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segunda-feira, 4 de novembro de 2013

Afirmação categórica de João Paulo II

“Por isso, tenho que repetir que rejeito categoricamente toda a acusação ou suspeição quanto à alegada ‘obsessão’ do Papa com esta questão (a do aborto).
 
Estamos a lidar com um problema de importância  tremenda, e todos devemos, em reação a ele, demonstrar a máxima responsabilidade e vigilância.
 
Não podemos ceder a formas de permissivismo que conduzirão directamente ao atropelo dos direitos humanos e também à destruição completa dos valores que são fundamentais não só para a vida dos indivíduos e das famílias mas também para a própria sociedade”
 
In S. João Paulo II - livro/entrevista (Atravessar o limiar da Esperança) a Vittorio Messori

segunda-feira, 14 de outubro de 2013

Uma resposta antecipada de S. João Paulo II a uma entrevista do Papa Francisco

O Bem-aventurado João Paulo II uma vez concedeu uma entrevista ao respeitado jornalista Vittorio Messori, que lhe perguntou se ele não seria porventura “obsessivo” na sua pregação contra o aborto. O Santo Padre retorquiu-lhe:
 
"A legalização da terminação da gravidez não é senão a autorização dada a um adulto, com a aprovação de uma lei estabelecida, de tirar a vida a crianças ainda não nascidas e por isso incapazes de se defenderem. É difícil conceber uma situação mais injusta, e é muito difícil falar de obsessão nesta matéria, pois trata-se de um imperativo fundamental de toda a consciência recta – a defesa do direito à vida de um ser humano inocente e indefeso”

Blessed John Paul II once submitted to an interview with the respected journalist Vittorio Messori, who asked him if he was perhaps "obsessive" in his preaching against abortion.  The Holy Father replied:

quarta-feira, 3 de abril de 2013

El pesado fardo de Pedro (II) – di Vittorio Messori

In RL   

Antes de extendernos al resto del mundo, con algún rapidísimo (y del todo insuficiente, que quede claro) golpe de sonda, concentrémonos en primer lugar en la Europa que, a pesar de todo, sigue siendo central. A pesar del descenso numérico —en los tiempos de la Gran Guerra los católicos eran el 45% de la población total del continente, hoy son el 35%— el centro permanece, y no sólo porque el Papa sea el obispo de Roma. Aparte de las comunidades —de fundación apostólica, según la tradición— del Medio Oriente y de Egipto (junto con aquella que dependió de Egipto durante milenios, Etiopía), comunidades reducidas su mínima expresión debido a la milenaria opresión musulmana, la Iglesia universal entera es hija de la Europa católica.

Las comunidades protestantes comenzaron la actividad misionera bastante tarde, y con contrastes y dudas teológicas sobre su legitimidad. Las comunidades ortodoxas, las Iglesias greco-eslavas, prefirieron expandirse como el aceite, como Rusia, en continuidad con su territorio, sin ir prácticamente a ninguna otra parte, también por falta de una autoridad central que coordinase el envío de anunciadores del Evangelio. Los eslavos hablaron de un Moscú como «tercera Roma» pero, aunque venerable y una rica forma de encarnación del Evangelio, a la estructura autocéfala, a menudo transformada en agresivo nacionalismo, le faltó el respiro universal que caracterizó a Roma, primero pagana y después cristiana, y que unió la Urbe y la transformó en Orbis.

La orientación teológica es siempre europea
Las comunidades católicas de cada continente fueron fundadas por misioneros españoles, portugueses, francese, holandeses, austríacos, bavareses, italianos y llevan aún este sibno, incluso en la arquitectura de las iglesias o de los conventos. Incluso hoy, a pesar de que el centro de gravedad numérico se haya movido más allá del Atlántico, los orientamientos teológicos y culturales para la catolicidad llegan desde Europa. Un ejemplo que ya hemos señalado: Sólo un pobre simple puede creer, por ejemplo, que la más conocida de las teologías «exóticas», la llamada «de la liberación», haya nacido por el sufrimiento y el anhelo de los explotados en la América que habla español y portugués. En realidad, ha sido elaborada en los laboratorios teológicos de Francia y Alemania, con una robusta aportación holandesa: por tanto, por los mismos hombres y por los mismos círculos que han inspirado y guiado, en los hechos, el Vaticano II, Concilio más de teológos que de obispos. Y todos, con pocas excepciones, europeos. No es casualidad que, aunque sólo sea desde los tiempos de Pablo VI y después, sobre todo, de Juan Pablo II, se haya intentado hacer realmente universal el Colegio Cardenalicio, aunque en el último Cónclave los purpurados europeos hayan sido el mayor grupo claramente.

El caso de la superpotencia americana
La misma superpontencia demográfica y económica de los Estados Unidos (más de 80 millones de Roman Catholics, como los llaman, la mayor confesión cristiana del país, los protestantes divididos en un polvillo siempre creciente de comunidades, a veces derivadas de la Reforma europea, a veces más recientes y quizá pintorescas) no ha dado a la Iglesia universal hasta ahora ninguna nueva orden o congregación de relieve, ni ningún santo popular, ni tampoco una idea original al pensamiento católico. Salvo por aquel «americanismo», una aplicación un poco naif del pragmatismo yanki al Evangelio, que León XIII se apresuró a condenar en 1899.

No obstante, es curioso, para un país del que parece venir todo para nosotros, en el bien o en el mal: la secularización, que ha afectado y afecta la perspectiva cristiana de un modo radical, no viene, como tantas otras cosas, de EEUU, sino del iluminismo europeo, sobre todo francés y alemán,y de la inteligencia moderna y postmoderna de nuestro Viejo Continente. Es más, los States, son hasta ahora (obviamente, hasta que dure) un país «religioso», con porcentajes bastante altos de pertenencia y de asiduidad de un grandísimo número de comunidades que se llaman cristianas, pero muchas de las cuales parecen tener un aspecto comercial junto al religioso. El eslógan In God we trust que aparece en los billetes del dólar es de origen masónico (todos los Padres Fundadores fueron masones), como confirman el triángulo y otros símbolos de las Logias sobre las dos caras del billete verde.
Sin embargo, permanece el hecho de que, si se miran los sondeos, la mayoría de los americanos declara creer en Dios; es más, precisamente en el Dios propuesto por la Biblia. Incluso aunque su modo de entenderlo, también entre los religiosos y religiosas católicos, suscite fuerte perplejidad en cuanto a su ortodoxia: teología y moral parecen a menudo simplemente variantes del American way of life, entendida en un sentido «políticamente correcto». No es casualidad que, después de observaciones, llamadas de atención, peticiones, advertencias por parte de Juan Pablo II, Benedicto XVI haya enviado desde Roma a los institutos religiosos masculinos y femeninos una especie de «inspectores doctrinales» que, naturalmente, han suscitado el enfado de los «investigados» y de los conformistas siempre dispuestos a gritar al despotismo vaticano y a la represión de la libertad de pensamiento. Una escena que hemos visto repetirse continuamente, en los largos tiempos de la contestación que siguieron al Concilio Vaticano II.

Las puertas abiertas de par en par
En realidad, nadie obliga a nadie a hacerse católico, menos aún a hacerse fraile o monja. La puerta de la Iglesia está abierta para todo el que quiera entrar con buenos propósitos, pero está aún más abierta de par en par para quien se quiera ir a otra parte. El catolicismo no tiene nada que ver con el islamismo, que condena a muerte a quien deje el Corán para elegir otras vías; pero tampoco tiene nada que ver con las pequeñas iglesias y sectas de cierto tinte neo-protestante que persiguen, quizá de manera oculta, a los tránsfugas, y los amenaza no con la pena de muerte para el cuerpo, sino para el alma, con la exclusión de la salvación eterna. Para todos es algo aceptable que cualquier grupo humano organizado tenga sus reglas, sus estatutos, sus disciplinas, siempre y cuando no estén en contraste, se sobreentiende, con las leyes estatales o al menos con las leyes naturales. Pero es singular que, teniendo en cuenta las muchas protestas de estos decenios provenientes de los ambientes clericales, el único que no debería tener reglas y no debería usarlas es solamente el catolicismo, incluso en el caso (que ha sucedido y todavía sucede para muchos) de fugas evidentes de la ortodoxia o de estilos de vida no aceptados.

La Iglesia, que quede claro, no es un partido ni un club. Pero aquí quizá podría servir un ejemplo: si, en estas instituciones políticas o sociales alguien —por cierto, en un puesto de responsabilidad— protestase áspera y públicamente por la línea elegida por la directiva, más aún, la llenase de insultos y le invitase a dejar sitio a otros para cambiar totalmente la perspectiva; y si este alguien, primero advertido respetuosamente y después invitado a irse, se negase a hacerlo alegando ser víctima del autoritarismo, ¿quién podría escandalizarse de la exclusión final? El escándalo, en el Occidente actual, está reservado siempre y solamente a la Jerarquía católica si, teniendo la obligación de custodiar la recta doctrina, después de haber ejercitado ampliamente la virtud de la paciencia, osa reaccionar contra las orgullosas y obstinadas opiniones en primera persona de alguno de sus miembros, desde la monja de la provincia americana hasta la aclamada estrella de la teología.

Una vez, el cardenal Ratzinger me dijo, cuando estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la fe (aquí permaneció durante un cuarto de siglo, el papa Wojtyla lo consideraba demasiado valioso para sustituirlo y rechazó siempre sus peticiones de dimisión para volver a sus estudios), me dijo, por tanto, el mismo «guardián» de la ortodoxia católica: «Desde cuando esta institución se llamaba Santo Oficio, hemos sido sometidos a toda clase de acusaciones y desprecios. Nadie piensa nunca que nosotros, en realidad, defendemos simplemente al pueblo de Dios, estamos de la parte de aquellos que no saben nada de Teología y que solamente quieren vivir la fe según un catolicismo auténtico, el que los sacerdotes les han enseñado con el catecismo. Defendemos al pueblo creyente de las desviaciones, de los errores, de los engaños de los intelectuales, de los profesores, de los teólogos que querrían cambiar aquello de lo que vive el pueblo de la Iglesia y en lo que este mismo pueblo quiere morir».

Diócesis semivacías
Pero volviendo a Europa, umbilicus Ecclesiae, la situación ciertamente no es tranquilizante en el sentido humano: la disminución de las vocaciones al sacerdocio secular está disolviendo buena parte de la milenaria red de diócesis y parroquias, por falta de personal eclesiástico que pueda suceder a quienes mueren o se retiran. Diócesis de millones de bautizados hace años que proporcionan un número de «sacerdotes noveles», como se decía tiempo atrás, inferior al número de dedos de una mano.

Ya ahora, en Francia, en el área germánica y otros lugares, las unificaciones son la norma, pero cada vez son menos necesarias. Existen sacerdotes, casi siempre ancianos, titulares de decenas de parroquias de provincia que fueron vivas y floridas; existen diócesis en las que para la Santa Sede es difícil incluso encontrar entre el clero local superviviente, algún candidato adecuado para consagrarlo como obispo del lugar; existen episcopados en grandes y magníficos palacios donde el obispo está casi solo en medio de una final de salas y salones desiertos. Como han señalado más de una vez los nuncios apostólicos, la programación urbanística para los nuevos barrios en la periferia de las metrópolis europeas, incluso aunque fueron tiempo atrás católicas, casi nunca prevé un espacio para el edificio eclesial. Y eso sin suscitar particulares protestas, más bien —normalmente— en la indiferencia incluso de sus futuros habitantes. Por el contrario, se alzan ruidosas reivindicaciones islámicas (apoyadas, esta vez sí, por las fuerzas políticas y los intelectuales «iluminados») si en esos planes urbanísticos no se prevé la ya obligatoria mezquita.

De las pocas vocaciones que supervivientes para el sacerdocio, buena parte son las llamadas «tardías». Jóvenes u hombres ya adultos, es decir, que han vivido la experiencia de una conversión y están deseosos de responder a la llamada a la vida sacerdotal: pero para «hacer un sacerdote» es necesario el tiempo, son necesarias orientaciones expertas y sabias. La buena voluntad no puede suplir a la formación precoz, dada hace tiempo en los seminarios menores ahora abolidos salvo en alguna zona del mundo. Los nuevos movimientos eclesiales se han mostrado como un discreto vivero de sacerdotes: pero estos —cuando los hay— no se ponen al servicio de la escasez de las diócesis, sino del grupo que ha creado y ayudado en su vocación.

La desviada enseñanza de los seminarios
Tampoco se puede creer (lo han denunciado más veces tanto Benedicto XVI como Juan Pablo II, pero las llamadas de atención comenzaron con Pablo VI), que la enseñanza de los teólogos y biblistas —en los seminarios que quedan o incluso en los ateneos que se hacen llamar «católicos»—sea siempre respetuosa para con las indicaciones que vienen de Roma. Al escaso clero que sale de ellas le falta a menudo, más que una cultura adecuada, lo que los alemanes —también en la juventud de Joseph Ratzinger— llamaban die katholische Weltanschauung, la perspectiva, el punto de vista católico. No es raro que a menudo la óptica de cierta parte del clero y de cierta parte de la prensa confesional parezca ser la de la ideología hegemónica en ese momento: durante más de veinte años después del Vaticano II, fue el amasijo —con diferentes dosis dependiendo de los lugares y de los teólogos— entre cristianismo y marxismo.

Yo mismo estaba presente como joven cronista de La Stampa cuando, en los terribles Setenta, el cardenal arzobispo de Turín, Michele Pellegrino, fue a visitar el gran seminario de la diócesis en Rívoli. El obispo, incluso teniendo fama de abierto progresista, fue recibido por los jóvenes, entonces en hábito talar, que desplegados sobre la entrada, alzando el puño cerrado, cantaban con rabia el eslógan de los desfiles extraparlamentarios: «¡Viva Marx! ¡Viva Lenin! ¡Viva Mao Tse Tung!». Hace tiempo que aquel seminario —para cuya construcción los católicos turineses se habían desangrado, pocos decenios antes—ha sido vendido y la diocesis de Turín, con un par de millones de bautizados, ordena dos o tres sacerdotes al año, frente a las muchas decenas que ordenaba antes del Vaticano II.

Ahora, se han impuesto ampliamente el relativismo liberal, el liberalismo ético, sobre todo la political correctness, esta ideología diabólica porque, con apariencia casi cristiana, está fundada sobre lo que Cristo detesta más: la hipocresía, el eufemismo rufián, la manipulación de las palabras para esconder la realidad en su verdad. Es la satisfacción de saberse buenos —y, exentos de otras obligaciones— gracias al exorcismo verbal, a golpe de eufemismos de toda clase.

Entre monjes, frailes, monjas....
En cuanto a las vocaciones a la vida religiosa, al «estado de perfección» como se decía tiempo atrás, con el triple voto de pobreza, castidad, obediencia, muchas órdenes y congregaciones (tanto masculinas como femeninas) están destinadas inevitablemente a la extinción. A menos que, cosa que no se podría excluir en absoluto, en una perspectiva de fe, un prodigio intervenga y derribe todas las proyecciones estadísticas. En la historia de la Iglesia —la más larga, repetimos, entre todas las instituciones aún vivas— ha habido de todo, incluido el reflorecimiento impetuoso e imprevisto de familias religiosas que parecían estar a punto de desaparecer. A veces ha sido necesaria simplemente la aparición de un (o una) líder santo y carismático al mismo tiempo para hacer resurgir espiritual y numéricamente lo que se daba por moribundo.

Mientras tanto, eso así, en el mercado de la venta inmobiliaria de Roma están apareciendo las sedes, a menudo imponentes y con grandes parques interiores, de las Casas Generalicias ahora ya semidesiertas.Y en toda Europa está a la venta, o se ha vendido ya, o alquilado para objetivos profanos, parte del grande patrimonio urbanístico de las familias religiosas. Primero la Revolución Francesa, después Napoleón, después los gobiernos anticlericales de los siglos XIX y XX secuestraron con violencia los bienes de las congregaciones, las cuales a su vez, reconstruyeron lo que habían perdido. Y lo hicieron gracias sólamente a la generosidad de los fieles: una confirmación significativa del afecto y del reconocimiento que les circundaba. Ahora, muchos de aquellos bienes están en vías de liquidación, pero no por una prepotencia externa, sino por un agotamiento interno. Los colegios que fueron un día para los novicios, ahora casi desaparecidos, se han transformado hoy en asilos para los religiosos ancianos y enfermos: las varias familias religiosas establecen acuerdos para unir a sus inválidos, no teniendo ya personal ni fondos suficientes para hacerlo solos. Muchas instituciones tienen ya más casas y obras de caridad que consagrados con capacidad para ocuparlas y gestionarlas.

La gran obra de las órdenes religiosas
Merece la pena, en estos rápidos apuntes, hacer una pequeña parada en este tema de los religiosos, que no es marginal en absoluto sino que está desde hace muchos siglos en el corazón de la institución eclesial. No sólo benedictinos, cistercienses, carmelitanos, franciscanos, capuchinos, dominicanos, jesuitas, barnabitas, salesianos —por citar sólo a algunos de los más conocidos—, sino una miriada de otros institutos, tanto masculinos como femeninos, han jugado un papel decisivo para la Iglesia y por ende para la sociedad entera, en cada continente. Basta recordar el desastre no sólo religioso, sino también social e incluso económico, provocado en América Latina por el odio de los Borbones hacia la Compañía de Jesús, porque sostenía la legitimidad del regicidio, en el caso de que el soberano se comportase como un tirano intolerable: cuando el papa tuvo que plegarse al chantaje de las monarquías absolutas, suprimiendo a los Jesuitas, tanto las colonias españolas como las portuguesas sufrieron daños gravísimos. Es fácil recordar lo que representó la epopeya de los monjes de san Benedicto che llegaron a tener más de diez mil abadías en toda Europa: queriendo huir del mundo, en realidad aquellos religiosos crearon uno nuevo y su clausura terminó con el fecundar de la cultura, la agricultura, la artesanía, además de dar de comer y asistir a una masa innumerable de indigentes.

En el terrible decaimiento de los «siglos oscuros» de la Alta Edad Media, sólo las abadías fueron capaces de permitir, a menudo de construir, un nuevo orden entre las reuinas del Imperio y el caótico crearse de reinos bárbaros. La escritura, el estudio y las artes siguieron siendo practicadas únicamente entre esos claustros. La supresión violenta de todas las familias religiosas comenzada por la Revolución francesa y continuada por Napoleón está entre las causas de la desesperante miseria, sobre todo en el campo, que marcó los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX. Los jóvenes murieron por millones por las continuas guerras de Bonaparte, mientras que quien se quedaba en casa moría de hambre, también porque faltaba la ayuda de los religiosos. Por cierto, los bienes secuestrados, obviamente sin ningún tipo de reembolso, fueron revendidos a nobles y a ricos burgueses quienes exigían la mitad de lo recogido por los campesinos a los que alquilaban las tierras, mientras que los monjes se contentaban con un tercio. Pero esto es otro discurso que aquí no hay posibilidad de continuar. Eso sí, no es inútil recordar que hasta el siglo XVII, escuelas y hospitales fueron casi solamente fundados y gestionados por religiosos.

El futuro de las órdenes religiosas

También gracias a la grandiosa y milenaria obra de las órdenes y de las congregaciones católicas, aquellos que niegan las raíces cristianas de Europa no pecan contra la Iglesia, sino contra la Historia. El presente y el futuro de estas instituciones —ya sean antiguas o recientes— no es una curiosidad para especialistas, y estará seguro en el centro de las preocupaciones del nuevo Papa. Antes de nada, es necesario protegerse (como siempre) de las generalizaciones y no olvidar los muchos ejemplos inspirados en el Evangelio que aún hoy nos llegan del mundo de los religiosos. Yo mismo he conocido y conozco muchos de estos y sé que la consagración para muchos no es sólo un destino que llevar adelante con fatalismo o resignación. No es casualidad que el Papa Francisco venga precisamente de la Compañía de Jesús que, tras el Concilio, fue de las más diezmadas. Sobre todo, aunque no sólo, sobre las fronteras misioneras, aquellas que aún permanecen continúan escribiendo páginas a veces de heroísmo, siempre de dedicación al Evangelio y, por tanto, de dedicación al prójimo, a quien llevar al pan del alma y, al mismo tiempo, el del cuerpo.

Pero de ese mismo Evangelio anunciado por los misioneros nos llega la invitación a practicar la verdad: la cual, en este caso, nos dice que en muchas de estas familias, en el pasado gloriosas por historia o por santidad, el lento pero inexorable agotamiento, con un muerto detrás de otro, sin jóvenes recambios que tomen su puesto, parece llevarles a una vida routinière, suavizando el celo apostólico de tiempo atrás, en la nebulosa gris de los conventos semivacíos. Sobre todo si seobserva más allá de Italia, donde la situación es relativamente mejor respecto a los demás países. Precisamente porque conocían el resto de la cristiandad, tanto Wojtyla como Ratzinger, se decían «reconfortados» por la calidad, aunque relativa, de la Iglesia italiana tras la tempestad postconciliar.

La tormentosa renovación postconciliar de estatutos y constituciones se ha revelado incapaz de atraer nuevas vocaciones: es más, en algunos casos, las ha hecho aún más improbables. Los jóvenes se sienten atraídos por el absoluto, por el compromiso radical, por el don total de sí: la juventud es el tiempo del entusiasmo. Pero aquí los ardores de este género parecen no encontar desahogo demasiado a menudo. Después del Concilio Vaticano II se ha elegido el camino opuesto al practicado durante toda la historia de la Iglesia, donde la renovación y la reforma se han obtenido no con la relajación sino, por el contrario, con el refuerzo de la austeridad, del sacrificio, del rigor de vida. Volver a respetar la Regla monástica es lo que ha ayudado siempre a su relanzamiento, ciertamente no lo contrario. ¿Por qué hacerse fraile o monja, si lo que ofrece la llamada por la Tradición via perfectionis no es más que una existencia de pequeño burgués, con el añadido de la renuncia a una familia, a una casa propia, a una profesión elegida libremente?

Una triste anécdota
Me resulta difícil olvidar un episodio mínimo pero significativo y que, por tanto, quizá valdrá la pena contar: por razones de estudio estaba alojado en el convento de una orden con gran historia y donde los superiores tenían concentrados a los novicios de la provincia italiana. Eran tres en total, uno de los cuales era un hombre ya maduro. Después de la cena, la Regla prescribía el canto en el coro de la Iglesia de Completas, la última «hora» del Oficio Divino, la conclusión de la liturgia del día antes del descanso nocturno. Éste es uno de los momentos más significativos y ricos de espiritualidad, en el templo a oscuras, iluminado sólo por alguna vela. Sin embargo, aquella noche había una cita que los novicios esperaban con ansia de verdaderos fans: un partido en directo por la televisión, quizá la final de la Champions League. Los tres novicios, todavía en la mesa, advirtieron al anciano religioso que hacía las funciones de Maestro: el partido de fútbol era demasiado importante y, por tanto, no podían perdérselo. Así que esa noche no hubo Completas y, en su lugar, estuvo la televisión encendida para el encuentro. Así se acordó, por mayoría, después de un débil intento de resistencia. A nadie le dio lástima el resignado menear de cabeza del Maestro mientras se dirigía al coro. Él solo: de hecho, la concesión hecha a los novicios sirvió de ejemplo a los demás frailes y la comunidad entera se reunió en torno a la pantalla. Aquellos religiosos no eran benedictinos, pero espontáneamente pensé en la advertencia del Santo de Norcia para cualquiera que escoja la via perfections: Nihil operi Dei praeponatur, que nada se anteponga al Oficio Divino. Nihil, absolutamente nada, ni siquiera un partido de la Champions League.

No es casualidad que un número cada vez más alto de nuevos candidatos a la vida religiosa se haya registrado en las órdenes más severas, las «contemplativas», de clausura, masculinas y femeninas. Es decir, aquellas que —habiendo suavizado la dureza de la Regla ellas también— exigen igualmente sacrificios de los cuales no se puede escapar: horas y horas en el coro salmodiando siete veces durante las 24 horas del día, aislamiento del mundo, silencio, levantarse por la noche a menudo y quizá un exiguo sustento sólo vegetariano. Lo cual confirma que el rigor y no la relajación es lo que atrae a los jóvenes y las jóvenes que se sienten llamados a la vida religiosa. Por otra parte, incluso aquí, en el monaquismo, la situación no es tan florida como se pensaba tiempo atrás, y en cualquier caso varía según el lugar.

Por añadir otro pequeño recuerdo personal: como huésped en Montecassino, es decir en la Mater Abbatiarium Omnium, en el mismo corazón benedictino, supe con desconcierto por el abad que se temía que la comunidad de monjes descendiese por debajo de los doce, que es el número mínimo de religiosos para que una abadía pueda considerarse como tal por las leyes eclesiásticas. ¿Montecassino con riesgo de cerrar? No se llegará a tanto, naturalmente, pero el hecho induce a la reflexión.

¿La salvación viene del Tercer Mundo?
Hace años, publiqué en una revista mensual una serie de artículos: fui a entrevistar Superiores y Superioras de familias religiosas pequeñas y grandes, antiguas y recientes, y en todas partes encontré la conciencia de un declinar a la que no podrán poner remedio total las nuevas vocaciones reclutadas en el Tercer Mundo. La esperanza de llenar los vacíos europeos con los jóvenes africanos y asiáticos se ha mostrado a menudo ilusioria o, al menos excesiva. Son demasiadas las diferencias culturales, demasiada la distancia de mentalidad, demasiadas las motivaciones sospechosas en el ingreso en seminarios e institutos. Ciertamente, no son sólidas tantas «vocaciones» tercermundistas determinadas por (como un tiempo en la Europa de los campos miserables) razones de supervivencia, o de búsqueda de ascendencia social.

Existen además cuestiones particulares y espinosas. Por ejemplo: sobre todo en el África negra, la castidad que la ordenación sacerdotal exige constituye para los jóvenes no solamente una dura decisión —como para todo humano, sea del pueblo que sea—, sino también un problema social que parece irresoluble. De hecho, en aquellas sociedades tribales, el hombre con autoridad (el sacerdote debe serlo, por excelencia) es el patriarca con muchos hijos, a menudo con muchas mujeres, rodeado de un ejército de nietos. ¿Cómo podría tener el prestigio necesario para guiar a la comunidad cristiana un célibe que lo ha elegido de forma definitiva? En aquellas culturas, tanto el celibato como la castidad misma no son una virtud, sino una disminución intolerable.

No todos los casos, gracias a Dios, terminan como el de monseñor Milingo, el obispo negro que tantas simpatías y esperanzas había suscitado; no faltan los éxitos, pero muy por debajo —al menos cuantitativamente— de lo que esperaban los obispos diocesanos y los superiores generales de las congregaciones occidentales. Para movernos desde África hasta Asia: en la India, la misión católica ha tenido acogida sobre todo en las castas inferiores. A pesar de los esfuerzos de Gandhi y de sus sucesores, el milenario sistema de castas continúa condicionando profundamente las mentalidades. Un sacerdote paria no será tomado en serio más que por sus similares, pero será despreciado por las castas a las que la tradición religiosa y social atribuye superioridad.

(Continuará)

Traducción: Sara Martín
© Corriere della Sera


terça-feira, 26 de março de 2013

El pesado fardo de Pedro (I) - di Vittorio Messori

In RL 

En casos como los del último mes es donde se manifesta una singular paradoja: a la disminución progresiva, que lleva ocurriendo décadas, del número de practicantes católicos (al menos en Occidente) y de la influencia social, moral y política de la Iglesia romana, parece corresponder un aumento del interés por ella, por sus vicisitudes, por su Pontífice. Al mismo tiempo que los medios de comunicación internacionales, también los nuevos periódicos nacidos en Internet no renuncian a tener un «vaticanista» o, al menos, algún experto no de cuestiones religiosas, sino específicamente católicas. ¿Habrían tenido el éxito que conocemos las novelillas de Dan Brown o de sus infinitos imitadores si no tuvieran como fondo la Iglesia, precisamente la que tiene su centro en El Vaticano? Una Iglesia, por añadidura, no como residuo arqueológico, como pintoresco set histórico, del tipo de la abadía de Umberto Ecco, sino viva, presente, intrigante. Quizá embrollona o incluso asesina: pero, también por ello, peligrosa porque es todavía potente. La imagen, aunque a menudo deformada, de la Catholica et Apostolica fascina o inquieta al imaginario de la humanidad. Y su Jefe, con vestidura blanca, es la única autoridad moral escuchada siempre y en todo lugar: para aceptar o para rechazar, para amar o para detestar.

Parece que la institución eclesial esté haciéndose (o pueda hacerse) minoritaria, incluso allí donde ha sido preponderante durante siglos. Pero es una minoría que, como demuestra el interés provocado por su vida interna, no se ha hecho marginal. La cual entra, sin embargo, en una perspectiva evangélica, segun la cual —palabra del mismo Jesucristo—, el «pequeño rebaño» de los creyentes tiene una misión: la de ser no sólo la masa, sino también sal y levadura del mundo. No se necesita mucho de ambos elementos para hacer fermentar y subir toda la masa.

Un mito más: «El pequeño rebaño»
Para entendernos, en el plano estadístico el «rebaño» no parece aún «pequeño»: los bautizados católicos son hoy cerca de mil doscientos millones, pero proporcionalmente no crecen, más bien tienen a disminuir, visto que en 1910 eran el 17% de los habitantes de la tierra, y cien años después eran el 16%. Como número total (quiero decir los católicos, no los cristianos en su conjunto) han sido superados por los musulmanes, pero si se suman conjuntamente todas las confesiones de estos últimos: sunnitas, chiítas, y muchos otros grupos menores. El granito unido de los islámicos del que hablan con soltura tantos publicistas es sólo uno de muchos mitos: es más, en el mundo musulmán los odios son más implacables y sanguinarios que los que oponían a los cristianos en Europa cinco siglos antes. Lo mismo que sucedió, por desgracia, entre las confesiones cristianas del siglo XVI, la aversión recíproca de los seguidores de las diversas lecturas del Corán supera con creces a aquella que alimentan contra los fieles de la Biblia. Como siempre, las peores guerras son las civiles y, aún más, las de familia.

Existieron, tiempo atrás, los países «catolicísimos»
Como confirma la estabilidad, es más, el regreso de los números, parece agotado el gran esfuerzo misionero del siglo XIX y XX que dobló el número de fieles a Roma, tanto en cifras absolutas como en porcentaje, y le dio auténtica realidad al término «católico». En efecto, la Iglesia, cuyo centro es el antiguo Mons Vaticanus (de vaticinium —oráculo, profecía— segun los insospechados autores precristianos, casi un presagio sobre el destino de aquel lugar donde Pedro sería martirizado y sus sucesores se establecerían), la Iglesia es aún, sin parangón, la fe más global. Mucho más que el islamismo que, señalábamos, la ha superado recientemente en cifras numéricas pero que, a pesar de la inmigración en masa a Occidente, permanece confinada en la zona en torno a los trópicos, desde Marruecos hasta Pakistán. Cada vez que, como conquistador, ha intentado salir de esa parte, antes o después ha sido rechazado: por España, por Sicilia, por Grecia, por los Balcanes.

Por el contrario, los católicos están distribuidos por todo el mundo: el 39% en América Latina y el Caribe, el 24% en Europa, el 16% en África, el 12% en Asia y Australia, el 8% en el Norte de América, el 1% en el Medio Oriento. Respecto a estos mil doscientos millones: se entiende que hablamos de bautizados, los únicos que pueden ser detectables estadísticamente. Como advierten las Escrituras, Dios sólo «lee en los corazones y en los pensamientos»: Él es el único que puede vislumbrar, in interiore hominis, la fe de Sus criaturas. Debidamente precisado esto, queda el hecho de que cada uno puede constatar cada día qué relación existe (o incluso no exista) entre su pertenencia formal a la Iglesia y la coherencia concreta, en la vida cotidiana, con aquel sacramento impartido a los neonatos. Bautizado, es superfluo recordarlo, no significa creyente ni tampoco practicante.

Las antiguas potencias católicas
En todo caso, sonaría burlón el adjetivo «catolicísimo», si se quisiera aún atribuir, por ejemplo, a la Península Ibérica, a Irlanda, a Baviera, a Austria, a Québec, la parte francófona de Canadá, donde las familias competían por tener más hijos y consideraban un deshonor si ninguno de ellos se hacía sacerdote, religiosa o, al menos, laico consagrado. Dentro de poco, parece que el adjetivo superlativo no será ni siquiera adecuado ni siquiera para Polonia, que está recuperando a pasos agigantados el «retraso» hacia el laicismo liberal.

Alemania, después de muchos siglos, ha dado un Pontífice al catolicismo, pero una parte significativa de los alemanes —incluso entre los no protestantes—no se ha mostrado orgullosa en absoluto, a pesar del título del Bild en su portada, sorprendida por la elección, Wir sind Papst, nosotros somos el Papa. Es más, precisamente de su propia patria le han llegado al ya arzobispo de Mónaco los ataques más insidiosos. A quien conozca tanto el pasado como el presente de Alemania, le parecerá increíble que la minoría católica, en tiempos de Pío IX y de León XIII haya tenido la fuerza, el coraje y la tenacidad de doblegar incluso al «Canciller de Hierro» en la que aquel implacable estudioso de la Razón de Estado llamó Kulturkampf, lucha per la civilización. El catolicismo, para Bismarck, era incivil, era la obediencia a un poder extraño al omnipotente Estado de inspiración hegeliana, y por tanto no era tolerable. Pero, al final, fue él quien tuvo que llegar a acuerdos, frente a la fidelidad inflexible a Roma de los obispos y del pueblo, desde los intelictuales y la Universidad hasta los obreros y los campesinos.

Ahora, allí al Norte, de no pocas iglesias en Alemania se han hecho multisalas de cine, estudios de arquitectura, salas de juego o, en algunos casos, sex-shops. La misma suerte —o incluso peor— han tenido buena parte de las iglesais de Holanda, hace años mitad católica y famosa por su fervorosa evoción. ¿Y dónde queda Francia? No hablemos de Vandea, donde un pueblo entero prefirió hacerse exterminar, con el Sagrado Corazón cosido al pecho, por las «columnas infernales» de los Jacobinos enviados por París, antes de renunciar a su religión y a sus sacerdotes; no hablemos de la resistencia a la persecución masónica durante aquella que, a pesar de ser llamada Belle Époque, para los creyentes no lo fue en absoluto; pero ¿dónde queda, un poco más cerca en el tiempo, la Francia de los años treinta a los años cincuenta del pasado siglo, cuando la literatura más prestigiosa era la de los católicos por tradición o por conversión? ¿Y dónde queda Austria, donde ahora el clero proclama la revolución contra Roma, donde muchos párrocos viven abiertamente en concubinato como protesta contra el celibato obligatorio, pero donde el retiro de los ocupantes soviéticos fue obtenido sólo en 1955, después de diez años de una Cruzada del Rosario, proclamada por el presidente mismo de la República, y que vio a las masas arrodilladas, con el rosario en la mano, en las plazas de Viena y de todas las demas ciudades y pueblos?

El caso de España, la «catolicísima»
Fui a España por primera vez al comienzo de los años setenta, y mientras en toda Europa se enloquecía por el espíritu iconoclasta del sesentayocho, descubrí que la radio nacional concluía sus transmisiones por la noche con un solemne Laudetur Jesus Christus, seguido por el canto del Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat, por tanto al mismo tiempo que la Radio Vaticana.

Todavía en los años sesenta del pasado siglo, Bélgica, donde la secularización actual va al mismo ritmo que la de su vecina Holanda, era el país que, en proporción a su población, enviaba más peregrinos a Lourdes, en grandes expediciones guiadas por los obispos, con decenas de «trenes blancos» preparados especialmente para el transporte de personas enfermas.

El caso de «Fluminalis»
Precisamente en los Países Bajos, lugar de las iglesias transformadas en locales eróticos, existe un gigantesco almacén que es una especie de signo concreto (es cruel para un creyente, visitar esta enorme página web) de la débâcle católica, non sólo en la Europa nórdica, sino en todo el continente, o casi. Aquellos cobertizos son un amasijo (malvendido a precios ridículos, vista la exigüidad de la demanda) del contenido de lugares de culto abandonados o transformados para usos del todo profanos.

Es un trágico cúmulo de estatuas, de cuadros edificantes, de Vía Crucis, de tabernáculos, de campanas o campanillas, de fuentes bautismales, de altares enteros, de custodias, de candelabros, de confesionarios, de reclinatorios, de vidrieras, de muebles de sacristía, de vestimentas litúrgicas. A los improbables compradores se les ofrece incluso las veneradas reliquias de santos, encerradas en artísticas cornisas. En resumen, un vertedero para todo aquello que fue «católico», donde los clientes parecen ser escenógrafos cinematográficos o teatrales, o excéntricos interioristas en búsqueda de la pieza perfecta para alguna blasfema decoración de bares, discotecas, garçonnières. Parece que las piezas más buscadas sean los confesionarios, mejor de estilo barroco: ideales, dicen, para adaptarlas al mueble-bar. No es casualidad que quien ha tenido la idea de este depósito —probablemente un sacerdote que ha renunciado, uno más de los tantísimos del éxodo postconciliar, comparable sólo con aquel del siglo XVI, después de la reforma luterana y calvinista— haya elegido un nombre latino para su tienda: Fluminalis. Como un río, es decir, que se lleva los escombros del catolicismo. Aunque cabe preguntarse si se trata realmente del fin del o de un catolicismo; del adiós a una fe de la historia, o sólo del agotamiento de un modo de devoción vinculado a un tiempo que ya ha terminado. Hay muchísima diferencia —intentaremos señalarlas aquí más adelante— entre cristianismo y cristiandad.

Una barca insumergible pero zarandeada por las grandes olas
Pero, realmente, ¿qué Iglesia es ésta que, durante ocho años Benedicto XVI ha presidido y bajo cuyo peso, unido al de la edad, ha cedido finalmente? ¿Qué es, hoy esta Iglesia católica, apostólica, romana, que tendrá que «guiar» (el verbo parece un poco pretencioso, al menos en lo que respecta a ciertas regiones del mundo) aquel que ha salido del Cónclave en marzo? Veo en un diccionario de italiano la definición de la expresión «estar como un papa»: «llevar una vida cómoda, acaudalada y tranquila». Como ejemplo, se ofrece uno extraído de Vicenzo Monti: «Se estaba como papas». Sobre lo de acaudalada no me pronuncio, expreso sólo dudas bastante fuertes sobre lo de cómoda y, sobre todo, sobre lo de tranquila. Hoy, de manera particular. Pero, conociendo la historia entera del papado, creo que este dicho popular siempre ha sido mentiroso.

La conciencia de ser nada menos que (como dice no un apelativo devoto, sino el propio Derecho Canónico) Vicarius Christi, por tanto representante en la tierra del Hijo de Dios encarnado, es aplastante para un hombre de fe, incluso aunque deba ser mitigada por otra conciencia: la de que el Dueño de la Mies y de la Viña, por usar términos evangélicos, sabrá asistir y guiar a su pobre siervo. En todo caso, es gravosa como ninguna esta soledad radical, el ser consciente de encontrarse en una condición única, sin comparación con ninguna otra, vínculo de unión entre la Historia y el Eterno. Incluso el apacible Juan XXIII se soltó y dijo una confidencia: «Cuando era Patriarca de Venecia, aunque tenía problemas graves para mi diócesis, me dormía tranquilo y me tranquilizaba con un: ´En cuanto pueda lo hablaré con el Papa y el me dirá qué hacer y cómo hacerlo´. Ahora espontáneamente lo pienso también, pero me doy cuenta rápidamente de que el Papa soy yo, que mi diócesis es el mundo entero, que ya no tengo ningún Superior en la tierra. Y, por tanto, no me queda más que la oración para obtener iluminación, sin que ningún hombre pueda decidir por mí».

Muy lejos de «una vida de Papa»
Sobre la Iglesia que el nuevo Pontífice va a encontrar (y que, de todos modos, no le permitirá, podemos asegurarlo, llevar «una vida de papa») nos limitaremos, como es obvio, sólo a realizar algún apunte, algún trazo de la situación objetiva: otra cosa bien distinta sería necesaria para realizar un cuadro completo. Un cuadro que —quede claro—, no cuenta solamente con puntos de crisis que aquí señalaremos, sino que también presenta no pocos aspectos positivos, lugares de resistencia, sólidas renovaciones, fundados motivos de esperanza. La doble naturaleza, al mismo tiempo humana y divina de la Iglesia (a imagen de su Señor: Dios y hombre; crucificado y resucitado) provoca siempre que, a lo largo de los siglos, haya aparecido sufriente, cuando no agonizante; y quizá siempre, al mismo tiempo, llena de vida, aunque a veces sólo visto con ojos de la fe. Una energía vital capaz de manifestarse y de reanimarla incluso en el fondo de las peores crisis. Jamás —es un hecho objetivo, no una pretensión apologética—, ni siquiera en los siglos más oscuros, jamás esta Iglesia ha dejado de ser madre de santos, nunca le han faltado, a pesar de todo, hombres y mujeres que han hecho del Evangelio carne y sangre de su vida. Alejandro VI, el Papa Rodrigo Borgia, es contemporáneo del más penitente y austero de todos los santos, Francesco da Paola, que fue apreciado por aquel Pontífice, símbolo de la mayor decadencia eclesial, y que aprobó su durísima Regla. Mientras la revolución luterana incendiaba Europa y León X no quería distraerse de los placeres, las cacerías y de las guerras, perdiendo tiempo con la que el llamaba con desprecio «la típica disputa entre frailes», Ignacio de Loyola iniciaba su camino y meditaba sobre fundar una Compañía de apóstoles, obedientes como soldados, tropas especiales lanzadas a la conquista del mundo en el nombre de la Iglesia. Tempestades que parecían señalar el final, como aquellas que siguieron a la Reforma o a la Revolución Francesa, la era napoleónica, la ocupación italiana de Roma, fueron superadas con un rápido movimiento, del todo imprevisto, que transformó en expansión y en un nuevo florecimiento la perspectiva de extinción.

El fenómeno de los santuarios
Por cierto, hoy, tal y como hemos visto, todos los indicadores señalan una crisis, al menos numérica, pero al mismo tiempo indican un refuerzo fuerte y constante de la afluencia a los santuarios, sobre todo los dedicados a la Virgen. Pero no sólo marianos: basta pensar solamente a san Giovanni Rotondo, donde el padre Pío convoca a una masa mundial (que no conoce de clases sociales) siempre creciente. A menudo, el vecino de casa o el colega del trabajo que no se ven desde hace años en la misa parroquial se encuentran en estos lugares donde lo Sagrado parece concentrarse. ¿Parece atrincherarse hoy en día, como preparando una posible salida, la extraordinaria red de miles de santuarios en el mundo entero, casi como un campo atrincherado en el que esperar tiempos mejores? Una pregunta que sólo puede responder Aquel que, como le gustaba decir al Papa Ratzinger, es el Dueño de la viña que es la Iglesia.

En cualquier caso, el estudioso serio, incluso el más laico, sabe que tiene que protegerse de la imprudencia de aquel funcionario revolucionario que, el 29 de agosto de 1799, registró la muerte de Pío VI, prisionero de la República Francesa en la fortaleza de Valence, mientras se le arrastraba con cadenas hacia París. El incauto escribió sobre el certificado de defunción: «Ha muerto aquí, hoy, el detenido por el gobierno republicano Gian angelo Braschi, italiano, de 82 años, de profesión papa, nombre artístico Pío». Pero quiso añadir verbalmente, de modo burlón como buen citoyen (ciudadano, en francés en el original, N. de la T.) volterriano: «Pío Sexto, pero también el último». En marzo del año siguiente, no en la Roma ocupada y sometida a la descristianización forzada, sino en la Venecia austríaca, fue elegido Pío VII, que asistió no sólo al fin de la Revolución, sino también al de la meteórica revolución napoleónica, y vio la restauración católica de los Borbones. Y la madre y los hermanos del ex Emperador deportados a una isla remota, rechazados por todas las potencias vencedoras, amenazados con sufrir la suerte reservada al Jefe de la efímera revolución, sólo fueron acogidos en Roma paternalmente, ayudados, protegidos por el mismo que había sido durante años prisionero de Bonaparte. Pío VII envió a su carcelero un sacerdote corso para que lo consolase en su lengua materna y le transmitiese el perdón completo y su bendición apostólica.

Una institución compleja
El historiador no aficionado y no incauto sabe que es necesaria mucha prudencia para juzgar la institución más antigua, vasta y abigarrada de la Historia. Y también la más enigmática porque (según su fe), pertenece a la historia y al mismo tiempo la supera: su insitución humana, su involucración terrena —la Iglesia militante— está en la tierra, pero su Fundador y Guía está en el Cielo, donde brilla esplendorosamente la Iglesia triunfante. Estaba ya entre nosotros cuando el Imperio romano estaba en su apogeo, sus visicitudes han recorrido los océanos tempestuosos de veinte siglos, han visto surgir y morir todos los reinos y desvanecerse a todos los potentes y, a pesar de todo, ha llegado a nosotros; ahora, como muchas otras veces, parece débil, y sin embargo no tiene intención alguna de despedirse del mundo y decepcionará, como siempre, a los que esperan una implosión que la disgregue, al estilo del último imperio que la había desafiado, el soviético. Su pueblo y sus pastores —cardenales y obispos— pertenecen a todas las estirpes y todas las culturas, como no sucede en ninguna otra parte ni lugar.
 
Último Estado teocrático, última Monarquía verdaderamente absoluta: su Pontífice, dice el derecho que le es propio, tiene una potestas suprema, plena, immediata et universalis sobre la Iglesia, y contra sus decisiones non datur appellatio nec recursus. Pero es, al mismo tiempo, el lugar más democrático: todo seminarista, por pobre y oscuro que sea, sabe que tendrá en su alforja de sacerdote una posibilidad de ser papa, o al menos cardenal u obispo. El más oscuro de los bautizados tiene —en el interior de los muros eclesiales— los derechos y los deberes del más rico o potente de la tierra entera: aquí realmente «la ley es igual para todos», porque todos, sin excepción, están llamados a respetar, como base de la que todo deriva, el Decálogo dado a Moisés y el Sermón de la Montaña de Jesús. En la óptica que sólo aquí vale, la desventaja según el mundo tiene aquí una posición privilegiada. La última entre los últimos, aquella Bernadette ignorante, enferma, miserable sobre la que estaba escribiendo aquella mañana de la renuncia papal, tendrá la gloria de los altares, retratos venerados en todo el mundo, una estatua de mármol en la nave misma de San Pedro, peregrinaciones ininterrumpidas a su tumba de Nevers.

Por tanto, que quede claro: las sombras que aquí señalamos con honesto realismo, conviven con amplios espacios por los que se filtra la luz. No olvidemos lo que el mismo Benedicto XVI nos ha recordado, también con su renuncia al pontificado: sólo quien no comprenda que la Iglesia no es nuestra, sino de Cristo, puede preocuparse por ella, por su futuro. A los fieles, el Papa incluido, no se les pide más que realizar, cada uno en su lugar, el propio deber: el resto no es asunto de los hombres. A diferencia de lo que sucede en las instituciones sólo humanas, a aquellos que, con el bautismo, han entrado a formar parte de ella, se les pedirá cuenta de su esfuerzo, no de los resultados. La barca, en cualquier caso, llegará al puerto del fin de la Historia, aunque no sea como un galeón con velas desplegadas y grandes banderas ondeantes, sino reducida a una miserable balsa cargada sólo de pobre gente. Jesús predijo a Pedro que «las puertas del infierno no prevalecerán» jamás sobre la comunidad que le confiaba, pero también le dio a entender que la suerte terrena habría sido para Él precisamente la de la cruz.

(Continuará)

Traducción: Sara Martín

terça-feira, 19 de março de 2013

Messori: «Francesco è in linea con Ratzinger» - di Riccardo Cascioli

In NBQ 

«La luna di miele con papa Francesco di una certa cultura clericale agnostica, atea che tracima da tutti i media e di cui Eugenio Scalfari è papa, sarà bruscamente interrotta quando il Papa comincerà a parlare sul serio e toccherà i temi etici». Vittorio Messori, lo scrittore cattolico italiano più tradotto nel mondo, amico personale dei due papi precedenti, è assolutamente certo della continuità di papa Bergoglio con papa Ratzinger, anche se gli stili personali sono diversi. Ed esprime questa sua convinzione con un agile libro (La Chiesa di Francesco) che arriva da oggi in edicola con il Corriere della Sera ma che potrà essere acquistato anche indipendentemente (soltanto in edicola).

Messori, Benedetto XVI nel rinunciare al Pontificato si è riferito a sfide che la Chiesa ha davanti e che necessitano di grande forza per affrontarle. Quali sono queste le principali sfide che ora papa Francesco si troverà davanti?
 
Anzitutto devo premettere che, contrariamente a Eugenio Scalfari, non è certo mia intenzione suggerire al Papa quel che deve fare. Semplicemente da umile cronista posso dire  che sono sempre stato d’accordo con Ratzinger il quale da sempre, come cardinale e come papa, ha detto che il vero problema è che la fede, soprattutto in Occidente, si sta spegnendo come una candela che non trova più alimento. Il vero problema da cui tutto nasce è questo: l’eclisse della fede, il fatto che non ci crediamo più. Non siamo più pronti a scommettere sulla divinità di Cristo, sull’aldilà che ci aspetta. E in questo l’intellighenzia clericale non ci aiuta. Pensate ad esempio ai biblisti: hanno accettato acriticamente il metodo inventato dal protestantesimo, diciamo agnostico, il metodo cosiddetto storico-critico per cui del Vangelo quello che resta vero sono solo le note del biblista. Se tu prendi sul serio il Vangelo ti considerano un reazionario, però guai a te se non prendi sul serio le note del biblista.
 
Non a caso ho sempre pensato da tanti anni che in fondo la cosa davvero da riscoprire sia una seria apologetica, fatta come dice Pietro nella sua Lettera: con mansuetudine e rispetto, un’apologetica al contempo pacata e rigorosa.

In effetti Benedetto XVI ha rispolverato anche la parola “apologetica”.
 
Le ragioni per credere, le ragioni della fede sono il primo compito che oggi la Chiesa e, quindi, un papa devono porsi. E ripeto: non è un mio consiglio alla Scalfari per il Papa, questo è quanto ha ripetuto per una vita Ratzinger, prima cardinale poi papa, ed è anche quello che lui pover’uomo ha cercato di fare. Ad esempio i 3 volumetti su Gesù sono pura apologetica, nel senso migliore: cercare di confermare le radici dell’albero, perché il cristianesimo ormai sembra una quercia senza radici.

Mentre il mondo, e anche i cattolici, ascoltano più volentieri le parole sull’impegno sociale, sui poveri.
 
E’ il cosiddetto cristianesimo secondario: l’impegno, l’aiuto sociale sono tutte cose buone ma se non discendono dalla fede non hanno significato. Il dono maggiore che Ratzinger ci abbia fatto – a parte questi tre libretti, preziosi perché da un lato accetta i metodi esegetici moderni, e dall’altro dimostra come non distruggono le basi del cristianesimo - è l’Anno della Fede, che è cominciato a ottobre e che questo papa dovrà concludere.
 
Per il clericalmente corretto il termine “apologetica” suona male perché sembra di regressione. Nei seminari addirittura la parola è sparita e viene chiamata pudicamente teologia fondamentale. Ma in questa teologia fondamentale che si insegna – ho cercato di guardare i testi - non c’è nulla che rafforzi la fede. Si dà come al solito la fede per scontata e si fanno belle considerazioni attorno. Ma come diceva papa Ratzinger nel documento di indizione dell’Anno della Fede, avviene che oggi si prospettino i doveri del cattolico sul piano sociale, caritativo e così via dando però per scontato una fede sulla quale nessuno si interroga e che molto spesso non esiste più.
 
Insomma bisogna rimettere ordine: prima la fede, poi la morale; prima il cristianesimo primario, che è l’annuncio del kerigma, poi il cristianesimo secondario, che sono le opere – anche sociali – che derivano dall’accettazione del kerigma.

Lei crede che papa Francesco sarà in continuità con Benedetto XVI?
 
Sì. In questi giorni sono stati molto sottolineati gli elementi di discontinuità, addirittura in modo grottesco: tutti a scrivere che è andato da Santa Marta con lo stesso pulmino degli altri cardinali, che ha voluto pagare la pensione dove alloggiava prima dell’elezione (dimenticando peraltro che la pensione è di proprietà del Vaticano). Ma appunto queste sono cose grottesche, e sono certo che  questa luna di miele tra una certa cultura di cui Scalfari è il papa, questa cultura e questo clericalismo agnostico, ateo che tracima da tutti i media, questa luna di miele sarà presto bruscamente interrotta quando comincerà a parlare sul serio, per esempio di etica, di morale e così via. L’uomo ha 76 anni, non è una novità, di cose ne ha dette tante, sul piano della morale e sul piano catechetico. Sul piano della fede era in perfetta sintonia con Ratzinger. E quindi questa luna di miele è destinata clamorosamente a finire.

C’è però questa grande sottolineatura del suo impegno per i poveri.
 
Su questo c’è un clamoroso equivoco, perché si dimentica che tutti i santi sociali dell’800 – solo per stare a Torino don Bosco, il Cottolengo, Faà di Bruno –, tutti quelli che si rimboccarono le mani per aiutare i poveri, tutti quelli che cercarono di dare anche il pane del corpo ai disgraziati che si trovavano intorno, questi erano classificati sul piano teologico come dei reazionari. Erano tutti figli devotissimi di Pio IX e poi di Leone XIII. L’impegno sociale non vuol dire essere preti alla don Gallo, o andare d’accordo con teologi alla Hans Kung: tutta la santità sociale è una santità che si sporca le mani per l’assistenza anche materiale ma allo stesso tempo ama il catechismo della Chiesa e lo rispetta. Quindi c’è un grosso equivoco in cui cadono questi signori che disquisiscono senza sapere niente della dinamica cattolica. Bergoglio andava nelle periferie (villas miserias), ma ci sarebbe andato anche don Bosco. E forse che don Bosco era un innovatore? Che Bergoglio andasse nelle villas miserias non vuol dire affatto che sia un contestatore teologico. Anzi sul piano della morale e della catechesi è del tutto allineato con Benedetto XVI.
 
Don Bosco aveva un motto: pane e paradiso, che è molto bello. Pane nel senso che agli affamati bisognava dare anche il pane, però bisognava dargli anche il pane dello spirito. Dava ai ragazzi di strada accoglienza, gli insegnava un lavoro però questi ragazzi erano formati con estrema attenzione anche al catechismo, alla catechesi in linea perfetta con quella di Pio IX.
 
Questi signori che non sanno nulla e che discettano, dicono che questo è un prete sociale: benissimo, ma vedrete quando comincia a parlare di morale cosa dirà. Dirà esattamente quello che diceva Ratzinger.

Si sottolinea molto anche uno stile che rompe con tante formalità, come se fosse una rivoluzione, dimenticando che a suo tempo anche Giovanni Paolo II diede un bel po’ da fare a cerimonieri e uomini della sicurezza.
 
C’è davvero qualcosa di grottesco. E’ vero che ci sono troppi giornali, troppi telegiornali, troppe radio per cui c’è una iperinformazione ossessiva, quindi si deve andare a cercare anche il lato pittoresco. Ma si dimentica una grande verità: il Padreterno ci ha voluto tutti uguali e al contempo tutti diversi. Ognuno ha il suo carattere, il suo stile, ma non è questo quello che conta. Il Papa c’è soprattutto per una funzione: il magister e il custos fidei, custode e maestro della fede, il resto è tutto accessorio. A papa Bergoglio guardo come maestro e custode della fede, ma se lui ha certi gusti, un certo stile, un certo modo di muoversi e di parlare, non me ne può fregare di meno. Sono cose che fanno parte della straordinaria, meravigliosa varietà che il Padreterno ha voluto darci. Un papa non va giudicato dallo stile e dal carattere, ma dal suo insegnamento, perché questo è il suo compito. Faccio spesso l’esempio del papa Borgia: lui razzolava male, anzi malissimo, ma predicava bene. Seguo il papa Borgia non nel suo esempio ma nella sua predicazione. Fu un papa estremamente ortodosso, quindi a me non disturba affatto che poi andasse a letto con la figlia. Me ne dispiace, lo vorrei anche coerente, però se non lo è pazienza. E’ papa lo stesso se mi insegna la buona dottrina.

In molti hanno notato che papa Francesco insiste sul fatto di essere vescovo di Roma, non si riferisce mai a se stesso come al Papa.
 
Io non vedo male questo aspetto. Addirittura una volta mi è scappato detto in un articolo sul Corriere, che secondo me non sarebbe male se il papato si trasferisse al Laterano, dove c’è la cattedrale del vescovo di Roma. In fondo i papi sono in Vaticano solo da pochi secoli. Fino all’esilio ad Avignone e anche dopo stavano al Laterano e lì è la cattedra di Pietro. Secondo me, un trasferimento al Laterano sarebbe anche ipotizzabile, non mi disturberebbe. Per la logica dell’et et, il papa è al contempo il capo della Chiesa ma è anche un vescovo tra i vescovi. Ed è anche il vescovo di quella che era la capitale imperiale, per cui ha una maggiore autorità. La sottolineatura che il Papa è anche lui un vescovo – che poi per la sede in cui presiede gode di un autorità su tutta la Chiesa – non mi dispiace, in fondo è un aspetto che avevamo dimenticato. Il Vaticano è solo un’appendice al luogo dove Pietro fu martirizzato ma a parte la reliquia di Pietro non ci sono ragioni particolari. Il Papa non è legato a quel luogo, anzi il Papa sarebbe legato alla sua cattedra, che è quella del Laterano.
 
Quindi io non la vedo come Scalfari, secondo cui in questo modo comincia finalmente la Chiesa federale, una forma di Chiesa tipo Lega lombarda. Ma figurarsi se Bergoglio ha in mente il papato federale; non mette lontanamente in discussione la primazia del papa, però sottolineare che il papa è vescovo di Roma e quindi è chiamato in prima istanza a privilegiare le pecorelle che gli sono affidate  direttamente nella Chiesa di Roma, non mi dispiace perché non mette assolutamente in discussione quella che è l’unità ecclesiale.

Però, oltre a Scalfari, ci sono diversi episcopati o singoli vescovi che parlano di regionalizzazione della Chiesa, di una collegialità che intende dare maggiore potere alle conferenze episcopali.
 
Devo dire che più vado avanti più apprezzo i documenti del Vaticano II. Purtroppo siamo stati in qualche modo travolti dalle interpretazioni errate sia da sinistra sia da destra.  In realtà la collegialità intesa nel senso cattolico sta nella Lumen Gentium che è la Costituzione dogmatica sulla Chiesa, fa parte del Dna della Chiesa. Quindi la collegialità è qui, nella linea che la Lumen Gentium indica, non certo nel fare una Chiesa federale, che è impensabile. Perché in fondo c’è già una Chiesa federale e sono le Chiese ortodosse. Il Patriarca di Costantinopoli ha soltanto un primato d’onore. Non voglio affatto quello lì, neanche il Concilio lo dice, voglio un Papa che non presiede soltanto come un onore. Se però attorno a lui non ci sono dei servi ma dei confratelli nell’episcopato, penso che questo sia molto bello anche in una prospettiva teologica. Ma anche qui non c’è nessuna rottura con il passato: Ratzinger è uno dei padri teologici del Vaticano II, l’ha sempre detto: voi vi sbagliate, cadete nello stesso equivoco speculare, voi a destra e la cosiddetta sinistra perché parlate di un Concilio che non c’è mai stato. Se noi stiamo a Ratzinger, egli si è sempre riconosciuto in questi documenti, c’è anche lui dietro la stesura di questi testi, non poteva non pensarla come la Lumen Gentium. Autonomi e uniti.

quarta-feira, 13 de fevereiro de 2013

Messori: l'eredità di Benedetto XVI è la fede - di Riccardo Cascioli

In NBQ 

«Benedetto XVI ha una grande devozione per Maria e una particolare predilezione per Lourdes, per la chiarezza cristallina di quella apparizione. Non può dunque essere un caso che abbia scelto l’11 febbraio come giorno per annunciare la sua rinuncia al papato». Vittorio Messori, lo scrittore italiano più tradotto nel mondo, a Lourdes e alle apparizioni della Madonna a Bernadette ha dedicato molti anni di studi approfonditi, che hanno trovato una prima sintesi in “Bernadette non ci ha ingannati”, un libro uscito di recente per la Mondadori. E conosce molto bene Joseph Ratzinger, papa Benedetto XVI, un’amicizia nata in occasione del libro-intervista all’allora prefetto della Congregazione per la Dottrina della Fede.

Le circostanze che hanno accompagnato l’uscita di quel libro, “Rapporto sulla Fede”, nel 1985, hanno certamente contribuito a saldare un rapporto: «Eravamo ancora in piena contestazione ecclesiale – ricorda Messori - e allora non era affatto facile nella Chiesa dirsi “Ratzingeriano”: su di lui girava una leggenda nera, era definito l’«oscuro» prefetto del Sant’Uffizio, il persecutore, il panzerkardinal e via dicendo. Io dovetti addirittura nascondermi, sparire per oltre un mese, mi ritirai in montagna perché i preti del dialogo, i preti ecumenici, quelli della tolleranza volevano farmi letteralmente la pelle: lettere anonime, telefonate notturne. La mia colpa era non solo avere dato voce al nazikardinal, ma addirittura avergli dato ragione». Così la frequentazione si fece assidua, «spesso ci capitava di andare in trattoria assieme», e tante volte hanno parlato di Lourdes con cui condividevano una curiosa circostanza: Messori e Ratzinger sono infatti entrambi nati il 16 aprile, il giorno del dies natalis di Bernadette.

Dunque, Messori, la scelta dell’11 febbraio non è affatto casuale.
Direi proprio di no. Il perché abbia scelto questa data è la prima domanda che mi sono posto, e mi è sembrato si sia rifatto al suo «amato e venerato predecessore», come ha sempre chiamato Giovanni Paolo II: l’11 febbraio dai tempi di Leone XIII è entrato nel calendario universale della Chiesa come festa della Nostra Signora di Lourdes, e dato il legame che questo santuario ha con il male fisico, Giovanni Paolo II l’ha dichiarata Giornata mondiale del malato. Benedetto XVI intendeva parlare dunque della sua malattia.

Malattia? Il portavoce vaticano padre Lombardi ha escluso che motivo della rinuncia sia una malattia.
“Senectus ipsa est morbus”, dicevano i latini: la vecchiaia stessa è una malattia. A 86 anni, anche se formalmente non sei malato, c’è un’infermità legata all’età. Il papa si sente malato perché molto anziano, allora io credo che lui abbia scelto proprio quel giorno per riconoscersi malato tra i malati. E anche per fare un omaggio e una sorta di invocazione alla Madonna: non soltanto la Madonna di Lourdes ma la Madonna in quanto tale.

Il Papa ha parlato diverse volte anche di Fatima, ma con Lourdes forse sente un rapporto particolare.
Di Lourdes abbiamo parlato spesso in 25 anni, e sicuramente ha approfittato dell’occasione dei 150 anni delle apparizioni per recarsi lì in visita (settembre 2008, n.d.r.). Per dare un’idea di cosa suscitasse in lui Lourdes, basti pensare che in quel giorno e mezzo che è stato lì erano previsti 3 suoi grandi discorsi. Ebbene, in realtà il Papa ha parlato ben 15 volte, quasi sempre a braccio e molto spesso si è commosso. E sempre richiamando una grande devozione a Maria, e alla figura di Bernadette. A parlare di Fatima in qualche modo vi è stato trascinato da circostanze quali l’attentato al Papa, però ho l’impressione che istintivamente la sua preferenza vada alla chiarezza cristallina di Lourdes piuttosto che al nodo molto complesso che è Fatima. Considera Fatima fin troppo complessa, ama la chiarezza cristallina di Lourdes: lì non ci sono segreti, tutto è chiaro.

Molti commentatori hanno interpretato la rinuncia di Ratzinger come una sorta di resa davanti alle difficoltà
Ci sono delle apparenti rese che in realtà sono un segno di forza, di umiltà. La libertà cattolica è molto più grande di quanto non si pensi. Ci sono temperamenti diversi, storie diverse, carismi diversi e vanno tutti quanti rispettati perché fanno parte della sacrosanta libertà del credente. In Giovanni Paolo II prevaleva il lato mistico, era un mistico orientale. Mentre in Ratzinger prevale la razionalità dell’occidentale, dell’uomo moderno. Per cui ci sono due possibili scelte: quella mistica, quella di papa Wojtyla, che tiene duro e resiste fino alla fine; oppure la scelta della ragione, come Ratzinger: riconoscere che non si hanno più le energie fisiche e che la Chiesa ha invece bisogno di una guida con grandi energie. Per cui per il bene della Chiesa è meglio che lasci. Entrambe le scelte sono evangeliche.

Papa Ratzinger ha sempre colpito per la sua grande umiltà.
E infatti la scelta di Ratzinger è segnata da una grande umiltà, una virtù che in lui è sempre stata evidente. Mi ricordo ancora un episodio di quel lontano 1985 che mi aveva particolarmente impressionato: dopo 3 giorni interi di colloquio in vista di “Rapporto sulla Fede”, prima di congedarci io gli dissi: “Eminenza, con tutto quello che lei mi ha raccontato della situazione nella Chiesa (ripeto, erano anni ancora di contestazione) mi permetta una domanda: ma lei la notte riesce a dormire bene?” Lui, con quella faccia da eterno ragazzo, e con gli occhi sgranati mi risponde: “Io dormo benissimo, perché sono consapevole che la Chiesa non è nostra, è di Cristo, noi siamo solo servi inutili: io alla sera faccio l’esame di coscienza, se constato che durante la giornata ho fatto con buona volontà tutto quello che potevo, io dormo tranquillo”. Ecco, Ratzinger ha assolutamente chiaro che noi non siamo chiamati a salvare la Chiesa, ma a servirla, e se non ce la fai più la servi in un altro modo, ti metti in ginocchio e preghi.  La salvezza è una questione di Cristo.
Allora queste dimissioni mi sono sembrate in questa linea, nel senso di non prendersi troppo sul serio. Fai fino in fondo il tuo dovere e quando ti rendi conto che non riesci più, che le forze non ti assistono più, allora ti ricordi che la Chiesa non è tua e passi la mano e vai a fare il lavoro per la Chiesa che nella prospettiva di fede è il maggiore, il più prezioso: il lavoro del pregare e il lavoro dell’offrire a Cristo la tua sofferenza. La vedo come un atto di grande umiltà, di consapevolezza che tocca a Cristo salvare la Chiesa, non siamo noi poveri uomini a salvarla, anche se sei Papa.

Sabato scorso parlando ai seminaristi del Seminario romano ha detto che anche quando pensi che la Chiesa stia per finire, in realtà si rinnova sempre. Quale rinnovamento ha portato il pontificato di Benedetto XVI?
Si dimentica spesso che lui all’inizio del pontificato disse: il mio programma è di non avere programmi. Nel senso di rimettersi agli eventi che la Provvidenza gli metteva davanti. Il grande disegno strategico, in fondo, consisteva in questo, semplicemente confermare le pecorelle nella fede.  
In questo ho sempre sentito una grande sintonia con lui, è sempre stato un Papa convinto della necessità di rilanciare l’apologetica, di ritrovare le ragioni della fede. Anche lui era convinto, come me, che tanti cosiddetti gravi problemi della Chiesa in realtà sono secondari: i problemi dell’istituzione, i problemi ecclesiali, l’amministrazione, gli stessi problemi morali e liturgici, sono certo molto importanti; ma attorno ad essi c’è una rissa clericale che però – lo ha detto lui stesso nel documento di indizione dell’Anno della Fede - dà per scontata la fede, cosa che in effetti non è. Cosa ci mettiamo a fare rissa tra di noi su come organizzare meglio i dicasteri vaticani, e anche sui principi non negoziabili, che cosa ci mettiamo a fare risse e magari organizzare difese se non crediamo più che il Vangelo è vero? Se non crediamo più nella divinità di Gesù Cristo tutto il resto diventa un parlare a vuoto. E infatti non a caso, l’ultimo suo grande atto è stato indire l’Anno della Fede: ma della fede intesa nel senso apologetico, cercare di dimostrare che il cristiano non è un cretino, tentare di dimostrare che noi non crediamo nelle favole, cercare di dimostrare quali sono le ragioni per credere. Le sue grandi linee strategiche sono consistite solo in questo: riconfermare le ragioni per scommettere sulla verità del Vangelo. Tutto il resto va affrontato giorno per giorno. E questo l’ha fatto, l’ha fatto al meglio.

Allora è giusto dire che l’Anno della Fede è la sua vera eredità.
Sì, l’Anno della Fede è la sua eredità, questa è l’eredità che dobbiamo prendere sul serio. Nella Chiesa, nella prospettiva del futuro, l’apologetica deve avere un ruolo centrale, perché se non è vera la base tutto il resto è assurdo. Benedetto XVI ci lascia la consapevolezza che dobbiamo riscoprire le ragioni per credere.

Se parliamo di eredità pensiamo subito a chi potrà raccoglierla. Non per unirci al totopapa che impazza ovunque, ma certo nasce la domanda su chi condivide questa priorità.
Non dobbiamo rubare allo Spirito Santo il suo mestiere. Le previsioni dei cosiddetti esperti, quando si tratta di Conclave, sono fatte per essere smentite. Di solito non ci azzeccano mai. L’impressione è che lo Spirito Santo si diverta a prenderci in giro: i grandi tromboni, i grandi esperti, i grandi vaticanisti danno per sicuro questo o quello e poi è eletto un altro. Ricordo il 1978, lavoravo alla Stampa, ero in redazione quando hanno eletto papa Luciani: all’annuncio grande panico, perché  i grandi vaticanisti che avevamo ci avevano detto di tenere pronte certe biografie, perché il Papa sarebbe certamente uscito da quel mazzo di papabili, e invece niente: quando è stato eletto Luciani ci siamo accorti che l’archivio della Stampa non aveva neanche una sua foto. La stessa storia si è ripetuta due mesi dopo con Wojtyla: tutti avevano previsto quello e quell’altro, e invece all’annuncio ancora panico: di lui non sapevamo neanche come si scriveva.

Pensando a questi anni di pontificato, certo lascia pensare il fatto che non sia stato “fortunato” nella scelta dei collaboratori, che lo hanno messo spesso in grandi difficoltà.
Ratzinger per un quarto di secolo è stato prefetto alla Congregazione per la Dottrina della Fede, però ha sempre vissuto appartato, ho sempre avuto l’impressione che fosse un po’ isolato rispetto alla Curia. Lui aveva un legame fortissimo con Wojtyla, funzionava in tandem con lui: non c’è alcuna decisione teologica che Wojtyla abbia preso in cui non abbia prima sentito il parere di Ratzinger. Ma ho sempre avuto l’impressione che fosse, anche per sua scelta, estraneo alla Curia, ai suoi giri, ai suoi giochi, ai suoi schieramenti. E credo che una volta eletto Papa con sua sorpresa in fondo non avesse sufficiente conoscenza dei meccanismi, delle persone. Poi alcune scelte erano in qualche modo obbligate, ma sicuramente non era abbastanza al corrente  di come stessero le cose.

Si dice che la Curia non l’abbia mai amato.
Certamente la Curia non l’ha mai amato. Wojtyla aveva scelto di fare un pontificato itinerante e in questo modo ha lasciato che la Curia andasse avanti da sola; così la Curia ha preso il sopravvento, per cui tutto sommato quei vecchi volponi dei dicasteri con Wojtyla si trovavano bene, il papa era distante, non si occupava degli affari quotidiani. Ratzinger invece ha viaggiato poco, voleva sapere, voleva mettere il naso; siccome sapeva poco della Curia, ha cominciato a  informarsi e ha cominciato a fare, pur con la sua delicatezza, spostamenti, arretramenti, avanzamenti. E questo non è stato gradito, per cui anche da Papa ha continuato a essere piuttosto isolato.

El ofrecimiento del sufrimiento y de la oración: una respuesta a tres preguntas - Vittorio Messori

In RL

Habrá mucho tiempo para análisis, balances, previsiones. Hoy, aún desconcertados, solamente intentaremos dar una posible respuesta a tres preguntas que nos han surgido en un primer momento.

Por encima de todo: ¿Por qué un anuncio de tales características precisamente en este día de febrero? Después: ¿Por qué en una reunión de cardenales anunciada rutinariamente? Y por último: ¿Cuál es el porqué del lugar elegido para el retiro del Papa emérito?

Reflexionando sobre estas cuestiones, después de la sorpresa casi brutal debido a su naturaleza inesperada (y para todos, también en la propia jerarquía), me parece que podemos arriesgar algunas posibles explicaciones.
El 11 de febrero, aniversario de la primera aparición de la Virgen en Lourdes, ha sido declarada por el «amado y venerado predecesor», como siempre lo ha llamado, Día Mundial del Enfermo. Ha dicho Ratzinger, en el latín de la breve y sorprendente declaración: «He llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino».

Terencio, y después Séneca, Cicerón y muchos otros habían recordado tristemente: senectus ipsa est morbus, la ancianidad misma es una enfermedad. Por tanto, está enfermo quienquiera que, como él, el próximo 16 de abril cumplirá 86 años. De hecho, ha añadido: «El vigor tanto del cuerpo como del espíritu, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado». Por tanto, ¿qué día podía ser más adecuado para tomar conciencia delante del mundo de su propia infirmitas de anciano que el dedicado a la Virgen de Lourdes, protectora de los enfermos?

En el fondo, también en esto se da un signo de solidaridad fraterna para todos aquellos que, por enfermedad o por edad, no pueden contar más con sus propias fuerzas.

Pero, (ésta es la segunda pregunta) ¿por qué anunciarlo, ex abrupto, precisamente en un consistorio de cardenales para decidir la glorificación de los mártires de Otranto, masacrados por la furia de los musulmanes turcos? No creemos que exista aquí un posible reclamo a la violencia de un cierto islamismo, tan actual ahora como en el siglo XV de la matanza en Puglia. Más bien, creemos que en estos meses Benedicto XVI ha meditado sobre el primer y único caso de abdicación formal de un Pontífice en la historia de la Iglesia, el del 13 de diciembre de 1294, por parte de Celestino V.

Habían existido, en los «siglos oscuros» de la Alta Edad Media, algunos casos de renuncia papal, pero en circunstancias oscuras y bajo la presión de amenazas y violencias. Pero sólo Pietro da Morrone, un eremita arrancado por la fuerza de su celda y elevado al trono pontificio, abdicó libremente y oficialmente, aduciendo también él en primer lugar una edad más octogenaria y la consiguiente debilidad. Antes de llevar a cabo este inédito paso, había consultado discretamente a los mayores canonistas, que le confirmaron que la renuncia es posible, pero debía ser anunciada «delante de algunos cardenales». Y es precisamente así como ha decidido hacerlo Benedicto XVI, que no tenía más que aquel referente en el que fijarse: con tal precedente y espiritualmente seguro, dado que el buen Pietro fue declarado santo de la Iglesia y no merecía en absoluto la acusación de «cobarde» que lanzó en su contra el gibelino Dante por sus razones políticas.

En definitiva, a falta de otras normas, el Papa Ratzinger, siempre respetuoso con la Tradición, ha tomado como referencia aquella ya establecida hace ocho siglos por el hermano con quien quería compartir destino.

Probablemente, no es casualidad tampoco el hecho de que el imprevisto anuncio haya sido leído sólo en latín, casi como para hacer referencia también en esto a aquel lejano precedente.

Pero, para llegar a la tercera pregunta, ¿por qué razón, después de un breve descanso en Castelgandolfo (desierto, y por tanto disponible durante la sede vacante), Benedicto XVI se retirará a aquel que fue un monasterio de clausura, dentro de los muros vaticanos? Esto, al menos, es el programa anunciado por el portavoz, el padre Lombardi. No sabemos si esa mudanza será definitiva pero, en cualquier caso, tampoco ésta es una decisión casual. Decían las últimas palabras del anuncio de ayer: «También en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria». En los años de pontificado ha repetido a menudo: «El corazón de la Iglesia no está donde se proyecta, se administra, se gobierna, sino donde se reza».

Por tanto, su servicio a la Catholica no sólo continua, sino que, en la perspectiva de la fe, se hace aún más relevante: si no ha elegido un monasterio lejano —quizá en Baviera o el de Montecassino, que el Papa Wojtyla había pensado como último recurso—, es posiblemente para dar testimonio, también con la cercanía física a la tumba de Pedro, cuánto desea permanecer junto a la Iglesia, a la que quiere donarse hasta el final.

Tampoco es casual, obviamente, el haber privilegiado a los muros impregnados por la oración como es el de un monasterio de clausura. No obstante, si la permanencia en el Vaticano fuese permanente, la discreción proverbial de Joseph Ratzinger asegura que no existirá ninguna interferencia con el gobierno del sucesor. Estamos convencidos de que rechazará incluso el papel de «consejero» lleno de años, pero también de experiencia y de sabiduría, incluso aunque hubiera peticiones explícitas del nuevo papa reinante. En su perspectiva de fe, el único verdadero «consejero» del pontífice es el Espíritu Santo que, bajo la bóveda de la Sixtina, le ha señalado con el dedo.

Y es precisamente en esta perspectiva religiosa que está, quizá, la respuesta a otro interrogante: ¿No era más «cristiano» seguir el ejemplo del beato Wojtyla, esto es, la resistencia heroica hasta el final, en vez del ejemplo de san Celestino V? Gracias a Dios, son muchas las historias personales, muchos los temperamentos, los destinos, los carismas, las maneras de interpretar y vivir el Evangelio. Grande, a pesar de lo que piensen quienes no la conocen desde dentro, grande es la libertad católica. Muchas veces, el entonces cardenal me repitió, en las entrevistas que tendríamos a lo largo de los años, que quien se preocupa demasiado por la difícil situación de la Iglesia (¿cuándo no lo ha sido?) demuestra no haber entendido que ésta pertenece a Cristo, es el cuerpo mismo de Cristo. Por tanto, le toca a Él dirigirla y, si es necesario, salvarla. «Nosotros», me decía, «solamente somos palabra del Evangelio, siervos, y por añadidura inútiles. No nos tomemos demasiado en serio, somos únicamente instrumentos y, además, a menudo ineficaces. No nos devanemos demasiado los sesos por el futuro de la Iglesia: realicemos hasta el final nuestro deber, Él pensará en lo demás».

Existe también, por encima de todo quizás, esta humildad, en la decisión de pasar el testigo: el instrumento va a desaparecer, el Dueño de la mies (como le gusta llamarlo, con términos evangélicos) necesita nuevos operarios, que, por tanto, lleguen, conscientes eso sí, de ser sólo servidores. En cuanto a los ancianos ahora ya extenuados, den el trabajo más valioso: el ofrecimiento del sufrimiento y el compromiso más eficaz. El de la oración inagotable, esperando la llamada a la Casa definitiva.

Traducción: Sara Martín

Messori explica el sentir del Papa: «Somos siervos inútiles; Cristo es el que salva a la Iglesia»

In RL 

Vittorio Messori, el famoso periodista italiano autor de la entrevista a Juan Pablo II "Cruzando el umbral de la esperanza", y del libro-diálogo "Informe sobre la fe" al entonces cardenal Ratzinger, ha escrito un extenso análisis en el Corriere della Sera, que reproduce en exclusiva en español Religión en Libertad.

Messori responde al interrogante que muchos se han hecho: "¿No era más «cristiano» seguir el ejemplo del beato Wojtyla, esto es, la resistencia heroica hasta el final, en vez del ejemplo de san Celestino V? Gracias a Dios, son muchas las historias personales, muchos los temperamentos, los destinos, los carismas, las maneras de interpretar y vivir el Evangelio. Grande, a pesar de lo que piensen quienes no la conocen desde dentro, grande es la libertad católica".

"Le toca a Él dirigirla"
"Muchas veces, -señala Messori- el entonces cardenal me repitió, en las entrevistas que tendríamos a lo largo de los años, que quien se preocupa demasiado por la difícil situación de la Iglesia (¿cuándo no lo ha sido?) demuestra no haber entendido que ésta pertenece a Cristo, es el cuerpo mismo de Cristo. Por tanto, le toca a Él dirigirla y, si es necesario, salvarla. «Nosotros», me decía, «solamente somos palabra del Evangelio, siervos, y por añadidura inútiles. No nos tomemos demasiado en serio, somos únicamente instrumentos y, además, a menudo ineficaces. No nos devanemos demasiado los sesos por el futuro de la Iglesia: realicemos hasta el final nuestro deber, Él pensará en lo demás».

La humildad de pasar el testigo
"Existe también, por encima de todo quizás, esta humildad, en la decisión de pasar el testigo: el instrumento va a desaparecer, el Dueño de la mies (como le gusta llamarlo, con términos evangélicos) necesita nuevos operarios, que, por tanto, lleguen, conscientes eso sí, de ser sólo servidores. En cuanto a los ancianos ahora ya extenuados, den el trabajo más valioso: el ofrecimiento del sufrimiento y el compromiso más eficaz. El de la oración inagotable, esperando la llamada a la Casa definitiva".

Un nuevo servicio a la Iglesia
"Decían las últimas palabras del anuncio de ayer: «También en el futuro, quisiera servir de todo corazón a la Santa Iglesia de Dios con una vida dedicada a la plegaria». En los años de pontificado ha repetido a menudo: «El corazón de la Iglesia no está donde se proyecta, se administra, se gobierna, sino donde se reza»".

"Por tanto, su servicio a la Catholica no sólo continua, sino que, en la perspectiva de la fe, se hace aún más relevante: si no ha elegido un monasterio lejano —quizá en Baviera o el de Montecassino, que el Papa Wojtyla había pensado como último recurso—, es posiblemente para dar testimonio, también con la cercanía física a la tumba de Pedro, cuánto desea permanecer junto a la Iglesia, a la que quiere donarse hasta el final".

El Día Mundial del Enfermo
Messori recuerda que el Papa ha elegido la fecha del 11 de febrero, aniversario de la primera aparición de la Virgen en Lourdes, por ser el Día Mundial del Enfermo.
"Ha dicho Ratzinger, en el latín de la breve y sorprendente declaración: «He llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino»".

"Por tanto, ¿qué día podía ser más adecuado para tomar conciencia delante del mundo de su propia infirmitas de anciano que el dedicado a la Virgen de Lourdes, protectora de los enfermos? En el fondo, también en esto se da un signo de solidaridad fraterna para todos aquellos que, por enfermedad o por edad, no pueden contar más con sus propias fuerzas".

No hará sombra al nuevo Papa
Por último, el periodista italiano subraya que "si la permanencia en el Vaticano fuese permanente, la discreción proverbial de Joseph Ratzinger asegura que no existirá ninguna interferencia con el gobierno del sucesor. Estamos convencidos de que rechazará incluso el papel de «consejero» lleno de años, pero también de experiencia y de sabiduría, incluso aunque hubiera peticiones explícitas del nuevo papa reinante. En su perspectiva de fe, el único verdadero «consejero» del pontífice es el Espíritu Santo que, bajo la bóveda de la Sixtina, le ha señalado con el dedo".

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segunda-feira, 28 de maio de 2012

Vittorio Messori arroja luces sobre los «topos» en el Vaticano, los escándalos y la Curia


«Toda la vida he frecuentado la historia de la Iglesia y, si bien con parsimonia, también la Iglesia. Imaginaos si me voy a escandalizar». Vittorio Messori se encuentra en la abadía de Maguzzano, una maravilla entre las colinas morrénicas y el lago de Garda que ha sido atravesada por la historia de la Iglesia durante quince siglos, desde san Benedicto a don Calabria. Aquí Messori se hizo un estudio en el que se encierra cuando está bajo presión: como ahora, visto que le quedan pocas semanas para entregar a Mondadori un libro sobre Lourdes que le importa muchísimo. Se titula Bernadette non ci ha ingannati (Bernadette no nos ha engañado).

¿Nos está engañando, en cambio, alguien en el Vaticano? Le pregunto a Messori qué puede sentir un católico practicante al enterarse de que hay cardenales que se traicionan entre ellos, documentos entregados a escondidas a los periodistas, cartas robadas al Papa, embrollos bancarios, asesinos sepultados con todos los honores. «La Curia romana —responde— siempre fue un nido de serpientes. Pero, al menos en una época, era la organización estatal más eficiente del mundo. Administraba un imperio sobre el que jamás se pone el sol, y tenía una diplomacia sin igual. ¿Qué ha quedado hoy?».

Paseando por el claustro, y luego entre los olivos, Messori explica la decadencia con estas palabras: «Los eclesiásticos de la Curia romana reclutaban a los mejores exponentes de las diócesis del mundo. Los obispos contaban con un clero abundante, y no tenían dificultad para conceder miembros. Hoy en día, los seminarios o están cerrados o semivacíos. Así, si un obispo cuenta con algún sacerdote válido, lo cuida mucho. Y el Papa es como Carlos V, que debía administrar un imperio inconmensurable y en la España despoblada gritaba: “Dadme hombres”». Pero en África, intento objetar… «¿El boom de las vocaciones? No me hago ilusiones. En África se ingresa al seminario por las mismas razones por las que se ingresaba aquí cuando se moría de hambre. Un modo para tener de qué vivir. Y, además, en la cultura africana, el celibato es incomprensible, por lo que la Iglesia, por decirlo de algún modo, cierra un ojo. Hay muchos sacerdotes con esposas e hijos. ¿Qué se hace, se los manda a Roma? ¿Para que se desempeñen como obispos?».

Continúa: «La degradación cualitativa es evidente. Ya no hay siquiera latinistas que estén a la altura. Cuando fue elegido el papa Luciani, se llegó incluso a bloquear las rotativas de L´Osservatore Romano, porque había un error de latín en el título de la primera página. También en las últimas encíclicas de Juan Pablo II hay errores de latín, fíjese usted».

Es decir, para el hombre que ha escrito dos libros con los últimos dos papas, «este cojear de la Iglesia depende de la mediocridad de su personal». Pero ¿es sólo cuestión de incapacidad? Esta situación parece tener que ver con rencores, rivalidades, avidez, maldad, infidelidad. «La mezquindad malvada a menudo caracteriza a las personalidades mediocres. El que es bueno, no necesita ser adulador con los demás para hacerse notar».

Queda el escándalo, sobre lo que Jesús dijo: «Ay del que causa escándalo». ¿Es para perder la fe? «No, el cristiano conoce bien la distinción que hacía Maritain entre la Persona de la Iglesia, que es santa, y el personal de la Iglesia, que, como toda institución humana, está limitada por el pecado de cada uno de nosotros. Lo importante es que la Iglesia anuncie el Evangelio. Si luego quien lo anuncia es santo, agradecemos al Padre Eterno. Si es un canalla, paciencia: es, de todos modos, un custodio de la Gracia». ¿Pero no son demasiados y están demasiado encumbrados los canallas que hay hoy? «El clero de la Baja Edad Media, del Renacimiento, o el de los obispos empolvados del siglo XVIII era mucho peor. Y no olvidemos una cosa: hoy el personal es decadente, pero la calidad del vértice jamás ha sido tan alta. Desde la época napoleónica en adelante, todos los pontífices han sido canonizados, o merecerían serlo. No siempre ha sido así».

Me saluda con estas palabras, que explican su serenidad: «Jesús lo había anunciado: “El Hijo del Hombre será puesto en las manos de los hombres, y estos harán de él lo que querrán”. Lo dijo en la última cena, pero muchos exégetas y muchos místicos ven en estas palabras la profecía no solo de la Pasión, sino también de lo que sucedería después. Es por esto que no me sorprenden los escándalos. El Dios cristiano quiso tener necesidad de los hombres. Con todas las consecuencias que esto implica».