quinta-feira, 5 de julho de 2012

Txelis - por Juan Manuel de Prada


José Luis Álvarez Santacristina, alias «Txelis», uno de los dirigentes de la banda etarra durante los llamados «años de plomo», acaba de hacer pública una extensa carta en la que, consciente del daño irreparable que ha causado a muchas personas inocentes, pide públicamente perdón de todo corazón y pone a Dios por testigo de su sincero y profundo arrepentimiento. No es la primera vez que Txelis asume su culpa, lamenta vivamente el dolor infligido a las víctimas y pide perdón; también fue uno de los primeros terroristas que reclamaron el fin de ETA y condenaron sus crímenes, lo que supuso su expulsión del colectivo de presos etarras. Esta carta de Txelis, escrita desde la cárcel guipuzcoana de Martutene, donde cumple una condena por inducción al asesinato y otros delitos, será juzgada por muchos como una declaración retórica de un criminal que desea abreviar sus días a la sombra. Yo sé que no es así.

Conocí a Txelis en la cárcel de Logroño, donde hace algunos años fui a dar una charla a los presos. El director del establecimiento me advirtió que entre los asistentes a la charla se encontraba Txelis, quien según me informó se hallaba inmerso en un proceso de conversión. Recordé aquella pregunta de Nicodemo: «¿Cómo puede un hombre ya viejo nacer de nuevo?».

La charla se celebró en la capilla de la prisión, presidida por un Cristo crucificado que parecía abarcar con su abrazo redentor a los asistentes, entre los que había asesinos, violadores y ladrones; y mientras hablaba a aquellos hombres que penaban los crímenes más horrendos me rondaba la respuesta de Jesús a Nicodemo: «Tenéis que nacer de lo alto. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo lo que viene del Espíritu».

Cuando concluyó la charla se abrió un coloquio; enseguida Txelis tomó la palabra: era un hombre de facciones enjutas y angulosas al que le raleaba el cabello; tenía una mirada inquisitiva y como lastimada por la sombra de una aflicción. Sus preguntas, lo recuerdo bien, versaron sobre un artículo que yo acababa de publicar por entonces, en el que trataba de imaginar las razones que podrían haber conducido a un imaginario patricio romano, allá en los primeros siglos de nuestra era, a convertirse al cristianismo.

Txelis tenía una formación filosófica y teológica nada baladí; pero no me impresionaron tanto sus saberes como la radical transformación que se estaba operando en su alma: un alma desgarrada y envilecida por el crimen que, tras sumergirse en las simas más oscuras, atisba a lo lejos una luz que perfora las tinieblas y se siente convocado por ella, anegado por ella, deseoso de fundirse con ella. En Txelis aquella luz brillaba con una intensidad nueva: era un incendio que hacía crepitar a su paso, calcinándolos, los restos del hombre viejo que en el pasado había abrazado la violencia, causando dolor por doquier. Me impresionaron vivamente la sinceridad de su arrepentimiento y la sed de Dios que vibraba en sus palabras: una sed de Dios que sólo es concebible en quien antes lo ha ofendido muy gravemente y suplica su misericordia.

Al acabar la charla, Txelis me entregó, en nombre de los presos que asistieron a mi charla, un Cristo que ellos mismos habían confeccionado en el taller de la cárcel. Desde entonces, he sabido de Txelis por los testimonios de sacerdotes dedicados a la pastoral penitenciaria, que me confirman que ha renacido a una vida nueva. Y, siempre que pienso en él, viene a mis labios la frase evangélica: «Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión».

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