quarta-feira, 10 de abril de 2013

Los católicos ante la política - por Agustín Pazos Herrán

In Almudi

Introducción

En las modernas sociedades democráticas es posible y deseable una creciente participación de los ciudadanos en la acción política, a través del ejercicio del derecho al voto y de otras muchas formas de influir en la vida pública. Los católicos, al mismo tiempo ciudadanos de la sociedad política y fieles de la Iglesia, tienen el mismo derecho que los demás a participar en las decisiones colectivas, pero además, por ser fieles, están obligados doblemente, en cuanto ciudadanos y como cristianos, en conciencia, a aportar cuanto está a su alcance en orden a edificar la ciudad temporal. San Pablo lo afirma explícitamente: “es necesario estar sujeto (a la autoridad) no sólo por temor al castigo, sino también por motivos de conciencia” (Rom 13, 5). Al invocar a la conciencia, San Pablo enseña que no se es un buen cristiano, no se da a Dios lo que es de Dios, si no se da al mismo tiempo al César lo que es del César[1]. Es el objeto de la virtud de la solidaridad

Hay un hecho positivo que emerge con claridad en los últimos tiempos y es la interdependencia entre los diversos países y culturas, que va más allá de los meros intercambios comerciales y financieros, y que define la globalización de los problemas y acontecimientos. Este hecho, sin más, nos convierte en espectadores de los sucesos a escala mundial. Cuando se convierte en una apelación a la propia conciencia, entonces el hecho adquiere relevancia moral. Primero nos invita a ver el problema desde fuera y a juzgarlo con criterios morales: guerras, hambres, migraciones en condiciones dramáticas, relaciones Norte-Sur, etc., despiertan juicios éticos, pero en un primer momento, desde una posición de tercera persona, vistos desde el exterior. Cuando se produce el paso siguiente ─del ‘aquí hay un problema’ al ‘aquí tengo un problema’─ el hecho se convierte en un dato moral personal, cuya respuesta exige una conversión personal. En el caso de respuestas generosas y habituales nos encontramos ante una virtud: es la virtud de la solidaridad. Y a la virtud se oponen los pecados que, en este caso, proceden de dos vicios, concretamente el afán de ganancia exclusiva y la sed de poder. Esta es la “naturaleza real del problema al que nos enfrentamos en la cuestión del desarrollo de los pueblos; es un mal moral, fruto de muchos pecados que llevan a ‘estructuras de pecado’”[2]. El documento en el que Juan Pablo II trata con más detenimiento de la solidaridad es, como su título anuncia, la encíclica Sollicitudo rei socialis

La solidaridad no es un mero sentimiento de compasión o de indignación ante las injusticias o desgracias que otros sufren. Así la define Juan Pablo II:

“Es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. Esta determinación se funda en la firme convicción de que lo que frena el pleno desarrollo es aquel afán de ganancia y aquella sed de poder de que ya se ha hablado. Tales "actitudes y estructuras de pecado" solamente se vencen ─con la ayuda de la gracia divina─ mediante una actitud diametralmente opuesta: la entrega por el bien del prójimo que está dispuesto a "perderse", en sentido evangélico, por el otro en lugar de explotarlo, y a "servirlo" en lugar de oprimirlo para el propio provecho (cf. Mt 10, 40-42; 20, 25; Mc 10, 42-45; Lc 22, 25-27)”[3].

En concreto, “es sin duda una virtud cristiana”, precisamente por sus “numerosos puntos de contacto entre ella y la caridad, que es signo distintivo de los discípulos de Cristo”[4]. Tan importante que sobre ella se funda la paz social y entre las naciones.

“El ejercicio de la solidaridad dentro de cada sociedad es válido sólo cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. (...) De aquí la importancia de despertar la conciencia religiosa de los hombres y de los pueblos”[5].

“El lema del pontificado de mi venerado predecesor Pío XII era Opus iustitiae pax, la paz como fruto de la justicia. Hoy se podría decir, con la misma exactitud y análoga fuerza de inspiración bíblica (cf. Is 32, 17; Sant 32, 17), Opus solidaritatis pax, la paz como fruto de la solidaridad.

“El objetivo de la paz, tan deseada por todos, sólo se alcanzará con la realización de la justicia social e internacional, y además con la práctica de las virtudes que favorecen la convivencia y nos enseñan a vivir unidos, para construir juntos, dando y recibiendo, una sociedad y un mundo mejor”[6].

El bien común es competencia de todos los ciudadanos, si bien de distintas maneras y con responsabilidades diversas. Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica

“Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana”[7].

Porque toda persona es corresponsable del bien común, debe vivir la virtud de la solidaridad. Nadie puede ser marginado en la cooperación al bien común en la medida de sus posibilidades: es algo que reclama la dignidad de la persona, y que fundamenta el derecho al trabajo, con más profundidad que el mero tener acceso a los medios económicos para la subsistencia. De la solidaridad se podría afirmar que es “la clave de bóveda de todo un sistema de valores alternativo a ese otro presidido por la competitividad (tan activo en nuestro tiempo). La competitividad hace del otro un enemigo, al menos en potencia; la solidaridad lo convierte en algo propio y objeto de mi propia responsabilidad. Un mundo solidario sería, sin duda, un mundo diferente”[8]. Es un sueño propio de quien tiene la fe cristiana, contemplar a los hombres como hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, templos del Espíritu Santo, de tal modo que 

“conferirá a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo. (...) Se percibe a la luz de la fe un nuevo modelo de unidad del género humano, en el cual debe inspirarse en última instancia la solidaridad”[9].

Esta virtud debe vivirse siempre, pero asume contenidos muy diversos. La mayoría de los ciudadanos la ejercitarán “por la atención prestada a la educación de su familia, por la responsabilidad en su trabajo”[10]; también, en la medida de lo posible, tomando “parte activa en la vida pública”[11]. En cualquier caso, es un deber moral que deriva de la misma dignidad del hombre. Especialmente es tarea de los fieles laicos, consecuencia de su peculiar vocación dentro de la Iglesia[12], contribuir a construir según el querer de Dios las estructuras temporales. En el caso de que estas estructuras claramente se opusieran al Reino de Dios[13], los laicos deben esforzarse por “sanear las estructuras y los ambientes del mundo, si en algunos casos algunas de sus costumbres incitan al pecado, de modo que sean conformes con las normas de la justicia y favorezcan en vez de impedir la práctica de las virtudes. Obrando así impregnarán de valores morales toda la cultura y las realizaciones humanas”[14].Con gran realismo, la Iglesia aconseja que esta tarea traten de llevarla a efecto los laicos de modo colectivo. Poco podría lograr una persona aislada en esta labor, que es cultural y debe llegar a toda la sociedad[15].

Orientaciones doctrinales

El 24 de noviembre de 2002, la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó una “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”, que fue aprobada por Juan Pablo II en dicha fecha y publicada el 16 de enero de 2003. Al comienzo del documento, se resumen en pocas frases lo esencial de la doctrina recibida acerca de la actuación de los católicos en la vida pública: “Mediante el cumplimiento de los deberes civiles comunes, «de acuerdo con su conciencia cristiana» (Gaudium et spes, n. 76), en conformidad con los valores que son congruentes con ella, los fieles laicos desarrollan también sus tareas propias de animar cristianamente el orden temporal, respetando su naturaleza y legítima autonomía (Gaudium et spes, n. 36), y cooperando con los demás ciudadanos según la competencia específica y bajo la propia responsabilidad (Apostolicam actuositatem, n. 7; Lumen gentium, n. 36; Gaudium et spes, nn. 31 y 43). Consecuencia de esta fundamental enseñanza del Concilio Vaticano II es que «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común» (Christifideles laici, n. 42), que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.”[16].

En este párrafo, se señalan criterios importantes que deben informar la actuación política de los católicos:

a) obrar de acuerdo con su conciencia cristiana; es decir, existe un deber de coherencia entre la fe que se profesa y la actuación pública;

b) respetar la naturaleza y legítima autonomía de las cosas temporales; o lo que es lo mismo, se afirma sin reticencias la legítima laicidad del estado que aparece como un valor positivo, exigencia de la misma naturaleza de la vida política y que ha de ser admitida sin desconfianza o sospecha, criterio éste clave para entender debidamente la cuestión que se trata de aclarar;

c) actuar cooperando con los demás ciudadanos y bajo su propia responsabilidad, en uso de su libertad personal.

Establecidos estos tres principios, poco habría que añadir. Pero la realidad nos muestra que de hecho existen dos posturas extremas que no alcanzan a comprenderlos y asimilarlos: quienes militan bajo lo que propiamente puede calificarse de laicismo intolerante[17]; y aquellos que se resisten a admitir la laicidad del Estado, es decir, la autonomía legítima de los asuntos temporales. Ambos extremos coinciden en negar la libertad auténtica de los católicos en la vida pública y se apoyan ideológicamente en una radical desconfianza en la razón humana para alcanzar la verdad del bien, verdad conectada con la del hombre, es decir, con la antropología.

El laicismo y el clericalismo, enemigos de la libertad de los cristianos

El laicismo pretende en muchos casos como condición de la democracia un cierto relativismo moral, que se hace evidente en la teorización y defensa del pluralismo ético.

En continuidad con el pensamiento de Rousseau, el neocontractualismo defiende la identidad entre orden político justo y orden producto de la libertad de los ciudadanos. El problema de las leyes justas se traslada desde el juicio acerca de su contenido (valioso o perjudicial para el bien común) al procedimiento de su elaboración: las leyes son justas, cualquiera que sea su resultado, cuando se ha seguido en su confección una procedimiento justo. Y esto será así cuando todos los ciudadanos han podido intervenir en su elaboración. De aquí que a estas teorías se las suela llamar ética procedimental o procesal, ética dialógica, etc.

El primer momento del diálogo político ha de ocuparse de la igualdad de derechos entre todos los ciudadanos. Sería el ámbito constitucional. Como afirma J. Rawls, “cada persona posee una inviolabilidad fundada en la justicia que incluso el bienestar de la sociedad como un todo no puede atropellar (...). Los derechos asegurados por la justicia no están sujetos a regateos políticos ni al cálculo de intereses sociales”[18]. Como puede verse, afirmaciones todas anti-utilitaristas. A diferencia de los utilitaristas, el procedimiento, la democracia, tiene prioridad sobre el bien. En orden a definir el contenido concreto de los derechos de todo y de cada ciudadano, cada sujeto interviniente ha de procurar despojarse de cualquier convicción previa, como convicciones éticas o religiosas particulares, o determinados intereses a defender: para ello, Rawls utiliza la expresión velo de ignorancia, mediante el cual los ciudadanos se sitúan en una posición de imparcialidad o neutralidad en relación con los temas que se traten. Esta disposición empática recuerda mucho la figura del legislador de Rousseau.

En un segundo momento, es justo aceptar la posibilidad de que la vida social conduzca a desigualdades en el disfrute del poder o la riqueza entre los diversos ciudadanos. Estas desigualdades son justas si: a) redundan en beneficio de los menos favorecidos en la ‘lotería natural’; y b) si los cargos o puestos vinculados a posiciones privilegiadas están abiertos a todos y no se deben a situaciones de partida desiguales: es decir, si hay igualdad de oportunidades entre todos.

En este sentido, el agnosticismo y el relativismo respecto a la verdad (ética o moral) se consideran como condición exigida por la justicia política, de tal modo que su ausencia sería incompatible con la tolerancia exigida por una sociedad democrática[19]. Como afirma Adela Cortina, una democracia "no puede contar con una noción compartida de bien común, sino con una sociedad pluralista, con distintas concepciones de la vida buena; sociedad que, por tanto, no puede estar unida sino por unos mínimos axiológicos o normativos, que posibilitan la convivencia tolerante de las distintas formas de vida"[20]. Esta forma de pensar contradice frontalmente la exigencia de buscar la justicia en la actividad política: “Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político”[21]. Como pone de manifiesto Juan Pablo II en su Encíclica Centesimus annus, n. 46: 

“Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad, y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos”.

Hasta aquí podríamos decir que el Papa hace una descripción precisa del pensamiento de Rawls. Y a continuación añade la crítica: 

“A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.”

En el fondo, se trata de una aplicación del problema general denunciado en Fides et ratio, de la falta de confianza en la razón para conocer la verdad, sobre todo en aquellos campos que sobrepasan la posibilidad de comprobación empírica. Se trata no tanto de problemas particulares como de una mentalidad difusa de “desconfianza radical en la razón”[22]. Esta misma desconfianza aflora en “rebrotes peligrosos de fideísmo”[23], que en el campo de la ética política derivaría en fundamentalismo o clericalismo. Como explicaba recientemente Benedicto XVI, al referirse al reduccionismo que supone un concepto de razón limitada al conocimiento experimentable, “aquello que no es verificable o falsable no entra en el ámbito de la razón en sentido estricto. Por eso, el ethos y la religión han de ser relegadas al ámbito de lo subjetivo y caen fuera del ámbito de la razón en el sentido estricto de la palabra. Donde rige el dominio exclusivo de la razón positivista ─y este es en gran parte el caso de nuestra conciencia pública─ las fuentes clásicas de conocimiento del ethos y del derecho quedan fuera de juego”[24]. 

El cristiano —que está obligado en conciencia a admitir la legítima pluralidad de opiniones temporales, precisamente por su concepción de la persona—, por la misma razón no puede transigir en principios que afectan a la misma naturaleza y papel fundacional de la vida social, que no son “negociables”[25]. De hecho, la misma democracia, como afirma la Nota citada, “sólo se hace posible en la medida en que se funda sobre una recta concepción de la persona”[26]. El documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe apela a la historia del siglo XX como prueba de que la tesis relativista es falsa, y de que la vida social exige unas certezas éticas derivadas de la misma naturaleza del ser humano, que deben imperar la política y la vida social[27].

El clericalismo, a su vez, entiende que la misión del cristiano en el mundo consiste en trasladar las exigencias morales religiosas a las estructuras legislativas de los estados. Dicho de otro modo, las prohibiciones morales absolutas de origen religioso deberían automáticamente convertirse en prohibiciones legales. La moral cristiana debería traducirse, en lo que afecta a la vida social, en ley civil. Esta visión clerical contradice el pensamiento cristiano: “Contrariamente a otras grandes religiones, el cristianismo nunca ha impuesto al Estado y a la sociedad un derecho revelado, un ordenamiento jurídico derivado de una revelación. En cambio, se ha remitido a la naturaleza y a la razón como verdaderas fuentes del derecho, se ha referido a la armonía entre razón objetiva y subjetiva, una armonía que, sin embargo, presupone que ambas esferas estén fundadas en la Razón creadora de Dios. Así, los teólogos cristianos se sumaron a un movimiento filosófico y jurídico que se había formado desde el siglo II a. C. En la primera mitad del siglo segundo precristiano, se produjo un encuentro entre el derecho natural social, desarrollado por los filósofos estoicos y notorios maestros del derecho romano (Orígenes, Contra Celso, 428). De este contacto, nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia determinante para la cultura jurídica de la humanidad. A partir de esta vinculación precristiana entre derecho y filosofía se inicia el camino que lleva, a través de la Edad Media cristiana, al desarrollo jurídico de la Ilustración, hasta la Declaración de los derechos humanos”[28]. 

Desde la filosofía, Robert Spaemann sostiene el mismo principio, aplicado en particular al problema de las leyes abortistas: "Al deber incondicionado de abstenerse en todo caso de matar directa e intencionalmente a un hombre inocente ─es decir, a la prohibición moral absoluta, sin excepciones, del aborto─ no corresponde un idéntico deber incondicionado del Estado de impedir cualquier acción de matar"[29]. Entre la moral y el derecho debe mediar una filosofía política. Incluso cuando las cuestiones políticas tocan sus creencias religiosas, eso no exime a los creyentes de tener que pensar, sino todo lo contrario, acerca de cómo argumentar sobre un problema social concreto en términos de razón natural, buscando la solución más acorde con la justicia.

Los clericales teologizan la política cuando convierten los problemas políticos y sociales en cuestiones teológicas y, de rechazo, rebajan la teología al nivel de una ideología. Muchos cristianos no saben argumentar en problemas sociales y, o los convierten en problemas confesionales y ante ellos nada hay ya que pensar, o los ignoran, como si no tuviesen nada que ver con ellos. Estas dos posturas, bastante extendidas, carecen de un correcto concepto tanto de la autonomía y capacidad de la razón como de la laicidad del Estado.

La laicidad del Estado

La laicidad debe ser considerada como un logro de la civilización, estrechamente conectado con el derecho a la libertad religiosa, entendido como un derecho humano originario y, como tal, defendido por la Iglesia. En este sentido, la citada Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe es terminante: “la laicidad entendida como autonomía de la esfera civil y política de la esfera religiosa y eclesiástica ─nunca de la esfera moral─ es un valor adquirido y reconocido por la Iglesia, y pertenece al patrimonio de civilización alcanzado”(n. 6).

Ángel Rodríguez Luño resume en tres puntos lo que se entiende por laicidad, en el artículo ya mencionado:

1. La política no es separable de la moral, pues mira esencialmente al bien común, que comprende la promoción y la tutela de los bienes que conciernen a la vida en sociedad de los seres humanos, como la paz, la libertad, la justicia, el respeto a la vida humana y al ambiente natural, la solidaridad, etc.

2. La sociedad política y la comunidad religiosa son entidades de distinta naturaleza, pues tienen fines diversos, y también lo son sus medios y los ámbitos de competencia de sus respectivas autoridades. El punto de encuentro se da en la intimidad de la persona, en el reducto más profundo de su libertad, que es la conciencia. Pero esto no afecta al hecho de su respectiva autonomía. Como afirmó el entonces Cardenal Ratzinger, “la política pertenece a la esfera de la razón, razón común a todos, la razón natural”[30].

3. Por último, laicidad del Estado no significa irreligiosidad, agnosticismo o ateísmo del Estado. El Estado laico reconoce la importancia y el papel tanto del fenómeno religioso como de las convicciones religiosas de los ciudadanos y de las tradiciones religiosas de los pueblos, de las que no puede convertirse en promotor ni juez, siempre que se respeten las justas exigencias del orden público (cfr Dignitatis humanae, n. 6). 

En consecuencia, nos encontramos con un doble orden de valores, que deben ser apreciados y defendidos por los católicos, aunque de distinta manera: los estrictamente confesionales, que pertenecen al ámbito de la conciencia de cada uno y en los que el poder público carece de toda competencia; y el de aquellos que no son confesionales porque pertenecen al orden de la ley natural, aunque sean promovidos y defendidos por la Iglesia en cumplimiento de su misión de servir al hombre y a la sociedad humana.

Respecto a los valores confesionales, no se presentan graves problemas en las sociedades occidentales: el derecho a la libertad religiosa está recogido en la generalidad de los ordenamientos constitucionales de los estados democráticos.
En los que entran dentro del ámbito de la ley natural, la Iglesia siempre ha defendido la autonomía respecto a la Revelación de las cuestiones temporales, que entran, por tanto, dentro del campo de la razón natural. “Para el desarrollo del derecho, y para el desarrollo de la humanidad, ha sido decisivo que los teólogos cristianos hayan tomado posición contra el derecho religioso, requerido por la fe en la divinidad, y se hayan puesto de parte de la filosofía, reconociendo a la razón y la naturaleza, en su mutua relación, como fuente jurídica válida para todos. Esta opción la había tomado ya san Pablo cuando, en su Carta a los Romanos, afirma: “Cuando los paganos, que no tienen ley [la Torá de Israel], cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos... son ley para sí mismos. Esos tales muestran que tienen escrita en su corazón las exigencias de la ley; contando con el testimonio de su conciencia…” (Rm 2,14s.)”[31]. 

Esto no significa que el cristiano, al juzgar de las cuestiones sociales y políticas, deba prescindir de su fe. “La fe ayuda a una razón enferma, pero no la suplanta sino que la asiste para que sea ella misma”[32] . La fe corrige los excesos y los errores de la razón y la orienta en las cuestiones más difíciles y oscuras, pero no la elimina. Habermas pone un ejemplo de enriquecimiento de la cultura moderna que tiene su origen en una verdad revelada: “La traducción de que el hombre es imagen de Dios a la idea de una igual dignidad de todos los hombres que hay que respetar incondicionalmente es una de esas traducciones salvadoras (que salvan el contenido religioso traduciéndolo a filosofía). Es una de esas traducciones que, allende los límites de una determinada comunidad religiosa, abre el contenido de los conceptos bíblicos al público universal de quienes profesan otras creencias o de quienes simplemente no son creyentes”[33].

Más completo, pero dentro del mismo razonamiento, es lo que enseñaba Benedicto XVI en Berlín: “Sobre la base de la convicción de la existencia de un Dios creador, se ha desarrollado el concepto de los derechos humanos, la idea de la igualdad de todos los hombres ante la ley, la conciencia de la inviolabilidad de la dignidad humana de cada persona y el reconocimiento de la responsabilidad de los hombres por su conducta. Estos conocimientos de la razón constituyen nuestra memoria cultural. Ignorarla o considerarla como mero pasado sería una amputación de nuestra cultura en su conjunto y la privaría de su integridad. La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma. Este triple encuentro configura la íntima identidad de Europa. Con la certeza de la responsabilidad del hombre ante Dios y reconociendo la dignidad inviolable del hombre, de cada hombre, este encuentro ha fijado los criterios del derecho; defenderlos es nuestro deber en este momento histórico”[34].
Pero simultáneamente, también la razón debe ejercer el papel de filtro respecto a la religión, para corregir sus posibles excesos. “Habíamos visto que hay patologías en la religión que son altamente peligrosas y que hacen necesario considerar la luz divina que representa la razón, por así decir, como un órgano de control, desde el que y por el que la religión ha de dejarse purificar y ordenar una y otra vez, cosa que era por lo demás la idea de los Padres de la Iglesia. Pero en nuestras consideraciones hemos obtenido también que (aunque la humanidad no sea por lo general hoy consciente de ello) hay también patologías de la razón, hay una hybris de la razón que no es menos peligrosa, sino que representa una amenaza aún mayor a causa de su potencial eficiencia: la bomba atómica, el hombre como producto. Por tanto, y a la inversa, hay también que amonestar a la razón a reducirse a sus límites y a aprender y a disponerse a prestar oídos a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si la razón se emancipa por completo y se desprende de tal disponibilidad a aprender y se sacude tal correlacionalidad o se desdice de tal correlacionalidad, la razón se vuelve destructiva”[35].

Con el fin de orientar a los católicos en los principios morales que no pueden ser transgredidos por afectar gravemente a los derechos de la persona, la Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe los enumera. Cuando la acción política, como en el caso del aborto, “tiene que ver con principios morales que no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno, es cuando el empeño de los católicos se hace más evidente y cargado de responsabilidad” (n. 4). La Nota hace un elenco de estos principios morales irrenunciables: las leyes que entienden del aborto y la eutanasia, y las que afectan al embrión humano; las relativas al matrimonio y la familia; las relativas al derecho de los padres a educar a sus hijos; a la tutela social de los menores y a la liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud, como son las drogas y la explotación de la prostitución; el derecho a la libertad religiosa y al desarrollo de una economía al servicio de la persona; y, finalmente, la búsqueda constante de la paz, como “obra de la justicia y efecto de la caridad” (CCE, 2304). En este sentido, los católicos “tienen la ‘precisa obligación de oponerse’ a toda ley que atente contra la vida humana” (n. 4). No es una excepción a este principio la situación contemplada en Evangelium vitae, n. 73, en el que un católico puede apoyar una ley, aun injusta, que limite los efectos nocivos de una ley abortista anterior: no se trata de apoyar “un mal menor”, sino de limitar un mal, lo que es un bien, siempre que quede clara su oposición personal al aborto[36]. 

No es suficiente una modificación de las estructuras de convivencia si no se apoyan en una cultura capaz de acoger, justificar y proyectar los principios éticos fundamentales en un lenguaje cultural común a todos los ciudadanos. Por ejemplo, de poco serviría lograr una modificación de la ley de reproducción asistida si no se justificase sólidamente sobre un claro convencimiento de que representa un avance en el respeto a la dignidad del ser humano, y no un triunfo de la resistencia de los católicos a aceptar las consecuencias del progreso científico de la humanidad, como piensan erróneamente a menudo incluso muchos católicos. Y lo mismo podría decirse de la defensa de la estabilidad del matrimonio, del derecho de los padres a la educación de sus hijos, de la verdadera naturaleza del matrimonio monógamo entre un hombre y una mujer, del respeto a la vida humana desde la concepción a la muerte natural, de la defensa de la naturaleza, etc. Es toda una tarea pendiente la formación de los católicos para que, ciudadanos de las dos ciudades, sepan desenvolverse con naturalidad y sin complejos, en un mundo que les es propio y al mismo tiempo común con todos los demás hombres, sus iguales.

Agustín Pazos Herrán. Licenciado en CC. Económicas, Doctor en Sagrada Teología
Notas

[1] Cfr Ángel Rodríguez Luño, Laicità e pluralismo, en "L’Osservatore Romano" 24-I-2003.
[2] Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, n. 37.
[3] Ibidem, n. 38.
[4] Ibidem, n. 40.
[5] Ibidem, n. 39.
[6] Ibidem, n. 39.
[7] CCE, n. 1913.
[8] I. Camacho, Creyentes en la vida pública, Madrid 1995, p.134.
[9] Juan Pablo II, Enc. Sollicitudo rei socialis, n. 40.
[10] CCE, n. 1914
[11] CCE, n. 1915
[12] Cfr Lumen gentium, n. 31.
[13] “Como la levadura en la masa, la novedad del Reino debe fermentar la tierra con el Espíritu de Cristo (cfr. Apostolicam actuositatem, 5). Debe manifestarse por la instauración de la justicia en las relaciones personales y sociales, económicas e internacionales, sin olvidar jamás que no hay estructura justa sin seres humanos que quieran ser justos” (CCE, n. 2832).
[14] Lumen gentium, n. 36.
[15] Cfr CCE, n. 909
[16] Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 24.XI.2002, n. 1.
[17] Cfr Nota, cit., n. 6.
[18] John Rawls, A Theory of justice, 1971; traducción del FCE, Madrid 1979, n. 1.
[19] “El objetivo de la justicia como equidad es, pues, práctico: ella se presenta a sí misma como una concepción de la justicia que puede ser compartida por los ciudadanos como una base de acuerdo político razonado, informado y voluntario. Esta concepción expresa la razón política pública que comparten. Mas para alcanzar esa razón compartida, la concepción de la justicia debería ser tan independiente como fuera posible de las doctrinas filosóficas y religiosas, encontradas y conflictivas, que los ciudadanos abrazan”: J. Rawls, El liberalismo político, Crítica, Barcelona 1996, pp. 39-40 (la cursiva es mía).
[20] A. Cortina, Ética aplicada y democracia radical, cit. en A. J. Ruiz de Samaniego y M. A. Ramos (eds.), La generación de la democracia. Nuevo pensamiento filosófico en España, Tecnos/Alianza, Madrid 2002, p. 75.
[21] Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento de la R. F de Alemania, 22-IX-2011.
[22] Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, n. 55.
[23] Ibidem.
[24] Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento de la R. F. de Alemania, cit.
[25] Cfr. Nota de la S.C.D.F., cit., n. 3.
[26] Ibidem.
[27] Cfr. Nota, cit. n. 2.
[28] Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento de la R. F de Alemania, cit.
[29] Robert SPAEMANN, tomado de M. Rhonheimer, Diritti fondamentali, legge morale e difesa legale della vita nello stato constituzionale democratico. L’approccio costituzionalistico all’enciclica Evangelium vitae, en “Annales theologici” IX, 2 (1995) p. 275.
[30] J. Ratzinger, “La teologizzazione della politica diventerebbe ideologizzazione della fede” Intervención en el encuentro sobre “L’impegno e il comportamento dei cattolici nella vita politica”, promovido por la Pontificia Università della Santa Croce, en Roma, el 9 abril 2003, y publicado en la revista “30Giorni”.
[31] Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento de la R. F de Alemania, cit.
[32] Card. J. Ratzinger, “La teologizzazione della politica diventerebbe ideologizzazione della fede”, 9 de abril de 2003, en “30 Giorni”, cit.
[33] J. Habermas: Posicionamiento en la discusión sobre las bases morales del Estado liberal. Ponencia leída el 19 de Enero de 2004 en la “Tarde de discusión” con Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger, organizada por la Academia Católica de Baviera en Munich. Disponible en varios lugares de internet, como p. ej. www.avizora.com; contenido en el dossier del Prof. Manuel Jiménez Redondo, para el curso de doctorado “El discurso filosófico de la Modernidad” - Universidad de Valencia, Marzo de 2004.
[34] Benedicto XVI, Discurso ante el Parlamento de la R. F de Alemania, cit.
[35] Card. J. Ratzinger, Posicionamiento cit. (Munich, 19 de Enero de 2004).
[36] Cfr A. Rodríguez Luño, El parlamentario católico frente a una ley gravemente injusta, en "L'Osservatore romano", 20 septiembre 2002, p. 10 (474).

terça-feira, 9 de abril de 2013

Aborto de Derechas - por Juan Manuel de Prada

In RL

Decía Balmes que los partidos «de instinto moderado y sistema conservador» se convertían a la postre en conservadores «de los intereses creados de una revolución consumada y reconocida»; y que, a la postre, resultaban más útiles a la Revolución que los propios partidos revolucionarios.

Así ocurre en la cuestión del aborto, donde vemos cómo el partido conservador se convierte, mientras gobierna, en conservador de los «avances» del partido socialista, para que luego el partido socialista pueda seguir «avanzando» tan ricamente, en la seguridad de que el partido conservador conservará las cosas en el exacto punto en el que él las dejó. Ocurrió durante los dos mandatos de Aznar, en los que se «conservó» fielmente la legislación despenalizadora del aborto impulsada por González, para que luego Zapatero pudiera seguir «avanzando»; y vuelve a ocurrir ahora, pese a todos los jeribeques y pamemas que el nuevo gobierno conservador ha probado ante la galería. Año y medio después de que accediera al poder con mayoría absoluta, la legislación sobre el aborto sigue siendo la que Zapatero dejó.

De este modo, tal como señalaba Balmes, los partidos conservadores vuelven a mostrarse a la Revolución más útiles que los propios partidos revolucionarios. Las legislaciones abortistas siempre las impulsa el partido socialista; pero, ¿quién ha permitido que la mentalidad abortista arraigue y se consolide cada vez más entre la sociedad española? Sin duda, el partido conservador, dejando que tales legislaciones se asienten. Y aun me atrevería a señalar un aspecto más trágico: mientras gobiernan los socialistas, sus legislaciones abortistas se tropiezan con una resistencia contumaz por parte de sectores de la sociedad española que son naturalmente antiabortistas; pero que, cuando gobiernan los conservadores, se relajan en su celo y abandonan las posiciones de resistencia que habían mantenido antes. De esta actitud dimisionaria ha tomado buena nota el partido conservador, que así puede actuar de modo perfectamente hipócrita: combatiendo, mientras se halla en la oposición, leyes que ni siquiera se planteó derogar mientas gobernó, a sabiendas de que cuando vuelva a gobernar tampoco las derogará; pero sirviéndose, entretanto, de la gente bienintencionada que piensa –o quiere pensar: wishful-thinking– que las derogará.

La ofuscación ideológica interviene luego; y el defensor de la vida puede, incluso, llegar a la conclusión racionalmente absurda de que, en la cuestión del aborto, el partido conservador representa «el mal menor»; y que, por lo tanto, entre el «aborto de izquierdas» y el «aborto de derechas» debe optarse por el segundo. Pero el principio de que es lícito elegir un mal menor vale en determinados casos; no así en caso de error moral, donde no es posible elegir el «menor error». El error mezclado con medias verdades, o con morigeraciones hipócritas, es infinitamente más perverso que el error craso, pues el segundo provoca en la conciencia un repudio inmediato, mientras que el primero la ayuda a «contemporizar». Dos y dos son cuatro, no cinco ni veintisiete; si quien sabe que son cuatro se pone de parte de quienes afirman que son cinco, por no dar la razón a quienes afirman que son veintisiete, hace mucho más daño, pues el «error menor» puede llegar a ser asimilado mucho más fácilmente por las conciencias que el error craso; y la aceptación del «error menor» es condición indispensable para que, a la larga, el error craso se imponga y triunfe. Por eso el «aborto de derechas» es más útil al abortismo que el propio «aborto de izquierdas». La caracterización balmesiana vuelve a demostrarse infalible.

© Abc

segunda-feira, 8 de abril de 2013

O inocente - por João César das Neves

In DN

Portugal passa por um momento terrível, mas isso não o deve impedir de admirar esteticamente uma obra de arte excepcional. Ora o regresso de José Sócrates é um espantoso feito de técnica política, do mais alto nível mundial.

A personagem é notável. Verve, atitude, táctica são excelentes. Para lá das qualidades como tribuno e estratega, aquilo que o distingue dos demais e o coloca acima da sua geração é a total ausência de escrúpulos. Não existe a menor contemplação pela realidade dos factos, interesse nacional, simples decoro pessoal. Existe apenas um projecto de poder, e tudo lhe é sacrificado. Há muitas décadas que não tínhamos um político assim, e já nos esquecemos do estilo. Por isso tanto nos admira a quase inacreditável capacidade de imaginação e manipulação com que consegue sair de uma posição que seria desesperada para qualquer outro. Além disso é terrivelmente eficaz e convence mesmo. Digno de antologia!

Apresenta-se como totalmente inocente dos males que afligem o País. Foi primeiro-ministro durante mais de seis anos mas é inimputável pelo desastre que deflagrou nos últimos meses do seu mandato. A culpa vem de uma "crise das dívidas soberanas", que lhe é naturalmente alheia. E claro também de um terrível bando de malfeitores, onde se inclui o actual Governo, bancos, União Europeia e FMI, que pretendem, por razões não esclarecidas, destruir Portugal. Ele, pelo contrário, sempre esteve do lado do progresso e alegria, que infelizmente não se concretizaram.

Não é claro se mente descaradamente ou acredita mesmo na fábula, sofrendo de delírio. Em qualquer caso, todos os dados apontam para o facto de José Sócrates ser, não imoral, mas completamente amoral. Não se lhe parecem colocar quaisquer remorsos de consciência. Por isso é tão convincente. A nossa actual democracia nunca teve, em posições cimeiras, pessoas deste calibre. Assim Sócrates destaca-se flagrantemente.

É preciso dizer que ele ainda não atingiu os níveis do contemporâneo mestre absoluto da técnica, Silvio Berlusconi. Nem sequer é evidente que o português alguma vez consiga os feitos do italiano. No entanto, cabe-lhe um honroso segundo lugar. Esta atribuição não é forçada porque a relação entre ambos é evidente. Tirando eles, todos os líderes que estavam no poder quando bateu a crise, alguns deles de reconhecidas qualidades, caíram fragorosamente: Geir Haarde na Islândia, Kostas Karamanlis e George Papandreou na Grécia, José Luis Zapatero em Espanha, Brian Cowen na Irlanda, Yves Leterme na Bélgica, Nicolas Sarkozy em França, Gordon Brown no Reino Unido, George Bush nos EUA, etc. Todos forçados a sair de cena sem remissão. Deles, apenas Berlusconi e Sócrates mantêm esperanças de regresso, estando bastante avançados no processo. O estilo de ambos, apesar das diferenças, tem paralelos evidentes. Mas temos de admitir que o magnata transalpino, que saiu depois e regressou mais cedo do que o nosso engenheiro, tem evidente primazia.

Admirando o engenho e a arte, não podemos esquecer o muito que eles devem aos tempos que vivemos. É preciso recuar às primeiras décadas do século passado para encontrar casos semelhantes, porque nessa altura o mundo enfrentava dilemas e conflitos próximos dos actuais. O rancor das acusações, o ressurgimento da retórica antidemocrática, os contínuos apelos à Grande Depressão aproximam as duas épocas. Talvez tenhamos aprendido a evitar o pior dessa evolução, mas não admira o ressurjimento do mesmo tipo de animais políticos.

A única coisa que pode fazer a diferença é a capacidade dos eleitorados em resistir ao engano. O caso italiano assusta muito, porque repete traços da antiga trajectória, embora com diferenças significativas e ainda sem Mussolinis no horizonte. Portugal começou agora o seu processo. Veremos até que ponto a raiva pelos sacrifícios, junto com o ilusionismo, conseguirão fazer que o grande beneficiário da crise venha a ser aquele que indiscutivelmente foi o seu principal responsável. Isso seria uma obra de arte incomparável.


If Knot Now, When? The Impact of Delayed Marriage Among Twenty-somethings - by Meg McDonnell

In The Public Discourse

Michelle was 22 when she found herself pregnant. She was in a committed relationship with all signs pointing to marriage, she says, but since she had just completed college, with ambitious career plans for her future, children weren’t on the horizon yet.

“Although I did want a baby with my now-husband (even at the young age of 22), I was devastated because I felt like my life was ruined,” she writes in a blog post. “Everything I wanted to accomplish—everything I wanted to be—was now gone. And I didn’t get this from my own head—I got it from friends, family, TV, movies, and complete strangers.”

Most young adults are putting off starting a family in their twenties, she notes, and the cultural expectations surrounding delayed marriage aided in the initial devastation that surrounded Michelle’s pregnancy.

“My body felt ready, but my brain didn’t,” she elaborates. And though she went on to marry the father of her child and raise their now four-year-old son, her decision was not made without a lot of anxiety and despair.

"I do wish that someone would have told me that my life wouldn’t be ruined. That I could go on to have a successful career, a happy marriage, and a fulfilling life,” she lamented. “I wish someone had told me that choosing earlier-than-expected pregnancy isn’t a tragedy, but just a different lifestyle decision. I wish someone would have told me that a 22-year-old mother can be the best kind of mother.”

Michelle’s story of her unplanned and unmarried twenty-something pregnancy is not that uncommon, though her success in achieving a happy balance between marriage, family, and career may be.

A new report, co-authored by Kay Hymowitz, Jason Carroll, W. Bradford Wilcox, and Kelleen Kaye, and co-sponsored by the National Campaign to Prevent Teen and Unplanned Pregnancy, The Relate Institute, and the National Marriage Project, shows us the new face of unmarried motherhood: twenty-something women.

According to the report, titled “Knot Yet: The Benefits and Costs of Delayed Marriage in America,” unmarried twenty-something mothers are more common than teen mothers. “By age 25, 44 percent of women have had a baby, while only 38 percent have married,” the report details. “By the time they turn 30, about two-thirds of American women have had a baby, typically out of wedlock. Overall, 48 percent of first births are to unmarried women, most of them in their twenties.”

Among women with college degrees, 12 percent of first births are to unmarried women. However, for those with less than college degrees, the percentages are much higher.
Among those women with high school degrees and perhaps some college education, 58 percent of first births are to unmarried women. Among high school dropouts, 83 percent of firstborn children are born to unmarried women. For these women, an economic recession and a struggling job market have already hindered upward mobility, but out-of-wedlock childrearing only further reduces chances of prosperity and flourishing.

But much like Michelle, many of these young adults are torn by the tension of their desire to have a child with the seemingly bad timing or situation of their pregnancy. In fact, according to the Knot Yet report, “roughly half of unmarried young adults . . . said they would like to have a baby now if things were different (53 percent of men and 47 percent of women), and even among those who said it was important to avoid pregnancy right now, over a third went on to say they would be happy if they got pregnant.”

“Not surprisingly,” the report continues, “this ambivalence rises as education levels, marriage prospects, and job opportunities fall.”

The Harms of Delayed Marriage for Children

In an age of ever-changing beliefs and public acceptance of different family structures, many may not consider twenty-something unmarried parenting to be that bad. Yet sociological data indicate, the report notes, that children born to a single parent or cohabiting couples on average suffer emotionally, academically, and financially in comparison to their peers in homes where the mother and father are married to each other.

A footnote in the Knot Yet report points to research by Adam Thomas and Isabel Sawhill that suggests “that recent increases in single parenthood have played an important role in driving up child poverty in the United States.”

A recent federal study, as explained by Knot Yet co-author Brad Wilcox, shows that children living with their mother and her boyfriend, as opposed to their married biological mother and father, are eleven times more likely to experience sexual, physical, or emotional abuse, and six times more likely to experience physical, emotional, and educational neglect.

Children living with their biological parents who are cohabiting but not married experience all the same struggles, only to a slightly lesser degree, when compared to their peers living with their married mother and father. Children being raised by their unmarried but cohabiting parents are four times more likely to be sexually, physically, or emotionally abused, and three times more likely to be physically, emotionally, or educationally neglected than their peers living with their married biological parents.

“The science tells us,” Wilcox explains, “that children are not only more likely to thrive but are also more likely to simply survive when they are raised in an intact home headed by their married parents, rather than in a home headed by a cohabiting couple.”

These young unmarried mothers and fathers are struggling, too. Parents between the ages of 24 and 29 who are not married are more likely to report struggles with depression and drunkenness, as well as lower levels of life satisfaction than their peers who are married parents, according to data surveyed in the Knot Yet report.

For those currently aged 18-29, being a good parent is important, more important than having a successful marriage. According to Pew Social Trends, 52 percent of today’s 18-29-year-olds say being a good parent is “one of the most important things in their life,” whereas only 30 percent say having a successful marriage is one of the most important things.

Marriage remains a life goal for most young adults, as Hymowitz, Carroll, Wilcox, and Kaye point out, with about 80 percent of all young adults reporting that marriage is an important part of their life plans. Marriage also continues to bring emotional and financial benefits for adults and children alike. So, why are young adults delaying marriage but not parenthood?

A host of reasons contribute, including economic factors related to the recession. But the report suggests that many young adults are unintentionally putting the “baby carriage in front of marriage” due to today’s relationship culture, which “offers virtually no signposts for young adults seeking to navigate romance, sex, and relationships in ways that will be fruitful for their current lives and their future families.”

Still, they conclude that “we can and should bring marriage and childbearing back into sync,” for the sake of today’s twenty-somethings and their children. They admit this will be difficult; “there are no panaceas for strengthening family formation among contemporary young adults.” But many young adults and their children are struggling in the current relationship culture, and as a result, America is seeing a demographic shift in family formation that is not promising emotional, physical, or fiscal flourishing for most of the individuals involved.

The National Campaign’s Wrong Approach to Sex

The National Campaign to Prevent Teen and Unplanned Pregnancy is in a prime position to partner in efforts to relink marriage and children. With reported success in helping to lower the national teen-pregnancy rate, the National Campaign has the ears of government leaders and significant amounts of money (from both donors and the government); they consult for various television programs and movies; and they have an extensive staff of researchers and talented social activists.

They’ve already started working to curb twenty-something unplanned pregnancy. But a review of their efforts, especially in conjunction with the Knot Yet report findings, indicates that their work may not be a sweeping success.

Their three-year multimedia public-service campaign, called Bedsider, is co-sponsored with the Ad Council. Its goal is to promote consistent and effective use of birth control among twenty-something women by way of making birth control use “sexy.”

With a mix of humor, sleek imaging, and practical data on the basics and logistics of artificial contraception, Bedsider is “an online support network for women ages 18-29” with one main focus—a sex life that is fun and baby-free.

Blog posts at Bedsider are too X-rated to sum up here, but some recent headline posts here, here, and here are samples enough to see that sex is depicted as essentially recreational, at least in the eyes of the National Campaign staff working on this project.

Bedsider’s tag line is “You didn’t give up on sex, don’t give up on birth control.” Its “About Us” section touts a woman’s right to “a happy, healthy sex life without worrying about an unplanned pregnancy.” And it offers members a “Booty Log” app that encourages anonymous sharing of one’s sexcapades in an online database.

Indeed, Bedsider has stuck to its goal of making birth control “sexy,” making the site almost all about sex and much less about properly aligning relationships with future goals for marriage and family.

The National Campaign didn’t set out to create a site promoting contraception, Bill Albert, its Chief Program Operator (who is given editorial acknowledgment in the Knot Yet report), told me in an interview about a year ago. Their research showed them, he said, that young adults were having sex frequently but were uninformed about contraception and didn’t trust it.

Their research, conducted by the Guttmacher Institute, also showed that nearly nine out of ten young adults between ages 18-29 have had sex, and 78 percent of these have had sex within the past year. The overwhelming majority of these unmarried young adults—94 percent of men and 86 percent of women—believe pregnancy should be planned. Despite the fact that 82 percent of these unmarried adults have used contraception at some point in their sexual activity, nearly one in five are currently not using any contraception.

The National Campaign’s data indicate that 30 percent of 18-29-year-olds say “they know little or nothing about condoms.” Sixty-three percent say “they know little or nothing about birth control pills.” And 56 percent say “they have not heard of the birth control implant.”

“Young people don’t know as much as they think they know [about contraception],” Albert told me. Citing yet another statistic from the National Campaign’s research, he pointed out that 40 percent of young adults agreed with the statement, “It doesn’t matter if you use birth control or not, when it’s your time to get pregnant, it will happen.” “[This] is simply an anti-science perspective,” Albert said, and one that the National Campaign is working to correct.

But notably missing from the conversation at Bedsider, and many other places in the culture, is a frequent reminder of the scientific fact that sex makes babies. Instead our culture, and Bedsider as well, would have us believe that “unprotected sex makes babies.”

Yet since the 1960s, when contraception became legal and more available, the percentage of nonmarital births has risen from 5 percent in 1960 to 41 percent in 2010. Further, researchers have noted that the presence of contraception has led to more “risk compensation,” the concept that the more “protected” one feels, the more risks one will take.

Indeed, Guttmacher Institute data shows that 48 percent of women facing unintended pregnancies were using contraception during the month they got pregnant. Perhaps this is due to human error or perhaps method failure, but the point remains—a pregnancy can occur, even when a woman thinks she is “protected.” And it would be good to reinforce this point with young adults as they choose partners and consider engaging in sex.

One searches Bedsider in vain for any encouragement that getting married and having children in your twenties is not only okay, but also biologically appropriate and potentially immensely fulfilling.

Their own data in Knot Yet tells them that adults and children do better when a mother and father are married as they welcome and raise children. So, the recommendation for women to “Knock Yourself Up” (the title of the book linked in a Bedsider post) raises an eyebrow. There are always exceptions to the welfare of children raised in single-parent versus married-parent homes, of course; but they are exceptions, not data-backed suggestions for a new normal.
Moreover, their suggestion to “shack up without the formality of a marriage certificate” fails to acknowledge that unintended births to cohabitating couples have risen from 14 percent of all births in 2002 to 23 percent of all births in 2010, according to the CDC.

Twenty-somethings are having sex and searching for meaning and purpose in their adult life, including in parenthood—even if they’re not married. Becoming a parent, especially a mom, often gives poor and disadvantaged young adults a sense of purpose and meaning in their often chaotic lives, according to sociologists Kathryn Edin and Maria Kefalas, authors of the book Promises I Can Keep: Why Poor Women Put Motherhood Before Marriage.

“[U]nderlying unintended pregnancy is a great deal of ambivalence—competing desires to have everything in place first versus having a baby now,” the Knot Yet report explains.
Young adults often choose to engage in sex because it feels right at the time, and they often want children; they just aren’t sure when. But many discover that unintended childbearing makes achieving their goals of a stable marriage, family, and work balance harder to obtain. And this is where those clear “signposts” for relationships are incredibly important.

The National Campaign Should Expand Its Mission

I asked Albert why they didn’t use an effort like Bedsider to try to curb unplanned pregnancy by way of encouraging young adults to enter marriage and family life sooner. He responded that the idea of marriage is “beyond mission for us.” The National Campaign’s mission is to curb “teen and unplanned pregnancy,” and “we’re not the National Campaign to promote marriage,” he said.

He admitted that the outcomes for children are frequently considered at the National Campaign, and marriage is discussed too, but promoting marriage is simply “beyond mission.”

But now that the National Campaign knows some of the causes and costs of “unplanned” pregnancy, as well as young adult desires to marry and have children, why couldn’t helping them achieve these important life goals at least play a part in their mission to curb “unplanned” twenty-something pregnancy?

Recent Bedsider content doesn’t indicate that their mission will expand. Yet one can almost be certain that young parents like Michelle, and the other 80 percent of twenty-somethings who express a desire to get married, would find a breath of fresh air in content that approaches “unplanned” pregnancy with a case for young marriage and family life.