, iluminado sólo por alguna vela. Sin embargo, aquella noche había una cita que los novicios esperaban con ansia de verdaderos fans: un partido en directo por la televisión, quizá la final de la Champions League. Los tres novicios, todavía en la mesa, advirtieron al anciano religioso que hacía las funciones de Maestro: el partido de fútbol era demasiado importante y, por tanto, no podían perdérselo. Así que esa noche no hubo Completas y, en su lugar, estuvo la televisión encendida para el encuentro. Así se acordó, por mayoría, después de un débil intento de resistencia. A nadie le dio lástima el resignado menear de cabeza del Maestro mientras se dirigía al coro. Él solo: de hecho, la concesión hecha a los novicios sirvió de ejemplo a los demás frailes y la comunidad entera se reunió en torno a la pantalla. Aquellos religiosos no eran benedictinos, pero espontáneamente pensé en la advertencia del Santo de Norcia para cualquiera que escoja la via perfections: Nihil operi Dei praeponatur, que nada se anteponga al Oficio Divino. Nihil, absolutamente nada, ni siquiera un partido de la Champions League.

No es casualidad que un número cada vez más alto de nuevos candidatos a la vida religiosa se haya registrado en las órdenes más severas, las «contemplativas», de clausura, masculinas y femeninas. Es decir, aquellas que —habiendo suavizado la dureza de la Regla ellas también— exigen igualmente sacrificios de los cuales no se puede escapar: horas y horas en el coro salmodiando siete veces durante las 24 horas del día, aislamiento del mundo, silencio, levantarse por la noche a menudo y quizá un exiguo sustento sólo vegetariano. Lo cual confirma que el rigor y no la relajación es lo que atrae a los jóvenes y las jóvenes que se sienten llamados a la vida religiosa. Por otra parte, incluso aquí, en el monaquismo, la situación no es tan florida como se pensaba tiempo atrás, y en cualquier caso varía según el lugar.

Por añadir otro pequeño recuerdo personal: como huésped en Montecassino, es decir en la Mater Abbatiarium Omnium, en el mismo corazón benedictino, supe con desconcierto por el abad que se temía que la comunidad de monjes descendiese por debajo de los doce, que es el número mínimo de religiosos para que una abadía pueda considerarse como tal por las leyes eclesiásticas. ¿Montecassino con riesgo de cerrar? No se llegará a tanto, naturalmente, pero el hecho induce a la reflexión.

¿La salvación viene del Tercer Mundo?
Hace años, publiqué en una revista mensual una serie de artículos: fui a entrevistar Superiores y Superioras de familias religiosas pequeñas y grandes, antiguas y recientes, y en todas partes encontré la conciencia de un declinar a la que no podrán poner remedio total las nuevas vocaciones reclutadas en el Tercer Mundo. La esperanza de llenar los vacíos europeos con los jóvenes africanos y asiáticos se ha mostrado a menudo ilusioria o, al menos excesiva. Son demasiadas las diferencias culturales, demasiada la distancia de mentalidad, demasiadas las motivaciones sospechosas en el ingreso en seminarios e institutos. Ciertamente, no son sólidas tantas «vocaciones» tercermundistas determinadas por (como un tiempo en la Europa de los campos miserables) razones de supervivencia, o de búsqueda de ascendencia social.

Existen además cuestiones particulares y espinosas. Por ejemplo: sobre todo en el África negra, la castidad que la ordenación sacerdotal exige constituye para los jóvenes no solamente una dura decisión —como para todo humano, sea del pueblo que sea—, sino también un problema social que parece irresoluble. De hecho, en aquellas sociedades tribales, el hombre con autoridad (el sacerdote debe serlo, por excelencia) es el patriarca con muchos hijos, a menudo con muchas mujeres, rodeado de un ejército de nietos. ¿Cómo podría tener el prestigio necesario para guiar a la comunidad cristiana un célibe que lo ha elegido de forma definitiva? En aquellas culturas, tanto el celibato como la castidad misma no son una virtud, sino una disminución intolerable.

No todos los casos, gracias a Dios, terminan como el de monseñor Milingo, el obispo negro que tantas simpatías y esperanzas había suscitado; no faltan los éxitos, pero muy por debajo —al menos cuantitativamente— de lo que esperaban los obispos diocesanos y los superiores generales de las congregaciones occidentales. Para movernos desde África hasta Asia: en la India, la misión católica ha tenido acogida sobre todo en las castas inferiores. A pesar de los esfuerzos de Gandhi y de sus sucesores, el milenario sistema de castas continúa condicionando profundamente las mentalidades. Un sacerdote paria no será tomado en serio más que por sus similares, pero será despreciado por las castas a las que la tradición religiosa y social atribuye superioridad.

(Continuará)

Traducción: Sara Martín
© Corriere della Sera


terça-feira, 26 de março de 2013

El pesado fardo de Pedro (I) - di Vittorio Messori

In RL 

En casos como los del último mes es donde se manifesta una singular paradoja: a la disminución progresiva, que lleva ocurriendo décadas, del número de practicantes católicos (al menos en Occidente) y de la influencia social, moral y política de la Iglesia romana, parece corresponder un aumento del interés por ella, por sus vicisitudes, por su Pontífice. Al mismo tiempo que los medios de comunicación internacionales, también los nuevos periódicos nacidos en Internet no renuncian a tener un «vaticanista» o, al menos, algún experto no de cuestiones religiosas, sino específicamente católicas. ¿Habrían tenido el éxito que conocemos las novelillas de Dan Brown o de sus infinitos imitadores si no tuvieran como fondo la Iglesia, precisamente la que tiene su centro en El Vaticano? Una Iglesia, por añadidura, no como residuo arqueológico, como pintoresco set histórico, del tipo de la abadía de Umberto Ecco, sino viva, presente, intrigante. Quizá embrollona o incluso asesina: pero, también por ello, peligrosa porque es todavía potente. La imagen, aunque a menudo deformada, de la Catholica et Apostolica fascina o inquieta al imaginario de la humanidad. Y su Jefe, con vestidura blanca, es la única autoridad moral escuchada siempre y en todo lugar: para aceptar o para rechazar, para amar o para detestar.

Parece que la institución eclesial esté haciéndose (o pueda hacerse) minoritaria, incluso allí donde ha sido preponderante durante siglos. Pero es una minoría que, como demuestra el interés provocado por su vida interna, no se ha hecho marginal. La cual entra, sin embargo, en una perspectiva evangélica, segun la cual —palabra del mismo Jesucristo—, el «pequeño rebaño» de los creyentes tiene una misión: la de ser no sólo la masa, sino también sal y levadura del mundo. No se necesita mucho de ambos elementos para hacer fermentar y subir toda la masa.

Un mito más: «El pequeño rebaño»
Para entendernos, en el plano estadístico el «rebaño» no parece aún «pequeño»: los bautizados católicos son hoy cerca de mil doscientos millones, pero proporcionalmente no crecen, más bien tienen a disminuir, visto que en 1910 eran el 17% de los habitantes de la tierra, y cien años después eran el 16%. Como número total (quiero decir los católicos, no los cristianos en su conjunto) han sido superados por los musulmanes, pero si se suman conjuntamente todas las confesiones de estos últimos: sunnitas, chiítas, y muchos otros grupos menores. El granito unido de los islámicos del que hablan con soltura tantos publicistas es sólo uno de muchos mitos: es más, en el mundo musulmán los odios son más implacables y sanguinarios que los que oponían a los cristianos en Europa cinco siglos antes. Lo mismo que sucedió, por desgracia, entre las confesiones cristianas del siglo XVI, la aversión recíproca de los seguidores de las diversas lecturas del Corán supera con creces a aquella que alimentan contra los fieles de la Biblia. Como siempre, las peores guerras son las civiles y, aún más, las de familia.

Existieron, tiempo atrás, los países «catolicísimos»
Como confirma la estabilidad, es más, el regreso de los números, parece agotado el gran esfuerzo misionero del siglo XIX y XX que dobló el número de fieles a Roma, tanto en cifras absolutas como en porcentaje, y le dio auténtica realidad al término «católico». En efecto, la Iglesia, cuyo centro es el antiguo Mons Vaticanus (de vaticinium —oráculo, profecía— segun los insospechados autores precristianos, casi un presagio sobre el destino de aquel lugar donde Pedro sería martirizado y sus sucesores se establecerían), la Iglesia es aún, sin parangón, la fe más global. Mucho más que el islamismo que, señalábamos, la ha superado recientemente en cifras numéricas pero que, a pesar de la inmigración en masa a Occidente, permanece confinada en la zona en torno a los trópicos, desde Marruecos hasta Pakistán. Cada vez que, como conquistador, ha intentado salir de esa parte, antes o después ha sido rechazado: por España, por Sicilia, por Grecia, por los Balcanes.

Por el contrario, los católicos están distribuidos por todo el mundo: el 39% en América Latina y el Caribe, el 24% en Europa, el 16% en África, el 12% en Asia y Australia, el 8% en el Norte de América, el 1% en el Medio Oriento. Respecto a estos mil doscientos millones: se entiende que hablamos de bautizados, los únicos que pueden ser detectables estadísticamente. Como advierten las Escrituras, Dios sólo «lee en los corazones y en los pensamientos»: Él es el único que puede vislumbrar, in interiore hominis, la fe de Sus criaturas. Debidamente precisado esto, queda el hecho de que cada uno puede constatar cada día qué relación existe (o incluso no exista) entre su pertenencia formal a la Iglesia y la coherencia concreta, en la vida cotidiana, con aquel sacramento impartido a los neonatos. Bautizado, es superfluo recordarlo, no significa creyente ni tampoco practicante.

Las antiguas potencias católicas
En todo caso, sonaría burlón el adjetivo «catolicísimo», si se quisiera aún atribuir, por ejemplo, a la Península Ibérica, a Irlanda, a Baviera, a Austria, a Québec, la parte francófona de Canadá, donde las familias competían por tener más hijos y consideraban un deshonor si ninguno de ellos se hacía sacerdote, religiosa o, al menos, laico consagrado. Dentro de poco, parece que el adjetivo superlativo no será ni siquiera adecuado ni siquiera para Polonia, que está recuperando a pasos agigantados el «retraso» hacia el laicismo liberal.

Alemania, después de muchos siglos, ha dado un Pontífice al catolicismo, pero una parte significativa de los alemanes —incluso entre los no protestantes—no se ha mostrado orgullosa en absoluto, a pesar del título del Bild en su portada, sorprendida por la elección, Wir sind Papst, nosotros somos el Papa. Es más, precisamente de su propia patria le han llegado al ya arzobispo de Mónaco los ataques más insidiosos. A quien conozca tanto el pasado como el presente de Alemania, le parecerá increíble que la minoría católica, en tiempos de Pío IX y de León XIII haya tenido la fuerza, el coraje y la tenacidad de doblegar incluso al «Canciller de Hierro» en la que aquel implacable estudioso de la Razón de Estado llamó Kulturkampf, lucha per la civilización. El catolicismo, para Bismarck, era incivil, era la obediencia a un poder extraño al omnipotente Estado de inspiración hegeliana, y por tanto no era tolerable. Pero, al final, fue él quien tuvo que llegar a acuerdos, frente a la fidelidad inflexible a Roma de los obispos y del pueblo, desde los intelictuales y la Universidad hasta los obreros y los campesinos.

Ahora, allí al Norte, de no pocas iglesias en Alemania se han hecho multisalas de cine, estudios de arquitectura, salas de juego o, en algunos casos, sex-shops. La misma suerte —o incluso peor— han tenido buena parte de las iglesais de Holanda, hace años mitad católica y famosa por su fervorosa evoción. ¿Y dónde queda Francia? No hablemos de Vandea, donde un pueblo entero prefirió hacerse exterminar, con el Sagrado Corazón cosido al pecho, por las «columnas infernales» de los Jacobinos enviados por París, antes de renunciar a su religión y a sus sacerdotes; no hablemos de la resistencia a la persecución masónica durante aquella que, a pesar de ser llamada Belle Époque, para los creyentes no lo fue en absoluto; pero ¿dónde queda, un poco más cerca en el tiempo, la Francia de los años treinta a los años cincuenta del pasado siglo, cuando la literatura más prestigiosa era la de los católicos por tradición o por conversión? ¿Y dónde queda Austria, donde ahora el clero proclama la revolución contra Roma, donde muchos párrocos viven abiertamente en concubinato como protesta contra el celibato obligatorio, pero donde el retiro de los ocupantes soviéticos fue obtenido sólo en 1955, después de diez años de una Cruzada del Rosario, proclamada por el presidente mismo de la República, y que vio a las masas arrodilladas, con el rosario en la mano, en las plazas de Viena y de todas las demas ciudades y pueblos?

El caso de España, la «catolicísima»
Fui a España por primera vez al comienzo de los años setenta, y mientras en toda Europa se enloquecía por el espíritu iconoclasta del sesentayocho, descubrí que la radio nacional concluía sus transmisiones por la noche con un solemne Laudetur Jesus Christus, seguido por el canto del Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat, por tanto al mismo tiempo que la Radio Vaticana.

Todavía en los años sesenta del pasado siglo, Bélgica, donde la secularización actual va al mismo ritmo que la de su vecina Holanda, era el país que, en proporción a su población, enviaba más peregrinos a Lourdes, en grandes expediciones guiadas por los obispos, con decenas de «trenes blancos» preparados especialmente para el transporte de personas enfermas.

El caso de «Fluminalis»
Precisamente en los Países Bajos, lugar de las iglesias transformadas en locales eróticos, existe un gigantesco almacén que es una especie de signo concreto (es cruel para un creyente, visitar esta enorme página web) de la débâcle católica, non sólo en la Europa nórdica, sino en todo el continente, o casi. Aquellos cobertizos son un amasijo (malvendido a precios ridículos, vista la exigüidad de la demanda) del contenido de lugares de culto abandonados o transformados para usos del todo profanos.

Es un trágico cúmulo de estatuas, de cuadros edificantes, de Vía Crucis, de tabernáculos, de campanas o campanillas, de fuentes bautismales, de altares enteros, de custodias, de candelabros, de confesionarios, de reclinatorios, de vidrieras, de muebles de sacristía, de vestimentas litúrgicas. A los improbables compradores se les ofrece incluso las veneradas reliquias de santos, encerradas en artísticas cornisas. En resumen, un vertedero para todo aquello que fue «católico», donde los clientes parecen ser escenógrafos cinematográficos o teatrales, o excéntricos interioristas en búsqueda de la pieza perfecta para alguna blasfema decoración de bares, discotecas, garçonnières. Parece que las piezas más buscadas sean los confesionarios, mejor de estilo barroco: ideales, dicen, para adaptarlas al mueble-bar. No es casualidad que quien ha tenido la idea de este depósito —probablemente un sacerdote que ha renunciado, uno más de los tantísimos del éxodo postconciliar, comparable sólo con aquel del siglo XVI, después de la reforma luterana y calvinista— haya elegido un nombre latino para su tienda: Fluminalis. Como un río, es decir, que se lleva los escombros del catolicismo. Aunque cabe preguntarse si se trata realmente del fin del o de un catolicismo; del adiós a una fe de la historia, o sólo del agotamiento de un modo de devoción vinculado a un tiempo que ya ha terminado. Hay muchísima diferencia —intentaremos señalarlas aquí más adelante— entre cristianismo y cristiandad.

Una barca insumergible pero zarandeada por las grandes olas
Pero, realmente, ¿qué Iglesia es ésta que, durante ocho años Benedicto XVI ha presidido y bajo cuyo peso, unido al de la edad, ha cedido finalmente? ¿Qué es, hoy esta Iglesia católica, apostólica, romana, que tendrá que «guiar» (el verbo parece un poco pretencioso, al menos en lo que respecta a ciertas regiones del mundo) aquel que ha salido del Cónclave en marzo? Veo en un diccionario de italiano la definición de la expresión «estar como un papa»: «llevar una vida cómoda, acaudalada y tranquila». Como ejemplo, se ofrece uno extraído de Vicenzo Monti: «Se estaba como papas». Sobre lo de acaudalada no me pronuncio, expreso sólo dudas bastante fuertes sobre lo de cómoda y, sobre todo, sobre lo de tranquila. Hoy, de manera particular. Pero, conociendo la historia entera del papado, creo que este dicho popular siempre ha sido mentiroso.

La conciencia de ser nada menos que (como dice no un apelativo devoto, sino el propio Derecho Canónico) Vicarius Christi, por tanto representante en la tierra del Hijo de Dios encarnado, es aplastante para un hombre de fe, incluso aunque deba ser mitigada por otra conciencia: la de que el Dueño de la Mies y de la Viña, por usar términos evangélicos, sabrá asistir y guiar a su pobre siervo. En todo caso, es gravosa como ninguna esta soledad radical, el ser consciente de encontrarse en una condición única, sin comparación con ninguna otra, vínculo de unión entre la Historia y el Eterno. Incluso el apacible Juan XXIII se soltó y dijo una confidencia: «Cuando era Patriarca de Venecia, aunque tenía problemas graves para mi diócesis, me dormía tranquilo y me tranquilizaba con un: ´En cuanto pueda lo hablaré con el Papa y el me dirá qué hacer y cómo hacerlo´. Ahora espontáneamente lo pienso también, pero me doy cuenta rápidamente de que el Papa soy yo, que mi diócesis es el mundo entero, que ya no tengo ningún Superior en la tierra. Y, por tanto, no me queda más que la oración para obtener iluminación, sin que ningún hombre pueda decidir por mí».

Muy lejos de «una vida de Papa»
Sobre la Iglesia que el nuevo Pontífice va a encontrar (y que, de todos modos, no le permitirá, podemos asegurarlo, llevar «una vida de papa») nos limitaremos, como es obvio, sólo a realizar algún apunte, algún trazo de la situación objetiva: otra cosa bien distinta sería necesaria para realizar un cuadro completo. Un cuadro que —quede claro—, no cuenta solamente con puntos de crisis que aquí señalaremos, sino que también presenta no pocos aspectos positivos, lugares de resistencia, sólidas renovaciones, fundados motivos de esperanza. La doble naturaleza, al mismo tiempo humana y divina de la Iglesia (a imagen de su Señor: Dios y hombre; crucificado y resucitado) provoca siempre que, a lo largo de los siglos, haya aparecido sufriente, cuando no agonizante; y quizá siempre, al mismo tiempo, llena de vida, aunque a veces sólo visto con ojos de la fe. Una energía vital capaz de manifestarse y de reanimarla incluso en el fondo de las peores crisis. Jamás —es un hecho objetivo, no una pretensión apologética—, ni siquiera en los siglos más oscuros, jamás esta Iglesia ha dejado de ser madre de santos, nunca le han faltado, a pesar de todo, hombres y mujeres que han hecho del Evangelio carne y sangre de su vida. Alejandro VI, el Papa Rodrigo Borgia, es contemporáneo del más penitente y austero de todos los santos, Francesco da Paola, que fue apreciado por aquel Pontífice, símbolo de la mayor decadencia eclesial, y que aprobó su durísima Regla. Mientras la revolución luterana incendiaba Europa y León X no quería distraerse de los placeres, las cacerías y de las guerras, perdiendo tiempo con la que el llamaba con desprecio «la típica disputa entre frailes», Ignacio de Loyola iniciaba su camino y meditaba sobre fundar una Compañía de apóstoles, obedientes como soldados, tropas especiales lanzadas a la conquista del mundo en el nombre de la Iglesia. Tempestades que parecían señalar el final, como aquellas que siguieron a la Reforma o a la Revolución Francesa, la era napoleónica, la ocupación italiana de Roma, fueron superadas con un rápido movimiento, del todo imprevisto, que transformó en expansión y en un nuevo florecimiento la perspectiva de extinción.

El fenómeno de los santuarios
Por cierto, hoy, tal y como hemos visto, todos los indicadores señalan una crisis, al menos numérica, pero al mismo tiempo indican un refuerzo fuerte y constante de la afluencia a los santuarios, sobre todo los dedicados a la Virgen. Pero no sólo marianos: basta pensar solamente a san Giovanni Rotondo, donde el padre Pío convoca a una masa mundial (que no conoce de clases sociales) siempre creciente. A menudo, el vecino de casa o el colega del trabajo que no se ven desde hace años en la misa parroquial se encuentran en estos lugares donde lo Sagrado parece concentrarse. ¿Parece atrincherarse hoy en día, como preparando una posible salida, la extraordinaria red de miles de santuarios en el mundo entero, casi como un campo atrincherado en el que esperar tiempos mejores? Una pregunta que sólo puede responder Aquel que, como le gustaba decir al Papa Ratzinger, es el Dueño de la viña que es la Iglesia.

En cualquier caso, el estudioso serio, incluso el más laico, sabe que tiene que protegerse de la imprudencia de aquel funcionario revolucionario que, el 29 de agosto de 1799, registró la muerte de Pío VI, prisionero de la República Francesa en la fortaleza de Valence, mientras se le arrastraba con cadenas hacia París. El incauto escribió sobre el certificado de defunción: «Ha muerto aquí, hoy, el detenido por el gobierno republicano Gian angelo Braschi, italiano, de 82 años, de profesión papa, nombre artístico Pío». Pero quiso añadir verbalmente, de modo burlón como buen citoyen (ciudadano, en francés en el original, N. de la T.) volterriano: «Pío Sexto, pero también el último». En marzo del año siguiente, no en la Roma ocupada y sometida a la descristianización forzada, sino en la Venecia austríaca, fue elegido Pío VII, que asistió no sólo al fin de la Revolución, sino también al de la meteórica revolución napoleónica, y vio la restauración católica de los Borbones. Y la madre y los hermanos del ex Emperador deportados a una isla remota, rechazados por todas las potencias vencedoras, amenazados con sufrir la suerte reservada al Jefe de la efímera revolución, sólo fueron acogidos en Roma paternalmente, ayudados, protegidos por el mismo que había sido durante años prisionero de Bonaparte. Pío VII envió a su carcelero un sacerdote corso para que lo consolase en su lengua materna y le transmitiese el perdón completo y su bendición apostólica.

Una institución compleja
El historiador no aficionado y no incauto sabe que es necesaria mucha prudencia para juzgar la institución más antigua, vasta y abigarrada de la Historia. Y también la más enigmática porque (según su fe), pertenece a la historia y al mismo tiempo la supera: su insitución humana, su involucración terrena —la Iglesia militante— está en la tierra, pero su Fundador y Guía está en el Cielo, donde brilla esplendorosamente la Iglesia triunfante. Estaba ya entre nosotros cuando el Imperio romano estaba en su apogeo, sus visicitudes han recorrido los océanos tempestuosos de veinte siglos, han visto surgir y morir todos los reinos y desvanecerse a todos los potentes y, a pesar de todo, ha llegado a nosotros; ahora, como muchas otras veces, parece débil, y sin embargo no tiene intención alguna de despedirse del mundo y decepcionará, como siempre, a los que esperan una implosión que la disgregue, al estilo del último imperio que la había desafiado, el soviético. Su pueblo y sus pastores —cardenales y obispos— pertenecen a todas las estirpes y todas las culturas, como no sucede en ninguna otra parte ni lugar.
 
Último Estado teocrático, última Monarquía verdaderamente absoluta: su Pontífice, dice el derecho que le es propio, tiene una potestas suprema, plena, immediata et universalis sobre la Iglesia, y contra sus decisiones non datur appellatio nec recursus. Pero es, al mismo tiempo, el lugar más democrático: todo seminarista, por pobre y oscuro que sea, sabe que tendrá en su alforja de sacerdote una posibilidad de ser papa, o al menos cardenal u obispo. El más oscuro de los bautizados tiene —en el interior de los muros eclesiales— los derechos y los deberes del más rico o potente de la tierra entera: aquí realmente «la ley es igual para todos», porque todos, sin excepción, están llamados a respetar, como base de la que todo deriva, el Decálogo dado a Moisés y el Sermón de la Montaña de Jesús. En la óptica que sólo aquí vale, la desventaja según el mundo tiene aquí una posición privilegiada. La última entre los últimos, aquella Bernadette ignorante, enferma, miserable sobre la que estaba escribiendo aquella mañana de la renuncia papal, tendrá la gloria de los altares, retratos venerados en todo el mundo, una estatua de mármol en la nave misma de San Pedro, peregrinaciones ininterrumpidas a su tumba de Nevers.

Por tanto, que quede claro: las sombras que aquí señalamos con honesto realismo, conviven con amplios espacios por los que se filtra la luz. No olvidemos lo que el mismo Benedicto XVI nos ha recordado, también con su renuncia al pontificado: sólo quien no comprenda que la Iglesia no es nuestra, sino de Cristo, puede preocuparse por ella, por su futuro. A los fieles, el Papa incluido, no se les pide más que realizar, cada uno en su lugar, el propio deber: el resto no es asunto de los hombres. A diferencia de lo que sucede en las instituciones sólo humanas, a aquellos que, con el bautismo, han entrado a formar parte de ella, se les pedirá cuenta de su esfuerzo, no de los resultados. La barca, en cualquier caso, llegará al puerto del fin de la Historia, aunque no sea como un galeón con velas desplegadas y grandes banderas ondeantes, sino reducida a una miserable balsa cargada sólo de pobre gente. Jesús predijo a Pedro que «las puertas del infierno no prevalecerán» jamás sobre la comunidad que le confiaba, pero también le dio a entender que la suerte terrena habría sido para Él precisamente la de la cruz.

(Continuará)

Traducción: Sara Martín

sexta-feira, 29 de junho de 2012

Homilia de Bento XVI na Solenidade de S. Pedro e S. Paulo


Venerados Cardeais,
Amados Irmãos no Episcopado e no Sacerdócio,
Queridos irmãos e irmãs!

Reunimo-nos à volta do altar para celebrar solenemente os Apóstolos São Pedro e São Paulo, Padroeiros principais da Igreja de Roma. Temos connosco os Arcebispos Metropolitas nomeados durante os últimos doze meses, que acabaram de receber o pálio: a eles dirijo, de modo especial e afectuoso, a minha saudação. E, enviada por Sua Santidade Bartolomeu I, está presente também uma eminente Delegação do Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, que acolho com gratidão fraterna e cordial. Em espírito ecuménico, tenho o prazer de saudar, e agradecer pela sua participação, «The Choir of Westminster Abbey», que anima a Liturgia juntamente com a Capela Sistina. Saúdo também os Senhores Embaixadores e as Autoridades civis: a todos agradeço pela presença e a oração.

À frente da Basílica de São Pedro, como todos bem sabem, estão colocadas duas estátuas imponentes dos Apóstolos Pedro e Paulo, facilmente identificáveis pelas respectivas prerrogativas: as chaves na mão de Pedro e a espada na mão de Paulo. Também na entrada principal da Basílica de São Paulo Extra-muros, estão conjuntamente representadas cenas da vida e do martírio destas duas colunas da Igreja. Desde sempre a tradição cristã tem considerado São Pedro e São Paulo inseparáveis: na verdade, juntos, representam todo o Evangelho de Cristo. Mas, a sua ligação como irmãos na fé adquiriu um significado particular em Roma. De facto, a comunidade cristã desta Cidade viu neles uma espécie de antítese dos mitológicos Rómulo e Remo, o par de irmãos a quem se atribui a fundação de Roma. E poder-se-ia, continuando em tema de fraternidade, pensar ainda noutro paralelismo antitético formado com o primeiro par bíblico de irmãos: mas, enquanto nestes vemos o efeito do pecado pelo qual Caim mata Abel, Pedro e Paulo, apesar de ser humanamente bastante diferentes e não obstante os conflitos que não faltaram no seu mútuo relacionamento, realizaram um modo novo e autenticamente evangélico de ser irmãos, tornado possível precisamente pela graça do Evangelho de Cristo que neles operava. Só o seguimento de Cristo conduz a uma nova fraternidade: esta é, para cada um de nós, a primeira e fundamental mensagem da Solenidade de hoje, cuja importância se reflecte também na busca da plena comunhão, à qual anelam o Patriarca Ecuménico e o Bispo de Roma, bem como todos os cristãos.

Na passagem do Evangelho de São Mateus que acabamos de ouvir, Pedro faz a sua confissão de fé em Jesus, reconhecendo-O como Messias e Filho de Deus; fá-lo também em nome dos outros apóstolos. Em resposta, o Senhor revela-lhe a missão que pretende confiar-lhe, ou seja, a de ser a «pedra», a «rocha», o fundamento visível sobre o qual está construído todo o edifício espiritual da Igreja (cf. Mt 16, 16-19). Mas, de que modo Pedro é a rocha? Como deve realizar esta prerrogativa, que naturalmente não recebeu para si mesmo? A narração do evangelista Mateus começa por nos dizer que o reconhecimento da identidade de Jesus proferido por Simão, em nome dos Doze, não provém «da carne e do sangue», isto é, das suas capacidades humanas, mas de uma revelação especial de Deus Pai. Caso diverso se verifica logo a seguir, quando Jesus prediz a sua paixão, morte e ressurreição; então Simão Pedro reage precisamente com o impeto «da carne e do sangue»: «Começou a repreender o Senhor, dizendo: (...) Isso nunca Te há-de acontecer!» (16, 22). Jesus, por sua vez, replicou-lhe: «Vai-te daqui, Satanás! Tu és para Mim uma ocasião de escândalo...» (16, 23). O discípulo que, por dom de Deus, pode tornar-se uma rocha firme, surge aqui como ele é na sua fraqueza humana: uma pedra na estrada, uma pedra onde se pode tropeçar (em grego, skandalon). Por aqui, se vê claramente a tensão que existe entre o dom que provém do Senhor e as capacidades humanas; e aparece de alguma forma antecipado, nesta cena de Jesus com Simão Pedro, o drama da história do próprio Papado, caracterizada precisamente pela presença conjunta destes dois elementos: graças à luz e força que provêm do Alto, o Papado constitui o fundamento da Igreja peregrina no tempo, mas, ao longo dos séculos assoma também a fraqueza dos homens, que só a abertura à acção de Deus pode transformar.

E no Evangelho de hoje sobressai, forte e clara, a promessa de Jesus: «as portas do inferno», isto é, as forças do mal, «non praevalebunt», não conseguirão levar a melhor. Vem à mente a narração da vocação do profeta Jeremias, a quem o Senhor diz ao confiar-lhe a missão: «Eis que hoje te estabeleço como cidade fortificada, como coluna de ferro e muralha de bronze, diante de todo este país, dos reis de Judá e de seus chefes, dos sacerdotes e do povo da terra. Far-te-ão guerra, mas não hão-de vencer - non praevalebunt -, porque Eu estou contigo para te salvar» (Jr 1, 18-19). Na realidade, a promessa que Jesus faz a Pedro é ainda maior do que as promessas feitas aos profetas antigos: de facto, estes encontravam-se ameaçados por inimigos somente humanos, enquanto Pedro terá de ser defendido das «portas do inferno», do poder destrutivo do mal. Jeremias recebe uma promessa que diz respeito à sua pessoa e ministério profético, enquanto Pedro recebe garantias relativamente ao futuro da Igreja, da nova comunidade fundada por Jesus Cristo e que se prolonga para além da existência pessoal do próprio Pedro, ou seja, por todos os tempos.

Detenhamo-nos agora no símbolo das chaves, de que nos fala o Evangelho. Ecoa nele o oráculo do profeta Isaías a Eliaquim, de quem se diz: «Porei sobre os seus ombros a chave do palácio de David; o que ele abrir, ninguém fechará; o que ele fechar, ninguém abrirá» (Is 22, 22). A chave representa a autoridade sobre a casa de David. Entretanto, no Evangelho, há outra palavra de Jesus, mas dirigida aos escribas e fariseus, censurando-os por terem fechado aos homens o Reino dos Céus (cf. Mt 23, 13). Também este dito nos ajuda a compreender a promessa feita a Pedro: como fiel administrador da mensagem de Cristo, compete-lhe abrir a porta do Reino dos Céus e decidir se alguém será aí acolhido ou rejeitado (cf. Ap 3, 7). As duas imagens – a das chaves e a de ligar e desligar – possuem significado semelhante e reforçam-se mutuamente. A expressão «ligar e desligar» pertencia à linguagem rabínica, aplicando-se tanto no contexto das decisões doutrinais como no do poder disciplinar, ou seja, a faculdade de infligir ou levantar a excomunhão. O paralelismo «na terra (...) nos Céus» assegura que as decisões de Pedro, no exercício desta sua função eclesial, têm valor também diante de Deus.

No capítulo 18 do Evangelho de Mateus, consagrado à vida da comunidade eclesial, encontramos outro dito de Jesus dirigido aos discípulos: «Em verdade vos digo: Tudo o que ligardes na terra será ligado no Céu, e tudo o que desligardes na terra será desligado no Céu» (Mt 18, 18). E na narração da aparição de Cristo ressuscitado aos Apóstolos na tarde da Páscoa, São João refere esta palavra do Senhor: «Recebei o Espírito Santo. Àqueles a quem perdoardes os pecados, ficarão perdoados; àqueles a quem os retiverdes, ficarão retidos» (Jo 20, 22-23). À luz destes paralelismos, é claro que a autoridade de «desligar e ligar» consiste no poder de perdoar os pecados. E esta graça, que despoja da sua energia as forças do caos e do mal, está no coração do mistério e do ministério da Igreja. A Igreja não é uma comunidade de seres perfeitos, mas de pecadores que se devem reconhecer necessitados do amor de Deus, necessitados de ser purificados através da Cruz de Jesus Cristo. Os ditos de Jesus sobre a autoridade de Pedro e dos Apóstolos deixam transparecer precisamente que o poder de Deus é o amor: o amor que irradia a sua luz a partir do Calvário. Assim podemos compreender também por que motivo, na narração evangélica, à confissão de fé de Pedro se segue imediatamente o primeiro anúncio da paixão: na verdade, foi com a sua própria morte que Jesus venceu as forças do inferno; com o seu sangue, Ele derramou sobre o mundo uma torrente imensa de misericórdia, que irriga, com as suas águas salutares, a humanidade inteira.

Queridos irmãos, como recordei no princípio, a iconografia tradicional apresenta São Paulo com a espada, e sabemos que esta representa o instrumento do seu martírio. Mas, repassando os escritos do Apóstolo dos Gentios, descobrimos que a imagem da espada se refere a toda a sua missão de evangelizador. Por exemplo, quando já sentia aproximar-se a morte, escreve a Timóteo: «Combati o bom combate» (2 Tm 4, 7); aqui não se trata seguramente do combate de um comandante, mas daquele de um arauto da Palavra de Deus, fiel a Cristo e à sua Igreja, por quem se consumou totalmente. Por isso mesmo, o Senhor lhe deu a coroa de glória e colocou-o, juntamente com Pedro, como coluna no edifício espiritual da Igreja.

Amados Metropolitas, o pálio, que vos entreguei, recordar-vos-á sempre que estais constituídos no e para o grande mistério de comunhão que é a Igreja, edifício espiritual construído sobre Cristo como pedra angular e, na sua dimensão terrena e histórica, sobre a rocha de Pedro. Animados por esta certeza, sintamo-nos todos juntos colaboradores da verdade, que – como sabemos – é una e «sinfónica», exigindo de cada um de nós e das nossas comunidades o esforço contínuo de conversão ao único Senhor na graça de um único Espírito. Que nos guie e acompanhe sempre no caminho da fé e da caridade, a Santa Mãe de Deus. Rainha dos Apóstolos, rogai por nós!
Amen.

quarta-feira, 29 de junho de 2011

Bento XVI nos seus 60 anos de sacerdócio - Homilia

In Vatican.va

Amados irmãos e irmãs!

«Non iam servos, sed amicos» - «Já não vos chamo servos, mas amigos» (cf. Jo 15, 15). Passados sessenta anos da minha Ordenação Sacerdotal, sinto ainda ressoar no meu íntimo estas palavras de Jesus, que o nosso grande Arcebispo, o Cardeal Faulhaber, com voz um pouco débil já mas firme, nos dirigiu, a nós novos sacerdotes, no final da cerimónia da Ordenação. Segundo o ordenamento litúrgico daquele tempo, esta proclamação significava então a explícita concessão aos novos sacerdotes do mandato de perdoar os pecados. «Já não sois servos, mas amigos»: eu sabia e sentia que esta não era, naquele momento, apenas uma frase «de cerimónia»; e que era mais do que uma mera citação da Sagrada Escritura. Estava certo disto: neste momento, Ele mesmo, o Senhor, di-la a mim de modo muito pessoal. No Baptismo e na Confirmação, Ele já nos atraíra a Si, acolhera-nos na família de Deus. Mas o que estava a acontecer naquele momento, ainda era algo mais. Ele chama-me amigo. Acolhe-me no círculo daqueles que receberam a sua palavra no Cenáculo; no círculo daqueles que Ele conhece de um modo muito particular e que chegam assim a conhecê-Lo de modo particular. Concede-me a faculdade, que quase amedronta, de fazer aquilo que só Ele, o Filho de Deus, pode legitimamente dizer e fazer: Eu te perdoo os teus pecados. Ele quer que eu – por seu mandato – possa pronunciar com o seu «Eu» uma palavra que não é meramente palavra mas acção que produz uma mudança no mais íntimo do ser. Sei que, por detrás de tais palavras, está a sua Paixão por nossa causa e em nosso favor. Sei que o perdão tem o seu preço: na sua Paixão, Ele desceu até ao fundo tenebroso e sórdido do nosso pecado. Desceu até à noite da nossa culpa, e só assim esta pode ser transformada. E, através do mandato de perdoar, Ele permite-me lançar um olhar ao abismo do homem e à grandeza do seu padecer por nós, homens, que me deixa intuir a grandeza do seu amor. Diz-me Ele em confidência: «Já não és servo, mas amigo». Ele confia-me as palavras da Consagração na Eucaristia. Ele considera-me capaz de anunciar a sua Palavra, de explicá-la rectamente e de a levar aos homens de hoje. Ele entrega-Se a mim. «Já não sois servos, mas amigos»: trata-se de uma afirmação que gera uma grande alegria interior mas ao mesmo tempo, na sua grandeza, pode fazer-nos sentir ao longo dos decénios calafrios com todas as experiências da própria fraqueza e da sua bondade inexaurível.

«Já não sois servos, mas amigos»: nesta frase está encerrado o programa inteiro duma vida sacerdotal. O que é verdadeiramente a amizade? Idem velle, idem nolle – querer as mesmas coisas e não querer as mesmas coisas: diziam os antigos. A amizade é uma comunhão do pensar e do querer. O Senhor não se cansa de nos dizer a mesma coisa: «Conheço os meus e os meus conhecem-Me» (cf. Jo 10, 14). O Pastor chama os seus pelo nome (cf. Jo 10, 3). Ele conhece-me por nome. Não sou um ser anónimo qualquer, na infinidade do universo. Conhece-me de modo muito pessoal. E eu? Conheço-O a Ele? A amizade que Ele me dedica pode apenas traduzir-se em que também eu O procure conhecer cada vez melhor; que eu, na Escritura, nos Sacramentos, no encontro da oração, na comunhão dos Santos, nas pessoas que se aproximam de mim mandadas por Ele, procure conhecer sempre mais a Ele próprio. A amizade não é apenas conhecimento; é sobretudo comunhão do querer. Significa que a minha vontade cresce rumo ao «sim» da adesão à d’Ele. De facto, a sua vontade não é uma vontade externa e alheia a mim mesmo, à qual mais ou menos voluntariamente me submeto ou então nem sequer me submeto. Não! Na amizade, a minha vontade, crescendo, une-se à d’Ele: a sua vontade torna-se a minha, e é precisamente assim que me torno de verdade eu mesmo. Além da comunhão de pensamento e de vontade, o Senhor menciona um terceiro e novo elemento: Ele dá a sua vida por nós (cf. Jo 15, 13; 10, 15). Senhor, ajudai-me a conhecer-Vos cada vez melhor! Ajudai-me a identificar-me cada vez mais com a vossa vontade! Ajudai-me a viver a minha existência, não para mim mesmo, mas a vivê-la juntamente convoco para os outros! Ajudai-me a tornar-me sempre mais vosso amigo!

Esta palavra de Jesus sobre a amizade situa-se no contexto do discurso sobre a videira. O Senhor relaciona a imagem da videira com uma tarefa dada aos discípulos: «Eu vos destinei, para que vades e deis fruto e o vosso fruto permaneça» (Jo 15, 16). A primeira tarefa dada aos discípulos, aos amigos, é pôr-se a caminho – destinei, para que vades –, sair de si mesmos e ir ao encontro dos outros. A par desta, podemos ouvir também a frase que o Ressuscitado dirige aos seus e que aparece na conclusão do Evangelho de Mateus: «Ide fazer discípulos de todas as nações…» (cf. Mt 28, 19). O Senhor exorta-nos a superar as fronteiras do ambiente onde vivemos e levar ao mundo dos outros o Evangelho, para que permeie tudo e, assim, o mundo se abra ao Reino de Deus. Isto pode trazer-nos à memória que o próprio Deus saiu de Si, abandonou a sua glória, para vir à nossa procura e trazer-nos a sua luz e o seu amor. Queremos seguir Deus que Se põe a caminho, vencendo a preguiça de permanecer cómodos em nós mesmos, para que Ele mesmo possa entrar no mundo.

Depois da palavra sobre o pôr-se a caminho, Jesus continua: dai fruto, um fruto que permaneça! Que fruto espera Ele de nós? Qual é o fruto que permanece? Sabemos que o fruto da videira são as uvas, com as quais depois se prepara o vinho. Por agora detenhamo-nos sobre esta imagem. Para que as uvas possam amadurecer e tornar-se boas, é preciso o sol mas também a chuva, o dia e a noite. Para que dêem um vinho de qualidade, precisam de ser pisadas, há que aguardar com paciência a fermentação, tem-se de seguir com cuidadosa atenção os processos de maturação. Características do vinho de qualidade são não só a suavidade, mas também a riqueza das tonalidades, o variegado aroma que se desenvolveu nos processos da maturação e da fermentação. E por acaso não constitui já tudo isto uma imagem da vida humana e, de modo muito particular, da nossa vida de sacerdotes? Precisamos do sol e da chuva, da serenidade e da dificuldade, das fases de purificação e de prova mas também dos tempos de caminho radioso com o Evangelho. Num olhar de retrospectiva, podemos agradecer a Deus por ambas as coisas: pelas dificuldades e pelas alegrias, pela horas escuras e pelas horas felizes. Em ambas reconhecemos a presença contínua do seu amor, que incessantemente nos conduz e sustenta.

Agora, porém, devemos interrogar-nos: de que género é o fruto que o Senhor espera de nós? O vinho é imagem do amor: este é o verdadeiro fruto que permanece, aquele que Deus quer de nós. Mas não esqueçamos que, no Antigo Testamento, o vinho que se espera das uvas boas é sobretudo imagem da justiça, que se desenvolve numa vida segundo a lei de Deus. E não digamos que esta é uma visão veterotestamentária, já superada. Não! Isto permanece sempre verdadeiro. O autêntico conteúdo da Lei, a sua summa, é o amor a Deus e ao próximo. Este duplo amor, porém, não é qualquer coisa simplesmente doce; traz consigo o peso da paciência, da humildade, da maturação na educação e assimilação da nossa vontade à vontade de Deus, à vontade de Jesus Cristo, o Amigo. Só deste modo, tornando verdadeiro e recto todo o nosso ser, é que o amor se torna também verdadeiro, só assim é um fruto maduro. A sua exigência intrínseca, ou seja, a fidelidade a Cristo e à sua Igreja, requer sempre que se realize também no sofrimento. É precisamente assim que cresce a verdadeira alegria. No fundo, a essência do amor, do verdadeiro fruto, corresponde à palavra relativa ao pôr-se a caminho, ao ir: amor significa abandonar-se, dar-se; leva consigo o sinal da cruz. Neste contexto, disse uma vez Gregório Magno: Se tendeis para Deus, tende cuidado que não O alcanceis sozinhos (cf. H Ev 1, 6, 6: PL 76, 1097s). Trata-se de uma advertência que nós, sacerdotes, devemos ter intimamente presente cada dia.

Queridos amigos, talvez me tenha demorado demasiado com a recordação interior dos sessenta anos do meu ministério sacerdotal. Agora é tempo de pensar àquilo que é próprio deste momento.

Na solenidade dos Santos Apóstolos Pedro e Paulo, antes de mais nada dirijo a minha mais cordial saudação ao Patriarca Ecuménico Bartolomeu I e à Delegação por ele enviada, cuja aprazível visita na ocasião feliz da festa dos Santos Apóstolos Padroeiros de Roma, vivamente agradeço. Saúdo também os Senhores Cardeais, os Irmãos no Episcopado, os Senhores Embaixadores e as autoridades civis, como também os sacerdotes, os colegas da minha Missa Nova, os religiosos e os fiéis leigos. A todos agradeço a presença e a oração.

Aos Arcebispos Metropolitanos nomeados depois da última festa dos grandes Apóstolos, será agora imposto o pálio. Este, que significa? Pode recordar-nos em primeiro lugar o jugo suave de Cristo que nos é colocado aos ombros (cf. Mt 11, 29-30). O jugo de Cristo coincide com a sua amizade. É um jugo de amizade e, consequentemente, um «jugo suave», mas por isso mesmo também um jugo que exige e plasma. É o jugo da sua vontade, que é uma vontade de verdade e de amor. Assim, para nós, é sobretudo o jugo de introduzir outros na amizade com Cristo e de estar à disposição dos outros, de cuidarmos deles como Pastores. E assim chegamos a um novo significado do pálio: este é tecido com a lã de cordeiros, que são benzidos na festa de Santa Inês. Deste modo recorda-nos o Pastor que Se tornou, Ele mesmo, Cordeiro por nosso amor. Recorda-nos Cristo que Se pôs a caminho pelos montes e descampados, aonde o seu cordeiro – a humanidade – se extraviara. Recorda-nos como Ele pôs o cordeiro, ou seja, a humanidade – a mim – aos seus ombros, para me trazer de regresso a casa. E assim nos recorda que, como Pastores ao seu serviço, devemos também nós carregar os outros, pô-los por assim dizer aos nossos ombros e levá-los a Cristo. Recorda-nos que podemos ser Pastores do seu rebanho, que continua sempre a ser d’Ele e não se torna nosso. Por fim, o pálio significa também, de modo muito concreto, a comunhão dos Pastores da Igreja com Pedro e com os seus sucessores: significa que devemos ser Pastores para a unidade e na unidade, e que só na unidade, de que Pedro é símbolo, guiamos verdadeiramente para Cristo.

Sessenta anos de ministério sacerdotal! Queridos amigos, talvez me tenha demorado demais nos pormenores. Mas, nesta hora, senti-me impelido a olhar para aquilo que caracterizou estes decénios. Senti-me impelido a dizer-vos – a todos os presbíteros e Bispos, mas também aos fiéis da Igreja – uma palavra de esperança e encorajamento; uma palavra, amadurecida na experiência, sobre o facto que o Senhor é bom. Mas esta é sobretudo uma hora de gratidão: gratidão ao Senhor pela amizade que me concedeu e que deseja conceder a todos nós. Gratidão às pessoas que me formaram e acompanharam. E, subjacente a tudo isto, a oração para que um dia o Senhor na sua bondade nos acolha e faça contemplar a sua glória. Amen.

segunda-feira, 10 de maio de 2010

Revelar os corações - João César das Neves


João César das Neves

In
DN - 10. 05. 2010

Imagine uma pessoa que assiste a um jogo de futebol sem conseguir ver a bola. Suponha que um seu amigo o acompanha ao estádio mas, sofrendo de uma estranha forma de daltonismo, não vislumbra a pequena esfera de couro que prende a atenção de toda a gente. É normal que essa pessoa fique perplexa sobre o estranho comportamento, não apenas do grupinho que rodopia no relvado, mas também da multidão que aplaude e vibra sem razão aparente.

Esta é a situação de grande parte dos debates, públicos e privados, sobre a próxima vinda do Papa. Muitos exaltam a grandeza intelectual de Bento XVI, enquanto outros abominam o seu dogmatismo ou ridicularizam a pose. Mas quase todos, seguidores ou adversários, passam ao lado do elemento central, da única coisa que, de facto, tem algum interesse neste homem e que, mesmo inconscientemente, focaliza a atenção geral.

O motivo porque multidões seguem aquele senhor idoso e frágil não é ele ser muito inteligente e espiritual, pois há vários tão ou mais geniais que ele. A causa de tanta animosidade e raiva contra o alemão de branco não pode vir da sua falta de fotogenia ou teorias estranhas, algo hoje tão comum. A razão porque uns o seguem e outros o atacam é a mesma porque admiraram e contestaram os seus antecessores, tão diferentes dele, e um dia considerarão os sucessores, quem quer que sejam.

Quem vamos receber amanhã na nossa terra não é Joseph Ratzinger, nem sequer Bento XVI. Quem vem aí é o Papa, o 265.º sucessor de S. Pedro. E qual é o interesse da sucessão do pescador galileu? É que aquela pessoa frágil, sorridente e tímida, tão fascinante para uns e irritante para outros, é o 265.º vigário de Cristo na Terra. Sobre ele se projectam apenas as emoções que há 2000 anos suscita Jesus de Nazaré.

Neste tempo pedante os intelectuais fazem um enorme esforço para contornar isto. É curioso ler as notícias e opiniões sobre o Papa porque, na grande maioria, começam à cabeça por eliminar da equação o elemento central. Tiram Deus do panorama, dizendo obter assim uma perspectiva objectiva e equilibrada. Não percebem que deste modo repetem o erro dos que vissem futebol sem ter em conta a bola. Omitindo Cristo, tudo no Papa pura e simplesmente deixa de fazer sentido. Sem Jesus nada na Igreja tem interesse, valor, lógica. Não admira assim que tantos julguem os cristãos loucos, como aquele pobre espectador acharia lunáticos os que correm com tanto afã só para chegar à rede entre os postes.

Apesar da cegueira de comentadores, livros de divulgação e até tratados científicos, as reacções concretas mostram bem como, para ambos os lados da questão, Deus é o único assunto verdadeiramente em causa. Por isso é que não nos devemos espantar por tantos admirarem e aclamarem Bento XVI, sem sequer entenderem bem os contornos da sua teologia; tal como não temos de nos escandalizar por tantos o repudiarem e criticarem sem sequer se darem ao trabalho de conhecer as suas posições. O que interessa naquele homem, nos gestos como nas decisões, nos seus livros como nas homilias, é a pessoa de Cristo que ele, na sua pequenez e limitação, recebeu o mandato de representar. É perante Cristo, não Joseph ou Bento, que as pessoas realmente reagem, bem ou mal. E Jesus sempre suscitou emoções fortes e contraditórias, nem sempre ponderadas.

Claro que todos devíamos ter espírito sereno, aberto e dialogante, quer para considerar o que o Papa diz quer para ouvir as críticas que tantos lhe dirigem. Aliás, ninguém como Ratzinger acolheu e acolhe, com seriedade e perspicácia, as múltiplas opiniões dos adversários da fé, que há quase 30 anos tem a função suprema de defender. Mas, mesmo praticando respeito, compreensão e tolerância para com todos, é incontornável que Jesus é "sinal de contradição" (Lc 2, 34). Desde a apresentação no Templo que sabemos que perante Ele "se hão-de revelar os pensamentos de muitos corações" (Lc 2, 35). Não há dúvida que em Portugal, nos últimos e próximos dias, se estão a revelar os contornos íntimos de muitos corações.