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quarta-feira, 11 de setembro de 2013

Lo que el jesuita Bergoglio hizo realmente durante la dictadura Argentina de Videla

In RL 

"La lista de Bergoglio. Los salvados por el Papa Francisco. Las historias nunca contadas" con prólogo de Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, y editado por la editorial Emi (www.emi.it), es el título de una investigación de Nello Scavo, periodista del diario italiano “Avvenire”, sobre las vicisitudes de varias personas – disidentes, sindicalistas, sacerdotes, estudiantes, intelectuales, creyentes y no creyentes– a quienes el entonces padre Jorge Mario Bergoglio consiguió poner a salvo de la persecución de la junta militar.

El provincial de los jesuitas había construido una red clandestina para salvaguardar a los perseguidos (a los que ofrecía un prontuario de consejos sobre cómo despistar a la policía y la censura) y organizar las fugas al exterior.

El poder de las Fuerzas Armadas en Argentina culminó con el golpe del 24 de marzo de 1976. Los militares hicieron desaparecer al menos a treinta mil personas, quince mil fueron fusilados por la calle, se apropiaron de más de quinientos bebés de mujeres condenadas a muerte. Más de dos millones fueron exiliados.

Aparte de los relatos en primera persona de los perseguidos protegidos por el futuro Papa, el libro (que se publicará en Italia el 1 de octubre) contiene relatos y documentos inéditos, entre ellos, la transcripción del interrogatorio del entonces cardenal Bergoglio, realizado en 2010 en calidad de persona informada de los hechos, ante los magistrados que indagaban sobre la violación de los derechos humanos durante la dictadura. Con fuerza emerge la integridad moral, la coherencia, el valor, a menudo a riesgo de la propia vida, del jesuita que un día sería el papa Francisco.

Jesuita, poco más de ochenta años, Juan Manuel Scannone es el máximo representante de la que desde los años 80 en adelante sería definida como “teología del pueblo”. Hoy Scannone es director del Instituto de estudios filosóficos en la Universidad de Teología y Filosofía San Miguel, la misma de la que fue rector Bergoglio entre 1980 y 1986. “Ahora que mi amigo Jorge es Papa Francisco, puedo contar que sí, él me cubrió las espaldas, me salvó. Y lo hizo en varias circunstancias”.

La dictadura percibía la teología del pueblo como una amenaza, a pesar de su diversidad sustancial de los llamados teólogos marxistas. Sin distinciones, se persiguió y torturó a religiosos, fieles laicos, catequistas, monjas comprometidas en las “villas miseria”.

“Los militares eran incapaces de ser sutiles – explica Scannone –. Para ellos, hablar de ‘liberación’ o de ‘opción preferencial por los pobres’ se traducía en una sola palabra: comunismo”. El régimen vigilaba a él y a sus colegas y hermanos.

“La policía se movía alrededor nuestro, no precisamente porque le importara la seguridad del colegio. Una vez llegaron de noche. Superaron la verja y rodearon el edificio con las camionetas. Fue una verdadera irrupción. Recuerdo aún el estruendo de sus pasos en los pasillos. Estaba oscuro y no conseguí ver cuántos eran. Tenía el corazón en la garganta. Me sentí en el punto de mira. Han venido a cogerme, pensé”.

-¿Por qué precisamente a usted?
- Se me consideraba un representante de la teología de la liberación, corriente que el régimen percibía como humo en los ojos. Bergoglio me dio a entender de varias formas que corría peligros. En aquella época, aún encontrándonos en posiciones teológicas diferentes, aunque no creo que tan distantes, él nunca quiso que fuese silenciado. Ni siquiera cuando algunos obispos intervinieron señalándome como que mis posturas eran consideradas incómodas, por no decir impropias.

- ¿Cómo reaccionó Bergoglio al registro?
- Nos alentó, tranquilizó a todos e intimó a los militares a volver por donde habían venido, Había entre nosotros algunos jóvenes que se habían presentado donde el provincial como estudiantes en “retiro espiritual”. En realidad han hecho falta años para que hayamos podido conocer toda la verdad sobre las acciones de salvamento del padre Jorge.

- ¿Cómo le salvaguardó el futuro papa de la junta militar?
- No eran años fáciles. El padre Jorge se cuidó de nosotros como era, por otro lado, su deber. Hoy las cosas pueden ser observadas y juzgadas con otros ojos, pero entonces Bergoglio hizo lo que en su posición debía hacer. Se relacionaba frecuentemente con el padre general, que estaba al corriente de lo que sucedía, y nos ofrecía consejos sobre cómo evitar el apremiante control del régimen, sin pero jamás deber renunciar a nuestras ideas.

- ¿Hasta el punto de proporcionar una serie de sugerencias para no acabar “absorbido” en un campo de concentración?
- El primero de los consejos fue el de no enviar nunca mis artículos y ensayos a través de la oficina postal de San Miguel y aún menos desde Buenos Aires. Él sospechaba que toda la correspondencia estaba controlada, así como las conversaciones telefónicas. Además, cuando me dirigía a los barrios donde llevaba a cabo mi actividad pastoral, el superior provincial me aconsejó que no fuera nunca solo, y no sólo por razones de seguridad. Así, si la policía, el ejército, la marina o la aeronáutica vinieran a prenderme, habría habido testigos. Esta era una de las formas que Bergoglio nos sugería para evitar desaparecer de la circulación, engullidos en el más completo silencio.

- ¿El padre provincial no dijo nunca a los profesores y a los estudiantes del colegio cuál era la verdadera condición de los jóvenes perseguidos acogidos en San Miguel?
- Bergoglio decía que los chicos que venían aquí estaban en fase de discernimiento vocacional, o que necesitaban ayuda en los estudios. Por ello creíamos que se trataba de ayuda espiritual. Nunca sospechamos que estuviera llevando operaciones “clandestinas”. El padre Jorge no sólo mantuvo el secreto entonces, sino que nunca quiso vanagloriarse de esa particularísima misión suya. Él trabajó no sólo para proteger, tutelar y salvar a padres jesuitas y seminaristas, sino también para esconder a jóvenes estudiantes que estaban en el punto de mira de la dictadura, que eran llevados a nuestro colegio, con todas las cautelas necesarias, con el fin de ponerles a salvo de los raptos de la policía.

- Eran años de miedo...
- El padre Bergoglio no podía correr riesgos. Si uno de los jesuitas del colegio hubiese sido secuestrado, ¿quién aseguraba que el desafortunado no fuese sometido a torturas para revelar esta actividad secretísima? Si los sicarios de Videla hubieran descubierto que los jesuitas de Buenos Aires, bajo la dirección de su superior, operaban clandestinamente en actividades contrarias al “Proceso de reorganización nacional”, ciertamente habría habido consecuencias que sólo hoy podemos imaginar.

- Finalmente, el caso de Yorio y Jalics, los dos jesuitas raptados, torturados y liberados después de casi seis meses...
- El padre Jalics ha desmentido implicación alguna de Bergoglio. Personalmente yo estaba seguro desde hacía años. Pues Bergoglio vivía en nuestra casa de San Miguel precisamente cuando hicieron desaparecer a los dos padres, él me contaba lo que hacía y las informaciones que recogía para descubrir quién podía haberles secuestrado y dónde estaban prisioneros. Puedo dar testimonio de la preocupación y del compromiso del padre provincial para devolver la libertad a ambos.

- ¿Bergoglio consiguió informaciones precisas?
- Sí, y había puesto contra las cuerdas a los generales. Al final los dos padres fueron liberados, pero de forma que no pudieran dar indicaciones precisas sobre quién les había retenido y torturado. Durante todo el periodo de detención, ambos permanecieron siempre encapuchados, y antes de ser liberados fueron narcotizados. Hay que reconocer también que con la ayuda del padre provincial, ambos consiguieron encontrar refugio en el extranjero, para no volver a una nueva y más dramática “desaparición”.

quinta-feira, 21 de março de 2013

Vítima da ditadura desmente suposta cumplicidade de Bergoglio

In Aleteia 

As acusações feitas contra Jorge Bergoglio, agora Papa Francisco, por cumplicidade com a ditadura argentina na tortura de dois sacerdotes foram desmentidas pelo único dos dois que ainda vive, Francisco Jalics.

O jesuíta publicou uma declaração no site da Companhia de Jesus da Alemanha, onde vive atualmente, na qual recorda os terríveis seis meses de 1976 nos quais foi sequestrado, interrogado e torturado com os olhos vendados.

Jalics desmente a versão do jornalista Horacio Verbitsky, quem, após a eleição do Papa Francisco, acusou-o de ter entregue os dois jesuítas às autoridades.

O religioso de origem húngara, que assina com seu nome europeu Franz, conta que, enquanto morava com outro jesuíta, Orlando Yorio, os militares o detiveram, mas a causa não foi uma denúncia de Bergoglio, e sim a detenção de um dos colaboradores leigos dos dois jesuítas.

Os militares descobriram, por meio dele, sua relação com os jesuítas, que acabaram sendo presos e interrogados durante cinco dias. O oficial encarregado reconheceu sua inocência e lhes prometeu liberdade. "Apesar disso, de maneira para nós inexplicável, eles nos mantiveram na prisão durante cinco meses, amarrados e com os olhos vendados", em uma das prisões clandestinas do regime. Em momento algum ele acusa Bergoglio.

O religioso explica que, após sua libertação, ele foi embora da Argentina e não teve oportunidade de falar com o provincial dos jesuítas, o então Pe. Bergoglio. No entanto, alguns anos depois, entrou em contato com ele – quando o superior jesuíta já era arcebispo de Buenos Aires.

Jalics explica que, nessa visita, ambos puderam conversar sobre o que havia ocorrido. "Depois disso, celebramos a Missa em público e nos abraçamos. Dou os fatos por concluídos", disse o jesuíta.

Em 2010, Bergoglio foi chamado a testemunhar por estes fatos, mas Jalics se negou a apresentar-se diante do tribunal, pois não considerava Bergoglio como culpado.

Por sua parte, a Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung publicou duas cartas dirigidas à família Jalics, assinadas por Bergoglio em 1976, nas quais afirmava que estava fazendo todo o possível pela libertação do religioso.

Na primeira, escrita quase toda em latim e datada de 15 de setembro de 1976, lê-se: "Tomei muitas iniciativas para chegar à libertação do seu irmão, mas até agora não tivemos sucesso. (...) Porém, não perdi a esperança de que seu irmão seja libertado em breve. Decidi que este assunto é tarefa minha".

Aludindo aos seus conflitos com Jalics no passado, Bergoglio prossegue: "As dificuldades que o seu irmão e eu tivemos sobre a vida religiosa não têm nada a ver com a situação atual".

Depois, em alemão, afirma: "Ferenke é um irmão para mim. (...) Tenho amor cristão pelo seu irmão e farei tudo o que estiver ao meu alcance para que ele seja libertado".
                            
Como explica em 18 de março o jornal italiano La Repubblica, “era uma época dura: o então padre geral dos jesuítas, Pedro Arrupe, havia condenado a vita in borgata dos dois sacerdotes, pedindo-lhes que fossem embora ou saíssem da Ordem. Daí é que surgiram as diferenças de postura sobre a vida religiosa, às quais Bergoglio aludia".

Um dia depois da libertação de Jalics, Bergoglio escreveu uma segunda carta ao irmão dele: "A falsa notícia, segundo a qual Francisco havia sido assassinado, também chegou a nós, mas eu nunca quis acreditar, pois tinha informações sobre ambos os sacerdotes. Às vezes, as pessoas falam demais, ao invés de contribuir para encontrar soluções".

Horacio Verbitsky, no entanto, republicou em Página 12 alguns documentos já conhecidos que, sem provas, culpavam Bergoglio. O principal documento é uma ficha preenchida em 1979 por um funcionário da ditadura, Anselmo Orcoyen.

Orcoyen recomenda não dar a Jalics (que havia ido à Alemanha) um novo passaporte, definindo-o como "subversivo". Verbitsky sustenta que estes dados teriam sido transmitidos a Orcoyen pelo próprio Bergoglio. O testemunho da vítima e as cartas agora publicadas demonstram o contrário.

terça-feira, 28 de agosto de 2012

El jesuita que construyó 145 leproserías, colegios para pobres y casas para seropositivos en China


El 27 de julio de 2011, era llamado a la Casa del Padre el jesuita gijonés Luis Ruiz, el Ángel de Macao y de todos los leprosos de China. Allí pasó más de 70 años, y, a su muerte, dejó un legado de más de 60 leproserías, casas de acogida para seropositivos, y educación para miles de jóvenes sin recursos. Sus amigos más cercanos le recuerdan como «un hombre cuya sonrisa tranformaba los corazones».

El padre Luis con un anciano (a ellos atendía especialmente) «Sonreír, amar, servir y esperar en el Señor», así define al padre Luis su sucesor al frente de la misión en Macao, el padre jesuita argentino Fernando Azpiroz.

Asturiano, nacido en Gijón en 1913, el padre Luis Ruiz supo desde el principio de su vida que su misión no iba a ser sencilla: expulsado de España en 1931 por pertenecer a la Compañía de Jesús, llegó a China en 1940. Su primera labor fue visitar los centros de misión en la diócesis de Anking, cuando la ocupación japonesa. Como no había transporte, caminaba 70 kilómetros al día, algo que continuó haciendo toda su vida: «Siempre peregrinaba por los caminos más remotos, donde vivía gente a la que nadie llegaba nunca», cuenta su amigo y compañero Alejandro Cuervo-Arango.

«Él siempre volvía a ver a las personas aisladas, porque sabía que allí le esperaba el Señor». Cuando él ya no pudo llegar hasta ellos, ellos iban a él.

Su estancia en China cambió radicalmente cuando las tropas comunistas llegaron, en 1949, a Anking, cerraron el centro de misión y encarcelaron al padre y a otros jesuitas. En la cárcel enfermó de fiebres tifoideas y fue expulsado del país.

Enfermo y pobre, en Macao
El padre Luis se refugió en Macao en 1951, lo que por entonces era una ciudad excesivamente pobre, donde iban llegando los chinos del norte que huían de las tropas comunistas. Allí comenzó una etapa dura para el jesuita, que recordaba -al contar su misión en periplos por Europa- cómo los refugiados «llegaban con lo puesto. En medio de ellos, me encontré yo, sin dinero para ayudarles».

Una actitud que, señala el padre Fernando Azpiroz, «es lo que más recalcaría de él: era muy consciente de sus límites. Su mandarín era muy pobre, por lo que muy pocas personas entendían lo que quería decir. Además, al comienzo de la misión en China era una persona muy limitada físicamente. Necesitaba que lo llevaran de un lado al otro, como a un niño. Pero nunca se rebeló; al contrario, los vivía como su fuerza, casi como una bendición».

Ese abandono en las manos de Dios también la recuerda su sobrino, don Jesús Carrascosa, iniciador del movimiento Comunión y Liberación en España, que le conoció cuando tenía 35 años: «Siempre me decía: Todavía tienes poca fe, porque te preocupan muchas cosas».

Alimentar sus corazones
Recordaba el padre Azpiroz en la homilía del multitudinario funeral, que tuvo lugar el 3 de agosto de 2011, que cuando el padre Ruiz llegó a Macao, «muchos estaban enfermos, solos, hambrientos...; él también estaba enfermo, y era pobre».

Pero no cejó en su empeño por ayudar y movió a todos sus contactos para obtener alimentos. «Empezó por dar algo de arroz a las personas que se acercaban a su casa, pero sabiendo que no era suficiente alimentar sólo sus estómagos. Había que alimentar también sus corazones. Para ello, decidió reabrir la antigua iglesia de San Agustín, para rezar y cantar juntos», continuó el padre Azpiroz.

«Dar el Catecismo por la noche era mi trabajo más importante», decía el mismo padre Ruiz. Fue así como descubrió «que no importaba cuántas personas se acercaran a recibir arroz; siempre alcanzaba», explicó también el padre Azpiroz en el funeral.

«Aprendió que confiar en Dios significaba también confiar en los hombres. Se dio cuenta de que las personas, no importa cuán ricas o pobres sean, tienen el deseo de ayudar a los demás. Sólo necesitan una oportunidad para hacerlo».

El padre Luis, especialista en buscar y encontrar amigos y colaboradores, logró fundar la Casa Ricci, el inicio de Cáritas Macao, donde llegó a atender a más de 30.000 refugiados, sin preguntar de dónde venían o cuál era su identificación política, lo que le costó pagar un alto precio. Una vez ayudó a un estudiante que participó en el movimiento de la plaza Tiananmen. En represalia, el Gobierno chino le negó durante dos años el visado para entrar en el país.

«Esto es lo que más me atrajo del padre Ruiz cuando llegué a Macao, en 2005», cuenta hoy el padre Azpiroz: «La fuerza de esa sencillez que sabe que el Señor construye grandes cosas a través de los pequeños pasos que damos siguiendo sus inspiraciones».

Lo corrobora su sobrino, Carrascosa: «Mi tío sabía que, a través de la ayuda inmediata, podía dar a la gente lo que verdaderamente necesitaba: conocer a Cristo. Él servía a los pobres por amor a Dios, no por ideología; por eso, perseveró».

El tiempo de la lepra
Tenía más de 70 años cuando supo de la existencia de la isla de Dajin, donde había una colonia de leprosos. Él mismo describe en una carta su primer encuentro: «Quería darles un apretón de manos, pero muchos no tenían manos. Me quedé sorprendido con tan inmensa miseria como se palpaba, y sentí el tremendo abandono en que vivían».

Y empezó su ingente labor con los leprosos de China. Llevó comida, alojamiento, agua y cuidados médicos a la gente de Dajin. Pero descubrió que no bastaba, y que los pacientes necesitaban cariño. Llamó a las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, que ya trabajaban con él en Macao, a vivir en la isla. 5 años después, aquel centro triste y abandonado cambió a sus enfermos en personas dignas y rebosantes de alegría.

La voz de que existía un Ángel que cuidaba a los leprosos se extendió rápido por toda China. Así comenzó su itinerario de fundación y ayuda a leproserías -llegarían a 145- por áreas remotas de las montañas. En menos de 10 años, más de 90 Hermanas decidieron dejar sus lugares y comunidades para ir a servir y vivir con las personas afectadas por la lepra. Diez años más tarde, el padre Ruiz, con más de 90 años, haría a las Hermanas otra nueva invitación: ir a servir a los nuevos leprosos, las personas con sida, en un centro de acogida.

La sonrisa de su rostro
A sus casi 98 años, el 26 de julio de 2011, en su habitación de la Casa Ricci, «Dios nuestro padre le encontró algo cansado y le llamó», cuenta el padre Alejandro, quien recuerda que, «en su persona, los hombres encontraban a Dios». Y alude a una razón sobre todas las demás: «La sonrisa de su rostro, que transformaba las penas de quienes llegaban hasta él y convertía en ternura y fortaleza los corazones más endurecidos».

Hoy, Casa Ricci está en manos del padre Azpiroz, quien, un año después del fallecimiento del Ángel de Macao, siente «una mayor responsabilidad, la tensión de querer ser fiel a su carisma. Pero todo ha sido más sencillo de lo que imaginaba, y, sin duda, el trabajo que el padre Ruiz hace desde el Cielo tiene mucho que ver».

El padre Luis dejó en China el legado de 64 leproserías, 5 hogares para seropositivos y la educación de unos 1.500 estudiantes de familias pobres. «Él comenzó un movimiento que hoy permite que muchos, incluidas personas del Gobierno, puedan acercarse a los afectados por la lepra y el VIH».



segunda-feira, 13 de agosto de 2012

Fraude histórica - por João César das Neves

In DN

Os Ensaios da Fundação Francisco Manuel dos Santos marcaram já uma posição de intervenção lúcida na sociedade portuguesa. Poucos títulos, porém, atingem o impacto do mais recente Matemática em Portugal. Uma Questão de Educação, do professor Jorge Buescu.

O livro formula uma questão simples: "Portugal não teve, ao longo da sua história quase milenar, nenhum cientista de topo mundial" (pág. 11). Para entender o facto existe uma "narrativa convencional". Esta versão canónica da evolução científica nacional explica o fiasco através de "elementos autoritários, externos ao ensino e prática das ciências" (pág. 14), que minaram os esforços das nossas mentes iluminadas: "... da expulsão dos judeus à Inquisição (pelo menos em dois momentos), do ensino jesuíta (pelo menos em dois momentos) à decadência naval, do regime filipino à ditadura salazarista ou a perseguições políticas" (pág. 14).

O autor, baseado na investigação historiográfica mais recente, procede então ao desmantelamento total dessas certezas, mostrando à evidência que não passam de mitos, distorções, falsidades. A conclusão fica inescapável: a causa da nossa vacuidade científica deve-se "à permanente mediocridade histórica do ensino das ciências em Portugal em comparação com os países europeus desenvolvidos" (pág. 20). Ou seja, a culpa da secular fragilidade científica não está na tacanhez cultural, boçalidade do povo, obscurantismo religioso, perversidade de ditadores. Todas essas coisas, por influentes que sejam, mostram-se irrelevantes na questão. Os verdadeiros culpados são os catedráticos, o meio académico, as políticas de educação. Foi a sua secular tacanhez, boçalidade e obscurantismo que estiolou a Ciência e Matemática em Portugal. E não é preciso fazer arqueologia para saber do que se trata. Repetidamente (págs. 23, 68, 79, 90), o livro nota a semelhança entre os desastres antigos e os males que hoje se apontam ao ensino: "falta de exigência e de rigor, ... facilitismo,...cultura de mediocridade" (págs. 68 e 69).

Mas a questão não se reduz ao campo educativo, pois os tais lentes que sabotaram a ciência nacional estiveram activos em todas as áreas. A monstruosa falsificação histórica que o livro denuncia não se limitou à Matemática, mas afecta todo o nosso imaginário colectivo. Podemos dizer que fomos todos enganados em alguns traços da interpretação oficial da nossa história.

As elites intelectuais dos séculos XIX e XX construíram uma magna narrativa civilizacional para explicar não apenas para a miséria educativa, mas todo o desenvolvimento nacional. Mas nesse relato os heróis estão trocados com os vilões, as forças progressivas com as retrógradas, as causas com consequências.

A Inquisição, repetidamente acusada de todos os males nacionais, "teve um efeito objectivo nulo sobre o desenvolvimento da Matemática em Portugal" (pág. 53) e um impacto civilizacional muito inferior ao que os seus inimigos oitocentistas lhe quiseram assacar. Quanto aos jesuítas, malditos entre os malditos, "ao longo de todo o século XVII foram eles os únicos a ensinar Matemática e ciências em Portugal" (pág. 54). Pelo contrário, o Marquês de Pombal, supremo herói maçónico, repetidamente celebrado como reformador genial, criou "medida política isolada mais catastrófica alguma vez tomada em Portugal" (pág. 60), precisamente ao expulsar a Companhia de Jesus: "De um dia para o outro Portugal acordou sem escolas, sem professores, sem estabelecimentos de ensino e com 20 000 ex-alunos na rua" (pág. 61).

Portugal é um país espantoso, com um povo capaz de feitos únicos e maravilhosos. Em compensação, o País está há séculos dotado de uma elite pedante, mesquinha e medíocre. Esse grupinho de iluminados tem sempre no bolso a salvação nacional e, atingindo o poder, tudo faz para arruinar o País. Os desastres de 1834, 1890, 1910, 1916, 1926, 1961, 1978, 1983 e 2011 não são azares externos, mas efeito directo das soluções milagrosas da elite, que depois compõe uma magna falsificação histórica para se desculpar e acusar os adversários. Vemos isso hoje, com a crise.

segunda-feira, 5 de abril de 2010

Os terríveis abusos no colégio S. João de Brito


Eu creio que a generalidade das pessoas que me lêem sabe que frequentei, durante 10 anos, o colégio S. João de Brito, dos Padres Jesuítas. O que ignoram por completo são os terríveis abusos que lá aconteceram, no meu tempo.

Passados tantos anos, não podendo guardar mais o segredo, sinto como imperioso o dever de denunciá-los.

No primeiro dia em que cheguei ao colégio, para frequentar o que então se chamava a primeira classe, desatei num berreiro, com tal fúria, que ninguém me conseguiu pôr dentro da sala de aula. Queria a minha mãe! Que me devolvessem a ela! Somente depois de um intervalo é que veio o Irmão Diniz, que apesar de ter levado várias caneladas e provavelmente algumas dentadas, lá conseguiu, acolitado por ajudantes, introduzir-me na sala de aula.

Este Irmão em paga dos seus longos anos de serviço tentando infundir alguma ordem na horda de bárbaros que nós éramos foi alcunhado de cágado, talvez em virtude do seu fácies ter uns longes do focinho desse bicho. Muitas vezes orientava a oração da manhã na Igreja e foi com ele que aprendemos a oração “Alma de Cristo, santificai-nos, etc.”. Mal podia então eu supor que essa oração voltaria muitos anos depois aos meus lábios, já sacerdotais, como uma das poucas consolações espirituais e revigorantes num período de aridez, de noite tenebrosa.

Nos dois primeiros anos do liceu (quinto e sexto actuais) para além de ter apanhado uma bebedeira monumental, ter vomitado durante a leccionação de uma disciplina, entretinha-me em provocar os professores, quase todos Padres. Quantas vezes o bom P. Ferreira da Silva[1] teve de correr atrás de mim à roda da sala de aulas porque eu fugia aos correctivos que me queria dar. Acabava expulso, mas isso de nada adiantava porque me entretinha a escancarar a porta fazendo caretas que punham a turma a rir ou em polvorosa.

O santo P. Pacheco, homem de uma benignidade extraordinária, foi ao longo dos anos submetido às patifarias e ao ridículo de gerações sucessivas de alunos. Como a sua bondade era lendária todos dela se aproveitavam. Uma das centenas de partidas que ficou mais famosa foi a de lhe colocarem “bombinhas de mau cheiro” na cadeira onde se sentava para leccionar. A atrapalhação tamanha em que ficou, chegando a pensar que teria tido uma descarga intestinal sem se dar conta, o seu nervosismo convulsivo, a vergonha estampada na cara vermelha como uma malagueta, tudo isso era para os alunos um gáudio imenso. Este grande varão, distraído como um Einstein, nas aulas práticas de físico-química era capaz de ao advertir-nos para a possibilidade de apanharmos um choque, recomendar-nos para não colocar o dedo onde ele o punha!, apanhando o tal choque eléctrico a que nos queria poupar.

Fazia-lhe a maior das impressões ouvir o tilintar metálico de objectos caídos no chão. Pois sabendo nós disso fizemos trocar o dinheiro que tínhamos em 50 moedas (que naquele tempo tilintavam mesmo) que foram sendo lançadas durante toda uma aula.

Pior do que isso foi o meu aproveitamento da confissão e da direcção espiritual para faltar às aulas. Ia para o confessionário ou ao gabinete de um Padre e colocava-lhe dúvidas sucessivas. Lembra-me perfeitamente de passar assim conversando hora e meia, duas horas, enfim o tempo que queria. O Sacerdote que então me acompanhava era de uma seriedade e preocupação para comigo verdadeiramente notáveis. Quando não sabia como me responder procurava consultar os livros de teologia e se encontrava a resposta era capaz de me chamar, interrompendo uma aula, para me esclarecer. Mas eu sonso e hipócrita logo colocava nova dificuldade, outra dúvida, enfim aquilo que fosse necessário para manter o jogo. Soube mais tarde que ele veio a abandonar o sacerdócio. Não tenho a presunção de pensar que foram as minhas dúvidas ou questões que o levaram a dar tal passo, mas não posso deixar de pôr a hipótese da minha canalhice ter contribuído para isso.

Quando íamos a retiro - só ia quem queria -, na casa de exercícios de Santo Inácio, no Rodízio, Praia Grande, aproveitámos mais que uma vez para disparatar. Pelos 15 anos de idade roubei uma garrafa de champanhe lá em casa e levei-a escondida para um desses encontros de silêncio. O resultado, como é claro, não podia ser bom. Para além dos excessos do álcool, nesse retiro roubaram os fusíveis todos da casa e partiram o vidro de um automóvel de um infeliz que lá estava a descansar.

Por que é que o excelente P. Filipe Ribeiro teve a infelicidade de, numa manifesta brincadeira, diante de meus pais, me ter dito que nunca mais me falava? Porquê logo a mim? É que por causa disso durante três anos não só me recusei a dirigir-lhe a palavra como não respondia sequer às que ele me dirigia. Vim depois a saber que aquela minha recusa teria levantado suspeitas sobre o bom P. Filipe. Quanto terá ele sofrido à conta disso? E nem sequer lhe posso pedir perdão, pois já morreu.

Por que é que o famoso e profundo pregador Jesuíta, P. Ramon Cué, autor daquele famosíssimo “Mi Cristo Roto”, me teve de aturar quando assomando à varanda do seu quarto para meditar deu comigo gesticulando, em cima do telhado fronteiro, descalço mostrando-lhe as peúgas rotas no calcanhar, improvisando uma “pregação” cretina sobre as mesmas?

Como esquecer a vingança que exerci no fim de um ano lectivo, no último dia de aulas, despedaçando um lavatório, escaqueirando uma retrete e pintando uma parede com o arremesso de uma garrafa cheia de tintas misturadas que nela deixou uma nódoa durante muitos anos? Vingança, sim, sobre aquele colégio que para além de me ter lá a estudar de graça durante muitos anos tinha ainda a veleidade de me dar uma boa preparação para garantir o meu futuro!

Estas são algumas das coisas que se podem contar, porque há outras que é melhor nem lembrar. Olhando para trás e tomando consciência das imbecilidades sádicas, contínuas e sistemáticas, perpetradas contra os Padres e Irmãos não posso deixar de confessar que fui sempre um abusador terrível. E de admirar-me como é que nunca nenhum deles perdeu a paciência a ponto de me dar uma tareia. Como dizia uma tia minha, o que eu precisava era de uma sova que me “rachasse de alto a baixo”.

Benditos Padres da Companhia de Jesus que me aturaram a mim e a muitos outros com um enorme espírito de serviço e de abnegação, mostrando uma paciência e uma humildade raras.

Mais tenho de dizer que nunca por nunca, mas mesmo nunca, ter sentido, visto ou sequer ouvido falar de qualquer abuso ou indício ou suspeita de cariz sexual. E, por isso, nunca me passou pela cabeça que um Sacerdote fosse capaz de tais abusos.

Já não posso dizer o mesmo de um outro colégio que frequentei durante um ano onde entre os alunos se falava de atitudes impróprias de um professor, que de resto não era Padre.

Os “dignitários” Jesuítas durante séculos serviram voluntariamente de capacho a muita gente, sendo espezinhados pelo muito bem que faziam.


Nuno Serras Pereira

05. 04. 2010




[1] Havia vários irmãos Jesuítas. Este era o que fabricava carrinhos que funcionavam com motores de mota e nos serviam de divertimento nos intervalos.