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quarta-feira, 3 de abril de 2013

Conto de Páscoa - por João César das Neves

In DN

Um homem tinha três filhos. O mais novo disse ao pai: "Pai, dá-me a parte dos bens que me corresponde." E o pai repartiu os bens entre os três. Poucos dias depois, o filho mais novo, juntando tudo, partiu para uma terra longínqua.

Quando o pai viu isso entrou em casa muito pesaroso. O segundo irmão, ao vê-lo tão triste, e sabendo o que tinha acontecido, disse-lhe: "Pai, aquele teu filho sempre foi má rês. Por isso te roubou. O que temos a fazer é esquecê-lo o mais depressa possível. Continuaremos felizes os três com o que ele cá deixou."

Mas o filho mais velho, que nascera de um primeiro casamento, estava tão triste quanto o pai. Ele tinha ajudado na educação dos mais novos, e muitas vezes os tivera a seu cargo quando eram crianças. Foi ter com o pai e disse-lhe que iria abandonar tudo para acompanhar o irmão que partira. Ele bem sabia que o jovem não o quereria por perto, mas haveria de o vigiar à distância, protegendo-o se fosse preciso e mandando regularmente notícias ao pai. Nesse mesmo dia, o filho mais velho encheu um pequeno saco com o essencial e partiu atrás do irmão.

O mais novo andou por várias terras esbanjando tudo quanto possuía, numa vida desregrada. O irmão nunca se deu a conhecer, mas várias vezes, sem o outro dar por isso, o conseguiu livrar de alguns sarilhos graves. A primeira vez que o jovem notou a presença do mais velho foi no Egipto, quando estava preso por dívidas. O irmão pagou-lhe a fiança e conseguiu libertá-lo daquela terra de escravidão, levando-o para uma outra onde corria leite e mel. O rapaz, um pouco surpreendido pela súbita e oportuna aparição do irmão, agradeceu a libertação, e prometeu portar-se melhor no futuro, cumprindo os mandamentos que vinham numa carta do pai, que o outro então lhe entregou.

Depois de libertado, e durante algum tempo, o filho mais novo comportou-se mais razoavelmente na nova terra. Mas em breve retomou a vida de estróina. Depois de gastar tudo, houve grande fome nesse país e ele começou a passar privações. Então foi colocar-se ao serviço de um dos habitantes daquela terra, o qual o mandou para os seus campos guardar porcos. Bem desejava ele encher o estômago com as alfarrobas que os porcos comiam, mas ninguém lhas dava. E, caindo em si, disse: "Quantos jornaleiros de meu pai têm pão em abundância, e eu aqui a morrer de fome! Levantar-me-ei, irei ter com meu pai e vou dizer-lhe: Pai, pequei contra o Céu e contra ti; já não sou digno de ser chamado teu filho; trata-me como um dos teus jornaleiros." E, levantando-se, foi ter com o pai.

O filho mais velho, que nunca o tinha abandonado e andava ali por perto, ficou feliz perante a decisão do irmão, e mandou imediatamente a notícia ao pai, para que este o esperasse e o pudesse abraçar assim que chegasse.

Entretanto, o dono dos porcos, patrão do filho mais novo, ficou furioso quando percebeu que o seu escravo abandonara a tarefa. Mandou imediatamente vários servos atrás dele para que o prendessem, prometendo que lhe haveria de dar morte. O mais velho, que também regressava a casa, a uma certa distância atrás do irmão, quando viu aquele grupo apressado de homens armados, percebeu imediatamente o que tinha acontecido e interpelou-os. Ao tomar consciência da situação, ofereceu-se para voltar como seu prisioneiro em vez do irmão. Os servos hesitaram, sem saber se o patrão aceitaria a troca, mas, convencidos com os argumentos do homem, tomaram-no como prisioneiro e regressaram à fazenda dos porcos.

O patrão, ao ver regressar os seus servos com o irmão do escravo fugitivo ficou furioso. O preso explicou que de boa vontade substituiria o jovem no seu trabalho, se o senhor permitisse ao irmão voltar para junto do pai que tanto o amava. Mas este respondeu que um escravo fugitivo tinha de sofrer uma pena dura, para servir de exemplo a todos os outros. Se ele quisesse substituir o irmão, tinha de ser no cadafalso.

Então o irmão mais velho entregou-se à morte para redimir a dívida do mais novo. Foi sacrificado no patíbulo, apesar de inocente.


TEXTO COMPLETO Catequesis del Papa sobre la Resurrección de Cristo

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

Hoy reanudamos las catequesis del Año de la fe. En el Credo repetimos esta expresión: "El tercer día resucitó según las Escrituras." Es "precisamente el evento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, el centro del mensaje cristiano, que resonó desde el principio y ha sido transmitió para llegara hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: "Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce." (1 Corintios 15:3-5).

Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el Misterio Pascual, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la Muerte y la Resurrección de Jesús son justo el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y en la Resurrección de Jesús nuestra esperanza será débil, ya no será ni siquiera esperanza. Y precisamente la muerte y la Resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El Apóstol afirma: "Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados". (1Cor 15, 17)

Por desgracia, a menudo se ha tratado de oscurecer la fe de la Resurrección de Jesús, e incluso entre los propios creyentes se han insinuado dudas. Un poco una fe "al agua de rosas", como decimos nosotros. No es la fe fuerte. Y esto por superficialidad, a veces por indiferencia, ocupados por miles de cosas que se consideran más importantes que la fe, o por una visión puramente horizontal de la vida.

Pero es precisamente la Resurrección la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado y la muerte pueden ser derrotados. Y ello lleva a vivir con mayor confianza las realidades cotidianas, a afrontarlas con valentía y con empeño. La Resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva estas realidades cotidianas ¡la Resurrección de Cristo es nuestra fuerza!

¿Pero cómo se nos ha transmitido la verdad de la fe de la Resurrección de Cristo? Hay dos tipos de testimonios en el Nuevo Testamento: algunos son en forma de profesión de fe, es decir, son fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; mientras que otros están en forma de relato del evento de la Resurrección y de los hechos relacionados con ella. La primera: la forma de la profesión de la fe, por ejemplo, es la que acabamos de escuchar, o la de la Carta a los Romanos en la que San Pablo escribe: "Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado."(10:09).

Desde los primeros pasos de la Iglesia es clara y firme la fe en el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Hoy, sin embargo, quisiera centrarme en la segunda, en los testimonios que toman la forma de un relato, que encontramos en los Evangelios. Sobre todo observamos que los primeros testigos de este evento fueron mujeres. Al amanecer, ellas van al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encontraron el primer signo: el sepulcro vacío (cf. Mc 16:01). Sigue después el encuentro con un Mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv 5-6). Las mujeres son llevadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten, no lo tiene para sí mismas. Lo transmiten.

La alegría de saber que Jesús está vivo y la esperanza que llena el corazón no se pueden contener. Esto debería suceder también en nuestra vida ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! ¡Nosotros creemos en un Resucitado que venció el mal y la muerte! ¡Tengamos la valentía de ‘salir’ para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida! ¡La Resurrección de Cristo es nuestra mayor certeza; es el tesoro más precioso! ¡Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza! No es sólo para nosotros, es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es nuestro testimonio.

Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección vienen recordados sólo los hombres, los Apóstoles, pero no las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la Ley judaica de aquel tiempo, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los Evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la Resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo no hubiera estado relacionado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas, en cambio, simplemente se limitan a narrar lo que sucedió: las mujeres son los primeros testigos.

Ello nos dice que Dios no elige según criterios humanos: los primeros testimonios del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde. Y las primeras en ser testimonios de la Resurrección son las mujeres. Y ello es bello, es un poco la misión de las mujeres, de las mamás, de las abuelitas. Dar testimonio a sus hijos y nietos de que Jesús está vivo, vive ha resucitado. Mamás y mujeres ¡adelante con este testimonio!

Lo que cuenta para Dios es el corazón, cuán abiertos estamos para Él, si somos como niños que se fían. Pero esto nos hace reflexionar también sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, hayan tenido y sigan teniendo aún hoy un papel especial en el abrir las puertas al Señor, en seguirlo y en comunicar su Rostro, porque la mirada de fe necesita siempre la mirada sencilla y profunda del amor.

A los Apóstoles y a los discípulos les cuesta más creer, a las mujeres no. Pedro corre al sepulcro, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y percibir que Dios nos ama, no tener miedo de amarlo: la fe se profesa con la boca y con el corazón, con las palabras y con el amor.

Después de las apariciones a las mujeres, siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrenal, sino en una nueva condición. Al principio no lo reconocen, y sólo a través de sus palabras y sus gestos los ojos se abren: el encuentro con el Resucitado transforma, da un nuevo vigor a la fe, un fundamento inquebrantable. También para nosotros, hay muchos signos con los que el Resucitado se da a conocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía y los demás Sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.

¡Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que, también a través de nosotros, en el mundo los signos de muerte dejen lugar a los signos de la vida!

He visto que hay tantos jóvenes en la plaza, chicos y chicas, aquí están. Les digo: lleven adelante esta certeza, el Señor está vivo y camina a nuestro lado en la vida. Ésta es la misión de ustedes. Lleven adelante esta esperanza.

Estén anclados a esta esperanza, esta ancla que está en el cielo. Sujétense fuerte a la cuerda, queden anclados y lleven adelante la esperanza. Ustedes, testimonios de Jesús, testimonien que Jesús está vivo y ello nos dará esperanza y dará esperanza a este mundo algo envejecido por las guerras, por el mal y por el pecado ¡Adelante jóvenes!

terça-feira, 19 de fevereiro de 2013

O pendão da Páscoa - João César das Neves



«Estes mandamentos que hoje te imponho estarão no teu coração. … Escrevê-los-ás sobre as ombreiras da tua casa e nas tuas portas» (Dt 6, 6 e 9).

O Deus invisível, transcendente, sublime fez-se carne e habitou entre nós. Este facto inaudito é a base da nossa fé. Isto significa que Deus assumiu um corpo, um rosto, uma posição social, uma cultura, uma terra. O Deus que fez o mundo, amou-o de tal modo que quis viver nele e abandonou a sua sublimidade para ter uma presença corporal.

Isto significa que a nossa fé é a mais concreta, palpável, encarnada de todas as religiões. Nada na nossa fé está desligado da realidade física e concreta. Tudo é patente e visível. Desde o princípio os cristãos são um povo constituído por pessoas particulares, que se reuniam num local específico: «Reuniam-se todos no Pórtico de Salomão e, dos restantes, ninguém se atrevia a juntar-se a eles, mas o povo não cessava de os enaltecer» (Act 5, 12-13). A religião cristão, apesar de toda a sua elevação espiritual, filosófica e conceptual, nunca desdenhou o povo simples e os marcos terrenos. Campanários e procissões, cruzeiros, catedrais, conventos e mosteiros, hábitos e pendões, nomes de ruas e de hospitais fazem a nossa fé presente na arquitectura e toponímia das nossas cidades, na vida corrente das nossas sociedades. Simplesmente porque «o Verbo se fez carne e habitou entre nós» (Jo 1, 14).

A Encarnação é a presença de Deus no mundo. Precisamente por isso nenhum facto cristão se tornou mais universal e mais visível que o Natal. Todo o mundo o celebra, mesmo que não seja crente, e por todo o lado nessa época se multiplicam os símbolos alusivos. Este excesso de sucesso levou alguns a notar que, presente em todo o lado, o nascimento de Cristo acabava por estar realmente ausente. Assim nasceu o estandarte com o Menino Jesus, que desde há uns anos tem decorado muitas das janelas e fachadas das casas portuguesas.

Trata-se de uma excelente iniciativa, que tem desempenhado um papel muito relevante. No meio de toda a simbólica natalícia, cada uma daquelas singelas bandeiras mostra ao mundo que alguém sente o significado profundo dessa celebração. Ao ver o pendão, instintivamente sentimos um laço profundo com as pessoas que vivem atrás daquela janela. Mais importante, aquela imagem conduz-nos, no meio da vida afogueda, a uma fugaz meditação sobre o sentido da quadra, sobre a profundidade do que estamos a viver.

Agora, por iniciativa de um sacerdote franciscano do Patriarcado, surge o estandarte da Páscoa. Se possível, este ainda é mais necessário que o do Natal. Primeiro porque o Mistério Pascal é o verdadeiro centro da nossa fé, a finalidade última da Encarnação. Por Ele fomos salvos, n’Ele encontramos a vida. Segundo porque esta quadra é socialmente muito menos visível que o Natal, e marcá-la é mais urgente e influente. Terceiro porque o longo período de Quarta-feira de Cinzas ao Pentecostes torna a dispersão mais perigosa e frequente, exigindo ainda mais um símbolo que repetidamente nos recentre no essencial.

Na primeira Páscoa da história, nas sombrias ruas egípcias sob as pragas, as portas estiveram envolvidas. «Tomareis depois um ramo de hissopo, mergulhá-lo-eis no sangue que estiver na bacia, e marcareis o dintel e as duas ombreiras da porta com o sangue que estiver na bacia» (Ex 12, 22). Hoje as portas do templo dedicado a Cristo são os lábios dos fiéis onde brilha o Sangue verdadeiro, como diz S-João Crisóstomo (cf. Catequese 3, 13, ver Ofício das Leituras de Sexta-feira santa). Mas porque não envolver as nossas portas e janelas na proclamação social do mistério que nos dá a vida?

As razões para não pendurar o estandarte são muitas e razoáveis. Tantas quantos os obstáculos da Via Sacra. Só há mesmo um motivo para o colocar. E esse está ligada à razão porque o Condenado seguiu a Via Sacra até ao fim.

sábado, 7 de abril de 2012

Homilia Bento XVI na Vígília Pascal (2012)

Queridos irmãos e irmãs!

A Páscoa é a festa da nova criação. Jesus ressuscitou e nunca mais morre. Arrombou a porta que dá para uma nova vida, que já não conhece doença nem morte. Assumiu o homem no próprio Deus. «A carne e o sangue não podem herdar o Reino de Deus»: dissera São Paulo na Primeira Carta aos Coríntios (15, 50). E todavia Tertuliano, escritor eclesiástico do século III, a propósito da ressurreição de Cristo e da nossa ressurreição, não temera escrever: «Tende confiança, carne e sangue! Graças a Cristo, adquiristes um lugar no Céu e no Reino de Deus» (CCL II, 994). Abriu-se uma nova dimensão para o homem. A criação tornou-se maior e mais vasta. A Páscoa é o dia duma nova criação, mas por isso mesmo, neste dia, a Igreja começa a liturgia apresentando-nos a criação antiga, para aprendermos a compreender bem a nova. E assim, na Vigília Pascal, a Liturgia da Palavra começa pela narração da criação do mundo. A propósito desta e no contexto da liturgia deste dia, são particularmente importantes duas coisas. Em primeiro lugar, a criação é apresentada como uma totalidade da qual faz parte o fenômeno do tempo. Os sete dias são imagem duma totalidade que se desenvolve no tempo, aparecendo os dias ordenados até ao sétimo, o dia da liberdade de todas as criaturas para Deus e de umas para as outras. Por conseguinte, a criação está orientada para a comunhão entre Deus e a criatura; a criação existe para que haja um espaço de resposta à glória imensa de Deus, um encontro de amor e liberdade. Em segundo lugar, na Vigília Pascal, a Igreja fixa a atenção sobretudo na primeira frase da narração da criação: «Deus disse: “Faça-se a luz”!» (Gn 1, 3). Emblematicamente, a narração da criação começa pela criação da luz. O sol e a lua são criados somente no quarto dia. A narração da criação designa-os como fontes de luz, que Deus colocou no firmamento do céu. Deste modo, priva-os propositalmente do caráter divino que as grandes religiões lhes tinham atribuído. Não! Não são deuses de modo algum; são corpos luminosos, criados pelo único Deus. Entretanto já os precedera a luz, pela qual a glória de Deus se reflete na natureza do ser que é criado.

Que pretende a narração da criação dizer com isto? A luz torna possível a vida; torna possível o encontro; torna possível a comunicação; torna possível o conhecimento, o acesso à realidade, à verdade. E, tornando possível o conhecimento, possibilita a liberdade e o progresso. O mal esconde-se. Por conseguinte, a luz aparece também como expressão do bem, que é luminosidade e cria luminosidade. É de dia que podemos trabalhar. O fato de Deus ter criado a luz significa que Ele criou o mundo como espaço de conhecimento e de verdade, espaço de encontro e de liberdade, espaço do bem e do amor. A matéria-prima do mundo é boa; o próprio ser é bom. E o mal não vem do ser que é criado por Deus, mas existe em virtude da sua negação. É o «não».

Na Páscoa, ao amanhecer do primeiro dia da semana, Deus disse novamente: «Faça-se a luz!». Antes tinham vindo a noite do Monte das Oliveiras, o eclipse solar da paixão e morte de Jesus, a noite do sepulcro. Mas, agora, é de novo o primeiro dia; a criação recomeça inteiramente nova. «Faça-se a luz!»:     disse Deus. «E a luz foi feita». Jesus ressuscita do sepulcro. A vida é mais forte que a morte. O bem é mais forte que o mal. O amor é mais forte que o ódio. A verdade é mais forte que a mentira. A escuridão dos dias anteriores dissipou-se no momento em que Jesus ressuscita do sepulcro e Se torna, Ele mesmo, pura luz de Deus. Isto, porém, não se refere somente a Ele, nem se refere apenas à escuridão daqueles dias. Com a ressurreição de Jesus, a própria luz é novamente criada. Ele atrai-nos a todos, levando-nos atrás de Si para a nova vida da ressurreição e vence toda a forma de escuridão. Ele é o novo dia de Deus, que vale para todos nós.

Mas isto, como pode acontecer? Como é possível chegar tudo isto até nós, de tal modo que não se reduza a meras palavras, mas se torne uma realidade que nos envolve? Por meio do sacramento do Batismo e da profissão da fé, o Senhor construiu uma ponte até nós, pela qual o novo dia nos alcança. No Batismo, o Senhor diz a quem o recebe: Fiat lux – faça-se a luz. O novo dia, o dia da vida indestrutível chega também a nós. Cristo toma-te pela mão. Daqui para a frente, serás sustentado por Ele e assim entrarás na luz, na vida verdadeira. Por isso, a Igreja antiga designou o Batismo como «photismos – iluminação».

Porquê? A escuridão que verdadeiramente ameaça o homem é o fato de que ele é, na verdade, capaz de ver e investigar as coisas palpáveis, materiais, mas não vê para onde vai o mundo e donde o mesmo venha; para onde vai a sua própria vida; o que é o bem e o que é o mal. Esta escuridão acerca de Deus e a escuridão acerca dos valores são a verdadeira ameaça para a nossa existência e para o mundo em geral. Se Deus e os valores, a diferença entre o bem e o mal permanecem na escuridão, então todas as outras iluminações, que nos dão um poder verdadeiramente incrível, deixam de constituir somente progressos, mas passam a ser simultaneamente ameaças que nos põem em perigo a nós e ao mundo. Hoje podemos iluminar as nossas cidades de modo tão deslumbrante que as estrelas do céu deixam de ser visíveis. Porventura não temos aqui uma imagem da problemática que toca o nosso ser iluminado? Nas coisas materiais, sabemos e podemos incrivelmente tanto, mas naquilo que está para além disto, como Deus e o bem, já não o conseguimos individuar. Para isto serve a fé, que nos mostra a luz de Deus, a verdadeira iluminação: aquela é uma irrupção da luz de Deus no nosso mundo, uma abertura dos nossos olhos à verdadeira luz.

Por fim, queridos amigos, queria ainda acrescentar um pensamento sobre a luz e a iluminação. Na Vigília Pascal, a noite da nova criação, a Igreja apresenta o mistério da luz com um símbolo muito particular e humilde: o círio pascal. Trata-se de uma luz que vive em virtude do sacrifício: a vela ilumina, consumindo-se a si mesma; dá luz, dando-se a si mesma. Este é um modo maravilhoso de representar o mistério pascal de Cristo, que Se dá a Si mesmo e assim dá a grande luz. Uma segunda idéia, que a reflexão sobre luz da vela nos sugere, deriva do fato de a mesma ser fogo. Ora, o fogo é força que plasma o mundo, poder que transforma; e o fogo dá calor. E aqui se torna novamente visível o mistério de Cristo: Ele, a luz, é fogo; é chama que queima o mal, transformando assim o mundo e a nós mesmos. «Quem está perto de Mim, está perto do fogo»: assim reza um dito de Jesus, que nos foi transmitido por Orígenes. E este fogo é ao mesmo tempo calor: não uma luz fria, mas uma luz na qual vêm ao nosso encontro o calor e a bondade de Deus.

O Precónio, o grande hino que o diácono canta ao início da Liturgia Pascal, de modo muito discreto chama a nossa atenção ainda para outro aspecto. Lembra-nos que o material do círio se fica a dever, em primeiro lugar, ao trabalho das abelhas; e, assim, entra em cena a criação inteira. No círio, a criação torna-se portadora de luz. Mas, segundo o pensamento dos Padres, temos aí também uma alusão implícita à Igreja. Nesta, a cooperação da comunidade viva dos fiéis é parecida com o trabalho das abelhas; constrói a comunidade da luz. Assim podemos ver, no círio, também um apelo dirigido a nós mesmos e à nossa comunhão com a comunidade da Igreja, que existe para que a luz de Cristo possa iluminar o mundo.

Neste momento, peçamos ao Senhor que nos faça sentir a alegria da sua luz, de modo que nós mesmos nos tornemos portadores da sua luz, para que, através da Igreja, o esplendor do rosto de Cristo entre no mundo (cf. LG 1).

"Passar de espectador à ator" - por P. Raniero Cantalamessa

CIDADE DO VATICANO, sexta-feira, 06 de abril de 2012 (ZENIT.org) - Publicamos o texto integral da pregação do padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., pregador da Casa Pontifícia, nesta Sexta-Feira Santa 2012, realizada na Basílica de São Pedro.

Pe. Raniero Cantalamessa, ofmcap.

"Estive morto, mas eis que estou vivo pelos séculos dos séculos”
(Apocalipse 1,18)

Alguns Padres da Igreja colocaram numa imagem todo o mistério da redenção. Imagina, dizem, que aconteceu, no estádio, uma luta épica. Um herói enfrentou o cruel tirano que escravizava a cidade e, com enorme esforço e sofrimento, o venceu. Você estava na arquibancada, não lutou, não se esforçou e nem teve feridas. Mas, se você admira o herói, se se alegra com ele pela vitória, se tece-lhe uma coroa, se anima e exalta a platéia por ele, se se ajoelha com alegria diante do vencedor, beija a sua cabeça e aperta a sua mão direita; em suma, se tanto se exalta por ele, a tal ponto de considerar como sua a vitória dele, eu lhe digo que você terá com certeza parte no prêmio do vencedor.

E tem mais: suponha que o vencedor não tenha nenhuma necessidade do prêmio que conquistou para si, mas que deseje, mais do que qualquer outra coisa, ver o seu admirador honrado e considere que o prêmio da sua luta seja a coroação do seu amigo, em tal caso aquele homem não terá talvez a coroa, mesmo sem ter lutado e sem ter feridas? Claro que vai! (Nicola Cabasilas, Vita in Christo, I, 9 (PG 150, 517).

Dessa forma, dizem esses Padres, acontece com Cristo e conosco. Ele, na cruz, derrotou seu antigo adversário. “As nossas espadas – exclama São João Crisóstomo – não estão sujas de sangue, não estivemos na arena, não temos lesões, nem sequer vimos a batalha, e eis que temos a vitória. Sua foi a luta, nossa a coroa. E porque também nós vencemos, imitemos o que os soldados fazem nesse caso: com vozes de alegria exaltemos a vitória, entoemos hinos de louvor ao Senhor” (S. João Crisóstomo, De coemeterio et de cruce; PG, 49, 596). Não poderia ser explicado melhor o significado da liturgia que estamos celebrando.

***

Mas o que estamos fazendo é, em si, uma imagem, a representação de uma realidade passada, ou é a própria realidade? Ambas as coisas! "Nós – dizia Santo Agostinho ao povo – sabemos e acreditamos com fé certíssima que Cristo morreu só uma vez por nós [...]. Sabeis perfeitamente bem que tudo isto foi feito apenas uma vez e ainda assim a solenidade periodicamente o renova [...]. Verdade histórica e solenidade litúrgica não estão em contradição entre si, como se a segunda fosse falácia e somente a primeira correspondesse à verdade. Do que a história afirma ter acontecido uma só vez na realidade, a solenidade renova muitas vezes a celebração nos corações dos fiéis” (S. Agostinho, Sermone 220; PL 38, 1089).

A liturgia "renova" o evento: quantas discussões, durante cinco séculos até hoje, sobre o sentido desta palavra, especialmente quando é aplicada ao sacrifício da cruz e à Missa! Paulo VI usou um verbo que poderia pavimentar o caminho para uma compreensão ecumênica sobre tal argumento: o verbo “representar”, compreendido no sentido forte de reapresentar, ou seja tornar novamente presente e operante o acontecido”( Cf Paolo VI, Mysterium fidei (AAS 57, 1965, p. 753 ss).

Há uma diferença substancial entre a representação da morte de Cristo e aquela, por exemplo, da morte de Júlio César na tragédia homônima de Shakespeare. Ninguém assiste, estando vivo, o aniversário da própria morte; Cristo sim, porque ressuscitou. Somente Ele pode dizer, como faz no Apocalipse: "Estive morto, mas eis que estou vivo pelos séculos dos séculos” (Ap 1,18). Devemos ter cuidado neste dia, visitando os chamados "sepulcros" ou participando nas procissões do Cristo morto, de não merecermos a censura que o Ressuscitado dirigiu às piedosas mulheres na manhã de Páscoa: "Por que procurais Aquele que vive entre os mortos?" (Lc 24,5).

É uma afirmação ousada, mas verdadeira aquela de certos autores ortodoxos. “A anamnese, ou seja, o memorial litúrgico, faz o evento mais verdadeiro do que quando aconteceu historicamente pela primeira vez". Em outras palavras, mais real e verdadeiro para nós que o revivemos “segundo o Espírito”, do que para aqueles que o viveram "segundo a carne", antes que o Espírito Santo revelasse à Igreja o pleno significado.

Não estamos apenas comemorando um aniversário, mas um mistério. É ainda Santo Agostinho que explica a diferença entre as duas coisas. Na celebração “à maneira de aniversário”, não se pede outra coisa – diz – mais do que “indicar com uma solenidade religiosa o dia do ano no qual cai a lembrança do mesmo acontecimento”; na celebração a modo de mistério (“em sacramento”), “não somente se comemora um acontecimento, mas é feito também de tal forma que se entenda o seu significado e seja acolhido santamente” (Agostinho, Epistola 55, 1, 2; CSEL 34, 1, p. 170)

Isso muda tudo. Não se trata somente de assistir a uma representação, mas de “acolher” o significado, de passar de espectador à ator. Cabe a nós portanto escolher qual parte queremos representar no drama, quem queremos ser: se Pedro, se Judas, se Pilatos, se a multidão, se o Cireneu, se João, se Maria ... Ninguém pode permanecer neutro; não tomar partido, é tomar um bem preciso: aquele de Pilatos que lava as mãos, ou da multidão que de longe "permanecia lá, a olhar " (Lucas 23, 35).

Se voltando para casa, nesta tarde, alguém nos perguntar: "De onde vens? Onde estivestes?", respondamos, portanto, pelo menos em nossos corações: "No Calvário!"

***

Mas nada disso acontece automaticamente, só porque participamos nesta liturgia. Trata-se, dizia Agostinho, de “acolher” o significado do mistério. Isto acontece com a fé. Não há música, onde não há um ouvido que a escute, por mais que a orquestra toque forte; não há graça, onde não há uma fé que a acolha.

Numa homilia de Páscoa do século IV, o bispo pronunciava estas palavras surpreendentemente modernas e, por assim dizer, existenciais: "Para cada homem, o princípio da vida é aquele, a partir do qual Cristo foi imolado por ele. Mas Cristo é imolado por ele quando ele reconhece a graça e se torna consciente da vida que lhe foi dada por aquela imolação”(Homilia pascal do ano 387; SCh 36, p. 59 s.)

Isso aconteceu sacramentalmente no Batismo, mas deve sempre acontecer conscientemente de novo na vida. Devemos, antes de morrer, ter a coragem de fazermos um golpe de audácia, quase como um golpe de mão: apropriar-nos da vitória de Cristo. A apropriação indevida! Uma coisa comum infelizmente na sociedade na qual vivemos, mas com Jesus essa não somente não está proibida, mas é sumamente recomendada. “Indevida” aqui significa que não nos é devido, que não nos é merecido, mas nos é dado gratuitamente, pela fé.

Mas andemos com passos firmes; escutemos um doutor da Igreja. “Eu – escreve São Bernardo - , o que não posso obter por mim mesmo, o aproprio (literalmente, o usurpo!) com confiança do lado aberto do Senhor, porque está cheio de misericórdia. Meu mérito, por isso, é a misericórdia de Deus. Não sou tão pobre de méritos, enquanto ele seja rico de misericórdia. Que se as misericórdias do Senhor são muitas (Sl 119, 156), eu porém terei muitos méritos. E o que acontece com a minha justiça? Ó Senhor, me lembrarei somente da tua justiça. De fato, ela é também a minha, porque tu es para mim justiça de Deus" (cf. 1 Cor 1, 30) (S. Bernardo de Claraval, Sermoni sul Cantico, 61, 4-5; PL 183, 1072).

Talvez esta forma de conceber a santidade tenha feito São Bernardo menos zeloso das boas obras, menos comprometido na aquisição das virtudes? Talvez negligenciasse mortificar o seu corpo e reduzí-lo a escravidão (cf. 1 Cor 9, 27), aquele que, antes de todos e mais do que todos, tinha feita desta apropriação da justiça de Cristo o objetivo da sua vida e da sua pregação (cf. Fl 3, 7-9)?

Em Roma, como infelizmente em todas as grandes cidades, há muitos moradores de rua. Existe um nome para eles em todas as línguas: homeless, clochards, sem-teto: seres humanos que não têm mais do que poucos trapos que carregam e algum objeto que trazem consigo em sacos plásticos. Imaginemos que um dia se espalha a notícia: Na rua Condotti (todos sabemos o que é a rua Condotti em Roma!) há uma boutique luxuosa que, por razões desconhecidas, de interesse ou de generosidade, convida todos os moradores de rua da Estação Termini a virem para o seu negócio; lhes convida a tirar os seus trapos imundos, a tomar um bom banho e depois a escolher o vestido que desejam entre aqueles exibidos e levá-los, assim, de graça.

Todos dizem entre si: “Isto é um conto de fadas, nunca acontece”. Verdadeiríssimo, mas o que nunca acontece entre os homens é o que pode acontecer a cada dia entre os homens e Deus, porque, diante Dele, aqueles moradores de rua somos nós! É o que acontece conosco depois de uma boa confissão: tire as suas roupas sujas, os pecados, receba o banho da misericórdia e levante-se que estás “revestido das vestes da salvação, coberto com um manto de justiça” (Isaías 61, 10).

O publicano da parábola subiu ao templo para orar; disse simplesmente, mas do fundo do coração: "Ó Deus, tem misericórdia de mim, pecador!", e "voltou para casa justificado" (Lc 18, 14), reconciliado, feito novo, inocente. O mesmo, se temos a sua fé e o seu arrependimento, se poderá dizer de nós voltando à casa depois desta liturgia.

***

Entre os personagens da paixão que podemos nos identificar percebo que deixei de citar um, que mais do que ninguém, espera quem lhe siga o exemplo: o bom ladrão.

O bom ladrão faz uma confissão completa dos pecados; diz ao seu companheiro que insulta Jesus: “Nem sequer temes a Deus, estando na mesma condenação? Quanto a nós, é de justiça; estamos pagando por nossos atos; mas ele não fez nenhum mal” (Lc 23, 40 ss.). O bom ladrão se mostra aqui um excelente teólogo. Só Deus de fato, se sofre, sofre absolutamente como inocente; qualquer outro ser que sofre deve dizer: "Eu sofro com justiça," porque, embora não seja responsável pela ação imputada, nunca está totalmente sem culpa. Só a dor das crianças inocentes é semelhante àquela de Deus e por isso é tão misteriosa e tão sagrada.

Quantos crimes atrozes que permanecem, nos últimos tempos, sem culpados, quantos casos não resolvidos! O bom ladrão faz um apelo aos responsáveis: façam como eu, venham à luz, confessem a vossa culpa; experimentareis também vós a alegria que eu senti quando ouvi a palavra de Jesus: “Hoje estarás comigo no paraíso!” (Lc 23, 43). Quantos réus confessos podem confirmar que foi assim também para eles: que passaram do inferno ao paraíso no dia que tiveram a coragem de arrepender-se e confessar a sua culpa. Eu também conheci alguns. O paraíso prometido é a paz da consciência, a possibilidade de olhar-se no espelho ou olhar para os próprios filhos sem ter que desprezar-se.

Não carreguem convosco até o túmulo o vosso segredo; encontraríeis uma condenação muito mais temível do que aquela humana. O nosso povo não é cruél com quem errou mas reconhece o mal feito, sinceramente, não somente por algum interesse. Pelo contrário! Está pronto para ter pena e acompanhar o arrependido no seu caminho de redenção (que de qualquer forma, torna-se mais curto). "Deus perdoa muitas coisas, por uma obra boa", diz Lucia ao Inominável no “Os Noivos”. Ainda mais, devemos dizer, que ele perdoa muitas coisas por um ato de arrependimento. Ele prometeu solenemente: “Mesmo que os vossos pecados sejam como escarlate, tornar-se-ão alvos como a neve; ainda que sejam vermelhos como o carmesim tornar-se-ão como a lã” (Is 1, 18).

Continuemos a fazer o que, como escutamos no início, é a nossa tarefa neste dia: com vozes de alegria exaltemos a vitória da cruz, entoemos hinos de louvor ao Senhor. “O Redemptor, sume carmen temet concinentium"( Hino do Domingo de Ramos e da Missa crismal da Quinta-feira Santa): E vós, ó nosso Redentor, aceite o canto que elevamos para vós.

[Tradução Thácio Siqueira]

quinta-feira, 5 de abril de 2012

Bento XVI: Homilia na Missa da Ceia do Senhor - 2012

Amados irmãos e irmãs!

A Quinta-feira Santa não é apenas o dia da instituição da Santíssima Eucaristia, cujo esplendor se estende sem dúvida sobre tudo o mais, tudo atraindo, por assim dizer, para dentro dela. Faz parte da Quinta-feira Santa também a noite escura do Monte das Oliveiras, nela Se embrenhando Jesus com os seus discípulos; faz parte dela a solidão e o abandono vivido por Jesus, que, rezando, vai ao encontro da escuridão da morte; faz parte dela a traição de Judas e a prisão de Jesus, bem como a negação de Pedro; e ainda a acusação diante do Sinédrio e a entrega aos pagãos, a Pilatos. Nesta hora, procuremos compreender mais profundamente alguma coisa destes acontecimentos, porque neles se realiza o mistério da nossa Redenção.


Jesus embrenha-se na noite. A noite significa falta de comunicação, uma situação em que não nos vemos um ao outro. É um símbolo da não compreensão, do obscurecimento da verdade. É o espaço onde o mal, que em presença da luz tem de se esconder, pode desenvolver-se. O próprio Jesus – que é a luz e a verdade, a comunicação, a pureza e a bondade – entra na noite. Esta, em última análise, é símbolo da morte, da perda definitiva de comunhão e de vida. Jesus entra na noite para a superar, inaugurando o novo dia de Deus na história da humanidade.


Pelo caminho, Jesus cantou com os seus discípulos os Salmos da libertação e redenção de Israel, que evocavam a primeira Páscoa no Egito, a noite da libertação. Chegado ao destino Ele, como faz habitualmente, vai rezar sozinho e, como Filho, falar com o Pai. Mas, diversamente do que é costume, quer ter perto de Si três discípulos: Pedro, Tiago e João; são os mesmos três que viveram a experiência da sua Transfiguração – viram transparecer, luminosa, a glória de Deus através da sua figura humana – , tendo-O visto no centro da Lei e dos Profetas, entre Moisés e Elias. Ouviram-No falar, com ambos, acerca do seu «êxodo» em Jerusalém. O êxodo de Jesus em Jerusalém: que palavra misteriosa! No êxodo de Israel do Egipto, dera-se o acontecimento da fuga e da libertação do povo de Deus. Que aspecto deveria ter o êxodo de Jesus, para que nele se cumprisse, de modo definitivo, o sentido daquele drama histórico? Agora os discípulos tornavam-se testemunhas do primeiro trecho de tal êxodo – a humilhação extrema –, mas que era o passo essencial da saída para a liberdade e a vida nova, que o êxodo tem em vista. Os discípulos, cuja proximidade Jesus pretendeu naquela hora de ânsia extrema como elemento de apoio humano, depressa se adormentaram. Todavia ainda ouviram alguns fragmentos das palavras ditas em oração por Jesus e observaram o seu comportamento. Estas duas coisas gravam-se profundamente no espírito deles, que depois as transmitiram aos cristãos para sempre. Jesus chama a Deus «Abbá»; isto significa – como eles adiantam – «Pai». Não é, porém, a forma usual para dizer «pai», mas uma palavra própria da linguagem das crianças, ou seja, uma palavra meiga que ninguém ousaria aplicar a Deus. É a linguagem d’Aquele que é verdadeiramente «criança», Filho do Pai, d’Aquele que vive em comunhão com Deus, na unidade mais profunda com Ele.


Se nos perguntássemos qual era o elemento mais característico da figura de Jesus nos Evangelhos, temos de dizer: a sua relação com Deus. Ele está sempre em comunhão com Deus; estar com o Pai é o núcleo da sua personalidade. Através de Cristo, conhecemos verdadeiramente Deus. «A Deus jamais alguém O viu»: diz São João. Aquele que «está no seio do Pai (…) O deu a conhecer» (1, 18). Agora conhecemos Deus, como Ele é verdadeiramente: Ele é Pai; e Pai com uma bondade absoluta, à qual nos podemos confiar. O evangelista Marcos, que conservou as recordações de São Pedro, narra que Jesus, depois da invocação «Abbá», acrescentou: Tudo Te é possível; Tu podes tudo (cf. 14, 36). Aquele que é a Bondade, ao mesmo tempo é poder, é omnipotente. O poder é bondade e a bondade é poder. Esta confiança podemos aprendê-la a partir da oração de Jesus no Monte das Oliveiras.


Antes de reflectir sobre o conteúdo da súplica de Jesus, devemos ainda fixar a nossa atenção sobre o que os evangelistas nos referem a propósito do comportamento d’Ele durante a sua oração. Mateus e Marcos dizem-nos que «caiu com a face por terra» (Mt 26, 39; cf. Mc 14, 35), assumindo por conseguinte a posição de submissão total, como se manteve na liturgia romana de Sexta-feira Santa. Lucas, por sua vez, diz-nos que Jesus rezava de joelhos. Nos Actos dos Apóstolos, fala da oração de joelhos feita pelos santos: Estêvão durante a sua lapidação, Pedro no contexto da ressurreição de um morto, Paulo a caminho do martírio. Assim Lucas redigiu uma pequena história da oração feita de joelhos na Igreja nascente. Ajoelhando-se, os cristãos entram na oração de Jesus no Monte das Oliveiras. Ameaçados pelo poder do mal, eles ajoelham: permanecem de pé frente ao mundo, mas, enquanto filhos, estão de joelhos diante do Pai. Diante da glória de Deus, nós, cristãos, ajoelhamo-nos reconhecendo a sua divindade; mas, com tal gesto, exprimimos também a nossa confiança de que Ele vence.


Jesus luta com o Pai: melhor, luta consigo mesmo; e luta por nós. Sente angústia frente ao poder da morte. Este sentimento é, antes de mais nada, a turvação que prova o homem, e mesmo toda a criatura viva, em presença da morte. Mas, em Jesus, trata-se de algo mais. Ele estende o olhar pelas noites do mal; e vê a maré torpe de toda a mentira e infâmia que vem ao seu encontro naquele cálice que deve beber. É a turvação sentida pelo totalmente Puro e Santo frente à torrente do mal que inunda este mundo e que se lança sobre Ele. Vê-me também a mim, e reza por mim. Assim este momento da angústia mortal de Jesus é um elemento essencial no processo da Redenção; de facto, a Carta aos Hebreus qualificou a luta de Jesus no Monte das Oliveiras como um acontecimento sacerdotal. Nesta oração de Jesus, permeada de angústia mortal, o Senhor cumpre a função do sacerdotes: toma sobre Si o pecado da humanidade, toma a todos nós e leva-nos para junto do Pai.


Por último, devemos debruçar-nos sobre o conteúdo da oração de Jesus no Monte das Oliveiras. Jesus diz: «Pai, tudo Te é possível; afasta de Mim este cálice! Mas não se faça o que Eu quero, e sim o que Tu queres» (Mc 14, 36). A vontade natural do Homem Jesus recua, assustada, perante uma realidade tão monstruosa; pede que isso Lhe seja poupado. Todavia, enquanto Filho, depõe esta vontade humana na vontade do Pai: não Eu, mas Tu. E assim Ele transformou a atitude de Adão, o pecado primordial do homem, curando deste modo o homem. A atitude de Adão fora: Não o que quiseste Tu, ó Deus; eu mesmo quero ser deus. Esta soberba é a verdadeira essência do pecado. Pensamos que só poderemos ser livres e verdadeiramente nós mesmos, se seguirmos exclusivamente a nossa vontade. Vemos Deus como contrário à nossa liberdade. Devemos libertar-nos d’Ele – isto é todo o nosso pensar –; só então seremos livres. Tal é a rebelião fundamental, que permeia a história, e a mentira de fundo que desnatura a nossa vida. Quando o homem se põe contra Deus, põe-se contra a sua própria verdade e, por conseguinte, não fica livre mas alienado de si mesmo. Só somos livres, se permanecermos na nossa verdade, se estivermos unidos a Deus. Então tornamo-nos verdadeiramente «como Deus»; mas não opondo-nos a Deus, desfazendo-nos d’Ele ou negando-O. Na luta da oração no Monte das Oliveiras, Jesus desfez a falsa contradição entre obediência e liberdade, e abriu o caminho para a liberdade. Peçamos ao Senhor que nos introduza neste «sim» à vontade de Deus, tornando-nos deste modo verdadeiramente livres. Amen.

segunda-feira, 25 de abril de 2011

Tom Leopold, creador de «Cheers» y «Seinfeld», explica por qué esta Pascua se ha bautizado católico

Procedente del judaísmo, es una de las conversiones más destacadas de este Domingo de Resurrección.

In Religión en Libertad

Tom Leopold tiene un cierto aire con Woody Allen. Es judío, vive en Nueva York enamorado de su ciudad con su mujer y sus dos hijas, luce un cieto aire kitsch con unas gafas y un atuendo que presume de no haber modificado desde 1969 y ha hecho reír a millones de personas en todo el mundo. Aunque la mayoría no lo saben.

Ha sido productor de decenas de episodios de series estrenadas con gran éxito en España, como Cheers, Seinfeld o Will & Grace, y ha escrito varios de sus capítulos. De vez en cuando hace algún papel como actor, y ha publicado dos novelas que se han vendido muy bien. En su currículum figura haber trabajado con estrellas del espectáculo como Billy Cristal, Chevy Chase, Steve Allen, Bob Hope o Lucile Ball.

Pero este Domingo de Resurrección es noticia por otra cosa, y es su bautismo en la Iglesia católica, que él mismo anunció y explicó en el blog de la Conferencia Episcopal norteamericana.

Aquella Navidad en Arizona

"Sé que suena raro", afirma, "pero siempre me gustó Jesús, aunque no fui lo suficientemente profundo para comprender la idea de que es el Hijo de Dios". En un cierto momento, Leopold se preguntó que habría pensado él de haber vivido en la época de Jesucristo: "¿Habría tenido el coraje de decir: Todos dicen que estamos esperando por el Mesías... pues bien, ¡se acabó la espera!?". Dos mil años después, dice, seguiría a Jesús si Él me llamara y considera su bautismo "una bendición".

Y ¿por qué esa conversión? Tom Leopold lo explica en un flash-back que se remonta a dos años atrás. Una de sus hijas, de 14 años, padecía un trastorno alimentario que estaba causándole serios problemas psicológicos con repercusión en el colegio, y tuvieron que internarla en una clínica en el desierto de Arizona. Era Nochebuena, y su mujer, su hija mayor (de 17 años) y él fueron a verla y se encontraron en un hotel decorando mínimamente la habitación para celebrarla: "Éramos todos judíos, pero por alguna razón siempre habíamos celebrado la Navidad. Había algo sagrado en el modesto árbol que compramos...".

Un tipo raro

Al día siguiente podían estar con su niña enferma, así que se acostaron pronto. Leopold confiesa que, tumbado en la cama aquella noche y pensando en su pequeña, fue la vez en su vida que más cerca estuvo de hundirse: "Hace falta ser algo más que un simple guionista de comedia para explicar lo que se siente".

Se puso a rezar: "¡Por favor, Señor, dame aunque sea el más pequeño signo de que estás ahí! ¡No puedo con esto yo solo!".

Al día siguiente, mientras dejaban a sus hijas montando a caballo y su mujer y él daban un paseo, se les acercó un hombre, un tipo raro, que empezó a decirles que su primera mujer se había llamado Pastora ("¿No era Jesús el Buen Pastor?", se pregunta Leopold), y su segunda mujer le había llevado a Cristo a los 33 años. Cuando se despidieron, el hombre le gritó: "¡Dios te está mirando!".

San Patricio y el padre Morris

Tom quedó sorprendido por estas coincidencias, aunque algo estrafalarias, y las interpretó como la señal que esperaba. Y más tras otra coincidencia posterior: cuando un tiempo después decidió ir a ver a un antiguo psiquiatra suyo, para que atendiera a su hija, se encontró de bruces, saliendo del coche, con el padre Jonathan Morris, un joven sacerdote colaborador del Wall Street Journal y de la Fox TV, y que acababa de publicar un libro de gran éxito, La promesa. El plan de Dios cuando la vida te golpea.

Le paró, al reconocerle de la televisión: "¿Es usted el padre Morris?". Lo era. "Tengo su libro en mi mesilla de noche", le dijo Leopold: "¿Podría dedicarme unos minutos? ¿Dónde puedo encontrarle?".

"Justo aquí", respondió el padre Morris, señalando la iglesia de San Patricio.

Tom no nos cuenta qué habló con él. Guarda con discreción lo que sólo a Dios y a él compete. Pero sí expresa que allí cambió su vida: "Éste no es lugar para describir lo que encontré justo allí, en la vieja San Patricio. En el momento en el que el padre Morris me dio la mano, supe que sería un seguidor de Cristo. ¿Que si mi hija sufre todavía? Sí, sufre, todos sufrimos. Pero ahora siento la gracia de Dios. No estamos solos".

Y termina con un "¡Felices Pascuas!", las Pascuas de su encuentro con Él, este emotivo relato.

A árvore de Páscoa - João César das Neves


João César das Neves


In DN

A raiz é o egoísmo. O fruto é a solidão. O tronco, ramos, folhas e flores são muitos. Vários com nomes maravilhosos: direitos humanos, liberdade individual, realização pessoal. Envenenados pela raiz, os grandes valores apodrecem e infectam. O fruto é sempre a solidão.

Vimos o desejo nobre de a igualdade social acabar nos morticínios da guilhotina jacobina; o desejo sublime da afirmação cultural nacional cair na chacina do holocausto nazi; a ânsia magnífica da justiça económica descambar no horror do gulag soviético. Quanto mais elevados os propósitos, mais monstruosas as aberrações distorcidas pela seiva peçonhenta da raiz soberba.

O pior de todos os ramos coube-nos em sorte. Pior porque toca o mais íntimo do ser humano, a família. Corrompidos os mecanismos sociais no século XVIII, os regimes políticos no século XIX, os sistemas económicos no século XX, hoje as entranhas egoístas da árvore atacam a vida pessoal. Entretanto, a humanidade já expeliu muito do veneno dos outros ramos. Ninguém defende a sociedade sem classes, os regimes perfeitos, a economia colectiva. Apesar dos belos ideais, a desgraça dessas concepções egoístas está à vista. Agora todas as forças se dirigem a esfarrapar os laços familiares, as mais íntimas fibras do nosso ser.

A argumentação é a mesma de jacobinos, nazis e comunistas, aplicada à vida íntima. Pretende-se, como então, defender a liberdade, impor a igualdade, forçar a realização pessoal. Por baixo, como antes, sente-se a cauda viperina do egoísmo.

O amor conjugal é valor que todos defendem. Mas, como os direitos individuais de sucesso pessoal se sobrepõem a tudo, tem de acabar na ruptura e divórcio. Como o indivíduo é soberano, a família não se pode defender dos seus caprichos. A lei, em nome da liberdade, acode promovendo a precariedade. Torna-se mais fácil dissolver um casamento que uma sociedade comercial ou contrato de trabalho.

A fecundidade e felicidade das crianças é propósito universal. Mas, como os projectos de consumo ou carreira têm precedência, o filho transforma-se num inimigo a abater. Em relação tão íntima a única solução é a morte. E o Estado lá está para fornecer abortos subsidiados. Os embriões passam de espécie protegida a vírus de extirpar.

A natureza é valor supremo que todos apoiam ecologicamente. Toda a natureza, menos a humana, porque essa limita a igualdade de género. Que é a natureza face ao império dos sentidos? Como o capricho pessoal afinal tem mais direitos que a realidade congénita, o Estado iguala todas as perversões como aceitáveis e equivalentes.

O efeito comum é sempre a agressão à família. O resultado é sempre a solidão. Como a carreira acaba na reforma, a beleza fenece com a idade, a vitalidade se gasta no tempo, todos acabam sós, autónomos, fechados, contemplando uma colecção de caprichos momentâneos, prazeres fugidios, aventuras ocasionais, rupturas, infidelidades, traições. A conclusão é a velhice solitária, vítima do egoísmo que a isolou. Alguns ainda se espantam dos que morrem anónimos: "Uma das pobrezas mais profundas que o homem pode experimentar é a solidão. Vistas bem as coisas, as outras pobrezas, incluindo a material, também nascem do isolamento, de não ser amado ou da dificuldade de amar" (Bento XVI Caritas in Veritate 53).

Os propósitos anunciados eram grandiosos. O mal estava na raiz egoísta, na origem interesseira, na estrutura auto-suficiente. O mal vinha da base, das entranhas. Que fazer a uma árvore envenenada na estirpe? A única solução é enxertar um galho saudável e esperar que a seiva sadia se espalhe no organismo.

Isso foi o que aconteceu e que nós vos anunciamos. Na Páscoa um ramo de puro amor foi pregado na árvore da morte. Agora, além da seiva do orgulho egoísta, circula no tronco, ramos, flores e folhas um fluxo de divina caridade. O fruto é a união. Isso salvou a sociedade pela subsidiariedade, a política pela democ'racia, a economia pela solidariedade. Isso salvará a família dos horrores com que o nosso tempo a persegue. Só o amor vence a solidão.

naohaalmocosgratis@fcee.ucp.pt


sexta-feira, 15 de abril de 2011

Oura vez Páscoa - P. Gonçalo Portocarrero de Almada

P. Gonçalo Portocarrero de Almada

Isabel estava à espera de um filho. A expectativa tinha sido muita porque desde que casara com o João, ambos agora com trinta e oito anos, tinham decorrido dez anos de malogradas esperanças. Mas quando – finalmente! – se confirmou o diagnóstico da gravidez, todas as agruras de uma aflitiva espera se transfiguraram na alegria do nascimento iminente.

Todos os dias eram todos para a criança a nascer. Enquanto o João andava já à procura de cadeirinhas acopláveis ao assento do carro, a Isabel só tinha olhos para as montras das lojas de bebés, onde namorava todo o tipo de vestimentas para todas as estações, sempre indecisa na opção mas decidida em dar ao tão esperado filho o melhor enxoval.

Chegou finalmente o dia da desejada ecografia. Quando apareceram as primeiras imagens daquele ser diminuto, agitando-se no ventre materno, Isabel apertou com força a mão do João. A médica não teve dificuldade em reconhecer que se tratava de um rapaz mas, ao mesmo tempo que o disse, ambos notaram que pelo seu semblante perpassou uma sombra aziaga, a que correspondeu um imediato sobressalto nos pais do petiz. A médica levantou-se e ao ver o olhar ansioso do casal, não conseguiu esconder a sua preocupação e tristeza:

- Tenho muita pena, mas o vosso filho padece trissomia 21.

Isabel sentiu como que uma tontura, enquanto o João a abraçou sem saber muito bem o que dizer. Na dolorosa confusão do momento, engasgou umas quantas frases, na ilusão de que o diagnóstico pudesse não ser confirmado, mas a médica foi peremptória no seu veredicto. Esmagados por aquele antecipado luto, os dois regressaram a casa em silêncio, apenas intervalado pelos seus soluços.

Murcha a primavera da esperança, abateu-se sobre a família o inverno da desesperação. As questões sucediam-se em catadupa e o aparente silêncio de Deus, tão distante lá no seu longínquo Céu, dilacerava os corações da Isabel e do João. Surgiu então, com uma estranha evidência, a única resposta lógica àquele drama: não permitir que a criança vingasse e proceder, quanto antes, à interrupção da gravidez. Amigos houve que lhes aconselharam esse recurso, fazendo-lhes ver que, com a sua idade, não poderiam prestar a assistência necessária a um filho tão dependente. Outros recordaram-lhes a gravidade moral do acto, mas o João e a Isabel sentiam-se tão abandonados por Deus que quase lhes parecia justa aquela retaliação.

Marcaram a intervenção, numa clínica especializada. O João, por razões profissionais, não pode acompanhar a Isabel que, sozinha, teria que pôr termo à sua gestação. Mas, antes de sair de casa, ouviu tocar a campainha: era uma vizinha que, com um filho pela mão, lhe pedia licença para usar o telefone, porque o marido estava inanimado e não tinha outro meio de chamar a ambulância. Isabel levou-a até ao telefone e depois afundou-se numa poltrona. Foi então que, para seu espanto, viu que a criança era mongolóide. O pequenino sentou-se ao seu colo, pegou-lhe na mão, perguntou-lhe o nome e falou-lhe, com entusiasmo, das suas brincadeiras.

Terminada a chamada telefónica, a vizinha chamou o filho e pediu desculpa a Isabel pela sua inconveniência. O pequerrucho deu um beijo a Isabel e correu para a mãe, que o levou consigo, ficando Isabel só. A verdade é que não estava só, estava também com o seu filho, que era como aquele menino carinhoso que se sentara ao seu colo. Foi então que lhe veio à mente um pensamento aterrador: não podia matar uma criança assim! Não podia abortar o seu filho! Era seu, Deus tinha-lho dado para que o amasse e ele, que já estava de algum modo no seu colo, esperava as suas carícias de mãe. Não importava como fosse ou deixasse de ser, era seu e era também de João, era sobretudo um filho predilecto de Deus!

Naquela noite, houve festa na casa do João e da Isabel porque o seu filho, que estava perdido, foi encontrado e, estando morto, ressuscitou. Deus acendera no fogo do seu Espírito aqueles dois corações, quais círios pascais, porque quando o amor e a vida vencem o pecado e a morte é Páscoa. Outra vez.