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quarta-feira, 11 de dezembro de 2013

Reforma litúrgica, una historia para volver a escribir - por Sandro Magister

In Chiesaespresso
ROMA, 9 de diciembre de 2013 – Ha pasado exactamente medio siglo desde que el Concilio Vaticano II promulgó el primero de los dieciséis documentos, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia:

> Sacrosanctum Concilium


Y cincuenta años luego de ese diciembre de 1963 ha nacido un sitio web que pone a disposición del gran público la documentación de todo el trabajo que produjo ese texto capital, tanto en la fase preparatoria anterior al Vaticano II como durante el Concilio mismo:

> Fontes Commissionis Liturgicae

Que el Concilio iniciara sus propios trabajos precisamente por el esquema "De liturgia" se debió al hecho que a los padres les pareció que éste era el esquema más maduro y el menos objetado. Pero posteriormente muchas voces notables reconocieron esto como un hecho providencial: "Comenzando con el tema de la liturgia – escribió Joseph Ratzinger – se puso inequívocamente a la luz el primado de Dios, su prioridad absoluta" respecto a todos los otros temas que el Vaticano II tuvo que afrontar posteriormente.

En la votación final, la constitución "Sacrosanctum Concilium" obtuvo 2158 votos a favor y solamente 19 en contra. Pero las oposiciones crecieron posteriormente, principalmente por el modo con el que se pusieron en obra sus indicaciones por medio del "Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra liturgia", instituido por Pablo VI en enero de 1964, con el primer presidente el cardenal Giacomo Lercaro y como secretario y "factotum" el liturgista Annibale Bugnini.

Aquí a continuación tenemos una presentación más detallada del nuevo sitio web, escrita por un experto en la materia, Nicola Bux, sacerdote de la diócesis de Bari, docente de liturgia, autor de ensayos y consultor de la Congregación para el Culto Divino y de la Congregación para la Causa de los Santos.

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PARA UNA "REFORMA DE LA REFORMA"

por Nicola Bux



A cincuenta años del 4 de diciembre de 1963, cuando se promulgó la Constitución litúrgica del Vaticano II, vuelve a la mente la afirmación de un estudioso de ese Concilio: “Los padres no querían una 'revolución' litúrgica”.

¿Cómo probar esa afirmación? Nos viene al encuentro un sitio muy nuevo, con las fuentes documentales respecto a la preparación, la redacción y la composición de la "Sacrosanctum Concilium".

El objetivo es hacer conocer los documentos para una historia ecuánime de la reforma litúrgica y, en consecuencia, también para una comprensión auténtica del Vaticano II, en continuidad con los otros concilios de la Iglesia, en la línea de navegación trazada por Agostino Marchetto:

“En las últimas décadas, la cuestión de la correcta celebración de la liturgia se ha convertido cada vez más en uno de los puntos centrales de la controversia en torno al Concilio Vaticano II, en cuanto a la forma en que debería ser valorado y acogido en la vida de la Iglesia”.

El nuevo sitio, gratuito y de fácil acceso, hace finalmente viable a todos un material muy precioso.

Sólo es necesario saber orientarse un poco al consultarlo. Está escrito en el frontispicio del sitio, que todavía está en fase de construcción:

“Se insertarán en las próximas semanas la transcripción de la documentación necesaria para comprender cómo antes del Concilio la comisión litúrgica se reunió para redactar el esquema de la Constitución sobre la liturgia propuesta al Concilio Ecuménico Vaticano II y cómo, durante las dos sesiones conciliares, este esquema se modificó según los deseos expresos de los padres".

La comisión litúrgica preparatoria celebró tres encuentros en los que se organizaron, presentaron y discutieron los trabajos llevados a cabo en las subcomisiones. Para presentar el material se ha mantenido en el sitio esta división:

> I Conventus

> II Conventus

> III Conventus

Después que se inició el Concilio el trabajo pasó a la Commissio Centralis. La comisión litúrgica conciliar se reunió durante la primera y la segunda sesión del período de reuniones, en 1962 y en 1963, así como también en el período intermedio. También en este caso se ha mantenido la división original:

> Sessio I


> Sessio II

La casi totalidad del material documental está almacenado ahora en el Archivo Secreto Vaticano y de allí ha sido retomado y hecho público en el sitio. Mientras que en lo que se refiere a otros documentos de los cuales se conoce su existencia, pero que no se encuentran en el Archivo, está en curso la búsqueda, con el fin de ofrecer al gran público una documentación finalmente completa.

Los textos están publicados en su idioma original, la mayoría de ellos en latín.

La "Sacrosanctum Concilium" presenta la liturgia como la continuación de la obra de salvación de Cristo en todo lugar y en todo tiempo. El misterio de Cristo está presente en ella, en la liturgia, convertida en la cumbre y en la fuente de la vida eclesial.

Justamente Pamela E.J. Jackson identificó la clave de lectura en el parágrafo 7, que termina de esta manera:

"Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia".

Así también ha hecho notar que las fuentes de la teología de la liturgia, en la Constitución, son la Sagrada Escritura y la tradición litúrgica, patrística y teológica, interpretada por el magisterio, en especial con las encíclicas "Mystici Corporis" y "Mediator Dei", al punto que se puede decir que en el campo litúrgico el Concilio Vaticano II “completó la obra iniciada por Pío XII”.

Esto se corresponde con lo que afirmó Benedicto XVI en la audiencia del 10 de octubre del 2012: “La 'Sacrosanctum Concilium' recuerda la centralidad del misterio de la presencia de Cristo", así como también en el discurso del 18 de febrero de 2013 al clero romano y en el prólogo a sus escritos en materia litúrgica:

“La primera, inicial y simple – aparentemente simple – intención del Concilio era la reforma de la liturgia, que ya había comenzado con Pío XII, quien ya había reformado la [celebración de la] Semana Santa. […] Mirando retrospectivamente, encuentro ahora que fue muy bueno comenzar con la liturgia. De este modo aparece el primado de Dios, el primado de la adoración. 'Operi Dei nihil praeponatur': no se anteponga nada a la obra de Dios. Esta frase de la Regla de san Benito aparece así como la regla suprema del Concilio".

Si no se quiere hacer caso a Benedicto XVI, está Henri De Lubac. También para este gran teólogo la Constitución sobre la Sagrada Liturgia fue “muchas veces mal entendida y a veces tergiversada en forma sacrílega”. Es que después del Concilio se impuso la convicción que la Constitución litúrgica había postulado una reforma en el sentido de una ruptura con la tradición de la liturgia católica, en al menos cuatro campos: la Eucaristía como cena en vez de sacrificio; la asamblea como sujeto de la liturgia en vez del sacerdote; la participación como alternativa a la adoración, y la importancia central de la comunidad en lugar del alcance cósmico del sacrificio eucarístico.

También para esto es importante volver a las fuentes. Los documentos preparatorios permiten mirar a la "Sacrosanctum Concilium" con más objetividad y permiten evaluar su ejecución post-conciliar.

También a la luz de las intervenciones de los padres en el aula, la Constitución quería ser una ley marco, pero eso no implicaba una transformación fundamental de la liturgia católica. En ésta – escribió Joseph Ratzinger – se debe "evaluar dónde han sido aportados cortes demasiado drásticos, para restablecer en modo claro y orgánico las conexiones con la historia pasada. Yo mismo he hablado en este sentido de 'reforma de la reforma'. Pero en mi opinión, todo esto debe estar precedido por un proceso educativo que encauce la tendencia a mortificar la liturgia con invenciones personales".

El nuevo sitio, con sus documentos, podrá ayudar a ese proceso.

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Traducción en español de José Arturo Quarracino, Buenos Aires, Argentina.

quinta-feira, 22 de março de 2012

Lettre Mgr. Nicola Bux au Superior da la Fraternité S. Pie X

In Scuola Ecclesia Mater

À son excellence Mgr Bernard Fellay et aux prêtres de la Fraternité sacerdotale saint Pie X

Excellence Révérendissime,

Bien chers Frères,

la fraternité chrétienne est plus forte que la chair et que le sang parce qu'elle nous offre, grâce à la divine Eucharistie, un avant-goût du paradis.

Le Christ nous a invités à faire l'expérience de la communion, c'est en cela que consiste notre “je”. La communion, c'est estimer a priori son prochain, parce que nous avons en commun avec lui l'unique Sauveur. De ce fait, la communion est prête à tout sacrifice au nom de l'unité ; et cette unité doit être visible, comme nous l'enseigne l'ultime invocation de la prière adressée par Notre Seigneur à son Père – “ut unum sint, ut credat mundus” –, parce qu'elle est le témoignage décisif des amis du Christ.

Il est indéniable que de nombreux faits du concile Vatican II et de la période qui l'a suivi, liés à la dimension humaine de cet événement, ont représenté de vraies calamités et causé de vives douleurs à de grands hommes d'Église. Mais Dieu ne permet pas que Sa Sainte Église puisse en arriver à l'autodestruction.

Nous ne pouvons pas considérer la dureté du facteur humain sans avoir confiance dans le facteur divin, c'est-à-dire dans la Providence qui, tout en respectant la liberté humaine, guide l'histoire, et en particulier l'histoire de l'Église.

L'Église est à la fois institution divine, divinement garantie, et produit des hommes. L'aspect divin ne nuit pas à celui humain – personnalité et liberté – et ne l'inhibe pas nécessairement; l'aspect humain, demeurant entier, et même compromettant, ne nuit jamais à celui divin.

Pour des raisons de Foi, mais aussi en raison des confirmations, même lentes, que nous observons au plan historique, nous croyons que Dieu a préparé et continue de préparer au fil de ces années des hommes dignes de remédier aux erreurs et aux abandons que nous déplorons tous. Déjà apparaissent, et apparaîtront toujours plus, de saintes œuvres isolées les unes des autres mais qu'une stratégie divine relie à distance et dont l'action constitue un dessein ordonné, comme cela survint miraculeusement à l'époque de la douloureuse révolte de Luther.

Ces interventions divines semblent se multiplier à mesure que les faits se compliquent. L'avenir le démontrera, comme nous en sommes convaincus, et déjà semble poindre l'aurore.

Pendant quelques instants, l'aurore, incertaine, lutte avec les ténèbres, lentes à se retirer, mais quand elle pointe on sait que le soleil est là et qu'il poursuit immanquablement sa course dans les cieux.

Avec sainte Catherine de Sienne, nous voulons vous dire : “Venez à Rome en toute sécurité”, auprès de la maison du Père commun qui nous a été donné comme principe et fondement visibles et perpétuels de l'unité catholique.

Venez prendre part à cet avenir béni dont on entrevoit déjà, en dépit des ténèbres persistantes, l'aurore.

Votre refus augmenterait les ténèbres et non la lumière. Or nombreux sont les éclairs de lumière que nous admirons déjà, à commencer par ceux de la grande restauration liturgique opérée par le motu proprio “Summorum Pontificum”. Celle-ci suscite dans le monde entier un large mouvement d'adhésion de la part de tous ceux, et notamment les jeunes, qui entendent magnifier le culte du Seigneur.

Comment ne pas considérer en outre les autres gestes concrets et chargés de signification du Saint Père, comme la levée des excommunications aux évêques ordonnés par Mgr Lefebvre, l'ouverture d'un débat public sur l'interprétation du concile Vatican II à la lumière de la Tradition et, à cet effet, le renouvellement de la Commission Ecclesia Dei ?

Il demeure certainement des perplexités, des points à approfondir ou à préciser, comme celui de l'œcuménisme et du dialogue interreligieux (qui a d'ailleurs déjà fait l'objet d'une importante clarification apportée par la déclaration Dominus Jesus de la Congrégation pour la Doctrine de la Foi du 6 août 2000) ou celui de la manière dont est comprise la liberté religieuse.

Sur ces thèmes aussi, votre présence canoniquement garantie dans l'Église aidera à plus de lumière.

Comment ne pas songer à la contribution que vous pourrez apporter, grâce à vos ressources pastorales et doctrinales, à votre capacité et votre sensibilité, au bien de toute l'Église ?

Voici le moment opportun, l'heure favorable pour revenir. Timete Dominum transeuntem : ne laissez pas passer l'occasion de grâce que le Seigneur vous offre, ne la laissez pas passer à côté de vous sans la reconnaître.

Le Seigneur en concèdera-t-il une autre ?

Ne devrons-nous pas comparaître tous un jour devant Son Tribunal et répondre non seulement du mal commis mais surtout de tout le bien que nous aurions pu faire et que nous n'avons pas accompli ?

Le cœur du Saint Père frémit : il vous attend avec anxiété parce qu'il vous aime, parce que l'Église a besoin de vous pour une profession de foi commune face à un monde toujours plus sécularisé et qui semble tourner irrémédiablement le dos à son Créateur et Sauveur.

Dans la pleine communion ecclésiale avec la grande famille que constitue l'Église catholique, votre voix ne sera pas étouffée, votre engagement ne sera ni négligeable ni négligé mais pourra donner, avec celui de tant d'autres, des fruits abondants qui demeureraient autrement gâchés.

L'Immaculée nous enseigne que trop de grâces viennent perdues parce qu'elles ne sont pas demandées : nous sommes convaincus qu'en répondant favorablement à l'offre du Saint Père, la Fraternité sacerdotale saint Pie X deviendra un instrument pour allumer de nouveaux rayons aux doigts de notre Mère céleste.

En ce jour qui lui est dédié, que saint Joseph, époux de la Bienheureuse Vierge Marie, Patron de l'Église universelle, veuille inspirer et soutenir vos résolutions : “Venez à Rome en toute sécurité”.

Rome, 19 mars 2012

Fête de saint Joseph

d. Nicola Bux

quarta-feira, 21 de março de 2012

Carta de Mons. Bux a Dom Fellay e aos Padres da FSSPX

In OBLATUS

A Sua Excelência Dom Bernard Fellay e aos padres da Fraternidade Sacerdotal São Pio X

Excelência Reverendíssima,

Caríssimos Irmãos,

A fraternidade cristã é mais poderosa do que a carne e o sangue, porque ela nos oferece, graças à Divina Eucaristia, um antegozo do paraíso.

O Cristo nos convidou a fazer a experiência da comunhão, pois é nela que consiste nosso “eu”. A comunhão é estima a priori pelo próximo, porque nós temos em comum com ele o único Salvador. Por isso a comunhão está pronta a todo sacrifício em nome da unidade; e esta unidade deve ser visível, como nos ensina a última invocação da oração endereçada por Nosso Senhor a seu Pai – “ut unum sint, ut credat mundus” –, porque ela é o testemunho decisivo dos amigos de Cristo.

É inegável que muitos fatos do Concílio Vaticano II e do período sucessivo, relativos à dimensão humana deste acontecimento, representaram verdadeiras calamidades e causaram sentidas dores em grandes homens da Igreja. Mas Deus não permite que Sua Igreja possa chegar à autodestruição.

Não podemos considerar a dureza do fator humano sem ter confiança no divino, ou seja, na Providência que, sempre respeitosa da liberdade humana, guia a história, e em particular a história da Igreja.

A Igreja é ao mesmo tempo instituição divina, divinamente garantida, e obra dos homens. O aspecto divino não apaga aquele humano – personalidade e liberdade – nem necessariamente o inibe; o aspecto humano, permanecendo inteiro, e mesmo comprometendo, não apaga jamais o divino.

Por razões de Fé, mas também em razão das confirmações, ainda que lentas, que observamos no plano histórico, cremos que Deus preparou e continua a preparar no curso destes anos homens dignos para remediar os erros e abandonos que todos nós deploramos. Já surgem, e surgirão sempre mais, obras santas, isoladas umas das outras, mas que uma estratégia divina coliga à distância e assim a ação se torna um desenho ordenado, como aquela que ocorreu milagrosamente na época da dolorosa revolta de Lutero.

Estas intervenções divinas parecem se multiplicar na medida em que os fatos se complicam. O futuro o provará, e disto estamos convencidos, e já parece raiar a aurora.

Durante alguns instantes, a aurora, incerta, luta com as trevas, lentas a se retirarem, mas quando ela aponta já se sabe que o sol está lá e que ele percorre inevitavelmente seu curso nos céus.

Com Santa Catarina de Sena, nós queremos vos dizer: “Vinde a Roma com toda segurança”, à casa do Pai comum que nos foi dado como princípio e fundamento visível e perpétuo da unidade católica.

Vinde participar deste bendito futuro em que já se entrevê, a despeito das trevas persistentes, a aurora.

Vossa recusa aumentaria as trevas e não a luz. E já são numerosos os raios de luz que nós contemplamos, a começar da grande restauração litúrgica operada pelo motu proprio “Summorum Pontificum”. Ele suscita no mundo inteiro um grande movimento de adesão da parte de todos aqueles, e notadamente dos jovens, que pretendem engrandecer o culto do Senhor.

Como não considerar ainda os outros gestos concretos e carregados de significado do Santo Padre, como a remissão das excomunhões aos bispos ordenados por Dom Lefebvre, a abertura de um debate público sobre a interpretação do Concílio Vaticano II à luz da Tradição e, consequentemente, a renovação da Comissão Ecclesia Dei?

Restam certamente certas perplexidades, pontos a aprofundar ou a esclarecer, como sobre o ecumenismo e o diálogo inter-religioso (que ademais já foi objeto de um importante esclarecimento trazido pela declaração Dominus Iesus da Congregação para a Doutrina da Fé de 6 de agosto de 2000) ou sobre a maneira em que é compreendida a liberdade religiosa.

Também sobre estes temas, vossa presença canonicamente garantida na Igreja ajudará a trazer mais luz.

Como não pensar na contribuição que vós podereis dar, graças a vossos recursos pastorais e doutrinais, a vossa capacidade e sensibilidade, para o bem de toda a Igreja?

Eis o momento oportuno, a hora favorável para retornar. Timete Dominum transeuntem: não deixeis passar a ocasião da graça que o Senhor vos oferece, nem a deixeis passar a vosso largo sem a reconhecerdes.

O Senhor vos concederá outra?

Não deveremos nós todos comparecer um dia diante do Seu Tribunal e responder não somente pelo mal praticado mas sobretudo pelo bem que nós teríamos podido fazer e que não realizamos?

O coração do Santo Padre palpita: ele vos espera ansiosamente porque vos ama, porque a Igreja precisa de vós para uma profissão de fé comum no meio de um mundo sempre mais secularizado e que parece voltar irremediavelmente as costas a seu Criador e Salvador.

Na plena comunhão eclesial, com a grande família que constitui a Igreja Católica, vossa voz jamais será desprezada, vosso engajamento não será negligenciável ou negligenciado, mas poderá dar, com os de tantos outros, frutos abundantes que de outro modo permaneceriam dispersos.

A Imaculada nos ensina que muitas graças são perdida porque elas não são pedidas: nós estamos convencidos de que, em respondendo favoravelmente à oferta do Santo Padre, a Fraternidade Sacerdotal São Pio X se tornará um instrumento para acender novos raios nos dedos de nossa Mãe Celeste.

Neste dia que lhe é dedicado, que São José, esposo da Bem-Aventurada Virgem Maria, Patrono da Igreja universal, queira inspirar e sustentar vossas resoluções: “Vinde com segurança a Roma”.

Roma, 19 de março de 2012

Solenidade de São José

Pe. Nicola Bux

quarta-feira, 18 de janeiro de 2012

N. Bux: «Unità dei cristiani? Non è di questo mondo»

In La Bussola Quotidiana

di Riccardo Cascioli


«Pregare per l’unità dei cristiani è fondamentale per imparare che l’unità viene dall’alto e non dal basso, ma oggi c’è il rischio che anche tra i cattolici si diffonda il ‘virus’ che divide al loro interno le altre Chiese cristiane». E’ quanto afferma don Nicola Bux, teologo, consultore della Congregazione per la Dottrina della Fede, ed esperto di ecumenismo, spiegando il senso della Settimana di preghiera per l’unità dei cristiani che inizia oggi, 18 gennaio, e termina il 25 gennaio.

Don Bux, qual è il valore di questa settimana di preghiera per l’unità dei cristiani?
Serve anzitutto a imparare che l’unità non viene dal basso ma dall’alto. Dopo il primo slancio conciliare che via via si è attenuato, è sembrato affermarsi un contro-modello di ecumenismo che pensava di far sorgere l’unità dal basso. Oggi, forse, con più realismo si torna a comprendere che l’unità è qualcosa che viene dall’alto, non la possiamo costruire noi. L’ecumenismo va inteso come il tentativo di lasciare a Dio quello che è unicamente affare suo, cioè - attraverso le divisioni e i peccati - di chiamare l’uomo all’unità con sé.

Oggi si parla molto di ecumenismo, ma sembra che ci siano tante diverse interpretazioni di questa parola, a volte anche contraddittorie. Ma qual è l’interpretazione corretta?
In genere l’ecumenismo prende come affermazione di base quella contenuta nel capitolo 17 di Giovanni all’interno della grande preghiera di Gesù prima della sua passione: “Che siano uno come, Padre, io e te siamo uno, così siano loro una cosa sola nell’unità”. Gesù stesso quindi invoca il dono dell’unità dall’alto, anche perché lui era dinanzi alle divisioni esistenti, che constatava tra gli ebrei di cui lui era figlio. Quindi in un certo senso la preoccupazione per l’unità gli veniva dalla constatazione della realtà. Tanti gruppi, fazioni, contrapposti tra loro, che i vangeli – e Giovanni – ben documentano.
E dunque il Signore in un certo senso prevedeva, presentiva, che non sarebbe stato molto diverso nemmeno per i suoi discepoli. E pertanto in qualche modo egli comprende che solo un dono dall’alto, un dono abbondante, il perdono, avrebbe limitato gli effetti di quella colpa d’origine che ha provocato la divisione. Non bisogna dimenticare nemmeno nell’ecumenismo che l’unità visibile non c’è perché c’è il peccato. Come diceva Ireneo, dove ci sono i peccati c’è la moltitudine, non c’è l’unità. D’altra parte il peccato è una realtà al punto che nella liturgia pasquale, nel canto dell’Exultet, lo si definisce peccato d’origine, una colpa felice, una felix culpa, quasi un fatto utile. Lo stesso san Paolo nella prima lettera ai Corinzi (11,19) dice testualmente che “è necessario che avvengano divisioni tra voi”. Colpisce che per l’apostolo siano necessarie le divisioni. Potrebbe sembrare una contraddizione: Gesù postula l’unità che viene dall’alto, San Paolo in qualche modo prende atto che ci sono le divisioni. Noi siamo distanti nel tempo, ma vediamo le divisioni reali dei cristiani, da quelle storiche a quelle sottili che passano anche all’interno di ciascuna confessione. E allora comprendiamo davvero che le divisioni forse non ce le potremo togliere almeno fino alla fine dei tempi. Perché è attraverso di esse che noi dobbiamo comprendere che l’unità non è qualcosa che costruiamo noi. E’ un dono, è un perdono, perché se non c’è perdono non c’è alcuna unità. Lo sanno bene i coniugi.
Si deve riconoscere che la realtà, contaminata dal peccato, produce divisioni, che vanno continuamente attraversate non con la pretesa di volerle nascondere o attutire in nome di una unità impossibile. Ma comprendendo che nessuno, cattolico o protestante può imporre all’altro qualcosa che l’altro non è o non ha. Deve nascere dall’interno l’ascolto di tutto quanto di vero e di buono esiste nell’altro perché cresca il dono dell’unità, che comunque è dato dall’alto.

Molto spesso, parlando di unità dei cristiani, ci si riferisce – anche teologi cattolici - a un’ideale “federazione tra le Chiese”, tutte sullo stesso piano. Ma l’obiettivo dell’ecumenismo per la Chiesa cattolica è ben diverso.
La concezione che lei descrive è esattamente quello che intendevo quando parlavo dell’idea di una unità che si vuole costruire dal basso. Si fanno tanti sforzi, che non approdano a nulla, allora si ripiega su una sorta di federazione: cerchiamo di metterci insieme, ognuno rimanga quel che è e tiriamo a campare. Chissà perché poi tra questi sforzi poi c’è il tentativo di far cambiare natura alla Chiesa cattolica.

Può fare qualche esempio?
Pensiamo ad alcuni gruppi di protestanti che cercano di spingere la Chiesa cattolica all’intercomunione. Questa è una delle fisse di alcuni gruppi: facciamo l’intercomunione fra noi,anche se ognuno la realtà della comunione la concepisce diversamente. Come è noto l’idea di eucarestia dei protestanti non è quella dei cattolici: i protestanti vedono l’eucarestia come cena, per noi cattolici Corpo di Cristo come Chiesa e Corpo di Cristo come specie sacramentale costituiscono lo stesso mistero, unico sacramento. Quindi per noi non è possibile essere in comunione con chi la pensa diversamente. Ciononostante tra i protestanti e anche da alcune frange cattoliche, si vuole a tutti i costi spingere verso un’apparenza di unità.
Ma la questione va anche oltre i cristiani e si estende agli ebrei, ad esempio: stamattina ascoltavo un’intervista al rabbino capo di Roma, il quale in certo senso dettava alla Chiesa cattolica i criteri per essere Chiesa. Diceva: dunque dobbiamo eliminare la teologia della sostituzione (il popolo di Dio ha preso il posto del popolo di Israele per quanto riguarda la salvezza). Poi bisogna togliere di mezzo le beatificazioni (con allusione a Pio XII); infine bisogna essere attenti nel richiamare all’unità i lefebfvriani, perché richiamarli significa che il Concilio viene tradito. A me sembra strano che una persona che non è membro della Chiesa cattolica, intervenga in questo modo invece di guardare al proprio interno. Se davvero vuole lavorare per rendere meno difficile la coesistenza tra diversi esseri umani o religioni, si preoccupi piuttosto di guardare al proprio interno quali sono i problemi, i punti su cui lavorare per rendere meno difficile la condivisione tra esseri umani – in questo caso di due religioni – invece di dettare all’altro quello che dovrebbe essere. Questo è un cattivo modo di intendere l’ecumenismo, in questo caso il dialogo interreligioso. Nessuno di noi si sognerebbe di andare dagli ebrei a dire cosa devono o non devono fare.

Si potrebbe però obiettare che anche i cattolici desiderano il cambiamento degli altri, che gli altri tornino all’unica Chiesa cattolica, che anche gli ebrei si convertano. Perché questa non è una mancanza di rispetto?
Appartiene al dna del cattolico, altrimenti non sarebbe cattolico, concepire la Chiesa come pienezza della verità e il massimo possibile dell’unità. Meno della Chiesa cattolica - diceva von Balthasar - vuol dire appartenere a un’altra realtà che non è la Chiesa cattolica. Per un cattolico – consapevole della propria cattolicità – l’appartenenza alla Chiesa cattolica è il massimo di appartenenza ecclesiale cristiana che possa esserci. Questo probabilmente potrà non piacere ad altri, però cerco di far capire con un esempio: se l’idea di sacramento non caratterizza la Chiesa protestante, oppure se l’idea del primato del vescovo di Roma in rapporto a tutti i vescovi del mondo non caratterizza la chiesa ortodossa, vuol dire che siamo dinanzi a un di meno rispetto alla pienezza cattolica. Diceva Balthasar: queste realtà riposano già nella Chiesa cattolica, non sono esterne. Quindi chi non ce l’ha, chi le ha ricusate, per ragioni storiche, certamente non può pretendere che i cattolici tornino indietro. Loro dovrebbero domandarsi perché mai le abbiano rifiutate. Certamente ci può essere la responsabilità da parte cattolica per queste divisioni, ma ciò non toglie nulla della verità riguardo la natura della Chiesa. Tenga anche presente che tutti i cristiani professano lo stesso Credo, che è stato confezionato nei concili di Nicea e di Costantinopoli: quindi tutti affermiamo “Credo la Chiesa una, Santa, cattolica, apostolica”, anche se è evidente che l’affermazione a parole – direbbe sant’Ireneo - non vuol dire che tutti crediamo allo stesso modo.

Quindi come si concilia il dialogo con la missione?
Un cattolico non può non desiderare che qualsiasi essere umano diventi cattolico, perché altrimenti ci sarebbe una domanda grande come una casa sul perché io sono cattolico.
Se sono cattolico credo che sia stato il più grande dono fatto alla mia vita. Se questo dono è stato fatto a me perché non devo desiderare che venga fatto ad altri?. Se io credo che Gesù Cristo è l’unico Signore e il Salvatore dell’umanità perché debbo credere che alcuni settori dell’umanità debbano essere esclusi? La cattolicità, la dimensione cattolica, sta ad indicare questa universalità di sguardo, di destinazione: per noi cattolici non è un limite, anzi, è una missione: guai a noi se non la perseguissimo, come dice San Paolo. Il dialogo è nella ricerca della verità: tra gli ebrei tanti sono diventati cristiani per un movimento spontaneo di approfondimento della loro stessa religione: sono andati a fondo della propria religione, Gesù è il compimento di questa ricerca della verità

Tornando al dialogo fra i cristiani, si ha l’impressione che con gli Ortodossi l’unità sia più facile – o più vicina - rispetto alle Chiese protestanti.
Credo sia un’apparenza. Con gli ortodossi essenzialmente differiamo perché l’idea di Chiesa che loro hanno non postula un principio visibile di unità risiedente nel vescovo di Roma. Loro credono che la Chiesa sia appoggiata unicamente sulle Chiese locali, sulla visibilità locale.
Dire che sia più facile è azzardato perché all’interno stesso dell’Ortodossia, i vescovi e le Chiese in cui l’Ortodossia si articola, hanno totalmente consolidato il principio di autonomia, ognuno fa di testa sua (è il significato letterale di autocefale). Gli ortodossi sanno che questo è il loro grande problema, La struttura ecclesiologica affermatasi nei secoli è arrivata a tal punto che non sono in grado di uscirne.
L’autocefalia è una specie di virus che diventa un principio di distruzione della Chiesa, e purtroppo ha attaccato anche la Chiesa cattolica. Basta pensare all’elefantiasi delle conferenze episcopali (nazionali, regionali, territoriali) che praticamente vogliono dettare legge pure alla sede apostolica di Roma. Il rischio è grave: la realtà – non da oggi – è che c’è un tentativo da parte di alcune conferenze episcopali di costituirsi come alter ego della Santa Sede, dimenticando che le conferenze episcopali non sono di istituzione divina. Sono degli organismi ecclesiali che quindi hanno tutti i limiti degli organismi umani. Neanche l’autorità di un singolo vescovo può essere surclassata da una conferenza episcopale. Ma oggi si assiste a questo, al lento, indiretto esautoramento del l’autorità del singolo vescovo da parte delle Conferenze episcopali. Queste tra l’altro non hanno prerogative dottrinali però molto spesso assistiamo a prese di posizione quasi contestatarie nei confronti dell’autorità del vescovo di Roma, senza la quale non sussiste neanche quella degli organismi collegiali. Come insegna il Concilio Vaticano II, il collegio dei vescovi non è mai senza il suo capo. Se non provvediamo subito a curare questo virus rischieremo di trovarci anche noi in situazioni analoghe – e direi sempre più difficili – a quelle dei cosiddetti fratelli separati.