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quarta-feira, 28 de novembro de 2012

Catequesis del Papa sobre la urgencia de hablar de Dios en nuestro tiempo

VATICANO, 28 Nov. 12 / 10:50 am (ACI).- Queridos hermanos y hermanas:

La pregunta principal que nos planteamos hoy es ¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio, para abrir caminos a su verdad salvífica en los corazones de nuestros contemporáneos, a menudo cerrados, y en sus mentes, a veces distraídas por tantos destellos de la sociedad? 

El mismo Jesús, nos dicen los evangelistas, al anunciar el Reino de Dios se preguntó acerca de esto: "¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo?" (Mc 4, 30). Cómo hablar de Dios hoy. La primera respuesta es que nosotros podemos hablar de Dios porque Dios ha hablado con nosotros. La primera condición del hablar de Dios es, por lo tanto, la escucha de lo que ha dicho el mismo Dios. Ha hablado con nosotros. Dios no es una hipótesis lejana del mundo por su origen, Dios se preocupa por nosotros, Dios nos ama, Dios ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia, se ha ‘auto-comunicado’ hasta encarnarse. 

Por lo tanto, Dios es una realidad de nuestra vida, Dios es tan grande que tiene tiempo también para nosotros, que puede ocuparse de nosotros y se ocupa de nosotros. En Jesús de Nazaret, encontramos el rostro de Dios, que ha bajado de su Cielo, para sumergirse en el mundo de los hombres y en nuestro mundo y enseñar el "arte de vivir", el camino hacia la felicidad; para liberarnos del pecado y hacernos plenamente hijos de Dios (cfr. Ef 1, 5, Rom 8, 14). Jesús vino para salvarnos y mostrarnos la vida buena del Evangelio.

Hablar de Dios significa, ante todo tener claro lo que debemos brindar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No un Dios abstracto, no una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha entrado en la historia y está presente en la historia, el Dios de Jesucristo como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y cómo vivir. 

Por lo tanto, hablar de Dios requiere una familiaridad con Jesús y su Evangelio, presupone un conocimiento nuestro personal y real de Dios y una gran pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación del éxito, sino siguiendo el método de Dios mismo. El método de Dios es el de la humildad, Dios se hace uno de nosotros, es el método cumplido en la Encarnación, en la humilde casa de Nazaret y en la gruta de Belén, la parábola del grano de mostaza. Se requiere no temer la humildad de los pequeños pasos y confiar en la levadura, que penetra en la masa y la hace crecer lentamente (cfr. Mt 13, 33). 

Al hablar de Dios, en la obra de la evangelización, bajo la guía del Espíritu Santo, es necesario recuperar la simplicidad, un retorno a lo esencial del anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real, concreto, de un Dios que se preocupa por nosotros, de un Dios-Amor que se acerca a nosotros en Jesucristo hasta la Cruz y que, en la Resurrección nos dona la esperanza y nos abre a una vida que no tiene fin, la vida eterna. Ese comunicador excepcional que fue el apóstol Pablo nos ofrece una lección que va directo al corazón de la fe, sobre cómo hablar de Dios con gran sencillez. Hemos escuchado hace poco que en la primera carta a los Corintios escribe: "Por mi parte, hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado" (2, 1-2).

Por lo tanto, la primera realidad es que no habla de una filosofía que él ha desarrollado, no habla de ideas que ha encontrado o que ha inventado, habla de una realidad de su vida, habla del Dios que ha entrado en su vida, habla de un Dios real, que vive, que ha hablado con él, que hablará con él del Cristo resucitado, crucificado y resucitado. 

La segunda realidad es que habla, no se busca a sí mismo, no quiere crearse un grupo de admiradores, no quiere entrar en la historia como líder de una escuela de grandes conocimientos, no se busca a sí mismo, no quiere tener un grupo de admiradores suyos, Pablo anuncia a Cristo y quiere ganar personas para el Dios verdadero y real. Pablo habla con el único anhelo de predicar lo que ha entrado en su vida y que es la verdadera vida, que lo ha conquistado en el camino a Damasco. 

Hablar de Dios quiere decir dar espacio a Aquél que nos lo hace conocer, que nos revela su rostro de amor; significa expropiar nuestro propio yo, ofreciéndolo a Cristo, conscientes de que no somos nosotros los que podemos ganar a los otros para Dios, sino que debemos esperarlos de parte del mismo Dios, invocárselos a Él. El hablar de Dios nace por lo tanto de la escucha, de nuestro conocimiento de Dios que se realiza en la familiaridad con Dios, en la vida de oración y según los mandamientos.

Comunicar la fe, para San Pablo no quiere decir traer a sí mismo, sino decir abiertamente y públicamente lo que ha visto y oído en el encuentro con Cristo, lo que él ha experimentado en su vida ya transformada por aquel encuentro: es llevar a Jesús, que siente en sí mismo y se ha convertido en el verdadero sentido de su vida, para que quede claro a todos que Él es necesario para el mundo y decisivo para la libertad de cada hombre. 

El Apóstol no se contenta con proclamar las palabras, sino que implica la totalidad de su vida en la gran obra de la fe. Para hablar de Dios, tenemos que dejarle espacio en la esperanza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: dejar espacio sin miedo, con sencillez y alegría, en la profunda convicción de que cuanto más lo pongamos en medio, y no a nosotros, más nuestra comunicación será fructífera. Y esto también vale para las comunidades cristianas: ellas están llamados a mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando individualismos, cerrazones, egoísmos, indiferencia y viviendo en sus relaciones cotidianas el amor de Dios. ¿Son realmente así nuestras comunidades? Tenemos que ponernos en acción para ser cada vez más anunciadores de Cristo y no de nosotros mismos.

En este punto debemos preguntarnos cómo comunicaba Jesús. Jesús en su unicidad habla de su padre –Abba– y del Reino de Dios, con los ojos llenos de compasión por los sufrimientos y las dificultades de la existencia humana. Habla con gran realismo y, yo diría de manera esencial. El anuncio de Jesús nos muestra que en el mundo y en la creación aparece el rostro de Dios y nos muestra cómo en las historias cotidianas de nuestra vida Dios está presente, como en las parábolas de la naturaleza, del grano de mostaza, en la parábola del hijo pródigo, Lázaro y en todas las parábolas de Jesús. 

En los Evangelios vemos como Jesús está interesado por todas las situaciones humanas que encuentra, se sumerge en la realidad de los hombres y mujeres de su tiempo, con una plena confianza en la ayuda del Padre. Y en verdad, en estas historias, de manera oculta, Dios está presente y si estamos atentos lo podemos descubrir. Los discípulos, que viven con Jesús, las multitudes que se reúnen, ven sus reacciones a los problemas más disparatados, ven cómo habla, cómo se comporta; ven en Él la acción del Espíritu Santo, la acción de Dios. 

En Él anuncio y vida están entrelazados: Jesús actúa y enseña, siempre a partir de una relación íntima con Dios Padre. Este estilo se convierte en una indicación fundamental para nosotros los cristianos: nuestra forma de vivir en la fe y en la caridad se convierte en un hablar de Dios en el hoy, ya que muestra, con una existencia vivida en Cristo, la credibilidad y el realismo de lo que decimos con las palabras, porque no son solo palabras, sino que muestran la realidad, la verdadera realidad. 

Y en esto hay que tener cuidado para saber leer los signos de los tiempos de nuestra época, es decir, identificar el potencial, los deseos, los obstáculos que se encuentran en la cultura contemporánea, en particular el deseo de autenticidad, el anhelo de trascendencia, la sensibilidad para salvaguardar la creación, y comunicar sin miedo la respuesta que ofrece la fe en Dios. El Año de la Fe es una oportunidad para descubrir, con la imaginación animada por el Espíritu Santo, nuevos caminos a nivel personal y comunitario, a fin de que en todas partes la fuerza el Evangelio sea la sabiduría de la vida y la orientación existencial.

También en nuestro tiempo, un lugar especial para hablar de Dios es la familia, la primera escuela para comunicar la fe a las nuevas generaciones. El Concilio Vaticano II habla de los padres como los primeros mensajeros de Dios (cf. Constitución dogmática Lumen gentium, 11;.. Decr Apostolicam actuositatem, 11), llamados a redescubrir su misión, asumiéndose la responsabilidad en la educación, en abrir la conciencia de los pequeños al amor de Dios como un servicio esencial para sus vidas, siendo los primeros catequistas y maestros de la fe para sus hijos. 

Y en esta tarea es importante ante todo la vigilancia, que significa saber aprovechar las oportunidades favorables para introducir en la familia el discurso de la fe y para hacer madurar una reflexión crítica respecto a las muchas influencias a las que están sometidos los hijos. Esta atención de los padres es también sensibilidad en el reconocimiento de las posibles preguntas religiosas que se hacen mentalmente los niños, a veces, evidentes a veces ocultas. Después está la alegría: la comunicación de la fe siempre debe tener un tono de alegría. Es la alegría de la Pascua, que no calla u oculta la realidad del dolor, del sufrimiento, la fatiga, las dificultades, la incomprensión y la muerte misma, sino que puede ofrecer criterios para la interpretación de todo, desde la perspectiva de la esperanza cristiana.

La vida buena del Evangelio es esta nueva mirada, esta capacidad de ver con los mismos ojos de Dios cada situación. Es importante ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la fe no es una carga, sino una fuente de alegría profunda, es percibir la acción de Dios, reconocer la presencia del bien, que no hace ruido, y proporciona valiosas orientaciones para vivir bien la propia existencia.

Por último, la capacidad de escucha y de dialogo: la familia debe ser un ámbito donde se aprende a estar juntos, para conciliar los conflictos en el diálogo mutuo, que está hecho de escucha y de palabra, de entenderse y amarse, para ser signo, el uno para el otro, del amor misericordioso de Dios.

Hablar de Dios, por lo tanto, significa comprender con la palabra y con la vida que Dios no es un competidor de nuestra existencia, sino que es el verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. 

Así volvemos al principio: hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la palabra y la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, el Dios que nos ha mostrado un amor tan grande, de encarnarse, morir y resucitar por nosotros; ese Dios que nos invita a seguirlo y dejarnos transformar por su amor inmenso para renovar nuestra vida y nuestras relaciones; el Dios que nos ha dado a la Iglesia, para caminar juntos y, a través de la Palabra y los Sacramentos, renovar la entera Ciudad de los hombres, para que pueda llegar a ser la Ciudad de Dios.

terça-feira, 20 de novembro de 2012

Só pode Amar quem Odiar - Nuno Serras Pereira

Nos dias que correm é difícil encontrar um cristão que tenha uma noção adequado de Quem é Deus no Seu Amor. E o que mais assombra é que a insistência na Misericórdia Infinita do Senhor seja o motivo ou o meio pelo qual se vem a ter essa ideia distorcida do Amor Trinitário. No entanto, se considerarmos que o anúncio da Misericórdia habitualmente não é acompanhado da proclamação de outras verdades Reveladas tais como a Justiça, e a Ira Divina, a exigência de conversão, com a consequente emenda de vida, a necessidade da penitência, da perseverança, da fidelidade até ao fim, repararemos que não há razão alguma para ficarmos assarapantados. Além disso, calar o que é o Amor, a Sua Santidade, ou seja, a incompatibilidade absoluta com o mal e o pecado; silenciar as Suas exigências, o Seu zelo pela nossa perfeição e salvação eterna é atraiçoar esse mesmo Amor. O Amor se o é o realmente tem, por isso mesmo, uma enfuriação contra todo o desamor, um verdadeiro ódio ou detestação daquilo que a Ele se opõe, estorvando os Seus desígnios de Redenção de cada pessoa humana. Daí que o Antigo Testamento (AT) afirme o ódio de Deus ao mal, narre as Suas tremebundas invectivas, O mostre rugindo fúrias contra o pecado. 


Estas passagens que infundem pavor levaram alguns, entre os quais se destaca Marcião, a separar o Antigo do Novo Testamento (NT), como se naquele não estivesse latente, aquilo que neste se torna patente; chegando ao excesso herético de afirmarem a existência de dois deuses, sendo que o do AT era mau e o do NT, pelo contrário, bom. Contra esta interpretação distorcida se levantaram os Evangelistas e a demais Igreja nascente. Há um só Deus, infinitamente benigno, que Se Revela tanto na Antiga como na Nova Aliança, que Se fez homem, nascido da Virgem Maria, pelo poder do Espírito Santo, foi crucificado, ressuscitou, ascendeu ao Céu e de novo há-de vira a julgar os vivos e os mortos. Jesus Cristo, nosso Redentor e Juiz, é a Chave de leitura, o critério definitivo e irrenunciável de interpretação da Sagrada Escritura, pois n’ Ele o Pai disse-nos tudo, Ele é a plenitude da Revelação.

Jesus Cristo “que passou fazendo o bem e exorcizando todos os que eram oprimidos pelo diabo”, Revelou-Se-nos como O poderoso guerreiro, O militante infatigável, O pelejador constante contra satanás e contra o pecado, em que ele nos tinha escravizados, para nos Libertar para a verdadeira Liberdade, que é a Comunhão de Vida e Amor com Ele. E, deste modo nos mostrou, contrariamente ao que hoje se presume, que não é possível fazer o bem sem combater denodadamente o mal e o pecado.

Que o amor a Deus, o único amor do qual todo o outro amor brota, e se corrompido nele se purifica, implique necessariamente um horror e abominação do pecado é ensinamento expresso deste Senhor infinitamente benevolente e benfazejo quando, por exemplo, proclama: Ninguém pode servir a dois senhores: ou há-de odiar a um e amar o outro, ou há-de apegar-se a um e desprezar o outro. Não podeis servir a Deus e ao dinheiro (Cf. Mt 6, 24; Lc 16, 13). Também nos adverte que se não nos convertermos pereceremos imprevistamente de modo semelhante aos galileus chacinados por Pilatos ou os jerosolimitanos esmagados pela derrocada da torre de Siloé (Lc 13, 2-5).  Será, possivelmente, da meditação desta passagem que terá surgido a oração que os nossos antepassados rezaram durante séculos implorando a Deus que os livrasse de uma morte súbita e imprevista. Esta súplica insistente e confiante brotava de uma consideração do peso da eternidade à luz da qual era vista esta vida. Para estes cristão o problema não era tanto a morte biológica, mas o Juízo de Deus, no qual se joga o destino eterno. De facto, o Mesmo Juiz que diz a uns “ … vinde benditos de Meu Pai, tomai posse do Reino que vos está preparado desde a criação do mundo … ” (Mt 25, 34) é o Mesmo que impera a outros “Retirai-vos de Mim, malditos! Ide para o fogo eterno destinado a satanás e aos seus anjos.” (Lc 25, 41). A Igreja, Cristo em nós, continuado e Presente na História de todos os tempos, durante séculos e séculos, apresentou o rosto de Jesus Cristo, Deus humanado, na Sua completude de Juiz Justo e Misericordioso. Era habitual, por exemplo, no púlpito, na pregação, no sermão, não só exaltar a Majestade Gloriosa de Deus, enaltecer as Suas obras, recordar os Seus prodígios em nosso favor, persuadir-nos do Seu Amor mas também trovejar cóleras contra o pecado, bramir iracundamente contra o derrancamento dos costumes, tendo como intento mover as almas ao arrependimento, em vista de uma confissão feita bem, que pudesse restabelecer a comunhão de vida e de amor com o Senhor, e com o próximo (além disso, ao desmascarem os ardis do Maligno e as manhas da natureza humana, possibilitavam o reconhecimento da culpa própria, e com ela a consciência de serem livres, e não meras vítimas inermes determinadas pelas circunstâncias). Deste modo, os penitentes aproximavam-se confundidos e temerosos, com grande atrição, dos sacerdotes para receberem a absolvição de seus pecados mortais, sendo-lhes assim perdoadas as penas eternas, devidas aos mesmos. Porém, no confessionário quem os acolhia não era já o rosto severo e rigoroso do Apocalipse, mas sim a face jubilosa, jucunda, transbordante de misericórdia, do Pai do filho pródigo. Este encontro conseguia frequentemente mover o penitente à contrição perfeita, isto é, a um arrependimento não já nascido do santo temor de Deus mas sim do santo amor. 

Será recto e justo dispensar o modo como Deus nos falou na Sagrada Escritura, na Tradição da Igreja, enfim nos Seus Santos, ou seja, naqueles que Ele fez participantes da Sua Santidade? 

Haverá ainda muitos cristãos que saibam que o pecado existe? E conheça a gravidade do mesmo? Que acredite no Inferno? Que saiba o que é o bem e o que é o mal? Que os saiba distinguir? Que não os troque?

Será ainda possível designar o mal e o pecado pelos seus nomes sem que as pessoas se sintam agredidas, em vez de agradecidas pela verdade/amor que lhes é comunicado? 

Seja como for, a verdade permanece: é impossível amar sem odiar. E não se pode praticar o bem sem combater o mal. 

20. 11. 2012

segunda-feira, 8 de outubro de 2012

Como S. Francisco de Assis caminhando com a Igreja de Lisboa, lhe expôs em que consiste a perfeita alegria - por Nuno Serras Pereira

Adaptação do Cap. VIII das Florinhas de S. Francisco

Em tempo de inverno demográfico e católico vindo uma vez S. Francisco com o Resto da Igreja de Lisboa, da Sé Catedral para um abortadouro da capital, eram fortemente atormentados pela incredulidade intensíssima. E chamando pelo Resto, que ia um pouco adiante, disse-lhe: 

- Ó Igreja de Lisboa, ainda que os teus membros dessem, por toda a terra, grande exemplo de santidade e boa edificação memoriza todavia e entende diligentemente que não está nisso a perfeita alegria.

E andando um pouco mais, tornou a chamar:

- Ó Igreja de Lisboa, ainda que os teus fiéis dessem vista aos cegos, curassem paralíticos, expulsassem demónios, dessem ouvidos aos surdos, pés aos coxos, fala aos mudos, e, o que mais é, ressuscitasse mortos de quatro dias: entende e memoriza que não está nisso a perfeita alegria.

E caminhando mais adiante, com voz forte, gritou:

- Ó Igreja de Lisboa, se os teus fiéis soubessem todas as línguas e todas as ciências, e conhecessem todas as Escrituras, de maneira que pudessem profetizar e revelar não somente as coisas futuras mas ainda os segredos das consciências e dos corações: escreve que não está nisso a perfeita alegria.

E continuando a andar, de novo chamou com voz forte:

- Ó Igreja de Lisboa, ovelhinha de Deus, ainda mesmo que os teus fiéis falassem com língua de Anjo, e soubessem o curso das estrelas e as virtudes das plantas, e lhes fossem revelados todos os tesouros da terra, e conhecessem as propriedades das aves e dos peixes e de todos os animais e dos homens e das árvores e das pedras e das raízes e das águas: entende e memoriza que não está nisso a perfeita alegria.

E prosseguindo adiante, clamou em alta voz: 

- Ó Igreja de Lisboa, quando os fiéis soubessem evangelizar tão bem que todos os infiéis convertessem à Fé de Cristo: entende e memoriza que não está nisso a perfeita alegria.

E, continuando a falar assim pelo espaço de três quilómetros, perguntou o Vigilante da Igreja de Lisboa muito enleado:

Pai S. Francisco, da parte de Deus te peço que me digas onde está a perfeita alegria.

E S. Francisco respondeu-lhe assim: 

- Se quando nós chegarmos ao abortadouro dos arcos, repassados de horror, tremendo de pavor, cobertos de ansiedades e aflitos com sede de vida e de almas, rezarmos à porta, e vierem de lá os empregados, todos irados, e nos disserem: - “Quem sois vós?”, e nós lhes respondermos: - “Somos irmãos vossos e das crianças nascituras”; e eles replicarem: - “Não dizeis a verdade: sois mas é genocidas de mulheres que andais enganando o mundo e roubando os subsídios das que abortam; ponde-vos daqui para fora!”; e nos virarem as costas, fazendo-nos passar por vigaristas criminosos, padecendo vergonhas e opróbrios; e nós então suportarmos tanta injúria, tanta crueldade, tantos vitupérios, com paciência, sem perturbação nem murmurar, humilde e caritativamente pensando, que em verdade, Deus permitira que eles assim falassem contra nós: ó Igreja de Lisboa, entende e memoriza que nisto está a perfeita alegria. E, se, continuando nós a orar e a dissuadir as mães grávidas de abortar, oferecendo-lhes alternativas, eles saíssem indignados, e, como a importunos criminosos, nos espancassem ignominiosamente, dizendo: - “Saiam daqui, vilíssimos embusteiros espoliadores; vão para o Tarrafal, que aqui não vos toleraremos!”; se isto sofrermos pacientemente e de ânimo leve e benevolente: ó Igreja de Lisboa, entende e memoriza que nisto está a perfeita alegria. Mas se nós, apertados pelo zelo da salvação das almas e pelo da conversão dos pecadores e pelo amor às crianças nascituras, insistíssemos e implorássemos, pelo amor de Deus e pelo amor de toda e cada pessoa humana, desde a concepção até ao seu fim natural, com muitas lágrimas e com muitos suspiros e com toda a mansidão e com a máxima suavidade, que nos deixassem estar; e eles, mais chocados, dissessem – “Estes patifes malvados: não deixam de nos importunar! Esperai lá, que já vos dou o pago!”, e chamassem a polícia especial de intervenção e os comandos e os paraquedistas e mais a comunicação social, e nos arrojassem por terra, nos arrastassem pela calçada, nos sovassem desapiedadamente, e nos sujeitassem a todo o género de sevícias, e nos lançassem aos calabouços, enxovias e ergástulos, e nos colocassem no pelourinho das televisões, e chamassem políticos e comentadores que nos metralhassem impropérios, e bombardeassem falsos testemunhos, e nos ridicularizassem, e nos tratassem como lixo imundo, e escória da humanidade, e cloacas do universo; se tudo isto levássemos com paciência e satisfação (Cristo na Sua Paixão satisfez pelos nossos pecados), meditando nos trabalhos de Cristo bendito: e que por Seu amor e para a conversão dos pecadores, por quem Ele deu a vida, devíamos suportar estes tratos e estes trabalhos: ó Igreja de Lisboa, entende e memoriza que está nisso a perfeita alegria. E agora ouve a conclusão:

- Sobre todas as graças e dons do Espírito Santo que aos Seus amigos Cristo concede, está o de se vencer cada um a si mesmo, e o de, voluntariamente e por Seu amor e por amor daqueles que Ele amou sofrer penas, injúrias, desprezos e opróbrios; e dos dons de Deus nos não podermos gloriar, porque nossos não são mas Seus. Na cruz, porém, e na tribulação nos podemos gloriar, que isto, porque Deus no-lo concedeu, é nosso, e assim diz o Apóstolo: “Não me quero gloriar, senão na cruz de Nosso Senhor Jesus Cristo”. Quando, por Sua graça, com Ele permanecemos no Amor, como Ele, em toda e qualquer circunstância encontramos a perfeita alegria que ninguém nos poderá arrebatar. Só na cruz se encontra a ressurreição. À honra de Cristo a quem toda a honra e toda a glória seja dada, por todos os séculos dos séculos. Ámen.

sábado, 25 de agosto de 2012

Grande descaridade de Deus Nosso Senhor? - por Nuno Serras Pereira


Depois de ter mostrado a Santa Brígida da Suécia algumas imagens proféticas, Nosso Senhor Jesus Cristo explica-as assim: “ O castelo de que te falei é a Santa Igreja, construída com o Meu sangue e o dos meus Santos, cimentado com o cimento da Minha Caridade; nela coloquei os meus eleitos e amigos. O seu fundamento é a Fé, isto é crer que Eu sou um Juiz Justo e Misericordioso. Mas agora está minado o fundamento, porque todos crêem e pregam que sou Misericordioso, mas quase ninguém prega nem crê que Eu seja Justo Juiz. Esses acham-me quase um Juiz iníquo. De facto, seria iníquo o Juiz, que por misericórdia despedisse sem castigo algum os iníquos, os quais por conseguinte oprimiriam ainda mais os justos. Mas eu Sou um Juiz Justo e Misericordioso, de modo que não deixarei sem castigo nem sequer o mínimo pecado, nem sem recompensa o mínimo bem. Esses pregadores malvados “ … que pecam sem temor, que negam a Minha Justiça, atormentam os meus amigos … ” dando-lhes “opróbrio e toda a espécie de dor … como se fossem demónios” “experimentarão a Minha Justiça, serão como ladrões confundidos publicamente diante dos Anjos e dos homens … . De facto, como os enforcados são devorados pelos corvos, assim estes serão devorados dos demónios e não consumidos.” Dirigindo-Se à Sua Igreja, continua o Senhor: Não escondas nenhum pecado, não deixes nenhum por punir, nem consideres nenhum ligeiro. Tudo aquilo que tiveres descuidado, Eu recordá-lo-ei e julgar-te-ei. E mais adiante “não há homem algum que seja tão pecador que o seu pecado não seja perdoado, se o pedir com o propósito de se emendar e com contrição.”

E noutro passo “Ouvi, vós todos meus inimigos, viventes no mundo, pois que não falo aos meus amigos que fazem a minha vontade. Ouvi, vós todos, Clérigos, Arcebispos e Bispos … Ouvi, vós todos, Religiosos de todas as Ordens. Ouvi, ó Reis e Príncipes e Juízes da Terra … escutai estas palavras , que Eu mesmo, vosso Criador, agora vos dirijo.

Eis, eu lamento que vos tenhais afastado de Mim e entregado ao diabo meu inimigo, abandonastes os meus mandamentos e seguis a vontade do diabo e obedeceis às suas sugestões, não pensais que Eu sou o imutável e eterno Deus, vosso Criador.” Encarnei e padeci os tormentos da Paixão para vossa Salvação mas “a tudo isto, ó meus inimigos, não prestais atenção alguma, porque fostes enganados. Por isso carregais o jugo e o peso do diabo com falsa alegria e não sabeis nem ouvis estas palavras, antes que chega a dor desmesurada. Nem isto vos basta, mas é tanta a vossa soberba que se pudésseis alçar-vos acima de mim, o faríeis de bom grado. E tanta é em vós a volúpia da carne que de bom grado preferiríeis passar sem mim a deixar a desordem da vossa volúpia. E acresce que a vossa cobiça é insaciável, como um saco sem fundo, porque não há nada que vos possa saciar.
Juro por isso – pela minha Divindade – que se morrerdes no estado em que vos encontrais, nunca vereis o meu rosto. Mas, pela vossa soberba mergulhareis no inferno, e todos os diabos se precipitarão para vos atormentarem desoladamente. … Ó meus inimigos, abomináveis e ingratos e degenerados, Eu pareço-vos como um verme morto no Inverno, por isso fazeis o que quereis e prosperais. Por isso erguer-me-ei contra vós no Verão e então chorareis e não escapareis à minha mão. Todavia, ó inimigos, uma vez que vos redimi com o meu sangue e nada mais peço senão as vossas almas, voltai de novo humildemente e de bom grado vos acolherei como filhinhos. Sacudi de vós o pesado jugo do diabo e recordai-vos do meu amor e na vossa consciência vereis que sou suave e manso.”

Santa Catarina de Sena - Padroeira da Europa, juntamente com Santa Brígida e Santa Benedita da Cruz (Edith Stein) - recebeu, também ela, as inspirações de Deus, que constam principalmente no escrito Dialogo della Divina Providenza. Nesta obra, Deus fala pela boca de Catarina chamando aos maus Sacerdotes e Prelados “desventurados”, “devoradores de almas”, “bestas”, “templos do diabo”, “animais ferozes”, “brutos animais”, “demónios incarnados”.

Alguns trechos: “Vê como a minha Esposa (a Igreja) tem conspurcada a sua face, é leprosa pela imundície, o amor-próprio, a inchada soberba e a avareza daqueles que se pastam ao seu peito … ” “para onde quer que te vires, para seculares e religiosos, clérigos e prelados … todos me lançam o fedor dos seus pecados mortais … ” “Ó templos do diabo, Eu levantei-vos às dignidades para que sejais anjos terrestres nesta vida; mas sois demónios, e arrebatastes o ofício dos demónios … e estes miseráveis, indignos de ser chamados ministros (da Igreja), são demónios incarnados, porque por seus defeitos conformaram-se à vontade dos demónios, e por isso tomaram o seu ofício, quando me dispensam, a mim verdadeiro Sol, nas trevas do pecado mortal, e administram as trevas da sua vida desordenada e celerada aos súbditos (os fiéis leigos) e às outras criaturas dotadas de razão. Induzem em confusão … as mentes das criaturas que os vêem viver desordenadamente; pior, são causa de pena e confusão de consciência naqueles que frequentemente subtraem ao estado de graça e ao caminho da verdade: conduzindo-os à culpa, fazem-nos caminhar pela via da mentira.” “Vê com quanta ignorância, com quantas trevas, com quanta ingratidão, e com que mãos imundas, é administrado o glorioso leite e sangue desta Esposa (a Igreja).” “Esta Esposa está cheia de espinhos diversos, de muitos e vários pecados, Não que ela possa receber em si o fedor do pecado, como se a virtude dos Santos Sacramentos pudesse receber alguma lesão; mas aqueles que se apascentam a si mesmos aos peitos desta Esposa, recebem o fedor nas suas almas, tirando-se a dignidade a que os elevei. No entanto não diminui a dignidade em si, mas neles mesmos. Deste modo pelos seus defeitos é envilecido o Sangue; uma vez que os seculares (os fiéis leigos) perdem a reverência que lhes é devida pelo Sangue.” “Todavia estes não deveriam proceder deste modo: se a perdem não se torna menor a culpa pelos defeitos dos pastores. Mas estes miseráveis são espelho de miséria, tendo-os eu posto como espelho de virtudes.” “ Oh homem desventurado! … Foi este o ofício (eclesiástico) que te concedi, isto é que invistas sobre mim com os cornos da tua soberba injuriando-me a mim e ao próximo … ? Tu és como um animal feroz sem temor algum de mim … tu desprezas os humildes, os virtuosos, os pobrezinhos.” Chega mesmo a invectivar o Papa por não castigar os pecados e abusos: “Se o não faz, não ficará sem castigo esse pecado quando tiver de prestar contas das suas ovelhas diante de mim”.

Regressando a Santa Brígida da Suécia, que precedeu Santa Catarina de Sena -uma das filhas de Santa Brígida, Santa Catarina da Suécia, será contemporânea e grande amiga da de Sena -, importará referir que as suas Revelações foram motivo de desconfiança, quer durante a sua vida quer depois de morta. Uma das razões era o desassombro, a crueza, a “falta de reverência e de caridade” daquilo que era atribuído a Nosso Senhor. Ao princípio, a própria Santa Brígida tinha receio de estar a ser iludida pelo demónio, pelo que quis sempre ter varões, sacerdotes e bispos, de virtude experimentada e de ciência teológica eminente que a assegurassem e garantissem a origem sobrenatural e Divina das mesmas. Aquando do processo de Canonização, que durou 18 anos, mais do que um Papa instituiu várias comissões de teólogos e Cardeais que depois de minuciosos e extensos estudos concluíram, sempre, serem as Revelações dignas de toda a credibilidade, não hesitando em atribuí-las a Deus Nosso Senhor. 

Vejamos agora, a título de exemplo, uma das Revelações que Santa Brígida recebe para um dos Pontífices: “Queixo-me de ti, oh cabeça da minha Igreja, tu que te sentas sobre a cátedra que eu dei a Pedro e aos seus sucessores para que tenham uma tripla dignidade … Mas tu, que deves libertar as almas do pecado e apresentar-mas, tu és o seu verdugo; porque eu nomeei a Pedro pastor e guardião do meu rebanho, e tu dissipa-lo e fere-lo. Tu és pior que Lúcifer … Eu ganhei as almas como o meu sangue e confiei-tas como a um fiel amigo, mas tu abandona-las ao inimigo das quais eu as havia libertado. Tu és mais injusto que Pilatos … Tu és mais meu inimigo do que Judas … Tu és mais abominável do que os que crucificaram o meu corpo … ”.

Pelos poucos exemplos que deixo, podia trazer à colação muito mais Santos, parece-me claro que o próprio Deus, que Nosso Senhor Jesus Cristo, seria, nos dias de hoje, de novo condenado, mas desta vez no tribunal daquilo que muitos católicos entendem ser a Caridade.

Eu, pobre de mim, não me atrevo a emitir sentença alguma, Deus me livre de tal, contra Nosso Senhor. Pelo contrário, procuro, tanto quanto o consente a minha miséria, agarrar-me ao dizer de S. João, numa das suas cartas: "Quem diz acreditar n’ Ele deve proceder como Ele procedeu”.

24. 08. 2012