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quarta-feira, 11 de dezembro de 2013

Reforma litúrgica, una historia para volver a escribir - por Sandro Magister

In Chiesaespresso
ROMA, 9 de diciembre de 2013 – Ha pasado exactamente medio siglo desde que el Concilio Vaticano II promulgó el primero de los dieciséis documentos, la Constitución sobre la Sagrada Liturgia:

> Sacrosanctum Concilium


Y cincuenta años luego de ese diciembre de 1963 ha nacido un sitio web que pone a disposición del gran público la documentación de todo el trabajo que produjo ese texto capital, tanto en la fase preparatoria anterior al Vaticano II como durante el Concilio mismo:

> Fontes Commissionis Liturgicae

Que el Concilio iniciara sus propios trabajos precisamente por el esquema "De liturgia" se debió al hecho que a los padres les pareció que éste era el esquema más maduro y el menos objetado. Pero posteriormente muchas voces notables reconocieron esto como un hecho providencial: "Comenzando con el tema de la liturgia – escribió Joseph Ratzinger – se puso inequívocamente a la luz el primado de Dios, su prioridad absoluta" respecto a todos los otros temas que el Vaticano II tuvo que afrontar posteriormente.

En la votación final, la constitución "Sacrosanctum Concilium" obtuvo 2158 votos a favor y solamente 19 en contra. Pero las oposiciones crecieron posteriormente, principalmente por el modo con el que se pusieron en obra sus indicaciones por medio del "Consilium ad exsequendam Constitutionem de sacra liturgia", instituido por Pablo VI en enero de 1964, con el primer presidente el cardenal Giacomo Lercaro y como secretario y "factotum" el liturgista Annibale Bugnini.

Aquí a continuación tenemos una presentación más detallada del nuevo sitio web, escrita por un experto en la materia, Nicola Bux, sacerdote de la diócesis de Bari, docente de liturgia, autor de ensayos y consultor de la Congregación para el Culto Divino y de la Congregación para la Causa de los Santos.

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PARA UNA "REFORMA DE LA REFORMA"

por Nicola Bux



A cincuenta años del 4 de diciembre de 1963, cuando se promulgó la Constitución litúrgica del Vaticano II, vuelve a la mente la afirmación de un estudioso de ese Concilio: “Los padres no querían una 'revolución' litúrgica”.

¿Cómo probar esa afirmación? Nos viene al encuentro un sitio muy nuevo, con las fuentes documentales respecto a la preparación, la redacción y la composición de la "Sacrosanctum Concilium".

El objetivo es hacer conocer los documentos para una historia ecuánime de la reforma litúrgica y, en consecuencia, también para una comprensión auténtica del Vaticano II, en continuidad con los otros concilios de la Iglesia, en la línea de navegación trazada por Agostino Marchetto:

“En las últimas décadas, la cuestión de la correcta celebración de la liturgia se ha convertido cada vez más en uno de los puntos centrales de la controversia en torno al Concilio Vaticano II, en cuanto a la forma en que debería ser valorado y acogido en la vida de la Iglesia”.

El nuevo sitio, gratuito y de fácil acceso, hace finalmente viable a todos un material muy precioso.

Sólo es necesario saber orientarse un poco al consultarlo. Está escrito en el frontispicio del sitio, que todavía está en fase de construcción:

“Se insertarán en las próximas semanas la transcripción de la documentación necesaria para comprender cómo antes del Concilio la comisión litúrgica se reunió para redactar el esquema de la Constitución sobre la liturgia propuesta al Concilio Ecuménico Vaticano II y cómo, durante las dos sesiones conciliares, este esquema se modificó según los deseos expresos de los padres".

La comisión litúrgica preparatoria celebró tres encuentros en los que se organizaron, presentaron y discutieron los trabajos llevados a cabo en las subcomisiones. Para presentar el material se ha mantenido en el sitio esta división:

> I Conventus

> II Conventus

> III Conventus

Después que se inició el Concilio el trabajo pasó a la Commissio Centralis. La comisión litúrgica conciliar se reunió durante la primera y la segunda sesión del período de reuniones, en 1962 y en 1963, así como también en el período intermedio. También en este caso se ha mantenido la división original:

> Sessio I


> Sessio II

La casi totalidad del material documental está almacenado ahora en el Archivo Secreto Vaticano y de allí ha sido retomado y hecho público en el sitio. Mientras que en lo que se refiere a otros documentos de los cuales se conoce su existencia, pero que no se encuentran en el Archivo, está en curso la búsqueda, con el fin de ofrecer al gran público una documentación finalmente completa.

Los textos están publicados en su idioma original, la mayoría de ellos en latín.

La "Sacrosanctum Concilium" presenta la liturgia como la continuación de la obra de salvación de Cristo en todo lugar y en todo tiempo. El misterio de Cristo está presente en ella, en la liturgia, convertida en la cumbre y en la fuente de la vida eclesial.

Justamente Pamela E.J. Jackson identificó la clave de lectura en el parágrafo 7, que termina de esta manera:

"Toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia".

Así también ha hecho notar que las fuentes de la teología de la liturgia, en la Constitución, son la Sagrada Escritura y la tradición litúrgica, patrística y teológica, interpretada por el magisterio, en especial con las encíclicas "Mystici Corporis" y "Mediator Dei", al punto que se puede decir que en el campo litúrgico el Concilio Vaticano II “completó la obra iniciada por Pío XII”.

Esto se corresponde con lo que afirmó Benedicto XVI en la audiencia del 10 de octubre del 2012: “La 'Sacrosanctum Concilium' recuerda la centralidad del misterio de la presencia de Cristo", así como también en el discurso del 18 de febrero de 2013 al clero romano y en el prólogo a sus escritos en materia litúrgica:

“La primera, inicial y simple – aparentemente simple – intención del Concilio era la reforma de la liturgia, que ya había comenzado con Pío XII, quien ya había reformado la [celebración de la] Semana Santa. […] Mirando retrospectivamente, encuentro ahora que fue muy bueno comenzar con la liturgia. De este modo aparece el primado de Dios, el primado de la adoración. 'Operi Dei nihil praeponatur': no se anteponga nada a la obra de Dios. Esta frase de la Regla de san Benito aparece así como la regla suprema del Concilio".

Si no se quiere hacer caso a Benedicto XVI, está Henri De Lubac. También para este gran teólogo la Constitución sobre la Sagrada Liturgia fue “muchas veces mal entendida y a veces tergiversada en forma sacrílega”. Es que después del Concilio se impuso la convicción que la Constitución litúrgica había postulado una reforma en el sentido de una ruptura con la tradición de la liturgia católica, en al menos cuatro campos: la Eucaristía como cena en vez de sacrificio; la asamblea como sujeto de la liturgia en vez del sacerdote; la participación como alternativa a la adoración, y la importancia central de la comunidad en lugar del alcance cósmico del sacrificio eucarístico.

También para esto es importante volver a las fuentes. Los documentos preparatorios permiten mirar a la "Sacrosanctum Concilium" con más objetividad y permiten evaluar su ejecución post-conciliar.

También a la luz de las intervenciones de los padres en el aula, la Constitución quería ser una ley marco, pero eso no implicaba una transformación fundamental de la liturgia católica. En ésta – escribió Joseph Ratzinger – se debe "evaluar dónde han sido aportados cortes demasiado drásticos, para restablecer en modo claro y orgánico las conexiones con la historia pasada. Yo mismo he hablado en este sentido de 'reforma de la reforma'. Pero en mi opinión, todo esto debe estar precedido por un proceso educativo que encauce la tendencia a mortificar la liturgia con invenciones personales".

El nuevo sitio, con sus documentos, podrá ayudar a ese proceso.

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Traducción en español de José Arturo Quarracino, Buenos Aires, Argentina.

quarta-feira, 12 de dezembro de 2012

A CAMPANHA PELA HUMANAE VITAE - por Charles E. Rice, Ph. D.


In Crisis

(Tradução de M. José Figueiredo)

            O ano de 2008 assinala o 50º aniversário da Humanae vitae (HV), ou seja, as bodas de ouro da encíclica em que Paulo VI reafirmou aquilo que fora, até 1930, doutrina cristã universal. Hoje, no 44º aniversário da HV, o Bellarmine Forum lança uma Campanha pela Humanae vitae que tem como objectivo reunir um milhão de assinaturas numa petição por meio da qual queremos transmitir ao Santo Padre e aos nossos bispos a nossa gratidão e o nosso apoio – sempre acompanhados de oração – pelos esforços envidados na pregação e na defesa desta doutrina vital do Magistério.



            E por quê agora? Pelo seguinte: o Professor Gary Gutting, meu colega na Universidade de Notre Dame, declarou num artigo publicado no New York Times que «não compete aos bispos, mas aos fiéis, decidir da natureza e do alcance da autoridade episcopal», e que, nas matérias de moral sexual, «os católicos rejeitaram decididamente esta autoridade». Por isso, conclui o Professor Gutting, «o carácter imoral do controlo da natalidade deixou de ser doutrina da Igreja Católica […]; a questão foi decidida pela voz do povo católico»[1].



            O Professor Gutting está convencido de que tem razão. Mas não tem. Vou explicar porquê.



            Lambeth



            A primeira vez que uma confissão cristã declarou que a contracepção era uma opção moral válida foi na Conferência Anglicana de Lambeth de 1930. A Conferência de Lambeth de 1908 tinha condenado a contracepção com palavras que podiam ter sido escritas por João Paulo II ou por Bento XVI.[2] Depois de Lambeth 1930, Pio IX e os papas seguintes continuaram a declarar que a contracepção não é uma opção moral válida, em primeiro lugar porque separa os aspectos unitivo e procriativo do acto conjugal; em segundo lugar porque, alterando desta maneira a natureza do acto, o homem e a mulher se colocam no lugar de Deus enquanto árbitros do começo da vida; e em terceiro lugar porque a contracepção frustra a mútua doação total que é essencial ao acto conjugal. Por outro lado, a contracepção pressupõe que existem vidas humanas que não vale a pena viver – nomeadamente, a vida das crianças cuja existência os utilizadores dos contraceptivos decidiram evitar.



            A Trégua de 1968



            O advento da pílula, na década de 1960, fez aumentar o uso de contraceptivos entre os católicos e outros. A promulgação da HV, em 1968, gerou uma onda de dissidência. Em 1968, o Cardeal Patrick O’Boyle, de Washington, D.C., disciplinou dezanove sacerdotes que tinham discordado publicamente da HV. Três anos depois, a Congregação para o Clero ordenou ao Cardeal O’Boyle que retirasse as penas canónicas aos sacerdotes que lhe declarassem em privado que aceitavam que a doutrina sobre «o mal objectivo da contracepção» era «uma expressão autêntica do magistério». A congregação evitou explicitamente exigir que os sacerdotes que tinham discordado publicamente se retratassem publicamente. George Weigel descreve assim os efeitos desta «Trégua de 1968»:



Aquilo que defendi em The Courage to be Catholic, um livro de 2002, e que continuo a defender hoje, foi que a Trégua de 1968 (exemplificada pela resolução do Caso de Washington) ensinou várias coisas à […] Igreja da América.



A Trégua de 1968 ensinou aos teólogos, aos sacerdotes e a outros profissionais da Igreja que a dissensões doutrinais não tinham quaisquer custos. A Trégua de 1968 ensinou aos bispos que tivessem tendência para defender vigorosamente a doutrina católica que deviam pensar duas vezes antes de o fazer se tal defesa viesse a ser controversa. Resultou daí uma geração de bispos católicos que se consideravam, não tanto mestres com autoridade, mas moderadores de um diálogo, cuja responsabilidade essencial era impedir que algum dos participantes desse diálogo abandonasse a mesa.



E o povo católico aprendeu […] que praticamente tudo era questionável na Igreja: a doutrina, a moral, o sacerdócio, o episcopado, tudo. Deste modo, a tendência para o Catolicismo de Menu recebeu um enorme impulso com a Trégua de 1968: se os bispos e a Santa Sé não estavam interessados em defender seriamente a doutrina da Igreja nessa matéria, a decisão de fazer opções de entre o cardápio das hipóteses doutrinas e morais não era apenas correcta, era até admirável – tratava-se de um exercício de maturidade, como se dizia nessa altura.[3]

           

            A atitude dos bispos



            Salvo algumas excepções, os bispos americanos não foram capazes de formar os católicos e outros sobre o conteúdo da HV e sobre as correspondentes doutrinas de João Paulo II e Bento XVI. A nível nacional, os bispos empreenderam esforços louváveis para corrigir a situação; mas gerações de paroquianos – e de crianças cujas aulas de religião são compostas por trabalhos manuais sobre conteúdos politicamente correctos – continuam a pagar o preço por esse fracasso. Daqui resulta uma estrondosa ignorância entre os católicos acerca da HV e de outras doutrinas e princípios. De acordo com uma sondagem da Gallup publicada em Maio de 2012, 82% dos católicos americanos então convencidos de que o uso de contraceptivos é «moralmente aceitável»[4]. «Se Me amardes, guardareis as Minhas palavras», disse o Senhor.[5] Mas, fazendo um levantamento das homilias proferidas nos Estados Unidos nos últimos cinquenta anos, qual será a proporção entre as exortações generalizadas ao «amor» e as explicações do conteúdo dos mandamentos? Nem vale a pena responder. Mas os párocos não são os únicos responsáveis por este facto; como observava Jude Dougherty, reitor emérito da Faculdade de Filosofia da Universidade Católica da América, «Há quanto tempo é que não ouvimos uma homilia sobre um mandamento, um sacramento ou uma virtude? É preciso ser um génio, e poucos o são, para retirar alguma coisa das leituras, que se prestam mais a repetições piedosas que à pregação da doutrina. E depois temos as orações improvisadas, que são muitas vezes contraditórias ou reflexo de ambições políticas e sociais, como se as petições do cânone não fossem suficientes.»[6]



            Numa entrevista recente ao Wall Street Journal, o Cardeal Timothy Dolan, presidente da Conferência Episcopal Americana (USCCB), reconheceu, quer o fracasso dos bispos, quer o desejo, especialmente entre os jovens, de uma pregação mais veemente sobre as doutrinas relativas à sexualidade:



– Não acha que a Igreja tem dificuldades em transmitir os seus princípios morais ao próprio rebanho?

– Então não temos! – responde o arcebispo com uma gargalhada. – Não me custa nada reconhecer que temos uma grande, uma enorme dificuldade catequética em convencer os nossos da beleza moral e da coerência do que ensinamos. Sem dúvida nenhuma!



            E atribui as responsabilidades por este facto aos chefes da Igreja: «Temos vergonha de falar de castidade e de moral sexual», atribuindo este acanhamento aos «anos 60, altura em que o mundo parece ter cedido em massa, e em que os católicos […] adquiriram a convicção de que aquilo que o Concílio Vaticano II ensinara […] é que tínhamos era de ser amigos do mundo, e que a melhor coisa que a Igreja podia fazer era tornar-se cada vez mais parecida com o resto das pessoas.»



            O elemento crucial, observa o arcebispo, foi a Humanae vitae, a encíclica de 1968 do Papa Paulo VI, que «provocou um tal tsunami de dissidência, afastamento e críticas à Igreja, que me parece que nós – e estou a usar a primeira pessoa do plural intencionalmente, incluindo-me no grupo – pensámos, mais ou menos inconscientemente: “Bem, é melhor não voltarmos a falar no assunto, porque dá muita briga.” E passámos ao lado de uma excelente oportunidade de sermos uma voz moral coerente relativamente a um dos assuntos mais candentes deste tempo.»



            E acrescenta que o escândalo dos abusos sexuais de menores «nos agravou a laringite que nos impede de falar das questões da castidade e da moral sexual, porque pensamos: “Ainda sou capaz de corar… Depois do que alguns sacerdotes e bispos, ainda que sejam uma pequena minoria, andaram a fazer, que credibilidade é que eu tenho para falar sobre isto?”»



            Mas o arcebispo não deixa de reconhecer que há um desejo, especialmente entre os jovens, de uma pregação mais veemente sobre as doutrinas relativas à sexualidade. «Não hesitam em afirmar: “Digo-lhe desde já que não sabemos se vamos conseguir obedecer… mas queremos saber. E é justo que vocês, que são os nossos pastores, nos digam como são as coisas e nos desafiem a viver de acordo com a doutrina.”»[7]



            Num discurso recente aos bispos americanos, Bento XVI sublinhava este ponto: «Certamente, temos de reconhecer algumas carências nas catequeses dos últimos decénios que, por vezes não conseguem comunicar a rica herança da doutrina católica sobre o matrimónio como instituição natural elevada por Cristo à dignidade de sacramento, a vocação cristã dos cônjuges na sociedade e na Igreja, e a prática da castidade conjugal.»[8]



            A Igreja em tribunal



            Em conformidade com a Lei das Consequências Indesejáveis, o Mandato de Saúde de Obama proporcionou aos bispos uma clara oportunidade de promoção das verdades expostas na HV.



            O Mandato exige que quase todas as organizações religiosas e outros empregadores, ou as seguradoras dos empregadores, contratem para os seus empregados seguros que incluam contraceptivos, contraceptivos abortivos e meios de esterilização. Em Maio passado, várias dioceses católicas, bem como hospitais, escolas, instituições e universidades católicas, intentaram processos judiciais contra o Mandato, nos quais argumentam que este viola a constituição e a legislação federal, nomeadamente a liberdade religiosa, consagrada na Primeira Emenda à constituição. Os bispos insistem – e bem – que estes processos não pretendem questionar o estatuto legal dos meios contraceptivos nem os méritos da doutrina da Igreja sobre a contracepção. Estes processos não ficaram resolvidos pela recente decisão do Supremo Tribunal, que apoiou o Mandato Individual do Obamacare, segundo o qual todos os indivíduos são obrigados a adquirir um seguro de saúde.



            Uma oportunidade para dar doutrina



            Pelo facto de ter violado o direito fundamental à liberdade religiosa, Obama proporcionou à Igreja a oportunidade de dar doutrina em duas matérias: 1. a consciência, e 2. a contracepção. Os bispos fizeram uso dessa oportunidade, afirmando numa carta que mandaram ler em todas as paróquias: «Não podemos aceitar – nem aceitaremos – esta lei injusta.»[9]  Mas por que razão é esta lei injusta? Porque obriga, contra a consciência, à cooperação imoral com um mal intrínseco: a contracepção.



            A consciência



            Os bispos têm aqui uma oportunidade para explicar ao povo americano que a «ditadura do relativismo» trivializa a consciência, reduzindo-a a uma expressão do gosto pessoal, sem qualquer pretensão transcendente de imunidade contra a opressão por parte do Estado.



            «A consciência é um juízo da razão, pela qual a pessoa humana reconhece a qualidade moral de um acto concreto.»[10]  Uma consciência bem formada considerará que o Mandato obriga a uma cooperação imoral com a contracepção e o aborto. Como observou o Cardeal Raymond Burke, «Não se trata apenas daquilo a que se chama “cooperação material”, no sentido em que, contratando um seguro que abranja essas possibilidades, o empregador está a fornecer materialmente a contracepção; trata-se também de “cooperação formal”, porque ele está a fazê-lo consciente e deliberadamente. E não há maneira de justificar tal acto, que é sempre moralmente condenável.»[11]



            As leis injustas



            Quando declararam: «Não podemos aceitar – nem aceitaremos – esta lei injusta», os bispos não estavam a brincar. Há leis que são contrárias ao «bem humano» porque estão para além da autoridade do legislador, porque são opressivas, ou porque põem gravemente em causa a equidade. Podemos ter de obedecer a estas leis (basta pensar nos impostos) para evitar males maiores. Mas, como também afirmou São Tomás de Aquino, «as leis podem ser injustas pelo facto de se oporem ao bem divino; são leis tirânicas, que induzem a algo que é contrário à lei divina, e a estas leis não se pode de maneira nenhuma obedecer»[12]. Se houvesse uma lei que obrigasse um médico a fazer um aborto, ele estaria moralmente obrigado a desobedecer-lhe, mesmo sob pena de morte. E o mesmo se aplica aos bispos e a outros que sejam forçados pelo Mandato a cooperar imoralmente com a violação da lei divina: têm absolutamente de se recusar a obedecer – e recusam de facto. E ao fazê-lo merecem a nossa gratidão, o nosso apoio moral, e sobretudo a nossa oração.



            A contracepção é uma negação de Deus



            Se o Estado está acima da consciência, de tal maneira que pode obrigar a pessoa a violar a lei de Deus, o Estado é Deus. Obama só consegue impor semelhante édito porque o povo americano deixou de tomar a lei de Deus como regra de vida. Treze dias após o 11 de Setembro, o Papa João Paulo II advertia os líderes do Cazaquistão para os perigos de uma «conformidade servil» com a cultura ocidental, que se encontra num estado de «profundo empobrecimento humano, espiritual e moral», causado pela «tentativa fatal de procurar o bem da humanidade eliminando a Deus, o Bem Supremo»[13]. 



            A prática da contracepção conduz à perda da fé em Deus e à substituição da lei de Deus pela lei do Estado. Como dizia o Fr. John A. Hardon, S.J. (1914-2000), «a principal causa do recuo da fé católica nos países materialmente desenvolvidos como o nosso foi a contracepção. São Tiago diz-nos que a fé sem obras está morta. De que serve a profissão verbal da fé católica por parte de uma pessoa que depois se comporta como um pagão em termos de moralidade conjugal?»[14]



            Quando um homem e uma mulher alteram a natureza do acto conjugal para evitar uma nova vida, estão a substituir a Deus na decisão acerca do princípio e, implicitamente, acerca do fim de uma vida humana. Como dizia o Papa João Paulo II: «Quando, através da contracepção, os casais afastam do exercício da sexualidade conjugal o seu potencial procriativo, estão a apropriar-se de um poder que só pertence a Deus: o poder de decidir, em última análise, da vinda à existência de uma pessoa humana.»[15]



            O impacto da contracepção



            O abandono da HV pela Igreja na América teve consequências práticas. Como observava William J. Kenealy, S.J., Reitor da Faculdade de Direito do Boston College, duas décadas antes da HV: «Se uma pessoa pode violar impunemente [por via da contracepção] a integridade natural do acto moral, desafio qualquer um a demonstrar a imoralidade essencial de qualquer aberração sexual.»[16] «As relações sexuais acompanhadas de contraceptivos são o facto mais importante do nosso tempo.»[17] Mary Eberstadt, da Hoover Institution, analisou uma série de dados sociológicos que confirmam que a revolução sexual desencadeada pela pílula é um imenso desastre, em especial para as suas principais vítimas: as mulheres e as crianças. Quando uma pessoa se transforma em árbitro do começo da vida, é muito natural que venha também a ser árbitro do fim da vida, promovendo o aborto, a eutanásia e o suicídio. A sociedade da contracepção não pode negar a legitimidade da actividade homossexual sem se negar a si própria; com efeito, se é o homem que decide se o sexo tem ou não relação com a procriação, as únicas objecções ao «casamento» homossexual, à poligamia, à bestialidade, etc., serão de natureza estética e serão arbitrárias. A separação do sexo da procriação põe em causa a reserva do sexo para o casamento e quaisquer razões de permanência do casamento; para além disso, promove a objectificação das mulheres por via da pornografia.[18] Eberstadt observa – e bem – que a HV «advertiu para os perigos de quatro tendências resultantes desta separação: o abaixamento dos padrões morais de toda a sociedade; o aumento dos casos de infidelidade; uma diminuição do respeito dos homens pelas mulheres; e o uso coercivo de tecnologias reprodutivas por parte dos governos»[19]. A autora cita umas palavras muito a propósito do Arcebispo Charles Chaput: «Se Paulo VI tinha razão acerca destas consequências do uso de contraceptivos, é porque tinha razão acerca do uso dos contraceptivos.»



            Quando se escrever uma história objectiva deste período, o abandono – na prática – por parte da Igreja Católica americana, do que fora até então doutrina constante sobre a contracepção será considerado inconcebível, cobarde e frívolo.





            Uma oportunidade para a Humanae Vitae



            Mas o Mandato de Obama abriu uma oportunidade aos bispos. A verdade acerca da contracepção poderá ter enorme impacto, e não só entre os católicos. «A efectiva separação do sexo da procriação é talvez um dos aspectos mais significativos do nosso tempo – e um dos mais ameaçadores», comenta R. Albert Mohler, Jr., presidente do Seminário Teológico Baptista do Sul. «Esta noção começa a tornar-se corrente entre os evangélicos americanos e poderá dar origem a um enorme tufão. […] Os evangélicos começam a pôr em causa o controlo da natalidade e a confrontar-se com as duras questões levantadas pelas tecnologias da reprodução.»[20]



            A HV é um texto excepcionalmente importante porque põe em causa as teses fundamentais da religião individualista, secularista e relativista da classe dominante americana. A nobreza da doutrina nele contida poderá ter um enorme impacto entre os jovens. Com João Paulo II e Bento XVI, a Igreja assistiu a um ressurgimento da fé entre os jovens, mas falta a muitos deles um sólido fundamento doutrinal. Observava João Paulo II: «Sem dúvida, mais do que em qualquer outro período histórico, é necessário constatar que há hoje uma ruptura no processo de transmissão dos valores morais e religiosos entre as gerações»[21]; João Paulo II e Bento XVI apelaram aos bispos para remediarem essa ruptura.



            A campanha em prole da Humanae Vitae



            No 40º aniversário da HV, Bento XVI chamava a atenção para o carácter fulcral da encíclica:



Quarenta anos depois da sua publicação, aquele ensinamento não só manifesta a sua verdade inalterada, mas revela também a clarividência com a qual o problema é tratado. […] O Magistério da Igreja não pode exonerar-se de reflectir de modo sempre novo e aprofundado sobre os princípios fundamentais que dizem respeito ao matrimónio e à procriação. […] A verdade expressa na Humanae vitae não muda; aliás, precisamente à luz das novas descobertas científicas, o seu ensinamento torna-se mais actual e estimula a reflectir sobre o valor intrínseco que possui. […] A urgência formativa […] vê no tema da vida um seu conteúdo privilegiado. Desejo verdadeiramente que sobretudo aos jovens seja dedicada uma atenção totalmente peculiar, para que possam aprender o verdadeiro sentido do amor e se preparem para isto […] sem se deixarem distrair por mensagens efémeras que impeçam alcançar a essência da verdade em questão. […] O ensinamento expresso na encíclica Humanae vitae não é fácil. Contudo, ele está em conformidade com a estrutura fundamental mediante a qual a vida sempre foi transmitida desde a criação do mundo, no respeito da natureza e em conformidade com as suas exigências. A consideração pela vida humana e a salvaguarda da dignidade da pessoa impõem-nos que tentemos tudo para que a todos possa ser comunicada a verdade genuína do amor conjugal responsável na plena adesão à lei no coração de cada pessoa.[22]



            O Cardeal Dolan reconheceu com toda a franqueza que os bispos duvidaram de que os católicos dos Estados Unidos aceitassem uma exposição clara dos conteúdos da HV; mas, como Bento XVI fazia notar na sua homilia de 15 de Julho de 2012, o profeta Amós pregava «o que Deus lhe mandou dizer e não o que o povo queria ouvir». No nosso tempo, Bento XVI dizia: «Este continua a ser o mandato da Igreja, que não prega o que os poderosos desejam ouvir. O critério da Igreja é a verdade e a justiça, mesmo que isso não lhe granjeie aplausos e colida com os poderes humanos.»[23]



            A Campanha pela Humanae vitae proporcionará aos bispos e ao Santo Padre o apoio dos católicos, que lhes pedem que a Igreja proclame e ensine a verdade da HV.



            Em 2018, no 50º aniversário da HV, pretendemos entregar aos bispos um milhão de assinaturas para fazer desse aniversário uma celebração, uma ocasião de ouro para agradecer a Deus a verdade reafirmada na HV e pelo Magistério.



            Mas a «arma nuclear» da Campanha pela Humanae vitae é a oração – pelo nosso país e pela nossa Igreja, em especial por intercessão de Maria, a Mãe da Vida. Como escrevia João Paulo II em 1993, numa carta aos bispos americanos, «a América precisa de muita oração, para não deixar perder a sua alma»[24].



[1] Gary Gutting, opinionator.blogs.nytimes.com/2012/02/15.

[2] Veja-se Allan Carlson, «Children of the Reformation», Touchstone, Maio de 2007;  www.touchstonemag.com .

[3] George Weigel, «The ‘Truce of 1968,’ once again», www.dioceseofmarquette.org; 17 de Maio de 2006.

[4] LifeSiteNews.com, 28 de Maio de 2012.

[5] João 14, 15.

[6] Jude P. Dougherty, «The Holy Sacrifice of the Mass», The Wanderer, 3 de Maio de 2012, p. 4A.

[7] James Taranto, «When the Archbishop Met the President», online.wsj.com, 31 de Março de 2012.

[8]Discurso do Papa Bento XVI  aos bispos da conferência episcopal dos Estados Unidos da América em visita ad limina apostolorum, 9 de Março de 2012.

[9] www.theblaze.com, 30 de Janeiro de 2012.

[10] Catecismo da Igreja Católica, nº 1796.


[12] Suma Teológica, I, II, q. 96, art. 4.

[13] Papa João Paulo II, Discurso de 24 de Setembro de 2001.

[14] John A. Hardon, S.J., «Contraception: Fatal to the Faith and to Eternal Life», Eternal Life, 19 de Abril 19 de 1999, pp. 27, 29.

[15] Papa João Paulo II, Discurso de 17 de Setembro de 1983.

[16] 46 Catholic Mind (1948), p. 11.

[17] Mary Eberstadt, Adam and Eve after the Pill: Paradoxes of the Sexual Revolution, 2012, p. 157.

[18] Eberstadt, op. cit., Capítulos 2 e 3.

[19] Ibid., p. 136.

[20] Russell Shorto, «Contra-Contraception», New York Times Magazine, 7 de Maio de 2006, pp. 48, 50.

[21] Papa João Paulo II, Discurso de 16 de Março de 2002.

[22] Papa Bento XVI, Discurso de 10 de Maio de 2008.

[23] LifeSiteNews.com, July 16, 2012.


[24] Papa João Paulo II, Carta aos bispos americanos, 11 de Junho de 1993.

sábado, 10 de novembro de 2012

Luces y sombras del concilio. La laguna que Juan Pablo II quiso colmar - de Sandro Magister

 In Chiesaespressonline

Se refería a la acción misionera de la Iglesia. La génesis del decreto conciliar "Ad gentes" y de la encíclica de 1990 "Redemptoris missio" en las memorias inéditas del padre Piero Gheddo, que trabajó en la redacción de ambos documentos

ROMA, 9 de noviembre de 2012 – En el sínodo de octubre pasado sobre la nueva evangelización ha causado impresión la crítica dirigida por el cardenal indio Telesphore Placidus Toppo a esas órdenes religiosas que actúan "como multinacionales para responder a las necesidades materiales de la humanidad, olvidando que el objetivo principal de su fundación era traer el Kerygma, el Evangelio, a un mundo perdido".

La crítica no es nueva. Y ha sido dirigida por los últimos papas, en numerosas ocasiones, a la generalidad de la Iglesia católica, alentada para que reavive su enfriado espíritu misionero.

El punto de inflexión fue el concilio Vaticano II.

"Hasta el concilio la Iglesia vivía una estación de fervor misionero hoy inimaginable", recuerda el padre Piero Gheddo, del Pontificio Instituto de las Misiones Extranjeras, que fue uno de los expertos llamados al concilio por Juan XXIII para trabajar en la redacción del documento sobre las misiones.

Pero después hubo un colapso repentino. Tanto es así que en 1990, veinticinco años después de la aprobación del decreto conciliar "Ad gentes", Juan Pablo II sintió la necesidad de dedicar a las misiones una encíclica, la "Redemptoris missio", precisamente para despertar a la Iglesia de su letargo.

Padre Gheddo fue llamado para trabajar en la redacción de esta encíclica. Y dice:

"Juan Pablo II, con la 'Redemptoris missio', deseaba ciertamente confirmar el decreto conciliar 'Ad gentes', pero quería también colmar una laguna de ese texto, muy bello, pero apresurado e incompleto. Es decir, quería tratar temas que en el Vaticano II había sido examinados con demasiada prisa, o incluso se habían ignorado. Puedo afirmar esto, pues me reuní varias veces con el Papa mientras yo preparaba las tres redacciones del documento, entre octubre de 1989 y julio de 1990".

En estas semanas el padre Gheddo – que tiene 83 años, ha realizado numerosos viajes a todos los continentes, ha escrito más de 80 libros traducidos en distintos idiomas y ha sido, hasta 2010, director de la oficina histórica del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras – está poniendo en orden sus memorias concernientes el concilio, y el postconcilio. Algunos de sus apuntes han sido publicados por Zenit y Asia News.


DURANTE EL CONCILIO


Sobre el caso del decreto conciliar "Ad gentes", que él ayudó a escribir, padre Gheddo dice:

"El decreto tuvo un camino muy laborioso y controvertido. Ante todo, las exigencias y las soluciones propuestas por los padres conciliares eran muy distintas según los continentes. Por poner un ejemplo que recuerdo bien: las Iglesias asiáticas, ricas de vocaciones y con una antigua tradición de celibato en las religiones locales, insistían en mantener el celibato sacerdotal; desde América Latina y África, en cambio, algunos episcopados pedían su abolición, o la admisión del clero casado bajo ciertas condiciones".

El documento corrió el riesgo incluso de ser cancelado. Sigue el relato de padre Gheddo:

"Las dificultades aumentan cuando el 23 de abril de 1964, entre la II y la III sesión conciliar, la secretaría del concilio manda una carta a nuestra comisión: el esquema sobre las misiones debe reducirse a pocas propuestas.  Ya no debía ser un texto largo y razonado, sino una simple enumeración de propuestas. La idea era simplificar los trabajos del concilio para que éste concluyera con la III sesión. Algunos textos basilares podía ser bastante amplios; otros, considerados menos importantes, tenían que limitarse a pocas páginas de propuestas. Era voz común que los gastos para los padres conciliares, unos 2.400 en total, y el aparato del concilio eran totalmente insostenibles para la Santa Sede".   

"La comisión de las misiones trabajaba a marchas forzadas, también por la noche, para respetar esta petición, concentrando el texto en 13 propuestas. Pero apenas la noticia se difunde entre los obispos llegan las protestas, algunas vehementes como la del cardenal Frings de Colonia, que envía una carta a los obispos alemanes y a otros, incitándoles a protestar: “¡Pero cómo! ¿Se afirma que el esfuerzo misionero es esencial para la Iglesia y después se quiere reducirlo a pocas páginas? Incomprensible, imposible, inaceptable”".

"Un grupo de obispos pide la abolición del documento sobre las misiones, integrando el material en la constitución "Lumen gentium" sobre la Iglesia. Otros, en cambio, más numerosos y aguerridos (entre ellos había misioneros 'de foresta' que con solo verlos era imposible decirles que no), proceden a ponerse en contacto personalmente, uno por uno, con todos los padres conciliares, conquistando seguidores. La batalla en el aula se concluye con éxito: solo 311 padres conciliares se pronuncian en favor del documento sobre las misiones reducido a 13 propuestas;  los otros 1.601 piden que el decreto misionero se salve integralmente. Su suerte se renvía a la IV sesión del concilio, la más larga de todas, desde el 14 de septiembre al 8 de diciembre de 1965".

Uno de los puntos de controversia se refiere al papel de la congregación vaticana  "de Propaganda Fide":

"Por un lado se solicitaba incluso la abolición de la congregación para la evangelización de los no cristianos. Por otra, muchos padres pedían que se potenciara aún más para así recuperar su papel guía, superando así la función sólo jurídica y de financiación de las diócesis misioneras que hasta ese momento había asumido.

"Efectivamente, desde su nacimiento en 1622 hasta principios del siglo XX, 'Propaganda Fide' había tenido un papel fuerte, vigoroso, en la estrategia y en la guía concreta del trabajo misionero, como también en la vida de los institutos y de los mismos misioneros. Pero posteriormente su papel se redujo, mientras adquiría mayor fuerza la secretaría de Estado, con las relativas nunciaturas apostólicas. No pocos obispos querían, por tanto, reforzar la congregación de las misiones, de cuya libertad de acción sentían la necesidad, para garantizar así su misma libertad".

La petición de estos obispos misioneros  no llegó a buen puerto – dice padre Gheddo – "también porque la tendencia a la centralización y unificación del gobierno de la Iglesia era, quizás, inevitable".

Viceversa, sobre otro punto controvertido, a un grupo de obispos de las regiones amazónicas el éxito les sonrió:

"Es un hecho que he seguido personalmente", recuerda padre Gheddo. "Mons. Arcangelo Cerqua del PIME, prelado de Parintins en la Amazonia brasileña, y Mons. Aristide Pirovano, también él del PIME, prelado de Macapà en Amazonia, se hicieron promotores de una 'acción cabildea' que llevó a incluir en el decreto 'Ad gentes', en el último momento, la nota 37 del capítulo 6, que equipara las prelaturas de la Amazonia brasileña (en esa época 35), pero también muchas otras de América Latina, con los territorios misioneros dependientes de 'Propaganda Fide'. Sin esta equiparación, América Latina habría quedado excluida de las ayudas de las pontificias obras misioneras de las cuales se beneficia actualmente.

"En la votación decisiva, en noviembre de 1965, 117 padres de América Latina rechazan el texto presentado a votación, que no menciona para nada las prelaturas. Demasiado pocos, sobre un total de 2.153 votantes. Sin embargo, contemporáneamente, otros 712 padres votan a favor pero "iuxta modum", obligando por lo tanto a rescribir el texto porque no había sido plenamente aprobado por los dos tercios de los votantes. De esta manera se consiguió hacer incluir las prelaturas de América Latina entre los territorios que reciben ayuda de las pontificias obras misioneras".

Comenta padre Gheddo:

"Hechos como estos, pero también otros muchos, como por ejemplo la aprobación de la colegialidad del Papa con el episcopado, confirman la evidente intervención del Espíritu Santo guiando la asamblea del Vaticano II".

Esto no impide – prosigue padre Gheddo –  que en el intervalo entre la III y la IV sesión del Vaticano II "había en la comisión un sentimiento de ansia, en alguno incluso casi de desesperación".

"El texto enviado a los obispos en el verano de 1965 era cinco veces más extenso que las precedentes 13 propuestas a las cuales se había intentado reducirlo. Parecía un éxito increíble. Pero la responsabilidad más grande para la comisión de redacción llega después. Los meses decisivos son octubre y noviembre. Se enriquece el texto con muchas de las observaciones sugeridas por los obispos.  En noviembre hay veinte votaciones que lo aprueban con una gran mayoría, pero con más de 500 páginas de 'modos', de sugerencias, de propuestas en el aula que siguen pidiendo adiciones, correcciones, distintas formulaciones. Faltaba menos de un mes para que terminara el concilio y ¡parecía que había que empezar desde el principio!

"Después, misteriosamente, al final todo se arregló. El conjunto del decreto se aprueba en la última sesión pública con 2.394 votos favorables y sólo 5 en contra, el más alto nivel de unanimidad en las votaciones de todo el concilio. '¡El Espíritu Santo existe verdaderamente!', exclamó el cardenal Agagianian, prefecto de 'Propaganda Fide' y uno de los cuatro moderadores de la asamblea".


DESPUÉS DEL CONCILIO


Una vez ya en el inmediato postconcilio, sin embargo, el sueño de un nuevo Pentecostés misionero cedió el paso a una tendencia opuesta. Recuerda padre Gheddo:

"Se reducía la obligación religiosa de evangelizar a compromiso social: lo importante es amar al prójimo, hacer el bien, dar testimonio de servicio, como si la Iglesia fuese una agencia de ayuda y de socorro de emergencia para remediar a las injusticias y las plagas de la sociedad. Se exaltaban el análisis 'científico' del marxismo y el tercermundismo. Se proclamaban como verdades tesis del todo falsas: por ejemplo, que no es importante que los pueblos se conviertan a Cristo, con tal que acojan el mensaje de amor y paz del Evangelio".

Estas tendencias se manifiestan también entre los obispos que participan, en 1974, al sínodo sobre la evangelización. Es Pablo VI, con la exhortación apostólica postsinodal "Evangelii nuntiandi" de 1975, quien reafirma con fuerza que "incluso el testimonio más bello se revelará a la larga impotente si el nombre, la enseñanza, la vida y las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, no son proclamados".

"Pero no se escuchó a Pablo VI", comenta padre Gheddo. Y también su sucesor, Juan Pablo II, con la encíclica "Redemptoris missio" de 1990 tuvo que enfrentarse a un muro de incomprensión.

Recuerda padre Gheddo, que colaboró con el Papa en la redacción de la misma:

"No pocos, en la curia vaticana, contestaron esa encíclica antes incluso de que saliera. Decían: 'Una encíclica es demasiado, sería suficiente una carta apostólica, como se hace para el aniversario de un texto conciliar'. Pero también después de su salida la 'Redemptoris missio' fue infravalorada en la Iglesia por teólogos, "misiologos", revistas misioneras. Decían: 'No dice nada nuevo'. Pero en cambio introducía temas nuevos y absolutamente revolucionarios, nunca mencionados por el decreto conciliar 'Ad gentes', como por ejemplo en el capítulo titulado 'Promover el desarrollo, educando las conciencias'. Tenía razón Juan Pablo II cuando constataba que en la historia de la Iglesia el impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, y como su disminución es signo de una crisis de fe".

Prosigue padre Gheddo:

"Observando hoy las revistas y los libros, los congresos, las campañas de entes y organismos misioneros, uno se pregunta si la 'Redemptoris missio' es conocida y vivida. Digamos la verdad. La gravísima disminución de las vocaciones misioneras depende también de cómo se presenta la figura del misionero y la misión ad gentes.

"Hace medio siglo se hacían vigilias y marchas misioneras haciendo hablar a los misioneros sobre el terreno, pidiendo a Dios más vocaciones para la misión ad gentes y animando a los jóvenes a ofrecer sus vidas por las misiones. Hoy prevalece la movilización sobre temas como la venta de armas, la recogida de firmas contra la deuda externa de los países africanos, el agua como bien público, la deforestación, etc. Cuando temas como estos adquieren el peso mayor en la animación misionera, es inevitable que el misionero quede reducido a un operador social y político.

"Pregunto: ¿se puede pensar que un joven o una chica que han sido educados para denunciar y protestar, para recoger firmas contra las armas o la deuda externa, puedan sentirse atraídos por convertirse en misioneros? Para tener más vocaciones misioneras es necesario que los jóvenes sientan fascinación por el Evangelio y la vida en la misión, que se enamoren de Jesucristo, la única riqueza que tenemos. Todo el resto viene por consiguiente".


UNA NOTA DE CONFIANZA


Con Benedicto XVI se ha puesto en primer plano la lucha contra el relativismo, contra la idea de que todas las religiones se equivalen y son vías de salvación. Entre los muchos textos de este pontificado sobre el tema, está la nota doctrinal de la congregación para la doctrina de la fe sobre algunos aspectos de la evangelización.

Comenta padre Gheddo:

"La nota fue deseada y aprobada por el Papa, y se publicó el 3 de diciembre de 2007, fiesta del misionero por excelencia, San Francisco Javier; sin embargo, ha sido prácticamente ignorada por la prensa católica y misionera, cuando en cambio es un texto que los institutos misioneros diocesanos, la prensa, los grupos y las asociaciones misioneras deberían conocer y debatir para tener un punto de referencia concreto en el clima de secularización y relativismo que corre el riesgo de hacernos perder la brújula de la recta vía".

Pero no obstante todo esto, padre Gheddo sigue teniendo confianza y para confirmarlo, de un tirón, indica algunas cifras:

"Hoy hay demasiado pesimismo sobre la eficacia de la misión entre los no cristianos. La realidad es distinta. En la milenaria historia de la Iglesia no hay ningún continente que se haya convertido a Cristo tan rápidamente como África. En 1960 los católicos africanos eran aproximadamente 35 millones, con 25 obispos locales; hoy son 172 millones, con casi 400 obispos africanos. Según el Pew Research Center de Washington, en 2010, en toda África, los cristianos y los musulmanes tenían, ambos, poco menos de 500 millones de fieles, pero sólo en África negra, al sur del Sahara, los cristianos son 470 millones y los musulmanes 234.

"En 1960 en Asia había 68 obispos asiáticos y en ningún país se notaba un crecimiento sostenido de los bautizados. Sólo en la India había un buen índice de conversiones y aquí, hoy, los católicos son al menos 30 millones, el doble de la cifra declarada. Lo mismo vale para Indonesia, Sri Lanka, Birmania, Vietnam, donde los católicos son ya el 10 por ciento de los 85 millones de vietnamitas, con numerosas conversiones y vocaciones. En 1949, cuando Mao subió al poder, China tenía 3,7 millones de católicos; hoy, no obstante la persecución, se estima que hay 12-15 millones y los cristianos en su conjunto son 45-50 millones. En Corea del Sur, donde la religión es libre y las estadísticas son creíbles, los católicos son más de 5 millones, el 10,3 por ciento de los surcoreanos, y los cristianos, en total, el 30 por ciento.

"El efecto positivo del concilio y de los papas es evidente en la promoción de las jóvenes Iglesias, que hoy son misioneras fuera de los propios países y hacia Occidente. Los estereotipos como que la misión ad gentes se ha acabado y que no tiene eficacia deben ser borrados, porque no corresponden a la realidad de los hechos.

"Juan Pablo II escribió en la 'Redemptoris missio': 'La misión ad gentes está todavía en los comienzos'. No conocemos los planes de Dios, pero probablemente también este periodo de estancamiento de la misión ad gentes tiene su significado positivo. Lo entenderemos, tal vez, dentro de medio siglo".

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El decreto del concilio Vaticano II sobre las misiones de 1965:

> "Ad gentes"

La exhortación apostólica de Pablo VI de 1975:

> "Evangelii nuntiandi"

La encíclica de Juan Pablo II de 1990:

> "Redemptoris missio"