quarta-feira, 8 de junho de 2011

Se abre el proceso de beatificación de una joven estudiante de periodismo que murió defendiendo su castidad


In Religión Confidencial

El 14 de junio se abre en Burgos el proceso de beatificación de Marta Obregón, una joven coruñesa que murió con sólo 22 años defendiendo su castidad. La apertura de la causa tendrá lugar en la capilla de la Facultad de Teología de Burgos. Marta frecuentó primero una asociación juvenil del Opus Dei y luego un grupo neocatecumenal.


Marta nació en 1969 en La Coruña, pero al año siguiente su familia se trasladó a Burgos. Estudió en el colegio de Jesús María. Tenía una gran vitalidad y le gustaba patinar sobre ruedas, el atletismo, la natación y el tenis. A los 14 años, comenzó a acudir con su hermana mayor al club Arlanza, una asociación juvenil del Opus Dei, donde participó en actividades recreativas y formativas y aprendió a tocar la guitarra.

Tres años después dejó de frecuentar dicho centro. Comenzó a bajar en prácticas religiosas, aunque mantuvo una inquietud que después la llevó a buscar y anhelar a Dios de una forma distinta; pero no sin pasar antes por una crisis.

Empezó a estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Tenía la ilusión de llegar a ser una periodista famosa. Dos años antes de su muerte, se enteró de que en su parroquia, a la que iba los domingos a misa, un grupo neocatecumenal tenía programado un viaje a Taizé, y participó en el encuentro. Según su madre, de allí regresó tocada por Dios. Poco después empezó a asistir a reuniones con las comunidades neocatecumenales.

Marta daba testimonio de su vida cristiana. Según sus amigas, era una chica alegre, simpática, dinámica, fuerte, comunicativa y buena comunicadora. Su novio escribió después del asesinato de Marta: “Triunfaba donde pisaba: todo el mundo quería estar con ella, hablar con ella, saber de ella; y ella, aunque amaba profundamente a su familia y a los que la queríamos, tenía los ojos puestos en Dios”.

Falleció el 22 de enero de 1992 en Burgos, donde había ido a preparar los exámenes de febrero. Iba a estudiar y a rezar al club Arlanza. Pero una noche, al regresar a su casa, alguien la atacó. Encontraron su cadáver seis días más tarde, fuera de la ciudad.

Según el informe forense, su cuerpo tenía hematomas, fuertes marcas en el cuello y catorce heridas de arma blanca. El informe y la sentencia dicen que eso ocurrió por intentar evitar la agresión. El imputado del crimen había sido juzgado en cuatro ocasiones por abusos y violaciones, pero sin llegar al homicidio, al ceder sus víctimas a sus pretensiones. Marta murió defendiendo su castidad.

Para más información, ver la web: http://www.causademarta.net/

Crisis de conciencia - por Juan Manuel de Prada


Desde Zagreb, Benedicto XVI pone el dedo en la llaga del mal que corroe Occidente, que en sus expresiones más aparatosas se reviste de crisis económica, política o social, pero que en su origen es crisis de conciencia. Para el pensamiento moderno, «conciencia» es sinónimo de autonomía absoluta de la voluntad individual; recluida en la dimensión subjetiva del individuo (donde el pensamiento moderno relega la religión y la moral), la conciencia queda aislada de la realidad objetiva y se convierte en un elemento extraño a la vida pública. Por el contrario, para Benedicto XVI, como para el Beato Newman, la conciencia es la voz divina que habla en nosotros, la capacidad humana para reconocer la verdad en ámbitos decisivos de la existencia; y esta capacidad impone al hombre el deber de encaminarse hacia la verdad, de buscarla y someterse a ella allí donde la encuentre. De este modo, la conciencia deja de ser un elemento extraño a la vida pública, para erigirse en una realidad objetiva que explica nuestro ser y nuestros actos, convirtiéndose en «lugar de escucha de la verdad y el bien, de la responsabilidad ante Dios y ante nuestros hermanos los hombres».

Suele afirmarse (con fatigosa propensión al lugar común) que detrás de la crisis económica, política y social que corroe Occidente subyace una «crisis de valores». Pero si la conciencia —como pretende el pensamiento moderno— es tan sólo un reenvío a mí mismo, a mi autonomía individual, es inevitable que haya tantos «valores» como individuos; por lo que más correcto sería afirmar que detrás de la crisis subyace una plétora de valores, producto de una conciencia degradada que ha renunciado a escuchar la verdad y el bien, para adherirse a aquello que subjetivamente le conviene o beneficia (a esto el pensamiento moderno, muy cínicamente, lo llama «libertad de conciencia»). Esta plétora de valores es, en realidad, lo que hace impotentes al esfuerzo vital a las sociedades occidentales, que tras renunciar a su capacidad para encaminarse hacia la verdad y someterse a ella, acaban abrazándose al error.

Esta crisis de la conciencia discurre paralela a un fenómeno descrito, hace ya más de siglo y medio, por Donoso Cortés, quien observara que «al principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro político». Toda la crisis de Occidente se resume en este paralelismo, que alcanza su expresión terminal cuando el termómetro religioso se sitúa por debajo de cero; es decir, cuando la conciencia queda aislada de la realidad objetiva, hostigada por el despotismo político, y se resigna a un ámbito de «autonomía subjetiva». Así, con la conciencia enclaustrada, los pueblos languidecen y se paralizan; y todos sus esfuerzos por salir del marasmo mediante soluciones «políticas» son tan estériles como arar en el mar. «Una sola cosa puede evitar la catástrofe —anunciaba el profético Donoso Cortés—; una y nada más: eso no se evita con dar más libertad, más garantías, nuevas constituciones; eso se evita procurando todos, hasta donde nuestras fuerzas alcancen, provocar una solución saludable, religiosa. Ahora bien, señores: ¿es posible esta reacción? Posible lo es; pero, ¿es probable? Señores, aquí hablo con la más profunda tristeza; no la creo probable. Y he visto, señores, y conocido a muchos individuos que salieron de la fe y han vuelto a ella; por desgracia, señores, no he visto jamás a ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido». Yo tampoco, Donoso, yo tampoco.

terça-feira, 7 de junho de 2011

El agente 007 Pierce Brosnan: «La oración me ayuda a ser padre, actor y hombre»

Aunque ha hablado mal de la Iglesia, nunca dejó la misa

In Religión en Libertad

Pierce Brosnan, que alcanzó la fama por su personaje de Remington Steele en los años 80 y luego interpretó al mismísimo James Bond en 2001, ha vuelto a su Irlanda natal para potenciar una academia de arte dramático. En plena crisis de la Iglesia irlandesa tras conocerse los detallados informes sobre casos de abusos físicos y sexuales, Brosnan no ha tenido ninguna dificultad en hablar de su fe católica en una entrevista en la Radio Televisión de Eire.

"La oración me ayudó con la pérdida de mi esposa por el cáncer, y con un hijo que cayó en una época dura. Ahora la fe me ayuda a ser un padre, un actor y un hombre", afirma.

"Siempre ayuda tener un poco de oración en tu bolsillo. Al final, has de tener algo, y para mí eso es Dios, Jesús, mi educación católica, mi fe", añade. "En cierto modo, todo lleva de nuevo a Navan, mi pueblo natal en la rivera del Boyne. A veces se ha pintado en tonos melodramáticos pero fue una gran forma de criarse. El catolicismo y los Hermanos Cristianos, esas son imágenes de raíces profundas y el cimiento para una persona con habilidad de actor".

"Dios ha sido bueno conmigo. Mi fe ha sido buena para mí, en momentos de profundo sufrimiento, duda y fe. Es una constante, el lenguaje de la oración. Quizá no hice bien las sumas con los Hermanos Cristianos, o no tuve la mejor enseñanza literaria, pero sí una cantidad firme de fe", añadió.

Además, Brosnan cree que la fe ayudará a los irlandeses a superar la crisis económica. "Hay una cosa que la gente de Irlanda sabe hacer, y es sobrevivir. Tenéis que mantener la fe y el optimismo", afirma.

Infancia dura, conflicto con la Iglesia
Pierce Brosnan nació en 1953. Cuando tenía apenas un año, su padre abandonó a la familia, y cuando tenía cuatro su madre se fue a trabajar de enfermera a Londres, dejándole en Navan con unos parientes hasta los 12 años. Él ha declarado muchas veces que en esos años de infancia estudió en los "Christian Brothers", la gran orden irlandesa fundada por Edmund Rice para la educación, ahora hundida por los informes de violencia y abusos físicos (y también algunos sexuales) desde los años 40 a los 80.

En 2002, Brosnan protagonizó una película canadiense, llamada Evelyn, sobre un padre de los años 50 que queda viudo y no puede recuperar a su hija, entregada a un orfanato de la Iglesia. En esos años, habló muy mal de su educación recibida en Navan, en los "Christian Brothers"... pero la orden respondió una y otra vez (en Internet y con cartas a The Times) que ellos nunca tuvieron una escuela en ese pueblo, donde sí la tenían los Hermanos de La Salle.

Sin embargo, pese a tener una relación conflictiva con la Iglesia, Brosnan ha asegurado en varias ocasiones que nunca ha dejado de ir a misa ni de rezar.

A los 12 años, como inmigrante pobre en Londres en una escuela pública, aprendió a plantar cara y defender su identidad: "Había que tener pelotas para ser un católico irlandés en South London; la mayor parte del tiempo lo pasé peleando".

En 1977, en Londres, conoció a su primera esposa, Cassandra, una actriz que trabajaba con Franco Zeffirelli, con dos hijos pequeños y recién divorciada del hermano del actor Richard Harris. Se casaron y tuvieron un hijo. En 1987, justo cuando se canceló Remington Steel, diagnosticaron cáncer de ovarios a su esposa, que durante cuatro años y ocho operaciones combatió la enfermedad. Murió en 1991, con 50 años, en brazos de su esposo.

"Ella era una luchadora y con su fuerza, optimismo y pasión por la vida, siempre parecía que todo estuviese bien. Cuando tratas con la muerte, aprecias la vida de una forma realmente dulce. Esas tardes y mañanas y días en que ella no tenía dolores, nos dábamos cuenta de lo hermoso que es todo", afirmó el actor.

La terapia no funcionó, la oración y el trabajo sí
Brosnan ha explicado en varias ocasiones que la terapia no le ayudó a superar el dolor... "al final, tú eres tu propio psicólogo". Pero la oración era un consuelo fuerte. "Tenía las oraciones católicas tradicionales, pero también mi diálogo personal con El De Arriba".

Era un padre solo, un viudo con un hijo y dos hijastros. En 1994 conoció a una periodista del programa Today, de la NBC, Keely Shaye. Se enamoraron, se casaron en 2001, tuvieron dos hijos, y precisamente en 2001 Brosnan interpretó al agente Bond, James Bond, 007, al servicio secreto de Su Majestad.

Milano, assalto in chiesa. Un problema di genere

di Marco Invernizzi

In La Bussola Quotidiana

Sono state scritte molte imprecisioni sull’irruzione dei cosiddetti antagonisti nella parrocchia milanese dedicata a san Giuseppe Calasanzio domenica scorsa, mentre era in corso la celebrazione della Messa, da parte del vescovo mons. Marco Ferrari, che concludeva la presenza, durata una settimana, della Madonna pellegrina di Fatima.

In realtà la parrocchia c’entra poco o niente e men che meno la Madonna pellegrina. Nei locali adiacenti a quella chiesa, da qualche anno, si riuniscono mensilmente uomini e donne che provano qualche disturbo relativamente all’identità sessuale, prevalentemente omosessuali, e che desiderano essere aiutati da un punto di vista spirituale, culturale ed esistenziale, se possibile a superare una condizione indesiderata.

Queste persone vengono accolte dal gruppo Obiettivo Chaire, che svolge da diversi anni un’opera di formazione e informazione sul tema dell’identità di genere ispirandosi al Magistero della Chiesa e che accompagna, da un punto di vista spirituale, le persone che lo desiderano.

Questo è il punto e il motivo per cui 20 giovani, domenica scorsa, sono scesi da tre macchine, sono entrati in chiesa durante la celebrazione, hanno cominciato a urlare slogan contro la Chiesa e i sacerdoti, poi sono rimasti sul sagrato alcuni minuti innalzando uno striscione offensivo contro uno dei sacerdoti della parrocchia. A loro interessa intimidire, impedire a chi prova una omosessualità indesiderata di chiedere aiuto ed essere effettivamente accompagnato nel superamento del disagio. E per impedire questo sono disposti anche a usare la violenza, come nel novembre dello scorso anno, quando hanno imbrattato di scritte contro l’omofobia la stessa parrocchia, o come nel maggio del 2010, quando hanno sempre imbrattato di scritte la sede di Scienza e Vita di Milano, in concomitanza con la presenza in Italia di Joseph Nicolosi, lo psicoterapeuta americano che propone da decenni con importanti risultati l’approccio riparativo verso quelle persone che gli chiedono di essere aiutate a superare i disturbi dell’omosessualità. In entrambi i casi, lo scopo era quello di mettere paura in chi ha cominciato questo servizio, fra l’altro rispondendo a una domanda reale.

Il recente cambio di amministrazione comunale non c’entra, tanto che le intimidazioni erano cominciate l’anno scorso. C’entra invece una certa atmosfera culturale imposta da una minoranza omosessualista, che non accetta l’esistenza di persone che non si rassegnano a sentire pulsioni sessuali che non desiderano. Una minoranza che non vorrebbe esistessero gruppi e associazioni che aiutano queste persone, ispirandosi all’insegnamento della Chiesa, ma anche al senso comune, e che indicano loro il possibile aiuto terapeutico di bravi psicologi e psicoterapeuti.

È una brutta atmosfera, che ricorda l’inizio degli anni Settanta, quando la violenza cominciò a manifestarsi nelle scuole e nelle università, togliendo il diritto di parola prima, e poi lo stesso diritto di esistere, a coloro che non accettavano di subire intimidazioni da parte di una minoranza violenta. Così, attraverso piccoli e apparentemente insignificanti fatti di cronaca, cominciò la tragica deriva terroristica, che ogni uomo di buon senso spera non si possa mai più ripetere.

- Massimo Introvigne (Osce) scrive al ministro dell'Interno Roberto Maroni

segunda-feira, 6 de junho de 2011

Same-Sex Marriage and Human Fulfillment

by Carson Holloway
June 1, 2011

In Public Discourse

Public recognition of unions contrary to human flourishing will hurt, not help, the happiness of those who participate in them.

Is there anything of substance to be gained for homosexuals from the current quest for same-sex marriage?

At its inception, the “gay rights” movement could reasonably present itself as a struggle against societal oppression. Forty years ago, American law in most states punished homosexual acts as criminal offenses. In many cases the penalties attending such laws were severe. In Bowers v. Hardwick—the 1986 Supreme Court decision upholding Georgia’s anti-sodomy statute—Justice Lewis Powell observed with understandable concern that the law at issue in that case permitted a sentence of up to twenty years in prison for the commission of a single homosexual act. In addition to such a legal landscape, homosexuals confronted a rather censorious culture. Mainstream America not only looked upon homosexual acts with disapproval, but also treated homosexual persons as objects of ridicule (at best) and hostility (at worst).

This is not to concede the claim often deployed by gay rights activists that such traditional laws and mores were based upon nothing but an irrational and malicious hatred of homosexuals. Such a claim unjustly overlooks ancient philosophical and religious beliefs that deeply influenced the Western understanding of the purposes of human sexuality, an understanding that included principled grounds upon which to view homosexual acts as morally disordered. It is, after all, hardly plausible that such beliefs were invented for no other reason than to justify hatred of homosexuals. It is to admit, however, that society’s earlier strictures against homosexuality could reasonably be viewed—even by those who still today disapprove of homosexual conduct—as uncharitable and excessively punitive.

Homosexuals today face a markedly changed legal and cultural environment. Criminal anti-sodomy statutes, seldom enforced in the first place, have now been declared unconstitutional by the Supreme Court in Lawrence v. Texas (2003). Moreover, the Lawrence decision has been greeted by very little protest even from the most conservative defenders of traditional sexual morality, most of whom, despite their disapproval of homosexual acts, have no interest in seeing such acts punished as crimes. Indeed, American culture overall is more tolerant of homosexuality now than it has ever been. The ridicule and anger that homosexuals once faced is no longer mainstream but is now itself the object of mainstream disapproval.

Despite these changes, the gay rights movement persists. Having succeeded in changing American law and culture to such a remarkable extent in such a short time, it has moved on to a new quest, the quest for same-sex marriage. This new goal is different in kind from the ones already achieved: it is not so much a demand to be freed from evils imposed by society as it is a demand for positive public benefits, specifically the benefits that attend marriage. It is a mistake, however, to think that the same-sex marriage movement is aimed primarily at acquiring the material benefits and legal prerogatives that accompany publicly recognized marriage. The aim, rather, is equality of public recognition or approval.

This is most obvious in the ongoing federal lawsuit brought against California’s constitutional provision defining marriage as a union of one man and one woman, a suit that has no other object but equal recognition of—that is, equal public status or honor for—homosexual relationships. California already has a law recognizing the domestic partnerships of committed homosexual couples. That law affords homosexual relationships some measure of public status, and it bestows upon them the same legal benefits as heterosexual marriage. The extent of California’s legal “discrimination” against homosexuals, then, is that the state has sought to reserve a traditional and honorable title for heterosexual unions. This is all that is at issue in the Proposition Eight lawsuit, and it demonstrates that the aim of the same-sex marriage activists behind it is equality of public recognition.

It is not clear, however, that the quest for same-sex marriage offers any substantive good to those on whose behalf it is so insistently demanded. Put another way, it is hard to see why such an absolute equality of public recognition should be essential to the happiness of homosexuals. Let me explain.

The strongest argument against same-sex marriage—in the sense of the argument with the deepest philosophic roots, or the argument that gets to the most fundamental issues at stake—is that homosexual activity is contrary to the natural law. This argument is either true, or it is not. If it is true, then publicly sanctioned same-sex marriage will contribute nothing substantial to the happiness of homosexuals. There are various understandings of natural law, but all present the natural law as a reality that exists independent of human opinion, a rule for human flourishing that human beings can ignore only at their own peril. On this view, the real issue in human happiness is the moral quality of our lives and not how they are regarded by society at large. As Socrates explains to his young interlocutors in Plato’s Republic, the actual being of the soul, and not its mere seeming, is decisive for human happiness. That is to say, happiness is the fruit of the proper functioning of the human soul, so that character, and not reputation or opinion, is the source of genuine flourishing. On this understanding, Socrates explains, a just soul, one ruled according to reason, is happier than an unjust one, regardless of whatever praises are heaped upon the successfully unjust man by a corrupted public opinion.

Accordingly, if homosexual conduct really is, as its natural law critics contend, a perversion of human desires and capacities, a wrenching of them away from their natural purposes, then such conduct will be a source of frustration and unhappiness regardless of whether society bestows its “recognition,” and hence its approval, on it. On this view, there is nothing of substance to be gained from same-sex marriage even for homosexuals. Indeed, if traditional natural law theorists are correct in their assessment of homosexual conduct, then same-sex marriage would be not only pointless but positively damaging, to the extent that it could mislead people to their own harm by bestowing a spurious respectability on an objectively disordered way of life.

But of course the proponents of same-sex marriage adamantly deny the truth of the traditional natural law critique of homosexual conduct. On the contrary, they hold that this natural law critique is, despite its philosophic pretensions, a mere prejudice with no basis in nature or reason. For them, homosexual relationships are naturally enriching to those who desire them, and for that reason they deserve the same public recognition that heterosexual unions enjoy. Once again, however, Socrates’ point about the priority of nature to opinion, or of being to seeming, of soul to reputation, indicates that, if this view is correct, same-sex marriage would be nothing more than a needless addition to a naturally fulfilling undertaking.

In Socrates’ time, the philosophic life was largely held in disrepute, thought to be the province of the unmanly and the politically unserious. According to Socrates, however, this negative reputation posed no serious impediment to his happiness precisely because the pursuit of wisdom is by nature a source, indeed the highest source, of human happiness. To take a less lofty example, contemporary American society loads massive amounts of attention and honor on sports at all levels, and hardly any at all on chess. This huge disparity in recognition, however, makes no difference at all to the true chess lover: precisely because he experiences chess as fulfilling his natural faculties and desires he has no interest in what other people think about his love for the game. Indeed, if the supposed lover of chess were to demand indignantly that his activity deserves recognition on a par with other games, we would rightly suspect that there is, in fact, some deficiency in the intrinsic satisfactions of chess that he seeks to make up through the more superficial satisfactions of recognition or public honor. In sum, if our activities are the genuine seat of happiness, then the quest for “recognition” of same-sex unions is really just the pursuit not of a reality but of a mere appearance.

The preceding argument does not hold that reputation is a matter of complete indifference. We are sociable beings. Hence we crave honor and feel the sting of disgrace. Accordingly, gays would be pursuing something of serious value if they were trying to overcome disgrace. But they do not now live in disgrace. Their lives are now viewed as a legitimate minority alternative. Their being known as homosexuals does not preclude their winning public recognition on other grounds. They are, again, merely seeking equality of public recognition. But this is not a making up of some serious deficiency, and it is in fact the kind of mild lack that is endured by everyone who pursues some love that is tolerated but not wholly understood or endorsed by the public at large. (We might also add that it is strange for a movement that began by presenting itself as a bold repudiation of conventional morality now to be demanding conventional recognition.)

There is, moreover, a further emptiness in this quest for equal recognition. The progress of same-sex marriage in American politics has been almost entirely the result not of legislation but of litigation. The final, national victory of same-sex marriage, if it comes, will come as the result of a ruling of the Supreme Court of the United States issued not only without the consent of a majority of Americans, but even against the legally expressed will of majorities in a majority of states. Public recognition of same-sex marriage is demanded as a sign of equal public acceptance, but the mode in which it is being sought ensures that the acceptance will be fraudulent. It will be in fact not a public acceptance but the acceptance of a legal and political elite that is able to force its will on the public.

Given the substantial—unprecedented, in fact—toleration and freedom that homosexuals already enjoy, and given the inevitable sense of grievance that a victory through litigation will produce in the defenders of traditional marriage, the proponents of same-sex marriage should ask themselves whether it is really worthwhile to exert themselves so much, and to so roil the politics of their country, in the pursuit of absolute equality of recognition.

sábado, 4 de junho de 2011

El experto en sectas Massimo Introvigne da cifras escalofriantes de mártires cristianos en el mundo

In Religión en Libertad

El «problema» se está escapando de las manos, en el sentido de que la falta de reacción lo agrava cada día que pasa.

Está claro que Hungría se está situando a la cabeza de los países europeos que no están dispuestos a perder su identidad cristiana. Con su nueva Constitución recién aprobada, que ratifica esas raíces y hace bandera por la vida y por la familia, el Gobierno húngaro de Viktor Orban, presidente de turno de la Unión Europea, ha organizado un congreso cerca de Budapest que está sirviendo para denunciar la persecución de cristianos.

En la Conferencia Internacional sobre el Diálogo Interreligioso entre Cristianos, Judíos y Cristianos, el sociólogo italiano Massimo Introvigne, experto en sectas y representante de la OSCE para la lucha contra la intolerancia y la discriminación contra los cristianos, ha aportado una cifra escalofriante: cada año son asesinados por su fe cristiana 105.000 personas. La cifra no incluye los cristianos muertos por otras razones en las distintas guerras que asolan el planeta.

"Cada cinco minutos", dijo Introvigne, "muere un cristiano por su fe. Si estas cifras no gritan al mundo, si no se detiene esta plaga, si no se reconoce que la persecución de los cristianos es la primera emergencia mundial en materia de violencia y de discriminación religiosa, el diálogo entre religiones sólo producirá congresos estupendos, pero ningún resultado concreto".

Un diplomático egipcio presente en el congreso, Aly Mahmoud, afirmó allí que en su país, donde se están produciendo gravísimos ataques contra las iglesias coptas, van a llegar leyes que prohibirán a los imanes musulmanes discursos de incitación al odio o la congregación de manifestaciones hostiles a las puertas de los templos.

Pero puede que para entonces sea tarde. El cardenal Peter Erdö, arzobispo de Budapest, alertó de que muchas comunidades cristianas en Oriente Medio morirán porque tendrán que huir: "Que Europa se prepare a una nueva oleada inmigratoria, esta vez de cristianos que huyen de la persecución".

Y muchos de ellos, niños. Más de un millón de pequeños son víctimas de esta persecución anticristiana, según afirmó el metropolita Hilarín, encargado de relaciones exteriores de la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Famoso socialista francés ateo hizo estudiar religión a su hijo

ROMA, 03 Jun. 11 / 08:12 am (ACI)

El político socialista y ateo Jean Jaurès, fundador del periódico francés L’Humanité, procuró que su hijo recibiese una educación cristiana ya que según él, una instrucción y educación completas nunca "lo serían sin un estudio serio de la religión".

En una carta escrita y publicada por Jaurès en su propio periódico y de la que se desconoce la fecha, el escritor declarado abiertamente ateo, niega rotundamente a su hijo la dispensación de un justificante que solicitó el joven para ser eximido de la educación religiosa.

"Este justificante querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás", indicó.

"¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?", cuestiona el pensador francés.

"Hay que confesarlo –dice el texto- la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencia preclaras".

"No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor", pero "tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión".

El político señala que es necesario "conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas", y al menos "comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas".

Al mismo tiempo, Jaurès recuerda que la comprensión de la religión es fundamental para cerciorarse completamente del mundo que nos rodea "¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización?".

En el arte "¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?".

En las letras "¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones?".

En cuanto a al derecho, la filosofía o la moral "¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal?", "éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau", subraya.

El pensador ateo señala además que hasta en las ciencias naturales y las matemáticas "encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes", "Ampere era piadoso", y "Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe".

En cuanto a la libertad de conciencia "muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa", y por tanto "su conducta prueba que han conservado toda su libertad".

"Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación", concluye el escrito.

El texto completo fue publicado por la revista cristiana Iglesia Viva, en el número 219 del tercer trimestre de 2004.

Jean Jaurès

Jean Jaurès, cuyo nombre completo era Auguste Marie Joseph Jean Léon Jaurès fue un político socialista ateo francés nacido el 3 de septiembre de 1859 en Castres, Francia.

Fue diputado por el Partido Obrero Francés en 1889, manteniéndose como parlamentario hasta 1898. Posteriormente fue elegido también en las elecciones de 1902, 1906, 1910 y 1914.

En 1904 fundó el periódico L'Humanité, y en 1905 consiguió unir bajo su liderazgo a los socialistas franceses, formando la Sección Francesa de la Internacional Obrera.

Jaurés fue asesinado en París el 31 de julio de 1914, en vísperas del comienzo de la primera guerra mundial.