terça-feira, 19 de junho de 2012

En esta entrevista concedida a InfoCatólica, John C. Wright, famoso escritor norteamericano de novelas de ciencia ficción, relata su conversión al catolicismo desde el ateísmo


(Bruno Moreno/InfoCatólica)  John C. Wright es escritor de ciencia ficción y fantasía. Ha publicado diez novelas, cinco de las cuales han sido traducidas al español y fue finalista del premio Nébula por su obra Orphans of Chaos.

- Le educaron como protestante, con el tiempo pasó al ateísmo, se casó con una mujer de la Ciencia Cristiana (1) y luego fue y se hizo católico. Es difícil no considerarlo un milagro. ¿Cómo llegó al redil?

 Por extraño que parezca a los lectores cristianos, la razón de que yo fuera un ateo es mi profundo y arraigado amor a la verdad.

Desde una edad temprana, creía que la razón humana, y únicamente esta razón, era el camino del hombre para descubrir la naturaleza de la realidad y la virtud, para descubrir lo que uno es y lo que debería ser, siempre que uno sea lo bastante audaz, objetivo y desapasionado en la investigación. Rechazaba cualquier creencia en algo sobrenatural, al considerar que no la apoyan pruebas suficientes; incluso el concepto de la existencia de algo natural por encima de la naturaleza lo rechazaba como paradójico. Pero todo mi escepticismo no me hizo perder el amor a la verdad.

Sucedieron tres cosas que socavaron mi fe en el ateísmo.

Primero, cuando me casé, me escandalizó y me consternó saber que me habían mentido toda la vida sobre la naturaleza de los niños no nacidos. Todos los poderes ateos y laicistas de mi país (2) fingían y actuaban como si mi hijo no fuese un ser vivo, no fuese humano, o no fuese importante; cuando, naturalmente, a cualquier hombre que ame la verdad no le queda más remedio que ver que tiene un deber de amar y proteger a sus queridos hijos. Los laicistas no solo mentían, sino que tentaban a las jóvenes madres para que cometieran el crimen más atroz que se puede imaginar, porque con seguridad matar al propio hijito pequeño e inerme es peor que matar a un extraño, pues cuando una madre que debería amar a su hijo inerme mata a un familiar, esto implica una traición, la traición de su deber más alto y sus más profundos instintos. El niño no tiene a nadie más que lo proteja.

A mi hijo le diagnosticaron una enfermedad por error, y el médico sugirió educadamente que lo matásemos. Mi esposa era cristiana y no quería ni oír hablar del asunto. Reconozco con infinita vergüenza y arrepentimiento que por un momento, solo por un momento, superado por el miedo ante las cargas que me impondría educar un hijo disminuido, me tentó la oferta y consideré la posibilidad de matar a mi propio hijo. No tenía el báculo de la Iglesia para apoyarme. Intentaba, con mi razón humana y sin más ayudas, encontrar el camino en la espesura del vicio y la virtud, de lo bueno y lo malo, y así, por un momento, puse un pie en el camino del infierno.

Durante esos instantes, en mi corazón, pensé como piensa un asesino, y no un asesino sano y normal, no; como un parricida, un infanticida. ¿Qué pasaba con el mundo ateo, si los ateos teníamos razón en tantas cosas, para que pudiéramos equivocarnos tan groseramente en esto?

Segundo, cuando fui padre, me di cuenta de que mi deber como padre era educar mis hijos para que fueran hombres, hombres reales, y no para que fuesen criaturas débiles y estúpidas esclavizadas por vicios degradantes. Esta no era una cuestión de opinión o preferencias: se trataba de una obligación férrea, de la que no podía evadirme, del mismo modo que no podía evitar que dos y dos fueran cuatro. Todos los poderes ateos y laicistas de mi país fingían y actuaban como si, en cada decisión moral, todas las posibilidades fueran iguales y todas igualmente insignificantes: que no importa lo que elijas, tu decisión es sagrada y digna de elogio, porque no existe la decisión equivocada. Esta doctrina no solo es mentira, es ilógica, puesto que un padre no puede enseñar a sus hijos a tomar decisiones sin normas o criterios, y una norma es por definición algo que uno no elije. Es algo recibido, un dato.

Así que, una vez más, me escandalizó y me consternó saber que me habían mentido toda la vida sobre la naturaleza del vicio y la sexualidad humanos. La cultura secular y otros ateos me habían dicho que el sexo era una diversión, una fuente de placer sin sentido, y me habían dicho que la fornicación era mejor que la monogamia; y la perversión sexual, mejor que la castidad. Al convertirme en padre, la lógica que indicó que, independientemente de mis preferencias u opiniones sobre el asunto, faltaría a mi deber para con mis hijos si les enseñase a ser lujuriosos o pervertidos. Pero todos a mi alrededor, el mundo entero, los medios de comunicación, la prensa, la cultura, el mundo académico, las leyes, todos se unían contra esa única y sencilla idea de que la verdad es mejor que la falsedad y la pureza mejor que el vicio. Como mareado, me di cuenta de que me rodeaba un imperio de mentiras.

Así, por segunda vez, me pregunté: ¿Qué pasa con el mundo ateo, si los ateos tenemos razón en tantas cosas, para que nos equivoquemos tan groseramente en esto?

El 11 de septiembre, el aniversario de la derrota de los turcos a las puertas de Viena, los Estados Unidos y todo el mundo occidental fueron atroz y cobardemente atacados por mahometanos y la larga guerra entre la Cristiandad y el Islam, suspendida desde Lepanto, se reanudó. Como ateo, me pareció un ejemplo práctico de los extravagantes males de la religión y estaba seguro de que los demás ateos estarían tan coléricos como yo por el ataque a nuestras más queridas instituciones de Occidente, a la libertad -concretamente, la libertad intelectual y académica- que disfrutábamos.

En lugar de eso, los ateos, especialmente los de la izquierda americana, apoyaron abierta y francamente todos los intentos por impedir cualquier represalia por este ataque no provocado y se alinearon, a la menor oportunidad, con nuestros enemigos. Aunque no daban la cara y decían que no deseaban la victoria del enemigo, se apresuraban a ayudarlos y consolarlos, a poner barreras legales y sociales contra nuestras fuerzas, para proteger al enemigo, y empleaban esos juegos de palabras brutalmente deshonestos que son la equivalencia moral y culpar a la víctima.

Me escandalizó y me consternó saber que me habían mentido toda la vida sobre la naturaleza del laicismo. No era, como el propio laicismo ha pretendido a menudo, una preocupación simplemente humana y racional por la vida humana en la Tierra. Juzgando por la reacción pública de la mayoría de ateos después de que cayeran las Torres Gemelas, los ateos no se alinearon con la civilización contra los tenebrosos y bárbaros terroristas. No, tomaron partido por los terroristas y contra los cristianos.

Miré en todas direcciones atónito, con los ojos como platos y boquiabierto. ¿Qué había vuelto loco al mundo al que yo servía? Eran suicidas. Los ateos ayudaban y estimulaban la Yihad, ofreciéndole apologética y apoyo. Lo que toda mi vida yo había considerado ateísmo no era ateísmo, era mero anticristianismo.

Estaba avergonzado hasta el tuétano de ver a los demás ateos comportándose así. En tres campos de capital importancia, la naturaleza de la vida y la muerte, la naturaleza del sexo y el enamoramiento, la naturaleza de la guerra y de la paz, los ateos no sólo se equivocaban, estaban extraordinaria, absurda y profundamente equivocados; equivocados hasta la locura.

Aproximadamente por esta época, el ateísmo empezó a hacerse popular y se publicaron muchos libros y artículos que eran abiertamente ateos: de autores como Dawkins, Dennett o Harris. Podría pensarse que me iba a alegrar al ver que recibían atención pública las ideas que yo defendía. Pero los libros y artículos eran mentiras. Los demás ateos no atacaban las cosas que yo consideraba malas y equivocadas de la religión, atacaban las cosas buenas que hacen tolerable la religión; esos mismos tres asuntos de la vida frente a la muerte, la castidad frente a la perversión, la defensa propia frente a la autodestrucción. Atacaban la razón.

Yo era ateo porque amaba la verdad y pensaba que la verdad, la desagradable verdad, era que ningún dios era o podía ser real. Porque yo amaba la verdad, amaba la virtud, la vida, la razón y la bondad. Y me encontré solo. Los demás ateos, en mayor o menor grado, estaban del lado de la falsedad, la muerte, la insensatez, la locura y el mal.

Ya he mencionado tres veces cuán escandalizado estuve, pero no he dicho lo que me escandalizó tanto. Me escandalizó la pura frivolidad, la ligereza, la tontería de mis correligionarios ateos y todo el mundo laicista en su planteamiento de estas profundas cuestiones de vida y muerte, pureza y perversidad, paz y guerra. Trataban todos los problemas filosóficos como cuestiones de moda.

Ninguno de estos ateos, ni uno solo, era un ejemplo para mí como marido, como padre o como patriota de la civilización occidental. Incluso hombres que yo admiraba por otras razones o era amigos queridos trataban el egoísmo como si fuera la norma, trababan el amor por la vida como si fuera una rareza o trataban la historia como si nunca hubiera sucedido.

Me obsesionaba la idea de que los ateos no podían equivocarse en todos los asuntos importantes de la vida y, sin embargo, tener razón en el asunto capital de si Dios existía.

Una vez que perdí la fe en el ateísmo, mi profundo odio al cristianismo se fue debilitando. Empecé a leer autores cristianos, especialmente a C.S. Lewis y G.K. Chsterton. En ellos encontré la sensatez y sobriedad de la que carecían mis aliados ateos. Lewis y Chesterton no solamente tenían razón, sino que la tenían profunda, sana y soberbiamente, tenían razón como la tiene un hombre sano: tenían el corazón en su sitio.

Me obsesionaba la idea de que los cristianos pudiesen tener razón en todos los asuntos importantes de la vida y, sin embargo, se equivocasen en el asunto capital de si Dios existía. Así que me senté a leer la Summa Theologica. Recuerda que creía firmemente que la razón humana sin más ayudas era la única herramienta que los hombres tienen para descubrir la naturaleza de la realidad y la moralidad. Razoné que esta obra, escrita por el escritor más razonable de todos los tiempos, podría zanjar la cuestión. Si él no podía llevarme a creer en Dios con sus razonamientos, nadie más podría.

Resulta que lo denso y lo seco, la pura dureza del trabajo que requiere este esfuerzo intelectual hicieron fracasar mi intento. Miraba con ojos cansados las interminables páginas de demostraciones construidas con estrictos razonamientos, cada una tan difícil como un problema matemático, y decidí que Dios Todopoderoso no esperaría, si fuese real, que todo granjero analfabeto de cualquier aldea perdida siguiera este cuidadoso y concienzudo sistema del razonamiento para descubrirlo a Él. Si fuera Todopoderoso, además de ser el creador de las leyes de la naturaleza del universo habría encontrado algún medio por el cual las personas que quisiera salvar de la muerte pudieran salvarse.

Armado de este sencillo razonamiento, ¡decidí someter a una prueba empírica toda mi vida dedicada a la filosofía! Me arrodillé y recé quizás la oración más arrogante de todos los tiempos (aunque entonces, al ser ateo, no tenía idea de lo arrogante que era).

"Querido Dios", recé, "sé que no existís. Puedo demostrarlo con la precisión y elegancia de una demostración de Euclides. Pero, como filósofo, el honor me obliga a considerar seriamente incluso ideas que sé absurdas. Por eso, simplemente por la remota posibilidad de que sea cierta la absurda idea que Vos existáis, Señor, exijo que Vos os mostréis a mí y me demostréis que Vos existís. Si oís esta oración y no respondéis, entonces no Os importa si Os conozco o bien Vos no podéis hacerlo. En el primer caso, Vos no sois amor infinito; y, en el segundo, no sois omnisciente o no sois todopoderoso. De tal modo que, si no respondéis, carecéis de uno de los atributos que definen a Dios. Y si no existís en absoluto, no he desperdiciado más que unas bocanadas de aire y unos segundos de tiempo, pero habré cumplido con mi obligación como filósofo y habré puesto a prueba la hipótesis. Os desafío a que Os mostréis a mí".

Bueno, Dios responde las oraciones, incluso a las que son blasfemas, a veces con un terrible sentido del humor. Tres días después sufrí un infarto totalmente inesperado. Cuando me retorcía en el cielo moribundo, mi esposa, una buena cristiana, llamó a su iglesia y un hombre que se gana la vida rezando por los enfermos y sanándolos se ofreció a curarme, y lo hizo inmediatamente allí mismo. En un instante, el dolor devastador se redujo a la nada.

Asombrado y apretándome el pecho por la repentina desaparición del dolor, y curioso por saber qué había sido el ataque, fui a emergencias del hospital. No estaba preocupado, pero quería que me examinaran para saber qué había ocurrido. Los médicos prescribieron una operación cardíaca de importancia, pues parecía que tenía taponadas cinco arterias en el corazón. Así que estuve en un hospital y luego en otro varios días.

El primer día, antes de operarme mientras esperaba en la sala de emergencias, de repente fui consciente de mi propia alma, una parte de mí que, hasta ese momento, habría dicho que era mítica, fantasiosa. Sentí al Espíritu Santo penetrar en mi cuerpo. Era como una sensación física. No estaba drogado, ni dolorido, ni asustado o influenciado por nada que pudiera engañar mis sentidos y mi memoria; tampoco puedo describírselo a a otro que no haya sufrido una sensación similar.

Como puede imaginar, esto me dio mucho qué pensar. Después de la operación, para sorpresa de las enfermeras, no necesité analgésicos, porque una oración simplemente hizo que el dolor desapareciera.

Luego la Virgen María vino a visitarme. Me ha mandado que no hable de lo nuestra conversación, pero diré que no había ningún secreto en ello, nada que no puedas aprender simplemente leyendo la Biblia.

Esto ya era bastante asombroso, pero luego vi a Dios. Era como una luz, y como amor perfecto, y me embargó un éxtasis y felicidad absoluta.

Después vi a Jesucristo. A diferencia de mis otros visitantes, me aterrorizó diciéndome que Él sería mi juez en el último día, pero que Dios Padre no ha juzgado a ningún hombre. En este punto, sospeché que mis visiones podrían ser alucinaciones, puesto que no había conocido ningún cristiano, ni había leído ningún libro de autor cristiano, que haya intentado difundir esta extraña y cómica doctrina de que Dios no juzga a los hombres, sino que Cristo lo hace.

Después de que me dieran de alta en el hospital, pasé muchos días recuperándome en casa. De nuevo, no tomaba medicamentos ni analgésicos, nada que pudiera influir en mi pensamiento o mis percepciones. Y tuve una experiencia religiosa. Esta fue de naturaleza diferente a las visiones, que fueron experiencias muy similares a hablar con una persona o estar en la intimidad con un ser amado. Esto se parecía más a una mente elevada a una mente superior, un alma pequeña abrazada por otra mayor, un alma mayor que el universo. Vi que todos los pensamientos parten en última instancia de Dios, que es el primer motor del pensamiento como lo es de la acción, y vi la relación del tiempo con el libre albedrío, y se me explicó la paradoja de la presciencia de Dios y la libertad de los hombres para desobedecerlo. Fue como si me situase fuera del tiempo y pudiera volverme y mirarlo, ver su estructura, su sinfonía.

Por si esto no fuera bastante, dos o tres semanas después, decidí leer la Biblia por primera vez desde que era adulto. Me encontré un pasaje que era palabra por palabra lo que mismo que la visión de Cristo me dijo. El pasaje es del Evangelio de Juan (3), y no lo había leído antes nunca, ni siquiera en la escuela.

Entonces, yo había pedido, no, había exigido una prueba de Dios: que se me mostrara a mí; y tuve una respuesta tan completa como cualquier hombre podría desear. Experimenté una curación milagrosa, fui salvado de la muerte, luego sentí al Espíritu Santo, hablé con la Virgen y vi al Padre; y luego tuve una experiencia religiosa. Como filósofo, hago notar con cierta ironía que los intentos de mis amigos ateos de explicar mis experiencias como coincidencias imaginaciones o auto-engaños son risiblemente flojos, un simple tejido de explicaciones ad hoc. También señalo que ellos tampoco pueden explicar por qué la virtud es mejor que el vicio, la lógica mejor que los disparates, la vida mejor que la muerte, o por qué hay un universo en lugar de un vacío.

Con seguridad, hay misterios y paradojas en el cristianismo, cuestiones sobre la Encarnación y la presciencia de Dios en los cuales la razón humana flaquea y, sin embargo, de esas paradojas se extraen conclusiones tan sensatas, claras y saludables que un hombre puede conocer el mejor modo de vivir. Toda mi vida he intentado vivir según las estrictas y severas normas de los nobles romanos estoicos, Epicteto y Marco Aurelio, Cicerón y Séneca, y vivir con tan poco miedo de la muerte como mostró Sócrates, incluso con la copa de veneno en la mano.

La única vez que carecí por completo de miedo fue cuando (de acuerdo con los criterios del mundo) tendría que haber estado más asustado, cuando estaba bajo el bisturí en una operación seria. En lugar de eso, lleno del amor de Dios y de una paz indescriptible, estaba exultante, audaz y alegre. Tenía tan poco miedo como San Juan cuando sostenía una copa de veneno en su mano.

En otras palabras, siendo estoico, nunca pude vivir como un estoico y adherirme a las normas paganas de una vida buena y noble. Pero como cristiano puedo.

Mi amigos ateos, cuando pontifican en sus doctrinas sobre la vida, formulan paradojas aún más paradójicas que cualquier teología cristiana; y sus paradojas sólo producen oscuridad e infierno, conclusiones tan confusas y triviales que un hombre que realmente creyera en ellas se encerraría en un burdel y viviría su vida en una interminable e inteminablemente vana búsqueda de falsos placeres o se arrojaría al mar y allí ahogaría su vida sin sentido en la insensible ola salada.
Espero que esto responda la pregunta.

- El Programa de grandes libros del St. John's College (4) tuvo una influencia notable en cómo entiende el mundo e, indirectamente, en que llegase a ser católico. ¿Podría contarnos algo de esto?

¡Ah, veo que ha decidido hacerme únicamente preguntas que requieran muchas páginas para responderlas! El Saint John’s College de Annapolis es una facultad de un tipo que puede ser más familiar a los europeos que a los americanos. No hay exámenes ni notas y cada estudiante sigue el mismo programa académico, que consiste en los clásicos Trivium y Quadrivium (gramática, retórica, lógica, aritmética, geometría, música y astronomía). Leemos los grandes libros de la literatura aproximadamente en orden cronológico, comenzando por los clásicos griegos, los latinos, los escritores medievales y renacentistas, de la Reforma y la Ilustración, y finalmente, con decepción, los modernos.

Leemos literatura comenzando por Homero, filosofía comenzando por Platón; estudiamos música e idiomas, ciencias de Ptolomeo hasta Einstein, matemáticas desde Euclides a Goedel, política de Aristóteles a los Federalist Papers (5), y economía, la disciplina más joven, de Adam Smith a Karl Marx.

Una educación así es como ser un hombre con memoria en un mundo de amnésicos. Todas las ideas ingeniosas que se oyen a los listillos, repetidas como si nadie pudiera discutirlas, todas ellas proceden de algún sitio y tienen algún fundamento; normalmente responden a un problema concreto de filosofía, ética o matemáticas, pero los listillos no son suficientemente listos como para decirte de dónde proceden sus ideas. Al no conocer su procedencia, tampoco pueden defender esas ideas.

Sería de inestimable valor conocer mínimamente el gran diálogo que se ha venido desarrollando entre generaciones y que constituye el fundamento de nuestra civilización, puesto que la civilización se asienta en los hábitos de virtud formados por los hábitos mentales, que -a su vez- se han formado mediante la filosofía. Pensemos que Aristóteles, al analizar la utópica República de Platón, identificó con sagacidad el problema de todos los sistemas que proponen disfrutar la propiedad en común o educar los niños comunalmente. Imaginemos la cantidad de matanzas que se habrían evitado, los millones -las decenas de millones- de vidas que se habrían salvado en el siglo XX, si los intelectuales de esos años hubieran recordado y se hubieran tomado en serio aquella sagaz crítica del comunismo.

En mi época, la facultad estaba felizmente libre de corrección política: sencillamente no hay ningún americano de raza negra que sea un antiguo filósofo griego, o dramaturgo o historiador o poeta digno de incluirse en los Grandes libros; y un escritor como Cervantes estaba en lista porque es grande, no porque fuera "hispano". Creo que esta pureza se ha empañado últimamente por la inclusión de al menos un escritor por el color de su piel, no por el mérito de su contribución a la comunidad de las letras.

- ¿Deberían las universidades católicas concentrarse en dar esta clase de educación?

No sé nada sobre las universidades católicas, así que no puedo contestar la pregunta. Diré que la mejor y más rápida cura para el protestantismo y el modernismo consiste en familiarizarse con los logros del pasado. Nada conmociona el burdo provincialismo de hoy más rápidamente que reconocer la inmensa estatura de los hombres de genio cuyo pensamiento construyó nuestro mundo.

- Cuando se hizo católico, tomó el nombre de un mártir del siglo I, san Justino. ¿Por qué eligió ese patrón?

Es el patrón de la filosofía. Me considero antes un filósofo que escribe novelas que un novelista que escribe filosofía. Le rezo para que me inspire y me lleve a ser como él: alguien a quien le importaba más la verdad que la vida.

- Se gana la vida escribiendo y, aparentemente, en su tiempo libre, después de un largo día escribiendo... sigue escribiendo. Tiene un blog de éxito (http://www.scifiwright.com/) en el que habla de literatura y ciencia ficción, pero también de Dios, filosofía, política y moral. ¿Por qué empezó a escribir un blog?

Debilidad humana, vanidad, locura. He sido periodista y mi generoso director me dio permiso para escribir sobre cualquiera de los temas del día o, ya puestos, sobre cualquier otro tema. Me había entrado el gusanillo y me acostumbré tanto a escribir artículos de opinión que me es imposible pasar mucho tiempo sin hacerlo. Es como el baile de san Vito, excepto con palabras en lugar de mover los pies.

- Algunas personas piensan que la ciencia ficción y el catolicismo son prácticamente incompatibles (a causa del viejo bulo que enfrenta la fe con la ciencia). Supongo que no esta de acuerdo.

No estoy de acuerdo en absoluto. El catolicismo inventó la civilización occidental, que -a su vez- inventó la ciencia. El método científico se apoya en ciertos axiomas metafísicos y teológicos sin cuales no puede existir. Puesto que ni el mundo antiguo ni el Oriente reconocieron estos axiomas, no hubo un progreso científico en sentido propio en la antigua Grecia, Roma o antes de la llegada del hombre blanco a ls India, China o al Nuevo Mundo, por más logros que estas civilizaciones ciertamente tuvieran en otros ámbitos.

El moderno recrudecimiento del paganismo, la blanda cosmovisión pagana de los materialistas, está minando la capacidad de Occidente para seguir haciendo ciencia. Sugiero que el reciente escándalo y la batalla dialéctica sobre el Calentamiento global o el Enfriamiento global es un signo de la decadencia de la ciencia moderna. La ciencia postmoderna es un miembro muerto separado de las raíces católicas que le dan vida. Pueden verse anteriores ejemplo de la ciencia abortiva de las naciones postcristianas en el caso de Lysenko (6), en la Rusia soviética, y en las fantasiosas ciencias raciales y la historia de los nazis alemanes.

En menor grado, la ciencia y el protestantismo son prácticamente incompatibles, ya que el objeto esencial del protestantismo es el rechazo de la unidad y el Magisterio de la Iglesia. Esto requiere que todas las cuestiones de fe y moral dependan totalmente de una interpretación privada de la Escritura. Tal interpretación privada tiende fuertemente a ser literal, puesto que no existe una autoridad segura en la que confiar. El protestantismo, con su fuerte énfasis en el juicio y la razón privados, es irónicamente propenso al entusiasmo, incluso al estallido de euforia, emocionalismo y doctrinas estrafalarias que una Iglesia con autoridad impide o controla naturalmente. La ciencia es desapasionada, pública y tiene autoridad; y los descubrimientos de la geología, astronomía y biología ciertamente parecen incompatibles con una lectura literal del Génesis. La naturaleza entusiasta de algunos grupos protestantes le urge a tener poca estima por la ciencia, la literatura y el conocimiento; me viene a la mente el ejemplo de Deal Hudson (7) , como lo describe su autobiográfico libro An american conversion.

Dicho esto, debe hacerse hincapié en que el protestantismo no contiene la oposición directa a la ciencia y la razón que se encuentran en las religiones esotéricas de Oriente, el budismo o taoísmo, o la oposición indirecta a la razón y la ciencia a la que invita el paganismo y el politeísmo en general.

Sin la creencia en un creador monoteísta, no hay seguridad de que la razón baste para descubrir las leyes de la naturaleza, o incluso que haya leyes. El materialismo de Karl Marx, por ejemplo, propone un universo donde por definición la posición de los átomos en el cerebro se determina por la mecánica, por las acciones de genes egoístas o de fuerzas sociales o económicas irracionales. En un universo así, el pensamiento científico o el simple razonar sobre un tema cualquiera resultan imposibles e inimaginables.

De igual modo, si no se cree en la independencia de las causas segundas de los caprichos de múltiples dioses, no tiene sentido el estudio, pues las leyes serían meras ilusiones de consistencia de los hechos arbitrarios. Por esto, el mundo clásico nunca redujo las especulaciones de sus filósofos a un sistema de filosofía natural llamado ciencia.

Y también del mismo modo, creer que todo el mundo material es necesariamente ilusorio aniquila la motivación de la investigación científica. No hay investigadores en medicina que sean miembros practicantes de la Ciencia Cristiana.

Para terminar, la creencia de la mayoría de mahometanos de que el único Dios participa directamente en todos los actos de causa y efecto tiene el efecto de aniquilar la causa y el efecto, ya que la existencia de regularidades en la naturaleza se convierte en una ilusión producida por la fiabilidad de la inescrutable voluntad de Dios.

- Ha publicado recientemente un novela llamada Count to a Trillion (Cuenta hasta un billón). ¿Podría un lector novel adivinar que eres católico simplemente leyéndola? ¿Hay elementos católicos en sus libros?

Hasta este momento, no he usado mis libros para hacer proselitismo ni para hablar bien de mis creencias, ni siquiera para describirlas; ni mis creencias ateas cuando era ateo, ni las teístas ahora. Escribo tantos artículos de opinión que no siento la necesidad de promover opiniones cuando me entrego a la seria tarea de contar historias. Pero la cosmovisión de cualquier escritor aparece, lo quiera o no, en los mundos que inventa, así que un lector lo bastante perspicaz podría aventurar tal conjetura, aunque tendría que ser muy perspicaz.

Lo que no hago en Count to a Trillion es que mis personajes principales eviten o condenen la religión. Tanto la heroína como el malo son católicos, porque son españoles y tengo la presunción de que la España del futuro reflejará los días del Imperio Español, alcanzando con los descubrimientos de nuevos mundo en el espacio la misma gloria que consiguió con el descubrimiento del Nuevo Mundo americano. Mi héroe es más o menos escéptico, aunque cristiano nominalmente.

Puesto que la novela abarca inmensos periodos temporales, la Iglesia Católica tiene un papel destacado poco habitual, simplemente porque la novela supone que la Iglesia se prolongará hacia el futuro tanto tiempo como lo ha hecho en el pasado.

- ¿En qué está trabajando ahora?

Ahora escribo lo contrario de una novela de Dan Brown. Mi joven héroe se da cuenta de que su aspecto y carácter no son como los de sus hermanos y comienza a preguntarse si será adoptado. De algún modo, la capital del queso en América, Tillamook, en Oregón, no le parece su verdadero hogar. Su padre es diácono de la Iglesia Católica, quizás un asesino del Opus Dei o, mejor aún, un caballero templario cuyo gran maestre sigue controlando el Arca de la Alianza. Cuando nuestro héroe va a trabajar en el Museo Encantado, cuyo conservador es un científico loco que colecciona animales que no podrían existir en nuestro mundo, descubre que existe más de un mundo. Nuestro joven héroe se enamora con la bella hija del científico loco y va en su recate cuando el científico loco le advierte a él que ella esta a punto de abrir una puerta a una dimensión paralela empleando la espiral de Moebius.

La idea que subyace la historia es que la energía requerida para crear un segundo universo paralelo es mayor que el universo y viene desde fuera de él, por lo que únicamente cuando ocurren los milagros o fallan sin llegan a ocurrir es cuando la línea del tiempo se dividen en dos paralelas. El mayor enemigo del joven héroe es el mundo que surgió cuando la Torre de Babel -en esa versión de la historia- no llegó a sufrir la confusión de las lenguas y no fue derribada. Por desgracia, los babilonios fueron los primeros de todas las historias paralelas en descubrir el secreto de cómo viajar lateralmente en el tiempo. Al ser de un mundo donde no hay naciones ni tribus ni divisiones, los babilonios no pueden imaginar ni tolerar el vivir en paz con otros vecinos, ni la unidad o comunión con ellos, de modo que han conquistado todas las versiones de la historia y pronto conquistarán la nuestra.

Hay mucho más, por supuesto. La narración incluye chicas ninja con máscaras de mono, profetas que levitan, arimaspianos con uno solo ojo, hierro viviente, blemmienos sin cabeza, bebedores de sangre y cinocéfalos, esciópodos con una sola pierna, por no mencionar el oro robado del Rin, el mayal de un faraón conquistado, la capa de la invisibilidad, el Cáliz de Jamsyd, un androide o torre ambulante como una armadura reluciente de cuarenta pisos de altura -propulsado por la oración- y una hermosa sirena de un mundo donde las flotas que partieron del Arca de Noé todavía no han encontrado tierra firme.

- Finalmente, dos preguntas obvias para todos los escritores católicos de ciencia ficción: ¿Algún cardenal se ha puesto en contacto con usted para enrolarle en la Conspiración secreta para reemplazar a todos los jefes de estado por robots y así esclavizar los países libres, sometiéndolos a la Tiranía de la Iglesia? ¿Ha recibido las indescifrables claves secretas en latín medieval para las comunicaciones con la Congregación para la Propagación de la Fe por la Espada (Láser)?

No, pero me han dado el rosario descodificador secreto con hilo estrangulador incorporado, la mochila-cohete de camuflaje y me han enseñado el confesionario secreto cuya trampilla conduce a la guarida oculta donde el superordenador resuelve-crímenes del Arzobispo zumba poderosamente. Adornando los muros de la guarida, junto con peniques gigantes y robots de dinosaurios, está la sala de trofeos con reliquias e iconos. Desde esta cueva, legiones de sacerdotes-ninja vestidos de negro surgen para perseguir a los criminales o malhechores... para oír sus confesiones, darles el perdón y contarles los secretos de la vida eterna.

Comparado con lo extraño y sobrenatural que es esto, cualquier mera conspiración para conquistar el mundo parece insulsa, ¿verdad? El mundo ya está sometido al dominio de la Cabeza de nuestra Iglesia, porque toda autoridad en el cielo y en la tierra es Suya.

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Notas:
1. Ciencia Cristiana. Un sistema de creencias y curación espiritual fundado por Mary Baker Eddy en el siglo XIX.
http://es.wikipedia.org/wiki/Ciencia_cristiana
2. Los Estados Unidos de América. Una breve reseña del autor en su blog:
http://www.scifiwright.com/about/
3. Probablemente se refiere a Jn 5, 22-23: “El Padre no juzga a nadie, sino que ha entregado al Hijo todo su poder de juzgar. Para que todos honren al Hijo como honran al Padre”.
4
. St. John's College está en la ciudad de Annapolis, en el estado norteamericano de Mariland.
http://www.sjca.edu/
5. Los Federalist Papers fueron un conjunto de 85 artículos invitando a ratificar la constitución de los EEUU.
http://en.wikipedia.org/wiki/Federalist_papers
6. Lysenko fue un ingeniero agrónomo soviético que tuvo altos cargos en biología y agricultura hasta 1965. Rechazaba la genética de Mendel y sus métodos provocaron grandes pérdidas.
http://en.wikipedia.org/wiki/Trofim_Lysenko
7. Deal Hudson es un católico dedicado al activismo político en EEUU.
http://en.wikipedia.org/wiki/Deal_Hudson

Esta traducción ha sido realizada por un desinteresado lector, que ha preferido permanecer en el anonimato

domingo, 17 de junho de 2012

Rescatan dos textos procatólicos de Lincoln para la inminente campaña por la libertad religiosa


"Algunas leyes injustas imponen tales injusticias sobre individuos u organizaciones, que desobedecer las leyes puede estar justificado. Deben hacerse todos los esfuerzos posibles para rechazarlas. Cuando bienes humanos fundamentales, como el derecho de conciencia, están en juego, hemos de ser testigos de la verdad resistiendo a la ley e incurriendo en la sanción correspondiente".

Este texto, contundente como pocos, expresa la voluntad decidida de los católicos norteamericanos de resistir al plan de Barack Obama de imponer a las instituciones de la Iglesia que los seguros sociales de sus empleados incluyan anticonceptivos y abortivos. Lo han redactado los obispos de Estados Unidos y será incluido en todos los boletines parroquiales y leído en todas las iglesias durante la Quincena por la Libertad que han convocado del 21 de junio al 4 de julio.

La fecha en que termina no es casual. El 4 de julio celebran los estadounidenses la declaración de independencia de su país y es el día patriótico por excelencia, un patriotismo que incluye allí el orgullo de haber constituido una nación sobre la base de la libertad religiosa, a punto de ser conculcada como en ningún país occidental.

Lincoln defendió a los católicos
En el contexto de esta batalla ideológica y legal, grupos católicos han rescatado dos textos de Abraham Lincoln donde defendía explícitamente a los católicos de los ataques que, a pesar de las afirmaciones legales, también sufrieron en otras épocas de la historia del país.

Entre los días 6 y 8 de mayo de 1844 tuvieron lugar violentos disturbios contra los católicos en Filadelfia. El 12 de junio, Lincoln convocó un mítin en Springfield(Illinois), que incluyó una declaración expresa de apoyo a los católicos ante esa persecución: "La garantía de los derechos de conciencia, en cuanto fundada en nuestra Constitución, es sagrada e inviolable, y corresponde a los católicos no menos que a los protestantes. Y cualquiera que viole esos derechos, sea católico o protestante, lo haga directa o indirectamente, cuenta con nuestra desaprobación decidida y nuestra más eficaz oposición. Reprobamos y condenados todos y cada uno de los incidentes de Filadelfia y las causas que los provocaron, vengan de donde vengan".

Del mismo modo, en 1855, en pleno auge del movimiento Know Nothing, que se oponía al creciente papel de las minorías alemana e irlandesa en la sociedad estadounidense, Lincoln desautorizó cualquier intento de vincularle a ese grupo: "No soy un Know-Nothing. ¿Cómo podría serlo? ¿Cómo puede alguien que se opone a la opresión de los negros estar a favor de la opresión contra personas blancas? Creo que nuestro camino de degeneración está siendo muy rápido. Como nación, comenzamos declarando que todos los hombres fueron creados iguales. Ahora prácticamente lo interpretamos como que todos los hombres fueron creados iguales, menos los negros. Cuando los Know Nothing tomen el control, se leerá que todos los hombres fueron creados iguales, menos los negros, los extranjeros y los católicos. Cuando eso suceda preferiría emigrar a un país que no presuma de amar la libertad: a Rusia, por ejemplo, donde el despotismo es puro, sin aleación alguna de hipocresía".

Apropiación indebida
La utilización de textos de Abraham Lincoln contra Obama es especialmente apropiada para alguien como el actual presidente, que ha intentado apropiarse la figura de su predecesor asesinado en 1865, remedando incluso en 2008 el viaje en tren que hizo aquél hasta Washington para instalarse en la Casa Blanca.

Recientemente, una biografía sobre Lincoln (Ahora y para siempre, libres, de Martín Alonso, en la editorial Gota a Gota) denunciaba este intento de apropiación de aquel presidente por grupos progresistas. Mientras que Obama es un relativista, Alonso sitúa a Lincoln en esa tradición aristotélico-cristiana que cree en unos derechos naturales del individuo independientes de cualquier mayoría democrática. Razón por la cual se opuso a la esclavitud y se opondría hoy, afirma el autor, al aborto. En su opinión, los sudistas -como los relativistas hoy- entroncaban más bien con la tradición que nace en Kant y cuaja en el despotismo rousseauniano de la voluntad general y de un historicismo que no cree en verdades objetivas e inmutables.

La lucha por la libertad religiosa en Estados Unidos, que habría parecido algo impensable en aquel país hace sólo un año, se ha convertido en uno de los temas estrella de la campaña presidencial. Está en juego la supervivencia de prácticamente todas las instituciones católicas de acción social en el país, sobre todo escuelas y hospitales. La Iglesia cuenta con el apoyo de las demás confesiones religiosas, y ha dejado bien claro que no va a aceptar la ley, esto es, que cerrará todos los centros a los que se les obligue a garantizar a sus empleados métodos contrarios a la ley de Dios.


sábado, 16 de junho de 2012

«Nadie, que yo sepa, ha quedado indiferente tras explorar la colosal figura del Padre Pío»


El 16 de junio de 2002 tuvo lugar en la Plaza de San Pedro, en Roma, la mayor ceremonia de canonización jamás vista. Fue honrado así uno de los más grandes santos del siglo XX, nacido en 1887 en Pietrelcina (Italia) y muerto en 1968 en el convento de San Giovanni Rotondo donde pasó, prácticamente sin salir, su último medio siglo de vida.

Su confesonario y su misa reunían a multitudes venidas de todo el mundo, atraídas por la santidad que evidenciaban, entre otros signos, los estigmas de la Pasión que le acompañaron desde muy joven y las conversiones y milagros obtenidos por su intercesión.

Y eso ocurrió en vida, pero sobre todo después de muerto, como explica a ReL el escritor José María Zavala, autor de Padre Pío. Los milagros desconocidos del santo de los estigmas (LibrosLibres).

¿Ha hecho más ruido el Padre Pío en estos diez años que en vida, como prometió una vez con sentido del humor?
Se cuentan ya por centenares, e incluso por millares, las conversiones y/o curaciones por intercesión de este gran santo en todo el mundo desde su canonización por Juan Pablo II, tal día como hoy pero de hace diez años. Y aun así, da la impresión de que sólo conocemos la punta del iceberg de la gran obra que, por su intercesión, sigue haciendo hoy el Señor en las almas de todos los pecadores.

De hecho, la quinta edición de su libro hubo de incluir un capítulo especial con casos conocidos presicamente a raíz de su publicación. A punto de salir la séptima edición, ¿tendría nuevos casos que contar?
Anteayer mismo recibí el último testimonio en mi correo electrónico: el de Irene, quien, tras leer el libro del Padre Pío empezó a rezar la novena al santo para que ella y su marido encontrasen trabajo. Pues antes incluso de terminarla hallaron los dos un empleo... ¡en plena crisis económica! ¿Acaso no es un verdadero milagro?

¿Y alguna curación milagrosa?
Hablando de milagros, puede usted imaginarse la ilusión que me hizo constatar que Ricardo, un viejo compañero de estudios al que no veía desde el colegio, se ha curado por fin de un cáncer de colon por intercesión del Padre Pío. Tras treinta años sin verle, apareció en una de las charlas sobre el Padre Pío que dio el también sacerdote capuchino Elías Cabodevilla. Al final, Ricardo se acercó a verme para darme la tremenda noticia: "José María, me estoy muriendo", sentenció. Acto seguido, me explicó que los médicos le habían dado tan sólo un 5 por ciento de posibilidades de seguir con vida tras extirparle parte del hígado a causa de una metástasis.
En la última cirugía, le abrieron en canal para echarle quimioterapia "a granel" y quemar las células cancerígenas con más bien nulas esperanzas de salvación.
  
¿Cuál era su estado de ánimo?
"José María", añadió él, con una serenidad que me conmovió, "no me da miedo morir; lo tengo asumido. Lo único que me preocupa es dejar viuda y dos niños de once y diez años..." Pensé entonces, emocionado, en que yo también tenía dos hijos de esa misma edad.

¿Y le habló del Padre Pío?
"Tranquilo, que te vas a curar", osé decirle. Y añadí, de corazón: "Esta misma noche empezamos a rezar mi esposa, mis hijos y yo la novena al Padre Pío por ti; haz tú lo mismo". Las pruebas médicas posteriores evidenciaron su inexplicable curación.

¿Y alguna conversión de la que haya tenido noticia recientemente?
¿Más milagros? Esther ha experimentado su propia conversión y la de su pareja con la que convivía desde hacía siete años sin estar casada por la Iglesia. Hace unos meses contactó conmigo para anunciarme que acababa de poner en marcha su proceso de nulidad para que tanto ella como él pudiesen contraer santo matrimonio algún día si era la voluntad de Dios. “Desde que leí el libro, rezo todos los días al Padre Pío para que me ayude a ser mejor”, me dijo Esther. Gloria a Dios.

¿Cuándo conoció usted al Padre Pío y cómo ha influido en su vida?
Hace poco más de cuatro años, unos amigos nos invitaron a ver una película sobre el Padre Pío en su casa, producida por la RAI italiana para la televisión. Por el camino, le dije ya a mi esposa que me parecía un rollazo tragarnos la película de un fraile, que encima duraba más de tres horas. Pero, a medida que la veía, sentí que algo se removía en mi interior. Hasta el punto de que esa misma noche, al regresar a casa, me puse a investigar en Internet la vida del Padre Pío. Me impactó que tuviese los estigmas del Señor en manos, pies y costado durante cincuenta años consecutivos, y que hubiese muerto como quien dice “anteayer”, en 1968, sin que yo tuviese la menor noticia de su existencia.

Y se puso a trabajar...
El Padre Pío irrumpió así en mi vida y me eligió, pese a todas mis miserias, como instrumento para darle a conocer en España y hacer el bien a tanta gente necesitada de Dios a través de un libro que no para de venderse. Desde que conozco al Padre Pío, recibo su ayuda para ser mejor persona y preocuparme por los demás. Nadie, que yo sepa, ha permanecido indiferente tras explorar la colosal figura del Padre Pío. 

Para este libro y posteriormente ha visitado varias veces la tumba del santo de Pietrelcina. ¿Vale la pena ir allí como lugar de peregrinación?
En San Giovanni Rotondo se encuentra el convento donde el Padre Pío vivió más de cincuenta años. Si uno acude allí con fe y sencillez de espíritu, sentirá su presencia. Igual que Teresa, quien, pese a estar alejada de Dios, viajó allí con su madre en busca del gran milagro que curase a ésta de un tumor en el cerebelo. Cuando regresaron a Madrid, tras una semana implorando la intercesión del Padre Pío, la madre estaba curada y la hija, convertida. El caso se relata con todo detalle en el libro; como muchos otros que yo mismo he presenciado.

Más allá de los favores obtenidos por su intercesión, ¿cuál es el mensaje del Padre Pío que lo hace tan actual para nuestro tiempo?
Como dijo el Papa Benedicto XV, “el Padre Pío es uno de esos hombres extraordinarios que el Señor envía de vez en cuando a la tierra para convertir a las almas”. Y sin remontarnos tanto en el tiempo, monseñor José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, aseguró en la presentación del libro que el santo italiano fue suscitado por Dios “para sacudir la incredulidad de nuestro siglo y para escándalo de las mentes secularizadas”. El Padre Pío nos recuerda que Jesucristo murió en la cruz por Amor, para salvarnos del pecado, y que con ayuda de la gracia santificante debemos parecernos lo más posible a Él.
  

Reino Unido: Mayoría de homosexuales no apoya legalización de matrimonio gay

LONDRES, 15 Jun. 12 / 11:53 pm (ACI/EWTN Noticias).- Una encuesta realizada en Reino Unido reveló que la mayoría de personas gay, lesbianas y transgénero de ese país no apoya el "matrimonio" homosexual, a pesar de la clara intención del Primer Ministro, David Cameron, por promover su legalización.

El estudio fue realizado por la consultora ComRes para CatholicVoices del 27 de abril al 20 de mayo de 2012, e indica que sólo una minoría de la población homosexual británica considera una prioridad la legalización del "matrimonio" gay, mientras que cerca de la mitad de los encuestados coincide en que la iniciativa de Cameron busca "hacer que su partido se vea más compasivo, más que por convicción".

En ese sentido, la encuesta revela que sólo el 27 por ciento de encuestados optaría por casarse si la ley británica se los permitiera, mientras que apenas el 39 por ciento cree que la redefinición del matrimonio es una prioridad para la población gay.

Austen Ivereigh, coordinador de CatholicVoices, dijo que "quizás ahora podemos tener el debate que deberíamos haber tenido hace mucho: acerca de si esto realmente es una cosa buena para la sociedad; si hay un caso convincente para el público, para una redefinición radical de una institución fundamental de la sociedad".

Por su parte, Colin Hart, director de campaña de la Coalición por el Matrimonio, señaló que "esta encuesta confirma una vez más que sólo un puñado de personas están presionado al Gobierno para redefinir el matrimonio. Incluso entre aquellos dentro de la comunidad gay, no hay una mayoría que piense que esto es una prioridad".

"El escepticismo de la comunidad gay sobre las razones del primer Ministro hacen eco de los puntos de vista en una población más amplia", indicó

Para Hart, "el Gobierno debería abandonar estas propuestas, que son profundamente antidemocráticas y que nunca han sido presentadas ante el público británico".

sexta-feira, 15 de junho de 2012

Maria Barroso, Patriarca de Lisboa e UCP - Amargura e Indignação

1. O instituto de estudos políticos da universidade católica portuguesa realizará nos dias 25 a 27 do corrente o Estoril political forum 2012 intitulado “open societies, open economies and citizenship”.

No dia 27 numa cerimónia presidida pelo professor Adriano Moreira serão concedidas condecorações a três pessoas em reconhecimento das suas vidas de Fé e de empenho pela liberdade - Faith and liberty life tribute. Uma dessas pessoas, que será apresentada pelo reitor da ucp, professor Manuel Braga da Cruz, é Maria Barroso Soares. 

Maria Barroso na sua qualidade de presidente da pro dignitate estampou um artigo no jornal Público, 08.02.2007, aquando do último referendo sobre o aborto, intitulado “sim à despenalização”. Nesse texto soezmente tendencioso procurou propagandear de um modo manhoso o “sim” à liberalização do aborto, citando inclusive, tirando embora a frase do seu contexto, o Cardeal Patriarca de Lisboa. Assim termina o seu perverso artigo: “Não nos podemos … levar apenas por impulsos ou sentimentos suscitados e explorados por cidadãos não tolerantes (os que eram pelo “Não”) que extremam, acaloradamente, as suas posições. … Em suma - pelo direito à felicidade das crianças que nascem, e o direito à dignidade das mulheres - eu devo votar pela liberdade que deve ser concedida às mulheres de fazerem, em consciência, a sua escolha. Digo, com Frei Bento Domingues: «O "sim" à despenalização da interrupção voluntária da gravidez dentro das dez semanas é contra o sofrimento das mulheres redobrado com a sua criminalização. Não pode ser confundido com a apologia da cultura da morte, da cultura do aborto.»”.

Quanto ao empenho desta senhora pela liberdade as palavras do Bem-aventurado João Paulo II são esclarecedoras: “Reivindicar o direito ao aborto … e reconhecê-lo legalmente, equivale a atribuir à liberdade humana um significado perverso e iníquo: o significado de um poder absoluto sobre os outros e contra os outros. Mas isto é a morte da verdadeira liberdade: «Em verdade, em verdade vos digo: todo aquele que comete o pecado é escravo do pecado» (Jo 8, 34).” (João Paulo II, O Evangelho da vida, nº 20). E ainda: “No referente ao direito à vida, cada ser humano inocente é absolutamente igual a todos os demais. Esta igualdade é a base de todo o relacionamento social autêntico, o qual, para o ser verdadeiramente, não pode deixar de se fundar sobre a verdade e a justiça, reconhecendo e tutelando cada homem e cada mulher como pessoa, e não como coisa de que se possa dispor. Diante da norma moral que proíbe a eliminação directa de um ser humano inocente, «não existem privilégios, nem excepções para ninguém. Ser o dono do mundo ou o último "miserável" sobre a face da terra, não faz diferença alguma: perante as exigências morais, todos somos absolutamente iguais».” (Idem nº 57). Por isso: “no caso de uma lei intrinsecamente injusta, como aquela que admite o aborto ou a eutanásia, nunca é lícito conformar-se com ela, «nem participar numa campanha de opinião a favor de uma lei de tal natureza, nem dar-lhe a aprovação com o próprio voto».” (Idem, nº 73). De facto, “O aborto e a eutanásia são … crimes que nenhuma lei humana pode pretender legitimar. Leis deste tipo não só não criam obrigação alguma para a consciência, como, ao contrário, geram uma grave e precisa obrigação de opor-se a elas através da objecção de consciência.” (Ibidem).

Quanto à Fé: “ … a inviolabilidade absoluta da vida humana inocente é uma verdade moral explicitamente ensinada na Sagrada Escritura, constantemente mantida na Tradição da Igreja e unanimemente proposta pelo seu Magistério. Tal unanimidade é fruto evidente daquele «sentido sobrenatural da fé» que, suscitado e apoiado pelo Espírito Santo, preserva do erro o Povo de Deus, quando «manifesta consenso universal em matéria de fé e costumes». … Portanto, com a autoridade que Cristo conferiu a Pedro e aos seus Sucessores, em comunhão com os Bispos da Igreja Católica, confirmo que a morte directa e voluntária de um ser humano inocente é sempre gravemente imoral. Esta doutrina, fundada naquela lei não-escrita que todo o homem, pela luz da razão, encontra no próprio coração (cf. Rm 2, 14-15), é confirmada pela Sagrada Escritura, transmitida pela Tradição da Igreja e ensinada pelo Magistério ordinário e universal.” (Idem, nº 57). Esta afirmação, como o ensina a Carta Apostólica sob forma de Motu Proprio Ad Tuendam Fidem, deve ser crida com fé divina e católica: “Deve-se crer com fé divina e católica em tudo o que se contém na palavra de Deus escrita ou transmitida por Tradição, ou seja, no único depósito da fé confiado à Igreja, quando ao mesmo tempo é proposto como divinamente revelado quer pelo magistério solene da Igreja, quer pelo seu magistério ordinário e universal …”. Pelo que quem duvida ou nega obstinadamente esta verdade incorre no crime e na censura de heresia, excluindo-se da Igreja. 

Segundo a doutrina de sempre da Igreja, confirmada pela encíclica Veritatis Splendor do Bem-aventurado João Paulo II, a cooperação formal com o mal, como seja, por exemplo, a votação ou promulgação de uma “lei” injusta que admite o aborto ou a eutanásia, é sempre ilícita. No caso em apreço isto significa que quem votou no “sim” tornou-se moralmente responsável pelos abortamentos de todas as crianças nascituras realizadas ao abrigo da “lei” e por todas as demais consequências, tanto as previsíveis como também as imprevisíveis.

Por tudo o que fica dito e pelo mais que se podia acrescentar invade-me uma enorme amargura e uma melancólica indignação por se prestar este tributo a tal personagem. Tanto mais que isso confirmá-la-á no seu pecado e constituirá um escândalo (teológico), isto é, induzirá muitos ao pecado.
Conta-se que Mário Soares teria dito um dia que casou com uma Passionária e agora se encontrava casado com uma Madre Teresa de Calcutá. Caso isto seja certo posso garantir com toda a segurança a Mário Soares que sua mulher não se transformou, nem por sombras, numa Madre Teresa.

Caso alguém queira, com bons modos, manifestar a sua tristeza e pedir que não se produza tal escândalo poderá escrever para:

Magno Chanceler da UCP, Cardeal Patriarca de Lisboa, D. José Policarpo: gab.patriarca@patriarcado-lisboa.pt

Reitor da UCP, Prof. Manuel Braga da Cruz: info@reitoria.ucp.pt

Nunciatura Apostólica: nunciaturapt@netcabo.pt

Secretaria do Núncio Apostólico, D. Rino Passigato: secretarianunci@netcabo.pt

quinta-feira, 14 de junho de 2012

Esplêndido Discurso de Bento XVI sobre Deus, Ressurreição, Baptismo e vida Cristã (em italiano)


Eminenza,
cari fratelli nel Sacerdozio e nell’Episcopato,
cari fratelli e sorelle,

per me è una grande gioia essere qui, nella Cattedrale di Roma con i rappresentanti della mia diocesi, e ringrazio di cuore il Cardinale Vicario per le sue buone parole.

Abbiamo già sentito che le ultime parole del Signore su questa terra ai suoi discepoli, sono state: «Andate, fate discepoli tutti i popoli e battezzateli nel nome del Padre, del Figlio, dello Spirito Santo» (cfr Mt 28,19). Fate discepoli e battezzate. Perché non è sufficiente per il discepolato conoscere le dottrine di Gesù, conoscere i valori cristiani? Perché è necessario essere battezzati? Questo è il tema della nostra riflessione, per capire la realtà, la profondità del Sacramento del Battesimo.

Una prima porta si apre se leggiamo attentamente queste parole del Signore. La scelta della parola «nel nome del Padre» nel testo greco è molto importante: il Signore dice «eis» e non «en», cioè non «in nome» della Trinità – come noi diciamo che un vice prefetto parla «in nome» del prefetto, un ambasciatore parla «in nome» del governo: no. Dice: «eis to onoma», cioè una immersione nel nome della Trinità, un essere inseriti nel nome della Trinità, una interpenetrazione dell’essere di Dio e del nostro essere, un essere immerso nel Dio Trinità, Padre, Figlio e Spirito Santo, così come nel matrimonio, per esempio, due persone diventano una carne, diventano una nuova, unica realtà, con un nuovo, unico nome.

Il Signore ci ha aiutato a capire ancora meglio questa realtà nel suo colloquio con i sadducei circa la risurrezione. I sadducei riconoscevano dal canone dell’Antico Testamento solo i cinque Libri di Mosè e in questi non appare la risurrezione; perciò la negavano. Il Signore, proprio da questi cinque Libri dimostra la realtà della risurrezione e dice: Voi non sapete che Dio si chiama Dio di Abramo, Isacco e Giacobbe? (cfr Mt 22,31-32). Quindi, Dio prende questi tre e proprio nel suo nome essi diventano il nome di Dio. Per capire chi è questo Dio si devono vedere queste persone che sono diventate il nome di Dio, un nome di Dio, sono immersi in Dio. E così vediamo che chi sta nel nome di Dio, chi è immerso in Dio, è vivo, perché Dio – dice il Signore – è un Dio non dei morti, ma dei vivi, e se è Dio di questi, è Dio dei vivi; i vivi sono vivi perché stanno nella memoria, nella vita di Dio. E proprio questo succede nel nostro essere battezzati: diventiamo inseriti nel nome di Dio, così che apparteniamo a questo nome e il Suo nome diventa il nostro nome e anche noi potremo, con la nostra testimonianza – come i tre dell’Antico Testamento –, essere testimoni di Dio, segno di chi è questo Dio, nome di questo Dio.

Quindi, essere battezzati vuol dire essere uniti a Dio; in un’unica, nuova esistenza apparteniamo a Dio, siamo immersi in Dio stesso. Pensando a questo, possiamo subito vedere alcune conseguenze.

La prima è che Dio non è più molto lontano per noi, non è una realtà da discutere – se c’è o non c’è –, ma noi siamo in Dio e Dio è in noi. La priorità, la centralità di Dio nella nostra vita è una prima conseguenza del Battesimo. Alla questione: «C’è Dio?», la risposta è: «C’è ed è con noi; centra nella nostra vita questa vicinanza di Dio, questo essere in Dio stesso, che non è una stella lontana, ma è l’ambiente della mia vita». Questa sarebbe la prima conseguenza e quindi dovrebbe dirci che noi stessi dobbiamo tenere conto di questa presenza di Dio, vivere realmente nella sua presenza.

Una seconda conseguenza di quanto ho detto è che noi non ci facciamo cristiani. Divenire cristiani non è una cosa che segue da una mia decisione: «Io adesso mi faccio cristiano». Certo, anche la mia decisione è necessaria, ma soprattutto è un’azione di Dio con me: non sono io che mi faccio cristiano, io sono assunto da Dio, preso in mano da Dio e così, dicendo «sì» a questa azione di Dio, divento cristiano. Divenire cristiani, in un certo senso, è passivo: io non mi faccio cristiano, ma Dio mi fa un suo uomo, Dio mi prende in mano e realizza la mia vita in una nuova dimensione. Come io non mi faccio vivere, ma la vita mi è data; sono nato non perché io mi sono fatto uomo, ma sono nato perché l’essere umano mi è donato. Così anche l’essere cristiano mi è donato, è un passivo per me, che diventa un attivo nella nostra, nella mia vita. E questo fatto del passivo, di non farsi da se stessi cristiani, ma di essere fatti cristiani da Dio, implica già un po’ il mistero della Croce: solo morendo al mio egoismo, uscendo da me stesso, posso essere cristiano.

Un terzo elemento che si apre subito in questa visione è che, naturalmente, essendo immerso in Dio, sono unito ai fratelli e alle sorelle, perché tutti gli altri sono in Dio e se io sono tirato fuori dal mio isolamento, se io sono immerso in Dio, sono immerso nella comunione con gli altri. Essere battezzati non è mai un atto solitario di «me», ma è sempre necessariamente un essere unito con tutti gli altri, un essere in unità e solidarietà con tutto il Corpo di Cristo, con tutta la comunità dei suoi fratelli e sorelle. Questo fatto che il Battesimo mi inserisce in comunità, rompe il mio isolamento. Dobbiamo tenerlo presente nel nostro essere cristiani.

E finalmente, ritorniamo alla Parola di Cristo ai sadducei: «Dio è il Dio di Abramo, Isacco e Giacobbe» (cfr Mt 22,32), e quindi questi non sono morti; se sono di Dio sono vivi. Vuol dire che con il Battesimo, con l’immersione nel nome di Dio, siamo anche noi già immersi nella vita immortale, siamo vivi per sempre. Con altre parole, il Battesimo è una prima tappa della Risurrezione: immersi in Dio, siamo già immersi nella vita indistruttibile, comincia la Risurrezione. Come Abramo, Isacco e Giacobbe essendo «nome di Dio» sono vivi, così noi, inseriti nel nome di Dio, siamo vivi nella vita immortale. Il Battesimo è il primo passo della Risurrezione, l’entrare nella vita indistruttibile di Dio.

Così, in un primo momento, con la formula battesimale di san Matteo, con l’ultima parola di Cristo, abbiamo visto già un po’ l’essenziale del Battesimo. Adesso vediamo il rito sacramentale, per poter capire ancora più precisamente che cosa è il Battesimo.

Questo rito, come il rito di quasi tutti i Sacramenti, si compone da due elementi: da materia – acqua – e dalla parola. Questo è molto importante. Il cristianesimo non è una cosa puramente spirituale, una cosa solamente soggettiva, del sentimento, della volontà, di idee, ma è una realtà cosmica. Dio è il Creatore di tutta la materia, la materia entra nel cristianesimo, e solo in questo grande contesto di materia e spirito insieme siamo cristiani. Molto importante è, quindi, che la materia faccia parte della nostra fede, il corpo faccia parte della nostra fede; la fede non è puramente spirituale, ma Dio ci inserisce così in tutta la realtà del cosmo e trasforma il cosmo, lo tira a sé. E con questo elemento materiale – l’acqua – entra non soltanto un elemento fondamentale del cosmo, una materia fondamentale creata da Dio, ma anche tutto il simbolismo delle religioni, perché in tutte le religioni l’acqua ha qualcosa da dire. Il cammino delle religioni, questa ricerca di Dio in diversi modi – anche sbagliati, ma sempre ricerca di Dio – diventa assunta nel Sacramento. Le altre religioni, con il loro cammino verso Dio, sono presenti, sono assunte, e così si fa la sintesi del mondo; tutta la ricerca di Dio che si esprime nei simboli delle religioni, e soprattutto – naturalmente – il simbolismo dell’Antico Testamento, che così, con tutte le sue esperienze di salvezza e di bontà di Dio, diventa presente. Su questo punto ritorneremo.

L’altro elemento è la parola, e questa parola si presenta in tre elementi: rinunce, promesse, invocazioni. Importante è che queste parole quindi non siano solo parole, ma siano cammino di vita. In queste si realizza un decisione, in queste parole è presente tutto il nostro cammino battesimale – sia pre-battesimale, sia post-battesimale; quindi, con queste parole, e anche con i simboli, il Battesimo si estende a tutta la nostra vita. Questa realtà delle promesse, delle rinunce, delle invocazioni è una realtà che dura per tutta la nostra vita, perché siamo sempre in cammino battesimale, in cammino catecumenale, tramite queste parole e la realizzazione di queste parole. Il Sacramento del Battesimo non è un atto di un’ora, ma è una realtà di tutta la nostra vita, è un cammino di tutta la nostra vita. In realtà, dietro c’è anche la dottrina delle due vie, che era fondamentale nel primo cristianesimo: una via alla quale diciamo «no» e una via alla quale diciamo «sì».

Cominciamo con la prima parte, le rinunce. Sono tre e prendo anzitutto la seconda: «Rinunciate alle seduzioni del male per non lasciarvi dominare dal peccato?». Che cosa sono queste seduzioni del male? Nella Chiesa antica, e ancora per secoli, qui c’era l’espressione: «Rinunciate alla pompa del diavolo?», e oggi sappiamo che cosa era inteso con questa espressione «pompa del diavolo». La pompa del diavolo erano soprattutto i grandi spettacoli cruenti, in cui la crudeltà diventa divertimento, in cui uccidere uomini diventa una cosa spettacolare: spettacolo, la vita e la morte di un uomo. Questi spettacoli cruenti, questo divertimento del male è la «pompa del diavolo», dove appare con apparente bellezza e, in realtà, appare con tutta la sua crudeltà. Ma oltre a questo significato immediato della parola «pompa del diavolo», si voleva parlare di un tipo di cultura, di una way of life, di un modo di vivere, nel quale non conta la verità ma l’apparenza, non si cerca la verità ma l’effetto, la sensazione, e, sotto il pretesto della verità, in realtà, si distruggono uomini, si vuole distruggere e creare solo se stessi come vincitori. Quindi, questa rinuncia era molto reale: era la rinuncia ad un tipo di cultura che è un’anti-cultura, contro Cristo e contro Dio. Si decideva contro una cultura che, nel Vangelo di san Giovanni, è chiamata«kosmos houtos», «questo mondo». Con «questo mondo», naturalmente, Giovanni e Gesù non parlano della Creazione di Dio, dell’uomo come tale, ma parlano di una certa creatura che è dominante e si impone come se fosse questo il mondo, e come se fosse questo il modo di vivere che si impone. Lascio adesso ad ognuno di voi di riflettere su questa «pompa del diavolo», su questa cultura alla quale diciamo «no». Essere battezzati significa proprio sostanzialmente un emanciparsi, un liberarsi da questa cultura. Conosciamo anche oggi un tipo di cultura in cui non conta la verità; anche se apparentemente si vuol fare apparire tutta la verità, conta solo la sensazione e lo spirito di calunnia e di distruzione. Una cultura che non cerca il bene, il cui moralismo è, in realtà, una maschera per confondere, creare confusione e distruzione. Contro questa cultura, in cui la menzogna si presenta nella veste della verità e dell’informazione, contro questa cultura che cerca solo il benessere materiale e nega Dio, diciamo «no». Conosciamo bene anche da tanti Salmi questo contrasto di una cultura nella quale uno sembra intoccabile da tutti i mali del mondo, si pone sopra tutti, sopra Dio, mentre, in realtà, è una cultura del male, un dominio del male. E così, la decisione del Battesimo, questa parte del cammino catecumenale che dura per tutta la nostra vita, è proprio questo «no», detto e realizzato di nuovo ogni giorno, anche con i sacrifici che costa opporsi alla cultura in molte parti dominante, anche se si imponesse come se fosse il mondo, questo mondo: non è vero. E ci sono anche tanti che desiderano realmente la verità.

Così passiamo alla prima rinuncia: «Rinunciate al peccato per vivere nella libertà dei figli di Dio?». Oggi libertà e vita cristiana, osservanza dei comandamenti di Dio, vanno in direzioni opposte; essere cristiani sarebbe come una schiavitù; libertà è emanciparsi dalla fede cristiana, emanciparsi – in fin dei conti – da Dio. La parola peccato appare a molti quasi ridicola, perché dicono: «Come! Dio non possiamo offenderlo! Dio è così grande, che cosa interessa a Dio se io faccio un piccolo errore? Non possiamo offendere Dio, il suo interesse è troppo grande per essere offeso da noi». Sembra vero, ma non è vero. Dio si è fatto vulnerabile. Nel Cristo crocifisso vediamo che Dio si è fatto vulnerabile, si è fatto vulnerabile fino alla morte. Dio si interessa a noi perché ci ama e l’amore di Dio è vulnerabilità, l’amore di Dio è interessamento dell’uomo, l’amore di Dio vuol dire che la nostra prima preoccupazione deve essere non ferire, non distruggere il suo amore, non fare nulla contro il suo amore perché altrimenti viviamo anche contro noi stessi e contro la nostra libertà. E, in realtà, questa apparente libertà nell’emancipazione da Dio diventa subito schiavitù di tante dittature del tempo, che devono essere seguite per essere ritenuti all’altezza del tempo.

E finalmente: «Rinunciate a Satana?». Questo ci dice che c’è un «sì» a Dio e un «no» al potere del Maligno che coordina tutte queste attività e si vuol fare dio di questo mondo, come dice ancora san Giovanni. Ma non è Dio, è solo l’avversario, e noi non ci sottomettiamo al suo potere; noi diciamo «no» perché diciamo «sì», un «sì» fondamentale, il «sì» dell’amore e della verità. Queste tre rinunce, nel rito del Battesimo, nell’antichità, erano accompagnate da tre immersioni: immersione nell’acqua come simbolo della morte, di un «no» che realmente è la morte di un tipo di vita e risurrezione ad un’altra vita. Su questo ritorneremo. Poi, la confessione in tre domande: «Credete in Dio Padre onnipotente, Creatore; in Cristo e, infine, nello Spirito Santo e la Chiesa?». Questa formula, queste tre parti, sono state sviluppate a partire dalla Parola del Signore «battezzare in nome del Padre, del Figlio e dello Spirito Santo»; queste parole sono concretizzate ed approfondite: che cosa vuol dire Padre, cosa vuol dire Figlio – tutta la fede in Cristo, tutta la realtà del Dio fattosi uomo – e che cosa vuol dire credere di essere battezzati nello Spirito Santo, cioè tutta l’azione di Dio nella storia, nella Chiesa, nella comunione dei Santi. Così, la formula positiva del Battesimo è anche un dialogo: non è semplicemente una formula. Soprattutto la confessione della fede non è soltanto una cosa da capire, una cosa intellettuale, una cosa da memorizzare - certo, anche questo - tocca anche l’intelletto, tocca anche il nostro vivere, soprattutto. E questo mi sembra molto importante. Non è una cosa intellettuale, una pura formula. E’ un dialogo di Dio con noi, un’azione di Dio con noi, e una risposta nostra, è un cammino. La verità di Cristo si può capire soltanto se si è capita la sua via. Solo se accettiamo Cristo come via incominciamo realmente ad essere nella via di Cristo e possiamo anche capire la verità di Cristo. La verità non vissuta non si apre; solo la verità vissuta, la verità accettata come modo di vivere, come cammino, si apre anche come verità in tutta la sua ricchezza e profondità. Quindi, questa formula è una via, è espressione di una nostra conversione, di un’azione di Dio. E noi vogliamo realmente tenere presente questo anche in tutta la nostra vita: che siamo in comunione di cammino con Dio, con Cristo. E così siamo in comunione con la verità: vivendo la verità, la verità diventa vita e vivendo questa vita troviamo anche la verità.

Adesso passiamo all’elemento materiale: l’acqua. E’ molto importante vedere due significati dell’acqua. Da una parte, l’acqua fa pensare al mare, soprattutto al Mar Rosso, alla morte nel Mar Rosso. Nel mare si rappresenta la forza della morte, la necessità di morire per arrivare ad una nuova vita. Questo mi sembra molto importante. Il Battesimo non è solo una cerimonia, un rituale introdotto tempo fa, e non è nemmeno soltanto un lavaggio, un’operazione cosmetica. E’ molto più di un lavaggio: è morte e vita, è morte di una certa esistenza e rinascita, risurrezione a nuova vita. Questa è la profondità dell’essere cristiano: non solo è qualcosa che si aggiunge, ma è una nuova nascita. Dopo aver attraversato il Mar Rosso, siamo nuovi. Così il mare, in tutte le esperienze dell’Antico Testamento, è divenuto per i cristiani simbolo della Croce. Perché solo attraverso la morte, una rinuncia radicale nella quale si muore ad un certo tipo di vita, può realizzarsi la rinascita e può realmente esserci vita nuova. Questa è una parte del simbolismo dell’acqua: simboleggia - soprattutto nelle immersioni dell’antichità - il Mar Rosso, la morte, la Croce. Solo dalla Croce si arriva alla nuova vita e questo si realizza ogni giorno. Senza questa morte sempre rinnovata, non possiamo rinnovare la vera vitalità della nuova vita di Cristo.

Ma l’altro simbolo è quello della fonte. L’acqua è origine di tutta la vita; oltre al simbolismo della morte, ha anche il simbolismo della nuova vita. Ogni vita viene anche dall’acqua, dall’acqua che viene da Cristo come la vera vita nuova che ci accompagna all’eternità.

Alla fine rimane la questione - solo una parolina – del Battesimo dei bambini. E’ giusto farlo, o sarebbe più necessario fare prima il cammino catecumenale per arrivare ad un Battesimo veramente realizzato? E l’altra questione che si pone sempre è: «Ma possiamo noi imporre ad  un bambino quale religione vuole vivere o no? Non dobbiamo lasciare a quel bambino la scelta?». Queste domande mostrano che non vediamo più nella fede cristiana la vita nuova, la vera vita, ma vediamo una scelta tra altre, anche un peso che non si dovrebbe imporre senza aver avuto l’assenso del soggetto. La realtà è diversa. La vita stessa ci viene data senza che noi possiamo scegliere se vogliamo vivere o no; a nessuno può essere chiesto: «vuoi essere nato o no?». La vita stessa ci viene data necessariamente senza consenso previo, ci viene donata così e non possiamo decidere prima «sì o no, voglio vivere o no». E, in realtà, la vera domanda è: «E’ giusto donare vita in questo  mondo senza avere avuto il consenso – vuoi vivere o no? Si può realmente anticipare la vita, dare la vita senza che il soggetto abbia avuto la possibilità di decidere?». Io direi: è possibile ed è giusto soltanto se, con la vita, possiamo dare anche la garanzia che la vita, con tutti i problemi del mondo, sia buona, che sia bene vivere, che ci sia una garanzia che questa vita sia buona, sia protetta da Dio e che sia un vero dono. Solo l’anticipazione del senso giustifica l’anticipazione della vita. E perciò il Battesimo come garanzia del bene di Dio, come anticipazione del senso, del «sì» di Dio che protegge questa vita, giustifica anche l’anticipazione della vita. Quindi, il Battesimo dei bambini non è contro la libertà; è proprio necessario dare questo, per giustificare anche il dono – altrimenti discutibile – della vita. Solo la vita che è nelle mani di Dio, nelle mani di Cristo, immersa nel nome del Dio trinitario, è certamente un bene che si può dare senza scrupoli. E così siamo grati a Dio che ci ha donato questo dono, che ci ha donato se stesso. E la nostra sfida è vivere questo dono, vivere realmente, in un cammino post-battesimale, sia le rinunce che il «sì» e vivere sempre nel grande «sì» di Dio, e così vivere bene. Grazie.